VACANTIS APOSTOLICAE SEDIS

"Quod si ex Ecclesiae voluntate et praescripto eadem aliquando fuerit necessaria ad valorem quoque." "Ipsum Suprema Nostra auctoritate nullum et irritum declaramus."

EL LIBRO DE LA JOVEN (VI)



III.—De la fortaleza

¡Valor, siempre valor! No hay virtud ninguna sin esta cualidad.


42. La Fortaleza. — Es una de esas grandes virtudes cristianas que llamamos cardinales, como si sobre ellas girasen, como sobre un gozne, todas las demás virtudes. Ella es el nervio de la virtud. Es su torre ebúrnea. Es el valor cristiano. Es el heroísmo. Según San Cirilo de Alejandría, «la Fortaleza es una energía que hace que el alma emprenda las obras con el vigor de la juventud» (1).


43. Comparaciones.«Los mariscos tienen su concha, el soldado tiene su broquel, el buque tiene su casco de hierro. El alma también debe tener su broquel y su ceñidor: su broquel es la firmeza, su ceñidor es la fortaleza » (2).


44. Valor cristiano.—Hemos dicho que la fortaleza es el valor cristiano desplegado a veces hasta el heroísmo. «El cristiano —escribió el protestante Vinet— es un héroe eventual, un héroe en potencia». Tal valor abraza el cumplimiento del deber, llega hasta la cima del heroísmo y domina las alturas ensangrentadas del martirio.


45. Grandes ejemplos de valor. Sta. Inés.«¡Qué cosa tan débil es el corazón de la mujer!»—dice el trágico inglés. Sí, podríamos contestarle, la mujer es débil, inmensamente débil por naturaleza; pero es invencible por la fe, insuperable por el amor. Véase si no esta admirable página, escrita por la péñola de oro de un doctor de la Iglesia, San Ambrosio. Éste traza el panegírico de una doncella, casi niña, Santa Inés, heroína y mártir. «¿Qué podremos decir—escribe—que sea digno de aquella cuyo mismo nombre es un elogio? Porque, en efecto, el nombre de esta virgen expresa el pudor (3); su devoción fue superior a su edad, y su virtud fue superior a su naturaleza. Se refiere que ella sufrió el martirio a la edad de trece años... Intrépida entre las manos sangrientas de los verdugos, impávida ante el pavoroso ruido de las largas y pesadas cadenas, ¡cuan hermoso era verla, unas veces presentando su cuerpo a la espada del soldado furioso, dispuesta a la muerte antes de haber aprendido a morir; otras veces, cuando la acercaban por fuerza a los altares de los falsos dioses, elevando sus manos a Jesucristo en medio del fuego; y otras veces yendo gozosa a buscar ¡con sus manos las cadenas que debían atar a su cuello! Pero no había cadenas que pudiesen sujetar a un alma tan grande, aunque encerrada en un cuerpo tan pequeño... Todos lloran por ella, y ella es la única que no llora. No se puede explicar como prodiga ella con tanta generosidad, como si hubiese vivido largos años, una vida que apenas ha comenzado... En vano el verdugo se presenta unas veces con un semblante terrible para infundirle pavor, y otras veces desciende hasta las caricias para seducirla; en vano tantos nobles jóvenes le ofrecen su mano. —Es hacer una ofensa a mi casto Esposo—decía ella —esperar que yo pueda agradar a otro más que á El. Yo no seré de nadie más que suya, porque El fue el primero que me eligió. Verdugo, ¿por qué tardas en herirme? ¡Perezca cuanto antes este cuerpo, que puede agradar a unos ojos a quienes yo no quiero complacer! Al decir esto, se puso de pie, oró, y después bajó la cabeza para recibir el último golpe. Este fue un momento supremo: parecía que el verdugo se había convertido en la víctima, según temblaba su brazo al dar el golpe. El hiere, sin embargo, y todos palidecen y tiemblan a la muerte de esta joven, y ella es la única que no tiene miedo de morir» (4). Tal era el temple cristiano de las jóvenes doncellas de los primeros siglos. Sabían ser cristianas, heroínas y mártires.


