VACANTIS APOSTOLICAE SEDIS

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TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (9)

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.

ARTÍCULO II. De la malicia del pecado venial considerado en sus efectos.

2. Enfría la Caridad.

Otro efecto lamentable del pecado venial es que, no sólo vicia y contamina las acciones virtuosas e impide nuestro aumento de mérito sobrenatural, sino que igualmente disminuye en nosotros "el fervor de la Caridad"1 al hacernos tan negligentes en el servicio de Dios y tan insensibles a nuestros intereses eternos que el Corazón del Divino Maestro no puede tolerar nuestra tibieza por mucho tiempo.

"Un verdadero siervo de Dios debe evitar incluso las faltas más mínimas, si no quiere ver cuán pronto se enfría su amor"2 y cómo se apodera de su alma una languidez mortal. 

Los religiosos, a pesar de la poderosa gracia de su vocación, si se permiten a sí mismos mantener "un desprecio por las faltas menores, pierden insensiblemente su fervor inicial"3 y caen en la tibieza, un estado cuyos efectos fatales debería inducirnos a huir de él como una fuente envenenada de innumerables males. 

Sí, la triste experiencia nos enseña que hasta las faltas más insignificantes nos conducen desprevenidos hacia la tibieza. 

Ved a un hombre que las comete casi a cada momento sin escrúpulos: su alma languidece; los ejercicios de piedad le disgustan; no se impone ninguna mortificación voluntaria; huye de cualquier cosa que requiera el mínimo esfuerzo; empieza con flojedad y continua apáticamente cualquier empresa que inicie; de modo que no obtiene ningún fruto, o a lo sumo muy poco fruto, de cualquier cosa que haga.

Se halla completamente fascinado por las cosas mundanas, que las celestiales le resultan insípidas: no tiene valor para refrenar sus apetitos sensuales, la meditación le cansa, y las prácticas religiosas le son molestas; corre apresurado hacia el vicio como si le resultara una tendencia natural; la auto-complacencia y la gratificación de los sentidos parecen ser el único objetivo de su vida. 

Con la virtud debilitada de tal manera, ¿Cómo podría preservarse el fervor de la Caridad, o más bien, cómo impedir que no se extinga por completo? ¿Qué pincel podría pintar con colores suficientemente vivos una desgracia tan grande? 

La Caridad de Dios es un don tan perfecto y tan precioso, o más bien, la gracia santificante que "ha sido derramada en nuestros corazones"4, que no hay nada que pueda compararse remotamente con ella. En consecuencia, cuando renuncias a ella, oh alma creada para el Cielo, ¡qué enorme desgracia y qué pérdida sufres! 

De todo ello se deduce que el pecado venial "ataca indirectamente la posesión de este tesoro inestimable" y "prepara el camino para su pérdida completa".5 

No es que el pecado venial destruya inmediatamente o disminuya gradualmente la gracia santificante, pero sí detiene su progreso y encamina al alma hacia su ruina al hacer que caiga en la tibieza. 

Es así que Santo Tomás enseña que "aunque la Caridad, según su naturaleza, no pueda ser disminuida directamente, puede sin embargo ser disminuida indirectamente por el pecado venial, el cual es una disposición para la corrupción y la pérdida de esta virtud"6. 

La Caridad, es cierto, "es un fuego devorador y una llama ardiente"7, pero los ardores de esta divina virtud son extinguidos por una multitud de pecados veniales, igual que el fuego es apagado por una cantidad demasiado grande de cenizas superintendentes.


1. Sto. Tomás 3, q. 79, a. 4. 
2. Vida de San Lorenzo Justiniano 
3. San Anselmo 4. Rom. 5,5. 
5. Sto. Tomás 2. 2, q. 24, a. 10. 
6. Sto. Tomás 2. 2, q. 24, a. 10. 
7. Cant. 8,6.


Continuará...

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (8)

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.

ARTÍCULO II. De la malicia del pecado venial considerado en sus efectos.

1. Vicia y estropea las acciones virtuosas. (Continuación)

Finalmente, aunque ofreciéramos a Dios una intención pura al despertarnos por la mañana, comprometiéndonos cuidadosamente a renovarla con frecuencia a lo largo del día, sin embargo la comisión de un pecado venial debilita su influencia; disminuye y a veces incluso anula el valor de nuestras obras hasta que sean consagradas por una nueva oblación.


