VACANTIS APOSTOLICAE SEDIS

✠✠ "Sede Vacante Nihil Innovetur" ✠ "Ipsum Suprema Nostra auctoritate nullum et irritum declaramus" ✠ "Inferior non potest tollere legem superioris" ✠✠
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DEFINITIVO REMEDIO DE LA CRISIS TOTAL QUE AGITA AL MUNDO

S.S.Pío XII
EXHORTACION RADIAL
DAL NOSTRO CUORE
PREGON FUNDAMENTAL DEL MOVIMIENTO “POR UN MUNDO MEJOR”
(10-II-1952)

1. Un grito de alarma: ¡a la acción!

Desde Nuestro corazón, amados hijos e hijas de Roma, os llega esta paternal exhortación: desde Nuestro corazón intranquilo, de una parte, por la prolongación de las peligrosas condiciones exteriores, que no logran permanente claridad; de otra, por una tibieza demasiado difundida que a muchos impide el emprender aquella vuelta a Cristo, a la Iglesia, a la vida cristiana, que tantas veces hemos señalado como definitivo remedio de la crisis total que agita al mundo. Pero la confianza de encontrar en vosotros el consuelo de la comprensión y la firme prontitud para la actuación, Nos ha movido a abrir Nuestra alma. Grito de alerta es el que hoy escucháis de los labios de vuestro Padre y Pastor; de Nos, que no podemos permanecer mudos e inertes ante un mundo que inconscientemente prosigue por aquellos caminos que conducen al abismo almas y cuerpos, buenos y malos, civilización y pueblos. El sentimiento de Nuestra responsabilidad ante Dios exige de Nos el intentarlo todo, el emprenderlo todo, para que al género humano le sea ahorrada desgracia tan grande.

2. En la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, progresiva renovación religiosa.

Para confiaros estas Nuestras angustias hemos escogido la festividad –que mañana se celebra– de la Virgen de Lourdes porque conmemora las prodigiosas apariciones que hace casi cien años, fueron, en aquel siglo de desbordamiento racionalista y de depresión religiosa, la respuesta misericordiosa de Dios y de su Madre celestial a la rebelión de los hombres, la irresistible llamada a lo sobrenatural, al primer paso para una progresiva renovación religiosa. Y ¿qué corazón de cristiano, por tibio y olvidadizo que fuera, podría resistir a la voz de María? No ciertamente los corazones de los Romanos; de vosotros que habéis heredado, transmitido durante largos siglos, junto con la fe de los Mártires, el filial afecto a María, invocada en sus venerables imágenes con los amorosos títulos, de lapidaria elocuencia, “Salus Pópuli Románi”, “Portus Románæ Securitátis” y con aquel otro más reciente de “Madre del Divino Amor”, todos los cuales son monumentos de la constante piedad mariana, y con mayor verdad aún, dulce sello de una historia de probadas intervenciones de la Virgen en las calamidades públicas, que hicieron temblar estos viejos muros de Roma, siempre salvada gracias a la protección de Ella.

3. Frente a los graves peligros, examina qué se debe hacer.

Mas no ignoráis que mucho más extendidos y graves de cuanto fueran las pestes y los cataclismos terrestres son los peligros que sin cesar se ciernen sobre la presente generación, bien que su permanente amenaza ha comenzado a hacer a los pueblos casi insensibles y apáticos. ¿Sería, tal vez, este el más infausto síntoma de la interminable pero no decreciente crisis que hace temblar a las mentes conscientes de la realidad? Renovado, por lo tanto, el acudir a la benignidad de Dios y a la misericordia de María, necesario es que todo fiel, todo hombre de buena voluntad, se torne a examinar, con una resolución digna de los grandes momentos de la historia humana, cuanto personalmente pueda y deba hacer, como contribución suya a la obra salvadora de Dios, para venir en socorro de un mundo, que hoy se halla camino de la ruina.

4. Después de la floración religiosa del Año Santo, sacudir el funesto letargo.

La persistencia de una situación general, que no dudamos en calificar de explosiva a cada instante y cuyo origen tiene que buscarse en la tibieza religiosa de tantos, en el bajo tono moral de la vida pública y privada, en la sistemática obra de intoxicación de las almas sencillas a las que se les propina el veneno después de haberles narcotizado –digámoslo así– el sentido de la verdadera libertad, no puede dejar a los buenos inmóviles en el mismo surco; contemplando con los brazos cruzados un porvenir arrollador.

