VACANTIS APOSTOLICAE SEDIS

✠✠ "Sede Vacante Nihil Innovetur" ✠ "Ipsum Suprema Nostra auctoritate nullum et irritum declaramus" ✠ "Inferior non potest tollere legem superioris" ✠✠
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ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO


"Has entrado en tu reposo, Señor, 
nosotros a quienes redimiste y conquistaste 
te adoramos en tu trono. 
Bendícenos, llévanos a tí, 
y dígnate hacer que tu última venida 
sea nuestra esperanza y no nuestro temor."

Dom Prosper Guéranger

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Y los sacó fuera hasta Betania, y alzando sus manos les bendijo; y aconteció, que mientras los bendecía, se apartó de ellos, y era llevado al cielo. Y ellos, después de haberle adorado, se volvieron a Jerusalén con grande gozo. Y estaban siempre en el templo, loando y bendiciendo a Dios. Amén. 

San Lucas cap. 24, 50-53

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S.S.PÍO XII COMIENZA LA IGLESIA DE LAODICEA COMO ÉL MISMO PREDIJO, EN SU PRIMERA ENCÍCLICA


S.S.Pío XII
Summi Pontificatus
20 de octubre de 1939

¿Qué época necesitó más que la nuestra de tales bienes? ¿Qué época sufrió el tormento del vacío espiritual, de profunda indigencia interior más que la nuestra, a pesar de toda clase de progresos en el orden técnico y puramente civil ¿No se le puede, quizá, aplicar la palabra reveladora del Apocalipsis: Dices rico soy y opulento y de nada necesito y no sabes que eres mísero, y pobre, y ciego, y desnudi (Apoc., 3, 17).

[...] Tal vez (¡Dios lo quiera!) se puede esperar que esta hora de máxima indigencia cambie la manera de pensar y de sentir de muchos que, hasta ahora, con ciega confianza, avanzaban por el camino de los errores modernos, tan extendidos, sin sospechar lo insidioso e incierto del terreno que pisaban. Tal vez muchos que no entendían la importancia de la misión educadora y pastoral de la Iglesia comprenderán ahora mejor sus amonestaciones que ellos desatendieron con la falsa seguridad de tiempos pasados. Las angustias presentes son la apología más impresionante del Cristianismo, tal que no puede haber mayor. De la gigantesca vorágine de errores y movimientos anticristianos se han cosechado frutos tan amargos, que constituyen una condenación, cuya eficacia supera a toda refutación teórica.

Horas de tan penosa desilusión son frecuentemente horas de gracia; un pasar del Señor: transitus Domini: (Ex., 12, 11), en el que, a la palabra del Salvador: He aquí que estoy a la puerta y llamo (Apoc., 3, 20), se abren puertas que, de otro modo, permanecerían cerradas. Sabe Dios con qué amor de compasión, con qué santo júbilo se vuelve Nuestro corazón a los que, como efecto de tan dolorosas experiencias, sienten nacer en sí el deseo impelente y saludable de la verdad, de la justicia y de la paz de Cristo. Pero. aun para aquellos para quienes no ha sonado todavía la hora de la iluminación celeste, Nuestro corazón no conoce sino amor, y Nuestros labios no tienen sino plegarias al Padre de las luces, para que haga brillar en su ánimo, indiferente o enemigo de Cristo, un rayo de aquella luz que un día trans- formó a Saulo en Pablo, de aquella luz que ha patentizado su fuerza misteriosa precisamente en los tiempos más difíciles de la Iglesia.



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S.S.Pío XII comienza esa Iglesia de Laodicea como él mismo predijo, en su primera encíclica:

¿Qué época ha tenido mayor necesidad de estos bienes que la nuestra? ¿Qué época más que la nuestra, a pesar de los progresos de toda clase que ha producido en el orden técnico y puramente exterior, ha sufrido un vacío interior tan crecido y una indigencia espiritual tan íntima? Se le puede aplicar con exactitud la palabra aleccionadora del Apocalipsis: Dices: Rico soy y opulento y de nada necesito, y no sabes que eres mísero, miserable, pobre, ciego y desnudo (Ap 3, 17).

Estaríamos en ese periodo de la pre Parusía "Mira que estoy a la puerta y golpeo" que es justo el que viene después de la Iglesia de Laodicea la que dice Su Santidad Pío XII que fue su época, en Summi Pontificatus, todo su pontificado, esa fue su primera encíclica como Papa, evidentemente, es decir abrío su Papado diciendo que es la Iglesia de Laodicea la última época de los mil años de la Iglesia.

Por tanto el periodo de las siete Iglesias se ha acabado, pues "Así, porque eres tibio, y ni hirviente ni frío, voy a vomitarte de mi boca" y tras S.S.Pío XII no hay Papas, que es lo que dice Daniel 8, 11-12 por los pecados, llegará el Anticristo y la Verdad será echada por tierra, etc.

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Mons. Johannes Straubinger

La primera Encíclica de S. S. Pío XII [Summi Pontificátus, N. del E.] nos confirma en los conceptos que dejamos expuestos. Empieza el Papa recordando el 40.º aniversario de la consagración del género humano al Corazón de Cristo por S. S. León XIII, y declara que quiere «hacer del culto al Rey de los Reyes y Señor de los señores (Apoc. XIX, 6), como la plegaria del introito de este Nuestro Pontificado». Hace luego una manifestación, verdaderamente trascendental con las palabras siguientes: «¿No se le puede quizás aplicar (a nuestra época) la palabra reveladora del Apocalipsis: “Dices ‘rico soy y opulento y de nada necesito’; y no sabes que eres mísero y miserable y pobre y ciego y desnudo”?» (Apoc. III, 17).