¡Alma mía! El pecado venial ha mezclado una aleación indigna y sucia con el oro de tus buenas obras. Con astucia diabólica se ha propuesto robarte los tesoros celestiales que pudieras haber amasado cada día; ha despojado de sus ornamentos más nobles a la corona celestial que te estaba destinada.


Cada vez que se ha insinuado para ejercer una influencia directa sobre nuestras acciones, ha aniquilado su mérito y nos ha despojado de tantos grados de gloria eterna.


Y sin embargo, a pesar de todo esto, nos resulta difícil detestarlo; ¡hasta llegamos a amarlo y adorarlo!

Continuará...

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (7)


TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.


ARTÍCULO II. De la malicia del pecado venial considerado en sus efectos.


1. Vicia y estropea las acciones virtuosas.

El pecado venial es un gran mal en sus efectos. Al igual que "las moscas moribundas arruinan el dulzor del ungüento",(1) del mismo modo el pecado venial corrompe las acciones virtuosas; y cuando afecta al fundamento o la intención principal de las mismas, disminuye su valor hasta tal punto que, al dejar de ser actos de un orden sobrenatural, cesan de merecer recompensas eternas. “Cuidad de no practicar vuestra justicia a la vista de los hombres con el objeto de ser mirados por ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial".(2) ¿A qué conclusión debemos llegar a partir de estas palabras de Jesucristo, a menos que no sea que la virtud en sí misma, si se origina en la vanagloria, no recibirá ninguna recompensa en la eternidad?


Pero un pensamiento de vanagloria que nos determine a realizar una buena obra, al ser sólo un pecado venial,(3) se sigue que el hecho de estar viciado en su motivo por esta especie de pecado es suficiente para despojar una acción de todo su valor y mérito. San Jerónimo afirma que "el martirio en sí mismo, si se sufre únicamente para ganar el aplauso humano, sería un sacrificio inútil",(4) destituido de todo mérito a ojos de Dios. Santo Tomás, examinando esta cuestión del pecado venial, decide que "si una acción es realizada por vanagloria, ya no merece la vida eterna, aunque esta mala disposición no debería equivaler al pecado mortal".(5) Él nos confirma esta doctrina en todas partes: "aunque la acción de aquél que da limosna por vanidad no sea mala bajo todas sus relaciones, sin embargo el acto de la voluntad es completamente malo".(6) Es cierto, por tanto, que cuando el pecado venial influye hasta tal punto en la voluntad que se convierte en su principio director, es un veneno que contamina y destruye por completo nuestras buenas acciones. Aunque nuestra vida fuese una continua oración, aunque colmáramos de bienes y tesoros a los pobres, macerásemos nuestro cuerpo por la penitencia, excediésemos a los ángeles en pureza, sobrepasásemos al buen Samaritano en caridad, y al mismo tiempo practicásemos la paciencia, la humildad, y la obediencia en un grado heroico, todas estas virtudes seguirían estando vacías de mérito si nuestro corazón tuviera la desgracia de empaparse del veneno del orgullo, el egoísmo, o la sensualidad, y esas acciones aparentemente laudables degenerarían en faltas merecedoras de castigo.


(1) Ecles. 10,1. (2) Mateo 6,1. (3) Santo Tomás dice expresamente que la vanagloria contra la cual Jesucristo nos advierte aquí es solo un pecado venial. (4) Sobre el 1er capítulo de la Epístola a los Gálatas. (5) Santo Tomás 2. 2, q. 132, a. 3. (6) Santo Tomas 1. 2, q. 19, a. 7.

Continuará...

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (6)

 

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.


3. La criatura es incapaz por sí misma de ofrecer adecuada satisfacción por el pecado venial. (Continuación).

Pero la malicia del pecado venial no termina aquí. No contento con haber vertido una vez la Sangre de un Dios, el pecado venial renueva diariamente los atroces insultos que acompañaron al tormento del Calvario -un tormento que extendió la consternación a toda la naturaleza "cuando el sol se oscureció, los sepulcros se abrieron, y el velo del templo se rasgó". (1)


Si el pecado mortal crucifica de nuevo al Hijo de Dios, el venial, según los Padres, renueva contra nuestro Divino Maestro la ignominia de las burlas, los golpes, y los insultos. ¡Y sin embargo el hombre tiene la temeridad de frivolizar tal falta ligera! ¡Oh Cielos! ¡Golpear al Hijo de Dios, desgarrar Su pelo, cubrir Su rostro adorable de saliva! ¿Es esto acaso una ofensa liviana?- ¡Colmarte de insultos, oh Divino Jesús! ¡Abrumarte con la ignominia y los ultrajes sería, como mucho, un descuido perdonable en un cristiano! ¡Ah! ¿Quién podrá impedir que los rayos del Cielo venguen semejante conducta!