El mismo Año Santo, que consigo trajo una prodigiosa floración de vida cristiana, abierta primero entre vosotros y luego en los rincones todos de la tierra, no ha de mirarse como un meteoro resplandeciente pero fugitivo, ni como un esfuerzo momentáneo ya cumplido, sino como el paso, primero y prometedor, hacia la completa restauración del espíritu evangélico que, además de arrancar millones de almas de la ruina eterna, es el único que puede asegurar la convivencia pacífica y la fecunda colaboración de los pueblos.

Y ahora ha llegado el tiempo, amados hijos. Ha llegado el tiempo de dar los otros pasos definitivos, es tiempo de sacudir el funesto letargo; es tiempo de que todos los buenos, todos los preocupados por los destinos del mundo se reconozcan y aprieten sus filas; es tiempo de repetir con el Apóstol: «Hora est jam nos de somno súrgere» (Rom. XIII, 11): ¡Ea, es hora de que nos despertemos del sueño, porque ahora está próxima nuestra salvación!

5. Un mundo entero que rehacer.

Es todo un mundo, que se ha de rehacer desde los cimientos, que es necesario transformar de selvático en humano, de humano en divino, es decir, según el corazón de Dios. Millones y millones de hombres claman por un cambio de ruta, y miran a la Iglesia de Cristo como fuerte y único timonel que, respetando la humana libertad, pueda ponerse a la cabeza de empresa tan grande, y le suplican la dirección de ella con palabras claras y más aún con las lágrimas ya derramadas, con las heridas todavía sangrantes, señalando los inmensos cementerios que el odio organizado y armado ha extendido sobre la faz de los continentes.

6. La responsabilidad del Papa y de Roma.

¿Cómo podríamos Nos, puestos por Dios, bien que indignos, luz en las tinieblas, sal de la tierra, Pastor de la grey cristiana, rechazar esa misión tan saludable? Como aceptamos, en un día ya lejano, porque a Dios así plugo, la pesada cruz del Pontificado, así Nos sometemos al arduo oficio de ser, en cuanto lo permiten nuestras débiles fuerzas, heraldos de un mundo mejor, querido por Dios, y cuya bandera deseamos entregar primero a vosotros, amados hijos de Roma, más vecinos a Nos y más particularmente confiados a nuestros cuidados; y por ello mismo, puesto está, también vosotros como luz sobre el candelabro, levadura entre los hermanos, ciudadela sobre el monte; a vosotros, de quienes con razón esperan los demás mayor valor y más generosa prontitud.

7. Exhortación a Roma a volver a sus realizaciones históricas de salvación.

Acoged con noble ímpetu de entrega, reconociéndola como llamada de Dios y digna razón de vida, la santa consigna que en el día de hoy os confía vuestro Pastor y Padre: Dar comienzo a un poderoso despertar en el pensamiento y en la actuación. Despertar, que obligue a todos, sin que nadie pueda evadirse al Clero y al pueblo, a las autoridades, a las familias, a los grupos, a cada una de las almas, en el frente de la renovación total de la vida cristiana, en la línea de la defensa de los valores morales, en la realización de la justicia social, en la reconstrucción del orden cristiano, de tal suerte que hasta el mismo esfuerzo de la Urbe, centro –desde los tiempos apostólicos– de la Iglesia, aparezca en breve tiempo resplandeciente en santidad y belleza.

La ciudad de Roma, sobre la cual cada edad ha impreso la huella de gloriosas actuaciones, convertidas luego en herencia del mundo entero, reciba de la actual generación, de los hombres que hoy la pueblan, la aureola de promotora de la salvación común en un tiempo en que fuerzas opuestas se disputan el mundo. Todo eso esperan de ella los pueblos cristianos, y, sobre todo, esperan de ella acción.

8. Acción y ya no discusión.

Este no es el momento de discutir, de buscar nuevos principios, de señalar nuevos ideales y metas. Los unos y los otros, ya conocidos y comprobados en su sustancia, porque han sido enseñados por el mismo Cristo, iluminados por la secular elaboración de la Iglesia, adaptados a las inmediatas circunstancias por los últimos Romanos Pontífices, tan solo esperan una cosa: la realización concreta.

¿De qué serviría el investigar las vías de Dios y del espíritu, si en la práctica se eligieran los caminos de la perdición y con docilidad se doblegase la espalda al flagelo de la carne? ¿De qué saber y decir que Dios es Padre y que los hombres son hermanos, cuando se temiese toda intervención de Aquel en la vida privada y pública? ¿De qué serviría el disputar sobre la justicia, sobre la caridad, sobre la paz, si la voluntad estuviese ya resuelta a rehuir la inmolación, el corazón determinado a encerrarse en glacial soledad, y si ninguno osase ser el primero en romper las barreras del odio separador, para correr a ofrecer un sincero abrazo? Todo esto no haría sino convertir en más culpables a los hijos de la luz, a los cuales les será menos perdonado, si han amado menos. No es con esa incoherencia e inercia como la Iglesia transformó en sus comienzos la faz del mundo, y se extendió rápidamente, y perduró bienhechora en el correr de sus siglos y conquistó la admiración y la confianza de los pueblos.