46. Santa Emerenciana.—Bueno es recordar también el ejemplo de Santa Emerenciana, virgen romana, de la misma edad de Santa Inés y su hermana de leche. Siendo aún catecúmena, sentía arder su corazón en las llamas de la fe y de la caridad. Era tan niña aún, y tan esforzada en defender la causa de Cristo contra los perseguidores de los cristianos.

Un día la sorprendieron mientras oraba junto al sepulcro de Santa Inés, y le intiman renegar de Jesucristo. Ella rehusa terminantemente. Le lanzan entonces una lluvia de piedras que cubren de heridas su cuerpo virginal. No importa: esa heroína hace nueva profesión de Fe, así con las palabras que salen ardientes de sus labios, como con la sangre que brota cálida de sus desgarrados miembros. Y así, bautizada con su propia sangre, muere Emerenciana sobre el sepulcro de Inés (5).


47. «Persistencia y Resistencia».—El valor es una gran fuerza de persistencia y de resistencia. Persistencia en el bien y en la virtud. Resistencia contra el mal, las pasiones y las cobardías. Bien decía el célebre Frayssinous: «Es preciso valor para ser virtuoso; se es vicioso porque no se tiene valor de ser bueno; no somos malos sino porque somos cobardes».

Y San Dionisio dijo muy bien que sólo la virtud es fuerte, mientras que el vicio es naturalmente débil.


48. «Resistid fuertes...»Se trata, pues, de perseverar en el bien y resistir al espíritu del mal. No hay fortaleza sin perseverancia, como no hay victoria sin resistencia. Resistid fuertes en. la fe (6), es la gran consigna de San Pedro a los primeros cristianos. Sobre todo, resistid.


49. Resistid a las pasiones.— Es fuerza resistir a las pasiones que pululan en el corazón humano. El corazón es el vasto campo donde, cual cizaña, están brotando continuamente esos que llamamos vicios capitales. No basta tener la segur en la mano, hay que arrancar de cuajo la mala hierba, si se quiere que no vuelva a germinar.


50. A la sensualidad.Resistid a la sensualidad, que es, como la cicuta, planta mortífera... Soló los fuertes saben conservarse castos. Porque sólo ellos tienen la fortaleza de oponer, invenciblemente, la oración y la mortificación interna y externa a la rebeldía de los sentidos. Sólo ellos saben, a toda costa, precaverse de los peligros, evitar las ocasiones peligrosas, e imponerse un régimen sedante, moral y físico.

Los débiles sucumben porque no saben esgrimir ninguna arma (7).


51. Al espíritu del mundoResistid a ese espíritu mundanal que sopla por los anchos caminos de la perdición. «Sabéis que no hay verdad en el mundo: no creáis al mundo. Sabéis que es malo y malvado el mundo: no frecuentéis el mundo. Vuestro orgullo debe consistir en colocaros encima de él, y vuestra fortaleza en no someteros a él. Sabéis que el mundo es miserable y perecedero: compadeceos de sus males, pero no liguéis vuestra fortuna a su fortuna, vuestra inmortalidad a su caducidad. Sabéis que el mundo es esclavo, y que arrastra cadenas; manteneos libres de sus aficiones, para no obligaros sino a Aquel de quien se ha dicho, que servirle es reinar (8). Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe (9).


52. A la idolatría del cuerpo o del oro. —Jeremías escribió a los hebreos cautivos: «Cuando lleguéis a Babilonia, veréis ídolos de oro y de plata, de piedra y de madera, que inspiran temor a la muchedumbre. Guardaos vosotros de imitar a estas gentes, y de temer a sus dioses. Cuando veáis que todo el mundo adora a esos ídolos, decid vosotros en vuestro corazón:—A ti, oh Señor, conviene adorar" (10).

No os arrodilléis ante ídolos de carne, quemando ante ellos el incienso de vuestro corazón. Ni hagáis tampoco un ídolo de vuestro cuerpo, o de vuestro oro.


53. A las pruebas de la vida.—Resistid fuertes, aun cuando ruede el trueno y estalle la tempestad. «Es peligroso para el que se halla a sueldo de Jesucristo estar siempre tranquilo. Es una desdicha no conocer la desgracia, al paso que es una felicidad conocerla y saber combatir contra ella. Por lo demás, no puede decirse que un árbol es fuerte, si no ha sido sacudido por los vientos y por las tempestades» (11). La prueba es como el sol abrasador de los trópicos cuyo calor fecundo activa la vegetación. Es el fuego que da el temple al acero. ¡Que la tormenta os encuentre siempre de pie!