"Ay de vosotros, que arrastráis estas iniquidades como una larga cadena". (2) "Temblad, desgraciados, pues el justo vengador vendrá pronto y no tardará". (3)


Dios mío, "que mis ojos derramen torrentes de lágrimas" (4), que nunca dejen de llorar, pues mis culpas "exceden en mucho al número de mis cabellos de mi cabeza". "He pecado, he obrado la iniquidad en Tu presencia", (5) y una iniquidad muy grande, cuando cometí hasta un pecado venial; pero a causa de Tu amor, Dios mío, lo lamento de todo corazón. Horrorizado por la malicia del pecado venial, tomo la firme resolución de no permitir que vuelva a manchar mi alma.


Os prometo, "oh Dios vivo, en cuya presencia me hallo", (6) "que mientras tenga aliento mis labios no hablarán iniquidad, ni mi lengua urdirá la mentira". (7) Abandonaré gustosamente todas mis posesiones, y sufriré todos los males antes que "vender mi alma" (8) aun al pecado venial. Mas Tú sabes, oh Dios mío, que por mí mismo sólo puedo pecar y perder mi alma; dígnate entonces "confirmar lo que has hecho en nosotros", (9) "y ayúdanos a cumplir los buenos propósitos que Tu gracia nos ha inspirado a hacer".


(1) Lucas 23, 45. (2) Isaías 5, 18. (3) Habac. 2, 3. (4) Salmo 118, 136 (5) Salmo 39, 9. (6) Salmo 1, 6. (7) 4 Reyes 3, 14. (8) Job 27, 3. (9) Ecles. 19, 4.

Continuará...

EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA (21) por Aloysius Bellecius SJ

LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA 
(Aloysius Bellecius SJ, Madrid, 1867). 

                                                                  
Punto primero.

Habiendo sido criados por Dios y para Dios , la razon misma proclama que debemos servir á Dios y servirle de la manera que Él quiere ; toda vez que jamás podria serle agradable otra manera cualquiera.


*¡ Oh Señor Dios todopoderoso , criador de todas las cosas (1) ! Sí , yo lo confieso , como hombre, como esclavo vuestro , como cristiano , yo debo serviros , á Vos , mi Señor , mi Redentor y mi Dios ; y tambien confieso de todo corazon que el serviros es el fin del hombre , es un negocio importante , único , esencial , su último y principal negocio .


Mas cumplir este deber, precisamente de aquella manera que vos quereis , estar indiferente por todos los medios , por los cuales habeis resuelto conducirnos á nuestro último fin , he aquí el punto penoso y difícil ; porque yo confesaré contra mí mi iniquidad (2) , cuando de esto se trata , á la sola idea de esta entera dependencia , mi carne se rebela , mi amor propio y mi indómita naturaleza se resisten obstinadamente . No hay nada que mi inteligencia comprenda mejor que este principio , mas tampoco hay otra cosa en que mi voluntad se halle más débil . Yo reconozco , es verdad , la felicidad de esta divina indiferencia para todas las cosas , yo siento los fuertes impulsos de la gracia , que á ella me excitan ; pero tambien , ¡ miserable de mi ! yo siento en mis miembros una ley que contradice á la ley de mi conciencia (3) , la ley de la carne , que combate contra el bien , que mi razon aprueba .


* Sí , yo veo claramente los poderosos motivos de practicar esta virtud ; 1. ° porque una rigurosa justicia me obliga á ello , ¿ puedo negarlo ? Toda vez que ni un labrador sufre que su criado trabaje de una manera distinta de la que le ha mandado , ni nadie tuvo jamás por agradable un servicio que repugna á su voluntad : * 2.º mi utilidad lo exige, no puedo dudar de ello , como quiera que , rehusando esta subordinacion , todos mis trabajos son otros tantos pasos dados fuera del camino , y todas mis obras defectuosas , como inficionadas del vicio de la propia voluntad : * 3.º en fin , de ello depende evidentemente mi felicidad aun en esta vida , no pudiendo ser felices sino aquellos que siempre y en todo buscan como agradar á Dios . "