9. El principal enemigo es la indiferencia e inercia.

Quede bien claro, amados hijos que en la raíz de los males actuales y de sus funestas consecuencias no está, como en los tiempos precristianos o en las regiones aún paganas, la invencible ignorancia sobre los destinos eternos del hombre y sobre los verdaderos caminos para conseguirlos: sino el letargo del espíritu, la anemia de la voluntad, la frialdad de los corazones. Los hombres, inficionados por semejante peste, intentan, como justificación, el rodearse con las tinieblas antiguas y buscan una disculpa en nuevos y viejos errores. Necesario es, por lo tanto, actuar sobre sus voluntades.

10. Cómo proceder: conocer los males y atacarlos.

La acción a la que hoy llamamos a Pastores y fieles, sea reflejo de la de Dios: Sea iluminante y clarificadora, generosa y amable. A este fin, enfrentándoos con el estado concreto de vuestra y Nuestra ciudad, esforzaos por que estén bien comprobadas las necesidades, bien claras las metas, bien calculadas las fuerzas disponibles, de suerte tal que los presentes recursos iniciales no se presenten inútiles por ser ignorados, ni se les emplee desordenadamente, ni se les malgaste en actividades secundarias. Invítase a las almas de buena voluntad; ofrézcanse ellas mismas espontáneamente. Sea su ley la incondicional fidelidad a la persona de Jesucristo y a sus enseñanzas. Sea su oblación humilde y obediente; únase su trabajo como elemento activo a la grandiosa corriente que Dios moverá y conducirá por medio de sus ministros.

11. Primero Roma y después la humanidad entera: las clases de almas y la secular misión.

Para ello, invitamos a Nuestro Venerable Hermano, el Señor Cardenal Vicario, a que asuma su alta dirección, en la diócesis de Roma, de esta acción regeneradora y salvadora. Estamos seguros de que no faltarán, ni en número ni en calidad, los corazones generosos que acudirán a Nuestra llamada y que llevarán a la realidad este Nuestro deseo. Hay almas ardientes, que con ansia esperan ser convocadas; a su anhelo impaciente se les señale el vasto campo de roturar. Hay otras somnolientas, y será preciso despertarlas; pusilánimes otras, y será necesario animarlas; desorientadas otras y habrá que guiarlas. A todas se les requiere un prudente encuadramiento, un acertado empleo, un ritmo de trabajo que corresponda a la apremiante necesidad de defensa, de conquista, de positiva construcción. Así es como Roma revivirá en su secular misión de maestra espiritual de los pueblos, no solamente como lo fue y lo es, por la cátedra de verdad que Dios estableció en su centro, sino por el ejemplo de su pueblo, de nuevo ferviente en la fe, ejemplar en las costumbres, concorde en el cumplimiento de los deberes religiosos y civiles, y, si pluguiere al Señor, próspero y feliz. Esperamos de buen grado Nos que este potente despertar, al que hoy os invitamos, promovido sin tardanza y continuado tenazmente según el plan trazado, y que otros podrán ilustrar en sus detalles, será imitado muy presto por las diócesis vecinas y por las lejanas, de suerte que sea dado a Nuestros ojos el ver volverse a Cristo, no solo las ciudades, sino también las naciones, los continentes, la humanidad entera.

12. La mano en el arado.

Manos, pues, al arado: Os mueve Dios que así lo quiere, os atraiga la nobleza de la empresa, os estimule su urgencia; y que el justificado temor de tremendo porvenir que seguirá a una culpable inercia venza todo titubeo y vigorice todas las voluntades.

13. Oración y ayuda divina: el auxilio de María.

Os apoyarán las oraciones de los humildes y de los pequeños, a quienes van vuestras más tiernas preocupaciones, los dolores aceptados y ofrecidos de los que sufren. Fecundarán vuestros esfuerzos por el ejemplo, y la intercesión de los Mártires y de los Santos, que a este suelo hicieron sagrado. Bendecirá y multiplicará el feliz éxito, por el cual ardientemente oramos, la Virgen Santísima, la cual, si en todo tiempo estuvo pronta a extender su mano protectora sobre sus Romanos, no dudamos que querrá hacer sentir a estos hijos, que tan afectuosa piedad demostraron en su reciente glorificación, cuyo potente grito de hosana aún resuena bajo este cielo.

