VACANTIS APOSTOLICAE SEDIS

"Quod si ex Ecclesiae voluntate et praescripto eadem aliquando fuerit necessaria ad valorem quoque." "Ipsum Suprema Nostra auctoritate nullum et irritum declaramus."

EL LIBRO DE LA JOVEN (VII)



IV. LA RELIGIÓN


§ I —Instrucción y Educación religiosa


La religión católica satisface todas las necesidades del espíritu: la de creer como la de pensar. (Madame Swetchine).


57. — La esencia de la religión.—He aquí una pincelada maestra que dibuja con un solo rasgo la esencia de la Religión. «El Cristianismo, o sea la Iglesia católica, es la imitación de la vida divina» (1). Cuanto más cristiana es una doncella, tanto más debe asemejarse a Dios por la imitación de las virtudes divinas. En este sentido dicen los Santos Padres que el cristiano es o ha de ser otro Jesucristo (2).


58. El estudio y la práctica de la Religión. -Estudio y práctica, son dos términos correlativos. El que más estudia la religión, llega a practicarla mejor; y el que más la practica, llega a conocerla mejor.

Este estudio y esta práctica son aún más necesarios en la mujer que en el hombre, pues la mujer es la que debe formar al hombre cristiano.

«El hombre no es más que lo que la mujer le hace, y la mujer del día no puede hacer al hombre cristiano sino uniendo a la práctica exacta la ciencia entera del Cristianismo". (3)


59.—«No hay educación sin religiónEn el fondo de toda educación ha de estar la idea de Dios. Si no se edifica sobre esta piedra angular, es lo mismo que edificar sobre arena: el edificio se derrumbará al primer empuje del vendaval.

No es aquí el caso de aducir pruebas y traer datos. Baste recordar este hecho.

Las consecuencias de la enseñanza neutra fueron un tiempo tan desastrosas en Francia, que después de diez años de haberse implantado en las escuelas públicas. Portalis, ministro entonces de Napoleón I, dijo así en la Asamblea legislativa:

«Tiempo es ya de que las teorías callen ante los hechos. ¡No hay enseñanza sin educación, ni educación sin religión!»


60. Napoleón en Santa Elena. —El arzobispo de B... se encontraba en Aix-le-Bain, a donde había ido con el fin de restablecer su salud. Un día le llamaron a la cabecera de una enferma, hija de un célebre general. Acudió en el acto. Al escucharla, era tal el fervor y dulce piedad con que se expresaba la moribunda, que el arzobispo no pudo contener las lágrimas. Admirando su extraordinaria instrucción religiosa, le preguntó dónde había sido educada.

Monseñor,—respondió ella,—después de Dios, es al emperador Napoleón a quien debo lo que sé. Yo vivía con mi familia en la isla Santa Elena. Tenía sólo diez años, cuando un día el emperador me dijo:

Hija mía, tú eres joven, muchos peligros te aguardan en el mundo. ¿Qué será de ti si no te hallares protegida por la religión? Tu padre y tu madre no la tienen. Yo tomo sobre mí el deber que pesa sobre ellos: ven todos los días; desde mañana comenzaré a darte mis lecciones. 

Durante dos años consecutivos, asistí varias veces por semana, al catecismo que me enseñaba el emperador. Me daba lecciones y me las explicaba. Cuando llegué a la edad de doce a trece años, me dijo: Al presente, hija mía, estás suficientemente instruida. Es necesario que te dispongas a hacer tu primera comunión. Voy a hacer venir de Francia un sacerdote para que te prepare a ti para tan grande acto y a mí para la muerte.

El emperador cumplió su palabra (4). En efecto, la niña hizo su primera Comunión, y el emperador, hallándose cercano a la muerte, se confesó, recibió el Santo Viático y la Extremaunción.

«Estoy muy contento por haber cumplido con mis deberes,—dijo al general Montholon.—Deseo, general, que al morir tengáis la misma felicidad... Ocupando el trono he omitido la práctica de mi religión, porque el poder enloquece a los hombres. Mas he conservado siempre la fe: el sonido de las campanas me causaba placer, y la vista de un sacerdote me conmovía. Yo quería hacer de todo esto un secreto, pero sería una debilidad... Quiero glorificar a Dios...» (5).