Además de estas referencias al Apocalipsis, el Sumo Pontífice expresa su creencia de que estamos «al comienzo de los dolores anunciados por Jesús en el discurso escatológico» (Mt. XXIV, 8). Tan vehemente llamado del Papa ha de despertar las conciencias cristianas «para comprender que la Parusía, o segunda venida de Cristo, es verdaderamente el alfa y omega, el comienzo y el fin, la primera y la última palabra de la predicación de Jesús, que es su llave, su desenvolvimiento, su explicación, su razón de ser, su sanción; que es, en fin, el acontecimiento supremo al cual se refiere todo lo demás y sin el cual todo lo se derrumba y desaparece» (Cardenal Billot, La Parousie, 9).

Mons. JUAN STRAUBINGER BAUMANN, Espiritualidad bíblica. Buenos Aires, Plantín, 1949, págs. 183-188.

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S.S.Pío XII
3 de Abril 1957

Es necesario quitar la piedra sepulcral con la cual han querido encerrar en el sepulcro a la verdad y al bien; es preciso conseguir que Jesús resucite; con una verdadera resurrección, que no admita ya ningún dominio de la muerte: «Surrexit Dominus vere» (Luc. 24, 34), «mors illi ultra non dominabitur» (Rom. 6, 9).
Jesús debe destruir en los individuos la noche de la culpa mortal con el alba de la gracia recobrada.
En las familias, a la noche de la indiferencia y de la frialdad debe suceder el sol del
amor.
En los campos de trabajo, en las ciudades, en las naciones, en las tierras de la incomprensión y del odio, la noche debe iluminarse como el día, «nox sicut dies illuminabitur»; y cesará la lucha, brillará la paz.
¡ Ven, Señor, Jesús!
La humanidad no tiene fuerza para quitar la piedra que ella misma ha fabricado, intentando impedir tu vuelta. Envía tu ángel, oh Señor, y haz que nuestra noche se ilumine como el día.
¡Cuántos corazones, oh Señor, te esperan! ¡Cuántas almas se consumen por apresurar el día en que Tú sólo vivirás y reinarás en los corazones! ¡Ven, oh Señor, Jesús!
¡Hay tantos indicios de que Tu vuelta no está lejana!
¡Oh María, que lo viste resucitado; María, a quien el primer aparecer de Jesús quitó la angustia inenarrable causada por la noche de la pasión; María, te ofrecemos las primicias de este día. Para ti, Esposa del divino Espíritu, Nuestro corazón y Nuestra esperanza. ¡Así sea!



L,Osservatore Romano 3/4/1957

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S.S. León XIII
18 de mayo de 1890

"Ubi sedes beatissimi Petri et Cathedra veritatis ad lucem gentium constituta est, ibi thronum posuerunt abominationis et impietatis suae; ut percusso Pastore, et gregem disperdere valeant."

"En el mismo Lugar Santo, donde ha sido erigida la Sede del Santísimo Pedro y la Cátedra de la Verdad para luz del mundo, han levantado el trono de su abominable impiedad, con el inicuo designio de que, herido el Pastor, las ovejas se dispersen."

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Acta Sanctae Sedis  1890 - 1891: Vol 23



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S.S. San Pío X
E Supremi Apostolatus
4 de octubre de 1903

Quien considere todas estas cosas, puede, con razón, temer que esta perversidad de los espíritus sea como un anticipo y comienzo de los males que estaban reservados para el fin de los tiempos, o que ya se encuentra en este mundo el hijo de perdición del que nos habla el Apóstol.

(Cuando San Pío X escribió estas ominosas líneas en 1903, Giovanni Battista Montini,
el futuro Falso Papa Pablo VI, tenía seis años.)

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S.S. Pío XI
Miserentissimus Redemptor 
8 de mayo de 1928


Cuánta sea, especialmente en nuestros tiempos, la necesidad de esta expiación y reparación, no se le ocultará a quien vea y contemple este mundo, como dijimos, «en poder del malo» (1 Jn 5,19). De todas partes sube a Nos clamor de pueblos que gimen, cuyos príncipes o rectores se congregaron y confabularon a una contra el Señor y su Iglesia (2 Pe 2,2). Por esas regiones vemos atropellados todos los derechos divinos y humanos; derribados y destruidos los templos, los religiosos y religiosas expulsados de sus casas, afligidos con ultrajes, tormentos, cárceles y hambre; multitudes de niños y niñas arrancados del seno de la Madre Iglesia, e inducidos a renegar y blasfemar de Jesucristo y a los más horrendos crímenes de la lujuria; todo el pueblo cristiano duramente amenazado y oprimido, puesto en el trance de apostatar de la fe o de padecer muerte crudelísima. Todo lo cual es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse «los principios de aquellos dolores» que habían de preceder «al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora.» 

S.S. Pío XI
Caritate Christi compulsi
3 de mayo de 1932

"Si recorremos con el pensamiento la larga y dolorosa serie de males que, triste herencia del pecado, han señalado al hombre caído las etapas de su peregrinación terrenal, desde el diluvio en adelante, difícilmente nos encontraremos con un malestar espiritual y material tan profundo, tan universal, como el que sufrimos en la hora actual (…) Más ante ese odio satánico contra la religión, que recuerda el mysterium iniquitatis de que nos habla San Pablo (II Tes 2, 7), los solos medios humanos y las previsiones de los hombres no bastan…"


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S.S. Benedicto XV
Ad Beatissimi Apostolorum
1 de noviembre de 1914

Apenas Nos fue dado contemplar, de una sola mirada, desde la altura de la dignidad Apostólica, el curso de los humanos acontecimientos, al ofrecerse a Nuestros ojos la triste situación de la sociedad civil, Nos experimentamos un acerbo dolor.

Y ¿cómo podría nuestro corazón de Padre común de todos los hombres dejar de conmoverse profundamente ante el espectáculo que presenta Europa, y con ella el mundo entero, espectáculo el más atroz y luctuoso que quizá ha registrado la historia de todos los tiempos?