14. La Bendición Apostólica.

Os sirva, en fin, de consuelo y firmeza la paternal Bendición Apostólica que, con ilusión de corazón, impartimos a todos vosotros que Nos escucháis, a vuestras familias, a vuestras obras y a esta Ciudad Eterna, cuya fe, ya desde los tiempos del Apóstol, es anunciada en el universo mundo (Rom. I, 8), y cuya cristiana grandeza, faro de verdad, de amor y de paz se perpetúa constante a través de los siglos. Así sea.


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ESTA DOCTRINA DE LA EXPERIENCIA INFIERE VERDAD DE TODA RELIGIÓN, SIN EXCEPTUAR EL PAGANISMO

Bob Prevost
Sucesor del Anticristo Montini
 Audiencia al Cuerpo Diplomático
16-V-2025

En la perspectiva cristiana —como también EN LA DE OTRAS EXPERIENCIAS RELIGIOSAS— la paz es ante todo un don, el primer don de Cristo: “Les doy mi paz” (Jn. 14,27). Pero es un don activo, apasionante, que nos afecta y compromete a cada uno de nosotros, INDEPENDIENTEMENTE de la procedencia cultural y DE LA PERTENENCIA RELIGIOSA, y que exige en primer lugar un TRABAJO SOBRE UNO MISMO.

 La paz se construye en el corazón y a partir del corazón, arrancando el orgullo y las reivindicaciones, y midiendo el lenguaje, porque también se puede herir y matar con las palabras, no sólo con las armas.

En esta óptica, CONSIDERO FUNDAMENTAL EL APORTE QUE LAS RELIGIONES Y EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO pueden brindar para favorecer contextos de paz. Eso, naturalmente, EXIGE EL PLENO RESPETO DE LA LIBERTAD RELIGIOSA EN CADA PAÍS, porque LA EXPERIENCIA RELIGIOSA ES UNA DIMENSIÓN FUNDAMENTAL DE LA PERSONA HUMANA, sin la cual es difícil —si no imposible— realizar esa purificación del corazón necesaria para construir relaciones de paz.»


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La Enciclopedia Católica
Modernismo

  • Un espíritu de completa emancipación, tendiente a debilitar la autoridad eclesiástica ; la emancipación de la ciencia , que debe recorrer todos los campos de investigación sin temor a conflicto con la Iglesia ; la emancipación del Estado, que nunca debe ser obstaculizado por la autoridad religiosa; la emancipación de la conciencia privada , cuyas inspiraciones no deben ser anuladas por definiciones papales o anatemas; la emancipación de la conciencia universal , con la que la Iglesia debe estar siempre de acuerdo.

  • Un espíritu de movimiento y cambio, con una inclinación hacia una forma radical de evolución que aborrece todo lo fijo y estacionario.

  • Un espíritu de reconciliación entre todos los hombres a través de los sentimientos del corazón. Numerosos y variados son también los sueños modernistas de entendimiento entre las diferentes religiones cristianas , incluso entre la religión y una especie de ateísmo, todo ello sobre la base de un acuerdo que debe ser superior a las meras diferencias doctrinales.


S.S. San Pío X
Pascendi Dominici Gregis

CONTRA LOS HEREJES MODERNISTAS


[...]La experiencia religiosa. Véase, pues, su explicación. En el sentimiento religioso se descubre una cierta intuición del corazón, merced a la cual, y sin necesidad de medio alguno, alcanza el hombre la realidad de Dios, y tal persuasión de su existencia y de su acción, dentro y fuera de ser humano, que traspasa con mucho toda persuasión científica. Lo cual es una verdadera experiencia, y superior a cualquiera Otra racional; y si alguno, como acaece con los racionalistas, la niega, es simplemente, dicen, porque rehusa colocarse en las condiciones morales requeridas para que aquélla se produzca. Y tal experiencia hace al que la ha conseguido verdadera y propiamente creyente. ¡Cuánto dista todo esto de los principios católicos! Semejantes quimeras las vimos ya reprobadas por el CONCILIO VATICANO.

Cómo franquean la puerta al ateísmo, una vez admitidas juntamente con los otros errores mencionados, lo diremos más adelante. Desde luego es bueno advertir que de esta doctrina de la experiencia, unida a la otra del simbolismo infiere verdad de toda religión, sin exceptuar el paganismo. Pues qué, ¿no se encuentran en todas las religiones experiencias de este género? Más de uno lo atestigua. Luego, ¿con qué derecho los modernistas negarán la verdad a las experiencias que afirma el turco (islam), y atribuirán a solos los católicos las experiencias verdaderas? Aunque, cierto, no las niegan; y los unos veladamente y los otros sin rebozo, tienen por verdaderas todas las religiones. Y es manifiesto que no pueden opinar de otra suerte, pues establecidos sus principios, ¿por qué causas argüirían de falsedad a una religión cualquiera? No por otras, ciertamente, que por la falsedad del sentimiento religioso o de la fórmula brotada del entendimiento. 