61. Un documento de Napoleón. —El emperador había dictado esta nota para el establecimiento de niñas de Ecouen, célebre castillo no lejos de París, donde se educaban las hijas de los miembros de la Legión de Honor. El documento tiene la fecha del 15 de Mayo de 1807: «¿Qué cosas les enseñarán a las señoritas que se eduquen en Ecouen? Hay que comenzar por la religión en toda su severidad. No consintáis en este punto ninguna modificación. La religión es asunto muy importante en una institución pública para señoritas. Ella es, por más que se diga, la más segura garantía para las madres y para los maridos. Educadnos mujeres creyentes, y no razonadoras. La delicadeza del cerebro de las mujeres, lo movedizo de sus ideas, su destino en el orden social, la necesidad para ellas de una constante y perpetua resignación y de una caridad indulgente: todo ello no se puede conseguir sino con la religión. Deseo que salgan de Ecouen, no mujeres agradables, sino mujeres virtuosas, y que sean sus atractivos las buenas costumbres y el corazón. . .»


62. Diderot, catequista.Los impíos mismos reconocen la importancia del Catecismo. Así vemos, por ejemplo, a Diderot, uno de los corifeos de la seudofilosofía del siglo XVIII, que sin atreverse a confiar a nadie la educación de su hija María, de diez años, se encargó de enseñarle personalmente el Catecismo. Uno de sus amigos, M. Beauzée, lo sorprendió en cierta ocasión dando sus lecciones:

¡Cómo!—exclamó; —¿tú le enseñas el Catecismo a tu hija? ;Te estás burlando? 

Diderot que quería ser impío con sus amigos, pero no en presencia de su hija, frunció las cejas y respondió severamente: —Si yo conociese un libro mejor para hacer de María una niña respetuosa y tierna, buena mujer y digna madre, se lo enseñaría; pero a la verdad, que en el mundo no conozco más que el Catecismo que le pueda enseñar todo esto: ¡ojalá que, para felicidad suya y mía, crea, ame y practique cuanto en él se indica! (6). Y solía vindicarse de los sarcasmos de sus amigos incrédulos con estas palabras: «La impiedad puede ser en un hombre un extravío de la inteligencia, en una mujer es un vicio del corazón. Hanse visto hombres extraviados más por las doctrinas que por las malas pasiones, seguir, a pesar de esto, siendo honrados: pero una mujer que abandona la religión lo pierde todo. He aquí la razón por la cual yo opino que una mujer debe poner todo su conato en conservar siempre intacto el carácter sagrado que recibió en las fuentes bautismales».


63. Instrucción religiosa. La joven debe conocer bien el Catecismo de la doctrina cristiana — que es un compendio del Evangelio. Mas esto no basta. En estos tiempos en que la perfidia y la ignorancia libran rudos ataques contra la Fe, es necesario que la joven se prepare para la defensa propia y de la Iglesia, pertrechándose con las armas de una instrucción más sólida y fundamental.

Por tanto deberá estudiar los Fundamentos de la Fe, y al menos alguna Obra apologética (7). Hagamos nuestras las palabras de Renato Bazin: «Si yo tuviera en este momento, cerca de mí, una jovencita candorosa, una de esas buenas voluntades que no se hallan a cada paso, aun en la juventud, le diría: «Cualquiera que sea tu vocación, ya sea que te cases, que te quedes soltera, o que te hagas religiosa, estudia profundamente tu religión. ¡Tendrás que dar tantos consejos, que destruir tantos sofismas, que disipar tantas ignorancias, que sostener tantas debilidades!»

«Cuánto gozo a veces con este espectáculo: un hombre importante y sectario, muy decorado, notable en alguna ciencia determinada, nulo en todo lo demás, y a quien desenmascara, refuta, confunde, impide perjudicar, con una sola palabra, una mujercita que sabe su catecismo».


64. Palabras de un gran Papa-—León XIII dirigía estas palabras a las alumnas del Sagrado Corazón, en Roma: «Estudiad con asiduidad y empeño; enriqueced vuestras inteligencias con útiles y sólidos conocimientos, que habiliten a la joven para cumplir dignamente sus deberes en la sociedad: pero prestad atención particular a la enseñanza religiosa. Esta enseñanza debe ser sólida y profunda, aunque acomodada a la mujer: porque así la necesita la condición perversa de nuestro tiempo. Adquirid conocimientos prácticos de nuestra amada Religión para oponerlos a la propagación del error». (8)


65. lnstrucción sólida.—El abate Sertillange, en un Congreso celebrado en honor de Juana de Arco, en 1904, se expresaba así: «No puedo menos de afirmar, en general, que la instrucción religiosa de las jóvenes es deplorable. Se les habla a la imaginación, a los sentidos, y se les inculca cierta bondad más o menos superficial, pero las convicciones sólidas, claras, sometidas discretamente a prueba y contradicción, no las conocen..."