54. A los respetos humanos...Resistid a los respetos humanos como dique ante las olas invasoras. Los olas destruyen poco a poco los bancos de arena, pero se estrellan impotentes contra las rocas de basalto. No caben en un pecho fuerte las cobardías del miedo, del «qué dirán», de los respetos humanos... Doblegarse, cuando la conciencia protesta, ante las opiniones ajenas, los caprichos de la moda, o la tiranía del mundo, es un acto de debilidad, de cobardía, de abdicación. Abdicación, entiendo, de la propia autonomía, de la propia independencia, de la propia razón (12).


55. El ejemplo de los santos.—Nada alienta tanto a la práctica de esta gran virtud de la fortaleza como el ejemplo de los Santos, que son los héroes y las heroínas del cristianismo. En las páginas de su vida se siente vibrar esa gran cuerda del valor, cuyas resonancias vencen los tiempos y las edades. Abramos al acaso la historia de la Iglesia, y nos encontramos con una página llena de victoriosas armonías.


56. Santa Sotera, virgen y mártir.— Sotera era una doncella romana de extraordinaria belleza. Por modestia solía ocultar su rostro con un largo velo. Eran los tiempos de las cruentas persecuciones romanas contra los cristianos. Sotera, acusada de ser cristiana, fue llamada a los tribunales. Ahí se le manda que sacrifique a los ídolos, o que sufra la vergüenza de ser abofeteada en público por mano del verdugo. Con rasgos sublimes describe el gran Obispo de Milán, San Ambrosio, el martirio de la joven heroína, su parienta lejana. Escribiendo a Santa Marcelina, su hermana, dice: «Aun no había el tirano acabado de dar esta orden cruel, cuando la virgen se apresuró a quitarse el velo que cubría constantemente su rostro. Y ¡este bello rostro se descubrió por la primera vez para el martirio! Vedla, pues, presentando ella misma al verdugo su rostro, la única parte del cuerpo que permanece generalmente exenta de todo ultraje y que más bien mira los tormentos que los sufre. Ella ofrece sus mejillas a las bofetadas, suplicio a que solos los esclavos podían ser condenados, a fin de llegar por este tormento servil al más alto grado de la gloria de la confesión; y ella se presentó gozosa a sufrir tal afrenta, porque de este modo hacía servir al sacrificio del martirio la belleza, que es la más fuerte tentación contra el pudor, y porque, por la pérdida de los atractivos de su rostro, iba a disminuir el peligro de su integridad.


Su paciencia y su firmeza fueron tan grandes como su valor. El verdugo se cansó de herirla antes que ella se cansase de sufrir tan duros golpes en sus delicadas mejillas. Mientras la abofeteaban, jamás apartó la cabeza, ni hizo el más pequeño movimiento para retirar el rostro, ni una lágrima salió de sus ojos. Pudieron cubrir de heridas su rostro, pero no pudieron alterar la belleza de su virtud ni la gracia interior de su alma. En vano la hacen sufrir otras clases de tormentos. Ella triunfa de todos, hasta que la espada viene a darle la muerte que tanto ella había deseado». La joven Sotera moría dejando tras de sí el ejemplo inmortal de su fortaleza y la estela luminosa de sus virtudes...


(1) ln Isai, 15, t. III, (2) Landriot, La Mujer fuerte, Conf. X, (3) También San Agustín, en su bello discurso de Santa Inés hace observar que la palabra Agnes (Inés), en lengua griega, significa castidad. (4) De virginíbus, lib. I. (5) V. Breviario romano. (6) Epístola I, c. V, 9. (7) No hacemos hincapié sobre esta materia tan importante, por haber hablado ya extensamente al propósito en nuestros dos libros: La Educación de la Castidad y la Higiene moral. Recomendamos su lectura. (8) Baunard. (9) Epístola I de San Juan, V, 4. (10) Baruch, VI, 3-5. (11) San Jerónimo. (12) Esta materia ha sido más ampliamente tratada en el Manual del Joven. Recomendamos en especial la lectura de los capítulos IV y V . (1 a edición).


Continuará...

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