* Ah ! yo oigo á los réprobos exclamar en su desesperacion : ¿De qué nos ha servido nuestra soberbia? ¿qué nos resta de la ostentacion de nuestras riquezas (4) ? Y yo me repito á mí mismo: ¿De qué me sirve tener bienes en abundancia , si ellos me conducen á mi perdicion ? ¿ Y qué mal me habrán hecho las penas y las aflicciones , si ellas son la causa de mi salvacion ? Este pensamiento , semejante á una espada , viene á penetrar el corazon , haciendo en él una saludable herida . Sin embargo , ¡ qué debilidad la mia ! Convéncenme tales reflexiones , y yo me obstino en no querer practicar la celestial indiferencia . Sí, la confusion cubre mi rostro (5) , el dolor penetra mi corazon: ¡ oh Dios mio ! Vos , que mandais á los vientos y al mar (6) desplegad el poder de vuestro brazo , y someted mi rebelde voluntad.


Yo lo prometo , pues : escuchad , ¡ oh cielos ! mi firme resolucion , y que la tierra oiga las palabras , que voy á pronunciar (7) ; pues que vos sois mi Señor y mi Dios (8) y vuestras manos son las que me han hecho y me han formado (9) ; yo os serviré en adelante de la manera que vos querais , en el estado de vida á que me llameis (ó si estuviese ya hecha la eleccion) , yo me aplicaré á tal grado de perfeccion cual gusteis exigir de mí : estoy pronto á aceptar ó rehusar , á hacer ó padecer cualquiera cosa , segun os digneis mostrarme en estos dias ser de vuestra voluntad. ¡ Oh Criador todopoderoso ! De lo alto de vuestro trono (10) alargad la mano á vuestra criatura y á vuestra obra (11) .


Aquí se renovarán los afectos indicados al fin de la primera meditacion , pero esforzándose á producirlos con más fervor .


(1) Machab . , I , 24. (2) Ps . XXXI , 5. (3) Rom. , VII , 23. (4) Sap . , V, 8. (5) Ps . LXVIII , 8 . (6) Luc. , I , 51 . (7) Deut . , XXXII , 1 . (8) Joan. , XX , 28. (9) Ps . CXVIII , 73 . (10) Eccli . , I , 8 . (11) Job , XIV , 15.

Continuará...

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (5)

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.


3. La criatura es incapaz por sí misma de ofrecer adecuada satisfacción por el pecado venial.

Para comprender con mayor amplitud la malicia inconcebible de este pecado, supongamos que todos los Santos, postrados ante el trono del Altísimo, le ofrecieran sus méritos unidos para expiar por un solo pecado venial; supongamos que los Serafines le ofrecieran su amor; los Patriarcas su fe; los Profetas su valor; los Apóstoles su predicación; los Pontífices su celo; los Mártires su sangre; los Confesores su penitencia; las Vírgenes su pureza; la augusta Madre de Dios su incomparable santidad. Todo sería inútil. Todos estos méritos no tendrían valor para satisfacer y expiar la ofensa infligida al Todopoderoso por ese pecado venial. Nadie, ni siquiera el hombre más justo, con el mérito de la gracia habitual que enriquece su alma, puede, por sí mismo, satisfacer adecuadamente por su propio pecado o por el de su prójimo.


Sopesemos maduramente el alcance y la extensión de nuestra proposición. Una mentira contada inocentemente, una ligera emoción de ira, la tibieza en la oración, llevan consigo una transgresión de una naturaleza tan seria que ni el amor ardiente de los Serafines, ni la alabanza eterna de los bienaventurados, ni las poderosas oraciones de los Santos ofrecidas al "Cordero como dulces fragancias en viales dorados",(1) pueden proporcionar satisfacción para tal pecado.


¡Cuán deplorable es nuestra ceguera cuando lo cometemos de modo tan ligero y despreocupado!


4. El pecado venial combinado con el mortal es la causa de los sufrimientos y la muerte de Jesucristo.

Venid, Ángeles de paz,(2) venid con lamentos y desolación a ver a vuestro Dios expirar. Mas tú, pecador, escucha y tiembla. Esas ligeras faltas, que tú consideras como insignificantes, han causado los sufrimientos de Jesucristo, y Le han despojado de la vida. "Él fue herido por nuestras iniquidades; fue molido por nuestros pecados";(3) "Él fue muerto por nuestros pecados",(4) e incluso por nuestros pecados veniales, por los cuales también satisfizo a Su Padre Eterno mediante Su Pasión. ¡Sí, pecador! El Cordero sin mancha fue cubierto de heridas por culpa de tus palabras vanas, ociosas y engañadoras; fue traspasado por tus irreverencias y distracciones en la oración; "Él fue contado entre los malhechores"(5) para expiar tus celos, tu vanidad, tu orgullo, y tus difamaciones. Finalmente, "Él ha soportado en Su Cuerpo"(6) el castigo debido incluso por tus culpas veniales.