Mas el sentimiento religioso es siempre y en todas partes el mismo, aunque en ocasiones tal vez menos perfecto; cuanto a la fórmula del entendimiento, lo único que se exige para su verdad, es que responda al sentimiento religioso y al creyente, cualquiera que sea la capacidad de su ingenio. Todo lo más que en esta: contienda de religiones podrían acaso defender los modernistas es que la católica por tener más vida posee más verdad, y que es más digna del nombre cristiano porque responde con mayor plenitud a los orígenes del cristianismo. Nadie, puestas las precedentes premisas, considerará absurda ninguna de estas conclusiones. Lo que produce profundo estupor es que católicos, que sacerdotes a quienes horrorizan, como más queremos pensar, tales monstruosidades, se conduzcan, sin embargo, como si de lleno las aprobasen; pues tales son las alabanzas que prodigan a los mantenedores de esos errores, tales los honores que públicamente les tributan, que hacen creer fácilmente que lo que pretenden honrar no son las personas, merecedoras acaso de alguna consideración, sino más bien los errores que a las claras profesan y que se empeñan con jodas veras en esparcir entre el vulgo.

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S.S. León XIII
Inmortale Dei

EL ESTADO TIENE LA ESTRICTA OBLIGACIÓN DE ADMITIR EL CULTO DIVINO EN LA FORMA CON QUE EL MISMO DIOS HA QUERIDO QUE SE LE VENERE.

«Constituido sobre estos principios, es evidente que el Estado tiene el deber de cumplir por medio del culto público las numerosas e importantes obligaciones que lo unen a Dios.

La razón natural, que manda a cada hombre dar culto a Dios piadosa y santamente, porque de El dependemos, y porque, habiendo salido de El a El hemos de volver, impone la misma obligación a la sociedad civil. 

Los hombres no están menos sujetos al poder de Dios cuando viven unidos en sociedad que cuando vi ven aislados. La sociedad, por su parte, no está menos obligada que los particulares a dar gracias a Dios, a quien debe su existencia, su conservación y la innumerable abundancia de sus bienes. Por esta razón, así como no es lícito a nadie descuidar los propios deberes para con Dios, el mayor de los cuales es cada abrazar con el corazón y con las obras la religión, no la que uno prefiera, sino la que Dios manda y consta por argumentos ciertos e irrevocables como única y verdadera, de la misma manera los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiese, ni rechazar la religión como cosa extraña o inútil, ni pueden, por último, elegir indiferentemente una religión entre tantas. Todo lo contrario. El Estado tiene la estricta obligación de admitir el culto divino en la forma con que el mismo Dios ha querido que se le venere. Es, por tanto, obligación grave de las autoridades honrar el santo nombre de Dios. Entre sus principales obligaciones deben colocar la obligación de favorecer la religión, defenderla con eficacia, ponerla bajo el amparo de las leyes, no legislar nada que sea contrario a la incolumidad de aquélla. 

Obligación debida por los gobernantes también a sus ciudadanos. Porque todos los hombres hemos nacido sido criados para alcanzar un fin último y supremo, al que debemos referir todos nuestros propósitos, y que está colocado en el cielo, más allá de la frágil brevedad de esta vida. 

Si, pues. de este sumo bien depende la felicidad perfecta y total de los hombres, la consecuencia es clara: la consecución de este bien importa tanto a cada uno de los ciudadanos que no hay ni puede haber otro asunto más importante. 

Por tanto, es necesario que el Estado, establecido para el bien de todos, al asegurar la prosperidad pública, proceda de tal forma que, lejos de crear obstáculos, dé todas las facilidades posibles a los ciudadanos para el logro de aquel bien sumo e inconmutable que, naturalmente, desean. La primera y principal de todas ellas consiste en procurar una inviolable y santa observancia de la religión, cuyos deberes unen al hombre con Dios.

