VACANTIS APOSTOLICAE SEDIS

✠✠ "Sede Vacante Nihil Innovetur" ✠ "Ipsum Suprema Nostra auctoritate nullum et irritum declaramus" ✠ "Inferior non potest tollere legem superioris" ✠✠

CAMBIEMOS Y ADAPTEMOS EL PRIMADO Y LA MONARQUÍA DE LA IGLESIA AL GUSTO DE LOS CISMÁTICOS EN POS DEL ECUMENISMO CONCILIAR

"Non dubium est haeresis et schisma a diabolo, qui caput est malitiae, processisse; et ideo, quicquid ab haereticis geritur, eius instinctu fieri, qui eorum sensus mentes cogitationesque possedit, nulla dubitatio est."
Constantino el Grande

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Cardenal Joseph Ratzinger
ULTERIOR IIIº JEFE SUPREMO DE LA RAMERA CONCILIAR DEL VATICANO II
Principios de la Teología Católica
1982


Ciertamente, nadie que se proclame fiel a la teología católica puede simplemente declarar nula y sin valor la doctrina del primado, especialmente si busca comprender las objeciones y evalúa con una mente abierta el peso relativo de lo que puede determinarse históricamente. Tampoco es posible, por otra parte, que considere como la única forma posible y, por consiguiente, como vinculante para todos los cristianos, la forma que este primado ha tomado en los siglos diecinueve y veinte. Los gestos simbólicos del Papa Pablo VI y, en particular, su arrodillamiento ante el representante del Patriarca Ecuménico fueron un intento de expresar precisamente esto y, mediante tales signos, de señalar el camino para salir del callejón sin salida histórico.

Aunque no nos es dado detener el vuelo de la historia, ni cambiar el curso de los siglos, podemos decir, no obstante, que lo que fue posible durante mil años no es imposible para los cristianos de hoy. Después de todo, el cardenal Humberto de Silva Candida, en la misma bula en la que excomulgó al patriarca Miguel Cerulario y así inauguró el cisma entre Oriente y Occidente, designó al emperador y al pueblo de Constantinopla como "muy cristianos y ortodoxos", aunque su concepto del primado romano era ciertamente mucho menos diferente del de Cerulario que del, digamos, del Concilio Vaticano Primero.

En otras palabras, Roma no debe exigir de Oriente, con respecto a la doctrina del primado, más de lo que había sido formulado y se vivió en el primer milenio. 

Cuando el patriarca Atenágoras, el 25 de julio de 1967, con ocasión de la visita del Papa al Fanar, lo designó como el sucesor de San Pedro, como el más estimado entre nosotros, como aquel que preside en la caridad, este gran líder de la Iglesia estaba expresando el contenido esencial de la doctrina del primado tal como se conocía en el primer milenio. Roma no necesita pedir más. 

La reunión podría tener lugar en este contexto si, por una parte, Oriente dejara de oponerse como heréticos a los desarrollos que tuvieron lugar en Occidente en el segundo milenio y aceptara a la Iglesia Católica como legítima y ortodoxa en la forma que había adquirido en el curso de ese desarrollo, mientras que, por otra parte, Occidente reconociera a la Iglesia de Oriente como ortodoxa y legítima en la forma que siempre ha tenido.

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Una palabra final: el dinamismo del acontecimiento afecta incluso al lenguaje. La referencia a los hermanos apóstoles Pedro y Andrés gana mayor importancia en el diálogo no solo como un medio para yuxtaponer a las Iglesias de la vieja y la nueva Roma como Iglesias hermanas, sino también para enfatizar la cercanía especial de las funciones de los dos obispos que son los sucesores del "primer corifeo" y del "primer llamado". 

Hasta donde soy capaz de determinar, fue el metropolitano Atenágoras de Tiatira quien, el 28 de diciembre de 1963, justo antes de la significativa visita del Papa a Tierra Santa, habló por primera vez de los dos apóstoles en términos del presente y, al hacerlo, se dirigió al Papa como el "primer obispo de la Iglesia entre iguales". 

Melitón de Heliópolis dio un paso más allá después de que la prohibición hubiera sido levantada. Se dirigió al Papa con estas palabras: "Usted, el primer obispo de la cristiandad, y su hermano, el segundo en rango, el obispo de Constantinopla, pueden por primera vez en largos siglos, debido al santo acontecimiento de este día, dirigirse a la humanidad con una sola voz y un solo corazón para proclamarles las buenas nuevas de la Navidad: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a las personas que él ama". 

El propio patriarca Atenágoras habló con mayor fuerza aún cuando saludó al Papa en el Fanar: "Contra toda expectativa, el obispo de Roma está entre nosotros, el primero entre nosotros en honor, 'el que preside en el amor' (Ignacio de Antioquía, epístola 'Ad Romanos', PG 5, col. 801, prólogo)". Está claro que, al decir esto, el patriarca no abandonó las pretensiones de las Iglesias orientales ni reconoció el primado de Occidente. Más bien, expuso claramente lo que Oriente entendía como el orden, el rango y el título de los obispos iguales en la Iglesia; y valdría la pena que consideráramos si esta confesión arcaica, que nada tiene que ver con el "primado de jurisdicción" sino que confiesa un primado de "honor" (τιμή) y ágape, no podría ser reconocida como una fórmula que refleja adecuadamente la posición que Roma ocupa en la Iglesia; el "santo coraje" requiere que la prudencia se combine con la "audacia": "El reino de Dios sufre violencia"



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S.S. San Pío X
Ex quo 

"Con no menor falsedad se introduce la persuasión de que la Iglesia Católica no fue en los primeros siglos mando de uno solo, es decir, monarquía...."



Denzinger 2147 a

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S.S.Pío IX
Concilio Vaticano
1870

Si alguno, pues, dijere que el bienaventurado apóstol Pedro no fue constituido por CRISTO nuestro Señor príncipe de los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante, ó que el mismo Pedro no recibió directa é inmediatamente de JESUCRISTO nuestro Señor, mas que un primado de honor y no de propia y verdadera jurisdiccion; sea anatema.

Si quis igitur dixerit, beatum Petrum apostolum non esse à CHRISTO Domino constitutum Apostolorum omnium principem et totius Ecclesiæ militantis visibile caput; vel eumdem honoris tantum, non autem veræ propriæque jurisdictionis primatum ab eodem Domino nostro JESUCHRISTO directe et immediate accepisse; anathema sit.




Denzinger 1823

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