¿De qué sirve que lleven muchos escapularios y medallas pendientes del pecho, ofrezcan flores a la Virgen, hagan Ejercicios, si carecen de conocimientos arraigados, y a la menor dificultad, están en peligro de claudicar en la fe por falta de solidez y apoyo interior?»


Lagardére añadía: «Confieso avergonzado, que en estos tiempos de controversia y crítica à outrance, hemos continuado en la enseñanza con el método de las simples afirmaciones, sin ningún género de pruebas. No hemos tenido valor para someter la inteligencia de las jóvenes al viril ejercicio de la discusión. He aquí porqué hemos formado corazones que creían creer; y que han cesado de creer al respirar en la sociedad un aire nada puro, para el cual sus pulmones no se habían educado».


66. Educación religiosa. —Aun decimos más. No basta a la joven un bagaje más o menos completo de instrucción religiosa, sino que le es necesario además una sólida educación religiosa. No basta que la verdad luzca en el mundo de las ideas; es necesario que lleve calor al corazón y decisión a la voluntad. La verdad ha de ser como esa estrella que guió a los reyes magos camino de Belén: es decir, debe alumbrar el camino y arrastrar en pos de ella. En otras palabras, no basta conocer la doctrina cristiana: es necesario practicar sus enseñanzas y cumplir sus preceptos. No basta conocer el Evangelio; es preciso vivirlo. Así como reza el refrán: El amor y la fe, en las obras se ve. Sin esto, la religión vendría a ser para las jóvenes, un cristianismo de azahares, según la bella expresión del místico inglés, P. Faber.


67. Un ejemplo práctico.—Uno de los defectos más comunes de la juventud es ciertamente el hábito de mentir. La mentira es la falta de verdad, es la discrepancia voluntaria entre la persuasión y la enunciación ( 9). La mentira, con su hermana la exageración, llega a pervertir el instrumento natural de la comunicación social, que es el lenguaje. Es pues una violación de las leyes del trato social, y sobre todo es una violación de las leyes divinas. El octavo mandamiento reza: No mentir... Es posible tener el suficiente conocimiento de este mandamiento divino, lo que sería instrucción religiosa, sin que influya en la práctica, lo que sería en este caso falta de educación religiosa. No basta aprender a rezar a flor de labios: no mentir; mas es necesario que la verdad informe todas nuestras palabras.

No basta que ese precepto negativo reine en el mundo de la inteligencia, debe sobre todo reinar en los dominios de la palabra. La joven debe cerrar a todo trance sus labios a la mentira, y abrirlos sólo a la verdad. Debe acrisolar de tal modo sus palabras,—con el esfuerzo, la continua vigilancia y el dominio de sí misma, —que ellas lleguen a adquirir la transparencia del cielo, la limpidez de un manantial, el esplendor de un rayo de sol. Aun más: debe estimar en tanto la palabra, que ha de darle el verdadero valor que tiene, evitando esas exageraciones, esas hipérboles, esos superlativos fuera de lugar, esas ampulosidades, que tanto florecen sobre labios juveniles... y aun sobre los labios de toda persona desequilibrada. La verdad es tan bella que no necesita de disfraces que la encubran, o de indumentaria que la vuelva ridicula. Así, pues, la religión debe ser conocida, y especialmente vivida. La instrucción ha de ser completada con la educación.


(1) San Gregorio Niceno, Serm 2) Alter Christus. (3) P. Ventura, La mujer católica. (4) Cf. Lefort. (5) Cf. Segur, Contestaciones. (6) Dict. d'éducation. (7) Véase más adelante (c VI, § III), cuáles libros podría la joven leer con provecho. Véase también el Manual del Joven: "La Biblioteca del joven estudioso». (8) Alocución á las colegialas del Sagrado Corazón, 10 de Junio de 1883. (9) Los alemanes llaman la mentira con mucha precisión de lenguaje, Unwahrheít (no verdad)—falta de verdad.


Continuará...

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