Con cada uno de tus pecados veniales has añadido nuevos tormentos a la pasión y los sufrimientos de Jesucristo; has cometido un crimen por el que este adorable Salvador fue atado, encadenado, azotado coronado de espinas -un crimen, en fin, que, combinado con el pecado mortal, consumó un horrible deicidio en la cruz. ¿Cómo, ¡oh alma infeliz! contemplas las consecuencias de tu pecado, pero sin embargo no lo detestas? Ni tampoco tienes el corazón deshecho de dolor, señal de que es más duro que las rocas que se partieron a la muerte del Salvador.


(1) Apoc. 5,8. (2) Isaías 33,7. (3) Isaías 53,5. (4) 1 Cor. 15,3. (5) Isaías 53,12. (6) 1 Pedro 2,24.

Continuará...

EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA (XX) por Aloysius Bellecius SJ


LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA 
(Aloysius Bellecius SJ, Madrid, 1867). 


TERCERA MEDITACION.


REPETICION DE LAS DOS PRECEDENTES.


Advertencia.


I. Esta meditacion será la repeticion de las dos primeras , las más importantes de los Ejercicios . Así nos conformaremos á la intencion de S. Ignacio , que quiere que se repitan las meditaciones principales , á fin de penetrarnos mejor de las verdades fundamentales que han hecho su objeto ; de . confirmar más y más nuestra voluntad en las resoluciones que ha tomado ya ; en una palabra , de obtener en más abundancia y en perfecta madurez los frutos que nuestras primeras reflexiones hubiesen comenzado á producir .


II. Estas repeticiones son una nueva aplicacion de nuestra alma á lo que hemos meditado en los ejercicios ó actos precedentes . Al hacerlas , debemos : 1. ° repasar principalmente aquellos puntos de que hemos sacado más luz ó más fervor : aquellos que han excitado en nuestro corazon más vivos sentimientos de consuelo , de dolor , ó de cualquiera otro piadoso afecto ; y aún debemos volver á los que nos han dejado en la aridez , á fin de probar si podemos conseguir de ellos algun sentimiento , algo movimiento de piedad ; porque muchas veces sucede que la renovacion de las reflexiones que en un principio nos habian causado poca impresion , produce , en fin , luces y consolaciones más abundantes : 2.° dar á la consideracion mucho ménos tiempo que á los afectos , que deben ser el principal fruto de la repeticion . Es preciso , pues , como nos encarga el Directorio , dejar los largos razonamientos , volver á tomar y recorrer brevemente los puntos que se han meditado ya , teniendo cuidado de aplicarse ménos á las reflexiones del entendimiento que á los afectos de la voluntad . Tal es , sin duda el motivo por el cual nuestro santo autor prescribe un número mayor de coloquios en este Ejercicio que en los precedentes.


III . Entre una nueva consideracion sobre un mismo misterio , sobre una misma verdad , y la repeticion de las reflexiones que se han propuesto ya una vez sobre la misma materia , hay la diferencia de que en la repeticion es preciso detenerse muchas veces en los primeros pensamientos sobre que se habia discurrido anteriormente , con la precaucion de notar siempre y de profundizar más los puntos que en un primer ejercicio nos hubiesen dado alguna luz ó algun testimonio de consuelo ó de dolor .


Al contrario , en el caso de una nueva consideracion , meditemos la misma verdad ó el mismo misterio, sin atender en manera alguna á las reflexiones que nos habiamos ya propuesto sobre la misma materia, absolutamente como si no hubiésemos ejercitado antes nuestro entendimiento sobre ese punto. La meditacion siguiente será un modelo del ejercicio de las repeticiones : las estrellitas que se encuentran en varios puntos indican que es preciso detenerse en ellos , si son aquellos en que , durante las otras meditaciones , hemos recibido más luz , sentido más consuelo , ó experimentado más dolor . No hay que temer que este retorno á nuestras primeras reflexiones nos absorba demasiado tiempo en perjuicio de los afectos ; toda vez que la abundancia de las luces y de los sentimientos piadosos de consolacion y de dolor rara vez corresponderá al número de pasajes indicados por las estrellas .