Parece que, en realidad, han llegado aquellos días de los que Jesucristo profetizó: Oiréis hablar de guerra y de rumores de guerra… Se levantará nación contra nación.

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S.S. Pío XII 
Carta a la Semana Nacional Italiana de Adaptación Pastoral
23 de mayo de 1958
L´Osservatore Romano 29 de junio de 1958

Las raíces de esta apostasía teórica, además de práctica, hay que buscarlas en el progresivo alejamiento de las corrientes del pensamiento y de los varios aspectos de la cultura de las verdades cristianas: la ruptura de la unidad cristiana en Europa, el ateísmo científico, el racionalismo, el iluminismo, el laicismo, el materialismo dialéctico, la masonería, son algunas de las causas de este lento proceso de alejamiento intelectual y moral, cuyas últimas consecuencias tocamos hoy.


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Relacionado:

PADRES Y DOCTORES EQUIPARANDO LA CONSUMACIÓN O EL FIN DE LA ERA O DEL MUNDO Y EL REINADO DEL ANTICRISTO


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¡HAY TANTOS INDICIOS DE QUE TU VUELTA NO ESTÁ LEJANA!

S.S.Pío XII

Es necesario quitar la piedra sepulcral con la cual han querido encerrar en el sepulcro a la verdad y al bien; es preciso conseguir que Jesús resucite; con una verdadera resurrección, que no admita ya ningún dominio de la muerte: «Surrexit Dominus vere» (Luc. 24, 34), «mors illi ultra non dominabitur» (Rom. 6, 9).
Jesús debe destruir en los individuos la noche de la culpa mortal con el alba de la gracia recobrada.
En las familias, a la noche de la indiferencia y de la frialdad debe suceder el sol del
amor.
En los campos de trabajo, en las ciudades, en las naciones, en las tierras de la incomprensión y del odio, la noche debe iluminarse como el día, «nox sicut dies illuminabitur»; y cesará la lucha, brillará la paz.
¡ Ven, Señor, Jesús!
La humanidad no tiene fuerza para quitar la piedra que ella misma ha fabricado, intentando impedir tu vuelta. Envía tu ángel, oh Señor, y haz que nuestra noche se ilumine como el día.
¡Cuántos corazones, oh Señor, te esperan! ¡Cuántas almas se consumen por apresurar el día en que Tú sólo vivirás y reinarás en los corazones! ¡Ven, oh Señor, Jesús!
¡Hay tantos indicios de que Tu vuelta no está lejana!
¡Oh María, que lo viste resucitado; María, a quien el primer aparecer de Jesús quitó la angustia inenarrable causada por la noche de la pasión; María, te ofrecemos las primicias de este día. Para ti, Esposa del divino Espíritu, Nuestro corazón y Nuestra esperanza. ¡Así sea!


L,Osservatore Romano 3/4/1957

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SOBRE LA SEGUNDA VENIDA DE JESUCRISTO PARA JUZGAR AL MUNDO (Ildefonso de Bressanvido, O.F.M.) (8)

 


Ildefonso de Bressanvido
O.F.M.

12. Hasta ahora hemos considerado la certeza del juicio final, así como las circunstancias que deben acompañarlo, tal como están descritas en los libros sagrados. Por lo tanto, no hay duda, hermanos míos, de que ustedes y yo resucitaremos en este día; que con el mismo cuerpo que tenemos ahora estaremos presentes en este espectáculo; que con estos mismos ojos veremos a Jesucristo sentado en su trono resplandeciente; que nos veremos obligados a darle cuenta exacta de todas nuestras obras, y que recibiremos de su justicia la sentencia irrevocable o de vida eterna o de muerte eterna. Todo esto es tan cierto como lo es que Dios, que se ha dignado revelarnos estas cosas, no puede mentir. Nosotros, pues, os diré con San Pablo (1. Tes. 5), nosotros que, siendo hijos de la luz, creemos estas grandes verdades, no nos entreguemos al sueño, como lo hacen los que son hijos de la oscuridad y de la muerte; sino vigilemos constantemente, esperando la venida de nuestro Juez: Non dormiamus, sicut et caeteri, sed vigilemus. Las cinco vírgenes insensatas que, habiéndose dejado vencer por el sueño, se vieron privadas de aceite, fueron, a la llegada del esposo, sorprendidas y rechazadas; mientras que las cinco vírgenes prudentes que, con sus lámparas encendidas en las manos, fueron a su encuentro, fueron admitidas al banquete nupcial. Este siervo cobarde y perezoso que, en lugar de aprovechar el talento que su amo le había confiado, lo escondió en la tierra, fue condenado a las tinieblas exteriores; mientras que los otros siervos, que hicieron fructificar los talentos que habían recibido, fueron llevados al gozo de su señor (Mat. 25). Si deseamos ser consolados cuando Jesucristo venga en el último día, guardémonos de la pereza de las vírgenes insensatas y de la negligencia del siervo malo, e imitemos continuamente la vigilancia de las vírgenes prudentes y la solicitud de los siervos sensatos y diligentes. 