Todo hombre de juicio sincero y prudente ve con facilidad cuál es la religión verdadera. Multitud de argumentos eficaces, como son el cumplimiento real de las profecías, el gran de milagros, la rápida propagación de la fe aun en medio de poderes enemigos y de dificultades insuperables, el testimonio de los mártires y otros muchos parecidos, demuestran que la única religión verdadera es aquella que Jesucristo en persona instituyó y confió a su Iglesia para conservarla y propagarla por todo el mundo» 

***
S.S.León XIII
Libertas


Por esto es necesario que el Estado, por el mero hecho de ser sociedad, reconozca a Dios como Padre y autor y reverencie y adore su poder y su dominio. La justicia y la razón prohíben, por tanto, el ateísmo del Estado, o, lo que equivaldría al ateísmo, el indiferentismo del Estado en materia religiosa, y la igualdad jurídica indiscriminada de todas las religiones. Siendo, pues, necesaria en el Estado la profesión pública de una religión, el Estado debe profesar la única religión verdadera, la cual es reconocible con facilidad, singularmente en los pueblos católicos, puesto que en ella aparecen como grabados los caracteres distintivos de la verdad. Esta es la religión que deben conservar y proteger los gobernantes, si quieren atender con prudente utilidad, como es su obligación, a la comunidad política. Porque el poder político ha sido constituido para utilidad de los gobernados. Y aunque el fin próximo de su actuación es proporcionar a los ciudadanos la prosperidad de esta vida terrena, sin embargo, no debe disminuir, sino aumentar, al ciudadano las facilidades para conseguir el sumo y último bien, en que está la sempiterna bienaventuranza del hombre, y al cual no puede éste llegar si se descuida la religión.

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S.S. Pío XI
Ubi arcano

Por lo cual, siendo propio de sola la Iglesia, por hallarse en posesión de la verdad y de la virtud de Cristo, el formar rectamente el ánimo de los hombres, ella es la única que puede, no sólo arreglar la paz por el momento, sino afirmarla para el porvenir, conjurando los peligros de nuevas guerras que dijimos nos amenazan. Porque únicamente la Iglesia es la que por orden y mandato divino enseña que los hombres deben conformarse con la ley eterna de Dios, en todo cuanto hagan, lo mismo en la vida pública que en la privada, lo mismo como individuos que unidos en sociedad. Y es cosa clara que es de mucha mayor importancia y gravedad todo aquello en que va el bien y provecho de muchos.

Pues bien: cuando las sociedades y los estados miren como un deber sagrado el atenerse a las enseñanzas y prescripciones de Jesucristo en sus relaciones interiores y exteriores, entonces sí llegarán a gozar, en el interior, de una paz buena, tendrán entre sí mutua confianza y arreglarán pacíficamente sus diferencias, si es que algunas se originan.

Cuantas tentativas se han hecho hasta ahora a este respecto han tenido ninguno muy poco éxito, sobre todo en los asuntos con más ardor debatidos. Es que no hay institución alguna humana que pueda imponer a todas las naciones un Código de leyes comunes, acomodado a nuestros campos, como fue el que tuvo en la Edad Media aquella verdadera sociedad de naciones que era una familia de pueblos cristianos. En la cual, aunque muchas veces era gravemente violado el derecho, con todo, la santidad del mismo derecho permanecía siempre en vigor, como norma segura conforme a la cual eran las naciones mismas juzgadas. 

Pero hay una institución divina que puede custodiar la santidad del derecho de gentes; institución que a todas las naciones se extiende y está sobre las naciones todas, provista de la mayor autoridad y venerada por la plenitud del magisterio: la Iglesia de Cristo; y ella es la única que se presenta con aptitud para tan grande oficio, ya por el mandato divino, por su misma naturaleza y constitución, ya por la majestad misma  que le dan los siglos, que ni con las tempestades de la guerra quedó maltrecha, antes con admiración de todos salió de ella más acreditada.

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SÉ PACÍFICO INCLUSO EN LA GUERRA


San Agustín
EPÍSTOLA 189 Nº.6
CITADO POR S.S.PÍO XII EL 2 DE JULIO DE 1940
SEMPRE DOLCE

No se busca la paz para preparar la guerra, sino que se hace la guerra para conquistar la paz. Sé, por tanto, pacífico incluso en la guerra, para que así atraigas a los enemigos, con tu victoria al bien de la paz.

***

QUE LOS HOMBRES VUELVAN A NEGOCIAR POR LA PAZ

S.S. Pío XII 
24 de agosto de 1939

Nada está perdido con la paz.
Todo puede perderse con la guerra.
Que los hombres vuelvan al entendimiento.
Que vuelvan a negociar.

Negociando con buena voluntad y respetando los derechos de los demás, se darán cuenta de que una negociación sincera y activa nunca está excluida de un éxito honorable.