Precisamente para enseñarnos con qué cuidado debemos prepararnos a la venida de Jesucristo, nuestro juez, nos fueron propuestas estas dos parábolas en el santo Evangelio. Pero si queremos estar vigilantes debemos, añade san Pablo (l. Tes.c. 5), ser sobrios; y para protegernos de la pereza, debemos revestirnos del escudo de la fe y de la caridad, así como del yelmo de la esperanza de la salvación: Sobrii simus, induti loricam fidei et charitatis, et galeam spem salutis. Seamos sobrios, usando con cautela los bienes terrenales y reprimiendo nuestras pasiones, para que no nos perturben la razón. Pongámonos el escudo de la fe, para que ella nos defienda contra las falsas máximas de quienes, como dice el apóstol San Judas (v. 8), siguen sus deseos y caminan en la impiedad. Pongámonos también el escudo de la caridad, para que nos haga más ágiles en huir del vicio, en el cumplimiento de nuestros deberes y en la práctica de las virtudes cristianas. Cubrámonos finalmente con el yelmo de la esperanza, para que ella nos anime en las dificultades y nos fortalezca en las vicisitudes de esta vida miserable. Esta sobriedad, esta fe, esta caridad, esta esperanza harán que la segunda venida de Jesucristo se convierta en objeto de nuestros anhelos, ya que en este día se le verá lleno de indignación contra los que viven en el olvido de sus promesas, para perderles eternamente, pero se mostrará lleno de mansedumbre y bondad para con los que se han preparado para su venida, para salvarlos (Heb. 9).

FIN

SOBRE LA SEGUNDA VENIDA DE JESUCRISTO PARA JUZGAR AL MUNDO (Ildefonso de Bressanvido, O.F.M.) (7)

Ildefonso de Bressanvido
O.F.M.


11. Después de la manifestación tanto del bien que hayan hecho los justos como del mal que hayan cometido los pecadores; hecha la separación de unos y otros, Jesucristo, desde lo alto de su tribunal, pronunciará la sentencia tan consoladora para unos, como abrumadora para otros; sentencia de felicidad para los justos, y de desesperación para los pecadores; sentencia que hará a los primeros bienaventurados para siempre, y a los demás infelices por la eternidad. Venid, benditos de mi Padre, dirá Jesucristo con aire de dulzura y bondad a los que se pondrán a su derecha; entrad en posesión del reino preparado para vosotros desde el principio del mundo; porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; necesitaba alojamiento, y vosotros me disteis alojamiento; estaba desnudo, y me vestisteis; preso y vinisteis a verme y a consolarme. Luego volviéndose hacia los que estarán a su izquierda: y vosotros, les dirá con un tono de voz que hará temblar la tierra hasta sus cimientos, vosotros que no me disteis de comer cuando tenía hambre, que no me disteis agua cuando tenía sed, que no me disteis refugio cuando estaba sin hogar, que no me vestisteis cuando estaba desnudo, que no me visitasteis cuando estaba enfermo y encarcelado, apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno que fue creado para el diablo y sus seguidores. ¡Oh! ¡qué felices se considerarán los justos en este momento por haber utilizado su riqueza para aliviar a los pobres, en lugar de haberla desperdiciado inútilmente! 




¡Cuánto pesar sentirán los pecadores por haber perdido en el juego, en el entretenimiento y en el lujo estos bienes que les habían sido dados para ayudar a los desdichados! ¡Qué consuelo para los primeros al escuchar esta voz llena de dulzura y bondad, que los bendice y los declara poseedores de un reino eterno! ¡Qué desesperación para los demás al escuchar esta voz terrible que los maldice y los condena a arder en el fuego eterno con los demonios! ¿Qué excusa pueden dar estos desafortunados? ¿Tendrán la temeridad de responder al soberano Juez que nunca le negaron ningún servicio, ningún alivio, ya que nunca lo vieron hambriento o sediento, que nunca lo vieron sin alojamiento, sin ropa, lisiado o preso? Pero Él les responderá que no debieron ignorar a los pobres que lo representaban, y que toda la ayuda que les negaron, fue a Él mismo a quien se la negaron. Cerrándoles así la boca, ejecutará sin demora la sentencia infinitamente justa que acaba de pronunciarse, y éstos, dice el texto sagrado, irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna (Mt. 25).

Continuará...



SOBRE LA SEGUNDA VENIDA DE JESUCRISTO PARA JUZGAR AL MUNDO (Ildefonso de Bressanvido, O.F.M.) (6)

Ildefonso de Bressanvido
O.F.M.


10. Pero esta confusión será mucho más grande y sensible para los pecadores, cuando se vean separados del número de los justos.  Como el pastor separa las cabras de las ovejas (Mt. 13), de la misma manera Jesucristo ordenará a sus Ángeles que separen a los pecadores de los justos. Algunos se colocarán a su derecha y otros a su izquierda. A su derecha estarán aquellos que han observado fielmente su santa ley, o que, después de haberla transgredido, han lavado las manchas de sus pecados con lágrimas de sincera penitencia. La izquierda será para aquellos que, en lugar de vivir según las santas máximas del Evangelio, habrán vivido según las máximas de un mundo perverso; para aquellos que, en lugar de seguir dócilmente las luces de la fe y las inspiraciones de la gracia, se habrán dejado llevar por las ilusiones de los sentidos y por las sugestiones del demonio; para aquellos que han pretendido conciliar la práctica de los deberes de su religión y vida cristiana con la moral y costumbres de la gente del mundo, y hacer penitencia sin cambiar su conducta, sin hacerse la menor violencia a sus malas inclinaciones. 


¡Qué alegría experimentarán los justos que hoy son olvidados, despreciados y perseguidos! ¿Qué alegría no experimentarán al verse puestos a la diestra de su Juez y en compañía de los espíritus bienaventurados? ¿Qué dolor, al contrario, para quienes, en esta vida, buscan su felicidad en los bienes, placeres y gloria del mundo, cuando se ven arrojados hacia la izquierda y en compañía de los demonios? Benditos sean, clamarán los justos, benditos sean los desprecios, las persecuciones, los trabajos que con paciencia hemos soportado; mientras los réprobos maldecirán los honores, los aplausos y todos los favores que hayan recibido del mundo; y reducidos a la más espantosa desesperación, he aquí pues, dirán (Sap. 5), aquellos de quienes habíamos hecho objeto de nuestras burlas y de nuestro desprecio, y cuya conducta nos parecía una locura, he aquí que ahora se cuentan entre los hijos de Dios, y su herencia está en los cielos. ¿De qué sirven ahora nuestra incredulidad y nuestra obstinación? ¿Qué esperanza nos dejan las riquezas que hemos poseído? La gloria, la pompa y los placeres se han desvanecido como una sombra; y sólo quedan nuestras obras que nos confunden, y que serán objeto de nuestra condena y de nuestra eterna reprobación.

Continuará...



SOBRE LA SEGUNDA VENIDA DE JESUCRISTO PARA JUZGAR AL MUNDO (Ildefonso de Bressanvido, O.F.M.) (5)

Ildefonso de Bressanvido
O.F.M.


8. Pero si tan temibles han de ser los preparativos, ¿cómo será cuando se muestre el mismo Juez soberano? Vendrá, dice Isaías (c. 66), rodeado de fuego, y su carro será como un torbellino de llamas, para manifestar todo su furor y toda su indignación, y ejercer su venganza. El Señor vendrá precedido de gran fuego y armado de su espada para juzgar a toda carne. El profeta Daniel vio en su espíritu su trono rodeado de llamas, y las ruedas de su carro parecían un gran fuego ardiente. Vio salir de su boca como un río de fuego que discurría rápido; y una inmensa multitud de espíritus celestiales estaban a su alrededor para servirle; vio que el juicio estaba por comenzar, y que los libros estaban abiertos (c. 7). San Juan, en su Apocalipsis (c. 19), vio el cielo abierto y apareció un caballo blanco. El que estaba en él se llamaba Fiel y Verdadero, el que juzga y pelea con justicia. Sus ojos eran como llama de fuego; en su cabeza había muchas diademas, y había un nombre escrito, que nadie conoce excepto Él solo. Estaba vestido con un manto teñido de sangre y su nombre era Palabra de Dios. Los ejércitos celestiales lo seguían en caballos blancos, vestidos de fino lino blanco y puro. De su boca salió una espada de dos filos para herir con ella a las naciones. Éstas son otras tantas imágenes de las que se sirve la Sagrada Escritura para darnos una idea del terror que acompañará su venida; lo que el mismo Jesucristo quiso que entendiéramos con estas palabras: Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre: todas las tribus de la tierra harán duelo, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad (Mateo 24).




9. El Juez soberano sentado en su trono difundirá por todas partes una luz tan brillante y penetrante que hará manifiestas a todos las acciones de cada uno. Como cuando el sol sale por el horizonte, vemos en un abrir y cerrar de ojos una infinidad de objetos que la oscuridad de la noche impidió ser descubiertos; asimismo, en presencia del gran Sol de la justicia, veremos aparecer en un instante todas las acciones más ocultas de los hombres, y que hasta entonces habían estado sepultadas en los recovecos de las conciencias. Entonces, dice san Pablo (1. Cor. 4), el Señor revelará lo que está envuelto en tinieblas y descubrirá los pensamientos más secretos de los corazones. Él revelará ante las naciones todo lo que se ha hecho fuera de la vista, y todo lo que los hombres han hecho, bueno o malo, será objeto de juicio. ¡Cuántos adulterios, cuántas infidelidades, cuántas traiciones, cuántas injusticias saldrán entonces a la luz! ¡Cuántos que hoy pasan por inocentes, y que en ese momento serán declarados culpables! ¡Cuántos que esconden sus vicios bajo la máscara de la piedad, y que luego serán encontrados llenos de malicia e iniquidad! Yo traeré sobre vosotros todos los crímenes, dice Dios por boca de Ezequiel (c. 7); las abominaciones estarán entre vosotros, y todos sabrán lo que sois. ¡Oh! ¡Cuán grande será la confusión del pecador obligado a aparecer así cubierto de ignominia, no ante la presencia de unos pocos, sino ante el universo entero!

Continuará...
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SOBRE LA SEGUNDA VENIDA DE JESUCRISTO PARA JUZGAR AL MUNDO (Ildefonso de Bressanvido, O.F.M.) (4)

Ildefonso de Bressanvido
O.F.M.

5. Instruidos por estas palabras de su divino Maestro, los Apóstoles nunca dejaron (Hechos 10) de inculcar a los hombres esta importante verdad: que Jesucristo está establecido por Dios como juez de vivos y muertos; que el Señor ha señalado un día en el que, por medio de su Hijo, juzgará al mundo según todo el rigor de su justicia; que ese día revelará a la faz del universo las acciones más ocultas, que recompensará a cada uno según sus obras (Rom. 2. y 14), y que todos seremos presentados ante su tribunal. Los Apóstoles enseñaron esta verdad a todos los pueblos; todas las naciones la han abrazado; se ha creído en todos los siglos; la Iglesia siempre la ha sostenido y preservado, porque está fundada en la palabra de Dios mismo y en la revelación y manifestación que nos hizo Jesucristo, su divino Hijo; Por tanto, sería muy imprudente e impío resistirse a tales pruebas y poner en duda la certeza del juicio universal. Dios nos lo ha dado a conocer tanto por sus Patriarcas, como por sus Profetas, y por boca de su propio Hijo; no busquemos otras razones para creerlo, y dejemos que todo razonamiento humano ceda a la palabra divina. Pasemos entonces al segundo punto y comencemos a considerar las circunstancias de esta sentencia.