Y se sentirán grandes -de verdadera grandeza- si imponiendo silencio a las voces de la pasión, tanto colectiva como privada, y dejando a la razón su imperio, habrán evitado la sangre de sus hermanos y la ruina de la patria.

https://www.vatican.va/content/pius-xii/it/speeches/1939/documents/hf_p-xii_spe_19390824_ora-grave.html

***

EL PROBLEMA DE LA PAZ ES EL OFICIO PRINCIPAL DE LA HUMANIDAD

1
S.S.Pío XII
Discurso al nuevo Embajador de España ante la Santa Sede
A.A.S., vol. 43, pág. 792.

... Y quien no se halle dispuesto a reconocer la supremacía moral del problema de la paz en todos sus aspectos aparta la mirada del que es oficio principal de la Humanidad, ignora deliberadamente un deber urgente que se impone con la misma gravedad a todos y a cada uno de los hombres, lo mismo que a los pueblos; cierra los ojos no sólo a la luz del problema específico del consorcio humano, sino a los esplendores de una función esencial de la fe cristiana para la formación de una sociedad penetrada del espíritu de Jesucristo.


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S.S.Pío XII
A.A.S., vol. 43, página 49. 
Radiomensaje navideño 1950

"El inmenso peligro que amenaza exige imperiosamente, en razón de su misma gravedad, que se aprovechen todas las ocasiones para que la prudencia y la justicia puedan triunfar con la enseña de la concordia y de la paz, y para reavivar los sentimientos de caridad y de piedad hacia todos los pueblos, los cuales aspiran sincera y únicamente a la paz y a la tranquilidad de la vida. Vuelva a reinar en los organismos internacionales la mutua confianza, que presupone la sinceridad de las intenciones y la lealtad en las disputas. Ábranse las barreras, rómpanse las alambradas, permítase a todos los pueblos que puedan mirar libremente la vida de todos los demás; suprimase aquella segregación de..."



***

S.S.Pío XII
Homilía del Día de la Resurrección, el 9 de abril de 1939 

"La paz, en verdad, - diremos con San Agustín - un bien tan grande que nada suele ser más grato a los oídos, nada más digno se puede decir, nada mejor se puede conseguir."

En el libro de Acción Católica Española de 1943, con todas las licencias eclesiásticas, en el índice analítico de materias de los documentos de S.S.Pío XII hasta 1943, leemos que para resumir este párrafo anteriormente citado escriben: "La paz es el mayor bien de este mundo."



***

LA PAZ EL DON DE DIOS MÁS CONSOLADOR, DESEABLE Y EXCELENTE DE TODOS

1

S.S. Benedicto XV
Pacem Dei munus 
23 de mayo de 1920)
 (AAS 12 [1920] 209-218). 2
San Agustín, De civitate Dei XIX 11: PL 41,637

"La paz, este hermoso don de Dios,
que, como dice San Agustín,
«es el más consolador, el más deseable 
y el más excelente de todos»"

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LA VOLUNTAD DE PAZ, MÉRITO MÁXIMO DEL HOMBRE LIBRE

1 

S.S. Pío XII
L´INESAURIBILE MISTERIO
24 de diciembre de 195

La voluntad de paz, mérito máximo del hombre libre, tesoro inestimable de la vida presente, es fruto del esfuerzo de los hombres,
pero es también don precioso de Dios.

El cristiano lo sabe por haberlo aprendido junto a la cuna del recién nacido Hijo de Dios, sobre cuya verdad supremos valores absolutos, se asienta todo orden, conservado y sobre cuyos mandamientos, por ellos y fecundado en obras de progreso y de civilización.


***

EL ORDEN Y LAS LEYES DIVINAS Y HUMANAS TIENEN POR ÚNICO OBJETO EL BIEN DE LA PAZ

1


San Agustín
CIUDAD DE DIOS
LIBRO XIX CAPÍTULO XIV
El orden y las leyes divinas y humanas tienen
por único objeto el bien de la paz.

Todo el uso de las cosas temporales en la Ciudad terrena se refiere y endereza al fruto de la paz terrena, y en la Ciudad celestial se refiere y ordena al fruto de la ley paz eterna. 
[...]

Debe, pues, querer que no le moleste el dolor, ni le perturbe el deseo, ni le deshaga la muerte, para poder conocer alguna cosa útil é importante, y según este conocimiento, componer y arreglar su vida y costumbres. 

Más para que en el mismo estudio del conocimiento, por causa de la debilidad del entendimiento humano no incurra en el contagio y peste de algún error, tiene necesidad del magisterio divino, a quien obedezca con certidumbre, y necesita de su auxilio para que obedezca con libertad. 

Y porque mientras está en este cuerpo mortal, anda peregrinado ausente del Señor, porque camina todavía con la fe, y no ha llegado aun a ver a Dios claramentes; por esto toda paz, ya sea la del cuerpo, ya la del alma, ó juntamente del alma y del cuerpo, la refiere a aquella paz que tiene el hombre mortal con Dios inmortal, de modo que tenga la ordenada obediencia en la fe bajo de la ley eterna. 