6. La primera circunstancia, que servirá como un terrible preparativo, será la destrucción del mundo y la ruina del universo. Veremos, dice el mismo Jesucristo (Lucas 21), veremos señales y prodigios en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra los pueblos quedarán consternados por el alboroto causado por el ruido del mar y de las olas. El sol se oscurecerá, la luna no dará más luz, y las estrellas del firmamento caerán [*Nota: es decir, el Papa/Papado habrá terminado, la Santa Iglesia Católica estará eclipsada y como desaparecida, y los Obispos y Cardenales (la Jerarquía) caerán seducidos por las mentiras y errores heréticos revestidos de falsa ortodoxia y proferidos por el pérfido Anticristo; todo lo cual ha sucedido ya, como nuestros lectores habituales sin duda sabrán, tras la muerte del último Vicario de Cristo S.S. Pío XII, la gran apostasía del conciliábulo Vaticano 2 y el advenimiento del hijo de perdición Montini-Pablo 6, que ha instaurado su Ramera de Babilonia para desgracia de las almas fieles en todo el orbe] ; todos los hombres se secarán de miedo en anticipación de los males que estarán listos para caer sobre el universo.

Como todo llegará a su fin, dice el Papa San Gregorio (Hom. 35. in Evang.); antes de su destrucción, experimentarán el más completo desorden. El cielo, la tierra, el mar, toda la naturaleza estando en confusión, anunciarán la proximidad de este gran día; y cada uno, al ver estos espantosos acontecimientos, y en el presentimiento de la ira divina que está a punto de estallar sobre él, dirá a los montes y a las rocas: Caed sobre nosotros, y escondednos de la vista del que está sentado en el trono, y del furor del Cordero (Apocalipsis 6). Después de esto, el mismo Dios que una vez asoló la tierra con un diluvio de agua, le enviará un diluvio de fuego. Los cielos arderán, dice San Pedro (Epist. 2. c. 3); los elementos serán disueltos por el calor del fuego; la tierra, con todo lo que contiene, será devorada por las llamas; y entonces se cumplirá esta predicción del Rey-Profeta: El fuego irá delante de él (Sal. 96).
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7. A estos horribles preludios seguirá el aterrador sonido de esta trompeta, cuyo solo pensamiento llenó de terror al gran San Jerónimo. Se escuchará en todas partes del mundo, y en ese momento se presentará el espectáculo más maravilloso y sorprendente. Todos los muertos de cada época, de cada estado, de cada profesión, de todos los tiempos y de todos los lugares resucitarán en un abrir y cerrar de ojos, y entonces se verificará lo que una vez se le mostró en figura al profeta Ezequiel (c. 37). Los huesos demacrados y dispersos se juntarán, se reunirán, ocupando su primer lugar; se revestirán de tendones y de carne; estarán, como en principio, cubiertos de piel; el alma vendrá a vivificarlos; y estando de pie formarán como un ejército innumerable. Reunidas así las almas con sus cuerpos, veremos reaparecer la inmensa multitud de todos los hombres que han existido, que existen y que existirán sobre la tierra. Nadie podrá escapar al penetrante sonido de esta formidable trompeta, ni resistir al mandato divino. 

Tanto los monarcas como los súbditos, los amos como los sirvientes, los ricos y los pobres, los grandes y los pequeños, todos resucitarán, todos serán obligados a comparecer ante el tribunal del Juez inexorable para ser juzgados. Todos los que están en los sepulcros, dice Jesucristo (Juan. 5), oirán la voz del Hijo de Dios. Cuando se haya escuchado la voz del Arcángel y la trompeta divina, dice san Pablo (1. Tes. 4), el Señor mismo descenderá del cielo, y los muertos resucitados surgirán de sus tumbas. El mar entregó los muertos que había en su seno, dice San Juan en su Apocalipsis (c. 20); la muerte y el infierno también entregaron a sus muertos, y cada uno fue juzgado según sus obras. ¿Qué dirán entonces esos impíos que, entregados a las pasiones más vergonzosas, para ahogar los remordimientos y los gritos de su conciencia, van diciendo (Sap. 1) que la vida del hombre es como una chispa, que una vez desaparecida, el cuerpo se desmorona en polvo y el espíritu se disuelve como el aire; que no debemos esperar nada después de la muerte, porque nadie ha regresado del otro mundo, y que todo termina en esta vida?... Entonces admitirán que se dejaron cegar por su propia malicia, que fueron muy necios al no querer admitir las verdades reveladas por Dios, ni esperar la recompensa que les fue prometida; y al ver hecho realidad lo que tantas veces se les había anunciado, se apoderará de ellos un miedo horrible.

Continuará...
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SOBRE LA SEGUNDA VENIDA DE JESUCRISTO PARA JUZGAR AL MUNDO (Ildefonso de Bressanvido, O.F.M.) (3)

Ildefonso de Bressanvido
O.F.M.


4. Esta verdad, tan claramente anunciada tanto bajo la ley de la naturaleza por los Patriarcas, como en la ley escrita por los Profetas, Dios mismo quiso publicarla con su propia boca en la ley de la gracia; y, no contento con decirnos que todos los hombres serán juzgados, cosa que los hebreos no pueden ignorar, también nos hace saber que serán juzgados por medio de Jesucristo, verdad que los judíos no quieren admitir. Como su obstinación y la ceguera en que han caído por su culpa no les permiten captar el verdadero significado de las Escrituras, ni ver cómo todas ellas se cumplen perfectamente en Jesucristo, lo consideran un hombre común y corriente, y no pueden entender cómo es posible que tenga el poder de juzgar al mundo, un poder que propiamente pertenece sólo a Dios. Además, cuando dijo en presencia del Príncipe de los Sacerdotes (Mat. 26) que un día lo verán sentado a la diestra de la majestad de Dios, y viniendo sobre las nubes del cielo, fue juzgado culpable de blasfemia y digno de muerte. 

Pero a nosotros que hemos sido hechos partícipes del conocimiento de los misterios del reino de Dios, no nos resulta difícil creer que Jesucristo tiene poder para juzgar a todos los hombres; y sabiendo que así como es verdaderamente hombre, así es verdaderamente Dios; convencidos de que el cielo y la tierra pasarán, pero que sus palabras no pasarán (Mt. 24), no podemos dudar de lo que Él mismo se dignó revelarnos acerca del juicio. Ahora bien, aunque no quiso revelar el día y la hora que Dios ha fijado para este juicio, sin embargo nos hace saber que se llevará a cabo infaliblemente, y que es Él mismo, quien vino una vez lleno de mansedumbre y humildad para salvarlo, el que vendrá con todo el aparato de su grandeza y su poder para juzgarlo. 

El Hijo del Hombre, estas son sus propias palabras relatadas por los Evangelistas (Mt. 16), el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus Ángeles, y recompensará a cada uno según sus obras. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre, y todas las tribus de la tierra harán duelo, y lo verán venir sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad (Mt. 25). Cuando el Hijo del Hombre regrese a la tierra, dice en otro lugar, teniendo a sus ángeles con Él, ocupará el trono de su majestad, y se reunirán todas las naciones delante de Él. ¿Podría haber hablado de una manera más clara y formal? Sin embargo, para hacer más perceptible esta verdad y grabarla más fuertemente en la mente de sus Apóstoles, todavía quiso utilizar parábolas.




El reino de los cielos, dice (Mt. c. 13), es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Dormidos los labradores, vino el enemigo del padre de familia y sembró cizaña entre el trigo. Cuando la hierba creció y se convirtió en espiga, apareció también la cizaña. Entonces vinieron los siervos del padre de familia y le dijeron: Señor, ¿no has sembrado buena semilla en tu campo? ¿De dónde viene entonces la cizaña? Él les respondió: Mi enemigo ha hecho esto. Sus siervos le dijeron: ¿Quieres que vayamos y la arranquemos? No, respondió él, no sea que al arrancar la cizaña quitéis también el trigo. Dejad que ambos crezcan hasta el tiempo de la cosecha, y entonces diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla para quemarla, pero guardad el trigo en mi granero. A pesar de la claridad de esta parábola, el mismo Jesucristo todavía quiso dar la explicación a sus discípulos. El que siembra la buena semilla, dice, es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; el buen grano son los hijos del reino; y la cizaña son los hijos del espíritu maligno. El enemigo que lo sembró es el diablo; La cosecha es el fin del mundo; y los recolectores son los Ángeles. Por tanto, al igual que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será en el fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y quitarán de su reino todo lo que haya de escandaloso y a los que obran la iniquidad; y los echarán en el horno de fuego: allí será el llanto y el crujir de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre (Vid. Evang. Matth.).

Continuará...

SOBRE LA SEGUNDA VENIDA DE JESUCRISTO PARA JUZGAR AL MUNDO (Ildefonso de Bressanvido, O.F.M.) (2)

Ildefonso de Bressanvido
O.F.M.

2. Hay verdades anunciadas de manera oscura, como escondidas bajo figuras y envueltas en nubes en el Antiguo Testamento, que por tanto fueron incomprendidas o enteramente ignoradas por el pueblo hebreo, y cuyo conocimiento estaba reservado al pueblo cristiano, al que se manifestarían de manera más expresa en la nueva alianza. Pero llegará un día en que todos estarán obligados a presentarse ante el tribunal supremo para ser juzgados, como es una verdad que debe servir siempre de antorcha y regla para las acciones de los hombres, es también una verdad que Dios ha querido dar a conocer en todos los tiempos, desde el origen del mundo; verdad conocida por los Patriarcas y por todos los pueblos por medio de la tradición, desde Adán hasta Moisés; verdad claramente anunciada en la antigua ley por los Profetas. 

He aquí, dijo Enoc, he aquí que el Señor viene con toda la multitud de sus Santos para juzgar el universo, para reprochar a los malvados por todas las obras de iniquidad que han cometido, y por todas las palabras insultantes que se han atrevido a pronunciar contra Dios. Es el apóstol San Judas quien nos ha conservado este fragmento de las profecías de este Patriarca que fue el séptimo desde Adán (c. 1). ¿Qué será de mí, decía el santo Job (c. 31), cuando el Señor venga a juzgar al mundo, y qué le responderé cuando me pida cuentas de mi vida? Estaba tan lleno de miedo a este juicio que, a pesar de la pureza de su conciencia, deseaba poder esconderse en el seno de la tierra, hasta que pasara este momento de ira divina. 

Por lo tanto, Dios ya había manifestado esta importante verdad en la ley de la naturaleza, ya que no era desconocida para el pueblo santo que vivió en aquellos tiempos antiguos. Pero después de haber dado a su pueblo la ley escrita, ¿cuántas veces y con qué claridad no habló del juicio final por boca de sus Profetas? No terminaría si quisiera citar aquí todos los pasajes en los que lo anuncia con las más terribles amenazas, o en los que nos lo representa con los colores más vivos. Me contentaré con informar algunos que pueden ser suficientes para confirmar nuestra fe y confundir cada vez más la incredulidad de los impíos.

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3. Los enemigos del Señor temblarán ante su presencia, dijo Ana, madre de Samuel (1. Reg. 2), y desde lo alto del cielo resonará sobre sus cabezas el sonido de su trueno. El Señor juzgará a todas las naciones del universo, dará el dominio a su Rey y hará notorio todo el poder de su Cristo. Entrad en las cuevas, clamaba Isaías (c. 2), escondeos en las cuevas más profundas, para ocultaros del rostro del Señor y del esplendor de su majestad. Toda grandeza, es decir todo el orgullo de los hombres en aquel día, será abatida, y sólo Dios será grande y exaltado; porque viene el día del Dios de los ejércitos, para humillar a todos los soberbios. Griten de terror, dice en otra parte (c. 13); porque el gran día del Señor está cerca. Entonces todos los corazones palpitarán de miedo y todos los rostros aparecerán secos y agotados. Se acerca el día del Señor, un día cruel, lleno de indignación, de ira y de furia, un día que reducirá a los pecadores al polvo y a la tierra a la soledad. No menos espantosas y terribles son las predicciones de Ezequiel (c. 7): esto dice el Dios de Israel: Ha llegado el fin, sí, ha llegado el fin para las cuatro partes de la tierra; Desataré mi furor contra ti; Te juzgaré como mereces y pondré contra ti todas tus abominaciones.