Y asimismo porque nuestro Divino Maestro, Dios, nos enseña dos principales mandamientos, es a saber, que amemos a Dios y al prójimo, en los cuales descubre el hombre tres objetos, que es amará Dios, a si mismo y al prójimo, y como no verra en amarse a sí mismo, el que ama a Dios, siguese que para amar a Dios, haya de mirar también por el prójimo, de quien le ordenan que le ame como a sí mismo, de la misma conformidad, por el bien de su esposa, de sus hijos, de sus domésticos, y de todos los demás hombres que pudiere. 

Y para esto ha de desear y querer, si acaso lo necesita, que el prójimo mire por él. De esta manera vivirá en paz con todos los hombres, con la paz de los hombres, esto es, con la ordenada concordia en que se observa este orden, cual es, primero, que a ninguno haga mal ni cause daño; y segundo, que linga bien a quien pudiere...(Sigue)
Texto completo en las imágenes.

CIUDAD DE DIOS
LIBRO XIX CAPÍTULO XVII
Por qué la ciudad celestial viene a estar en paz con la ciudad terrena, por qué en discordia.


También la Ciudad terrena que no vive por la fe, desea la paz terrena, y en lo que pone la concordia que hay en el mandar y obedecer entre los ciudadanos, es en que observen cierta unión y conformidad de voluntades en los objetos que conciernen a la vida mortal. 

La Ciudad celestial, ó, por mejor decir, una parte de ella que anda. peregrinando en esta mortalidad y vive por la fe, también tiene necesidad de semejante paz; y mientras en la Ciudad terrena pasa como cautiva la vida de su peregrinación, como tiene ya la promesa de la redención y el don espiritual, como prenda no duda sujetarse a las leyes de la Ciudad terrena, con que se administran y gobiernan las cosas que son a propósito y acomodadas para sustentar esta vida mortal. 

Porque como es común la misma mortalidad en las cosas tocantes a ella, guárdese la concordia entre ambas Ciudades. 

[...]

Pero como la Ciudad celestial conoce à un solo Dios para reverenciarle, entiende y sabe pía y sanamente que a él sólo se debe servir con aquella servidumbre que los griegos llaman latre, que no debe prestarse sino a Dios. Sucedió, pues, que las leyes tocantes a la religión no pudo tenerlas comunes con la Ciudad terrena, y por ello le fué preciso disentir y no conformarse con ella, y ser aborrecida de los que opinaban lo contrario, sufrir sus odios, enojos, y los impetus de sus persecuciones crueles, a no ser rara vez cuando refrenaba los ánimos de los adversarios el miedo que les causaba su muchedumbre, y siempre el favor y ayuda de Dios. 

Así que esta Ciudad celestial, entretanto que es peregrina en la tierra, va llamando y convocando de entre todas las naciones ciudadanos, y por todos los idiomas va haciendo recolección de la sociedad peregrina, sin atender a diversidad alguna de costumbres, leyes é institutos, que es con lo que se adquiere ó conserva la paz terrena, y sin reformar ni quitar cosa alguna, antes observándolo y siguiéndolo exactamente, cuya diversidad, aunque es varia y distinta en muchas naciones, se endereza a un mismo fin de la paz terrena, cuando no impide y es contra la religión, que nos enseña y ordena adorar a un solo sumo y verdadero Dios. 

Así que también la Ciudad celestial en esta su peregrinación usa de la paz terrena, y en cuanto puede, salva la piedad y religión, guarda y, desea la trabazón y uniformidad de las voluntades humanas en los objetos que pertenecen a la naturaleza mortal de los hombres, refiriendo y enderezando esta paz terrena a la paz celestial.

La cual de tal forma es verdaderamente paz, que sola ella debe llamarse paz de la criatura racional, es a saber, una bien ordenada y concorde sociedad que sólo aspira a gozar de Dios y unos de otros en Dios.
 

Cuando llegáremos a la posesión de esta felicidad, nuestra vida no será ya mortal, sino colmada y muy ciertamente vital, ni el cuerpo será animal, el cual, mientras es corruptible, agrava y comprime al alma, sino espiritual, sin necesidad alguna, y del todo sujeto a la voluntad. 

Esta paz entretanto que anda peregrinando, la tiene por la fe, y con esta fe juntamente vive cuando refiere todas las buenas obras que hace para con Dios ó para con el prójimo, a fin de conseguir aquella paz, porque la vida de la Ciudad efectivamente no es solitaria, sino social y política.
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