Todos los demás profetas (Joel. 2., Malach. 3., Sofonías 1. 15) usan el mismo lenguaje, representan este día fatal con los mismos colores y lo llaman día de ira, día de angustia y tribulación, día de miseria y calamidad, día de oscuridad y horror, día de nube y tormenta. Es en este día que, según lo que le fue mostrado a Daniel en una extraordinaria visión (c. 7), después de la destrucción de los cuatro grandes reinos representados bajo la figura de las cuatro grandes bestias, se dictará el juicio solemne, que todo poder será destruido para siempre, que el imperio y el poder serán entregados al pueblo de los Santos del Altísimo cuyo reinado es eterno; y entonces todos los reyes le servirán y estarán sujetos a él. 


¿Y el Rey-Profeta quiere decir algo más que este gran día del juicio, cuando dice (Sal. 9) que el Señor ya ha preparado su trono para juzgar, y que juzgará a toda la tierra con equidad, y a todos los pueblos según la justicia; y cuando agrega (Sal. 49) que Dios vendrá de manera brillante, que romperá su silencio; que el fuego se encenderá delante de él, y que una gran tormenta se formará a su alrededor; que llamará al cielo y a la tierra para discernir a su pueblo; que reunirá ante él a todos sus santos; que los cielos declararán su justicia, porque él es el Juez Supremo; que traerá ante los ojos del pecador sus iniquidades y le reprochará su presunción?

Continuará...

SOBRE LA SEGUNDA VENIDA DE JESUCRISTO PARA JUZGAR AL MUNDO (Ildefonso de Bressanvido, O.F.M.)


 Ildefonso de Bressanvido

O.F.M.

Sobre las palabras del artículo séptimo del Símbolo: 
Inde venturus est judicare vivos et mortuos.


La Segunda Venida de Jesucristo 
para juzgar al mundo


En el artículo séptimo del Credo, los Apóstoles nos hacen saber que Jesucristo debe algún día regresar a esta tierra de manera visible. ¡Pero cuán diferente será su venida de la primera! Él vino la primera vez para redimir al mundo; entonces vendrá a juzgarlo. La primera vez apareció lleno de humildad y dulzura; entonces aparecerá rodeado de todo el aparato de su poder y de su grandeza. Aparecerá en el aspecto terrible de nuestro juez. Esta es una de esas grandes verdades que es sumamente importante que meditemos bien; porque una vez que estemos bien penetrados por ella, será el medio más poderoso para reprimir nuestras pasiones, para hacernos evitar el pecado y para movernos a trabajar con ardor y constancia en la práctica de las virtudes. Para confirmar vuestra fe en una verdad tan importante, consideraremos primero la certeza de este juicio y, segundo, las terribles circunstancias que deben acompañarlo.


1. La calidad de juez es una de las características principales de Jesucristo. Como el Padre resucita a los muertos y les da vida (Juan 5), así el Hijo da la vida a quien quiere; porque el Padre a nadie juzga, sino que ha dado al Hijo potestad de juzgar. Como el Padre tiene vida en sí mismo, así el Hijo tiene vida en sí mismo, y ha recibido del Padre el poder de juzgar, porque es el Hijo del Hombre. Él nos mandó, dice San Pedro (Hechos 10), anunciar a todos los pueblos que Él está establecido por su Padre como juez de vivos y muertos. No hay un solo hombre, por grande que sea, que pueda retirarse de la autoridad de este juez divino; y así como está decretado que todos deben morir, así también después de la muerte todos deben comparecer ante el juicio.


Mientras estemos en la tierra, dice San Pablo (2. Cor. 5), debemos ser presentados después de la muerte ante el tribunal de Jesucristo, para recibir de Él la recompensa del bien o el castigo del mal que habremos hecho durante nuestra vida. Nuestra alma, al salir del cuerpo, se presentará ante este justo juez para darle cuenta rigurosa de los pensamientos, palabras y acciones, y recibir la sentencia de vida eterna o de muerte eterna, según haya merecido una u otra. Sin embargo, este juicio que cada hombre sufre inmediatamente después de la muerte es un juicio particular, privado y secreto, y en consecuencia Jesucristo no manifiesta su autoridad soberana ante el universo.




Por eso se ha reservado otro juicio en el que desplegará todos los aparatos de su poder y majestad, en el que será reconocido por el cielo y la tierra como Juez supremo de vivos y muertos. Entonces no vendrá como esclavo, sino como amo absoluto; no como un cordero manso, sino como un león feroz; y todos los hombres de todos los tiempos, de todos los estados y condiciones, y de todas las naciones, reunidos ante Él en el mismo día y en el mismo lugar, se les mostrará a todos en su grandeza, hará oír a todos su formidable voz, hará sentir a todos el peso de su poder; y, después de un cuidadoso examen de las acciones de cada uno, pronunciará sobre todos una sentencia irrevocable. Es de este juicio solemne, público y universal del que se menciona principalmente en el Credo, y del que las divinas Escrituras hablan tan expresamente y en tantos lugares diferentes, que sólo los impíos ponen en duda la palabra misma de Dios, y sólo ellos pueden ser tan temerarios como para atreverse a negar un dogma tan sólidamente establecido.

Continuará...

(Sacado de Instrucciones Morales sobre la Doctrina Cristiana, Lyon, 1858).

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