Continuará...

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (4)


TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.

2. Dios detesta soberanamente el pecado venial.


Tal es la malicia de este pecado y tal es el odio con el que la santidad de Dios lo persigue, que incluso si un alma fuera adornada durante su estancia aquí con toda la pureza de las vírgenes, la fe y la constancia de los mártires, el celo de los Apóstoles, y la perfección de San Juan Bautista, si todavía una única falta ligera quedara sin expiar, Dios mantendría a ese alma separada de Él hasta que hubiera sido purificada en las llamas del purgatorio.


Además, si por un imposible un santo del Cielo pudiera, debido al menor pecado, caer del estado de santidad confirmada, la cual es el privilegio de la visión intuitiva, en ese mismo instante, rechazada del seno de Dios con la rapidez del relámpago, sería precipitada en el purgatorio, para expiar allí por un olvido pasajero, una debilidad momentánea de la voluntad. "Nada impuro entrará en el Cielo", (1) tal es el oráculo del Espíritu Santo. Por la misma razón, nada manchado podría permanecer allí ni un solo segundo.


Considerad, pues, vosotros que sois tan indiferentes hacia el pecado venial, quien será el vengador de dicho pecado, y sobre quién y a través de qué motivos ejercerá Él la severidad de Su ira. Es el Dios de toda bondad, cuya misericordia excede a todas sus obras. Sí, Él es quien por un único pecado venial ejercería tan inclementemente los derechos de Su justicia sobre los santos, Sus más queridos amigos.


Tampoco castiga Dios más allá de lo que es justo; al contrario, Su Corazón es un horno ardiente de amor y misericordia.


Los propios santos se arrojarían voluntariamente desde sus tronos de gloria al fuego del infierno antes que ser culpables de la menor transgresión. Incluso se contarían por dichosos si pudieran, soportando esas llamas devoradoras, evitar una ligera falta. Y tal disposición heroica no es sino simple justicia, puesto que, según varios Teólogos eruditos, un solo pecado venial causa más dolor a Dios que todas las alabanzas eternas de los santos Le procuran gloria.


De nuevo reflexionad, vosotros que despreciáis el pecado venial, y pesad su gravedad, no en la balanza engañosa del juicio humano, sino en la balanza infalible del santuario.


Contemplad con qué claridad Dios, Jesucristo y los santos contemplan tal falta, mientras que vosotros tenéis la temeridad de excusarla. Los santos tiemblan ante la idea del pecado venial; su misma sombra estremece a los ángeles y llena el corazón de la Reina de los Ángeles de angustia. ¡Y el hombre, vil fango, tiene la audacia de cometerlo a cada momento en presencia de la adorable Trinidad, estimando en nada la injuria hecha a Dios! ¿Es acaso posible que sólo el hombre considere como insignificante aquello que los santos toman como el mayor de los males, a excepción del pecado mortal? ¿Es posible que un cristiano, un religioso o religiosa especialmente, pueda tomarse a la ligera una falta por la que algún día tendrá que rendir una estricta cuenta? No hay nada que sea leve o ligero cuando la Divina Majestad resulta ofendida, ni tampoco puede existir ninguna falta trivial mientras la santidad de Dios la condene.


(1) Apoc. 21, 27.


Continuará...

EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA (XIX) por Aloysius Bellecius SJ



LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA 
(Aloysius Bellecius SJ, Madrid, 1867). 

EXAMEN sobre los obstáculos á la indiferencia.


Como lo hemos advertido ya al principio de la precedente consideracion , desea S. Ignacio que el dia de hoy nos ocupemos únicamente del ejercicio, que llama el fundamento , y de la indiferencia que es su resultado necesario . Conformándonos con sus intenciones , continuaremos esta materia en el presente exámen , y en él inquiriremos los principales obstáculos de la indiferencia , a fin de trabajar en su destruccion , y de facilitar la adquisicion de esta virtud celestial.


El momento conveniente para este examen sería un tiempo libre , ó el último cuarto de hora de la consideracion ó de la lectura espiritual ; y no deberia hacerse en tiempo alguno destinado á los otros ejercicios del dia . Esta observacion debe aplicarse tambien á los exámenes de los dias siguientes.


Interroguemos á nuestra conciencia :


1.º ¿ De qué objeto criado , de qué afecto desordenado nos hallamos más preocupados ? ¿ Cuál es la dificultad que más nos espanta y nos detiene en el camino de la santidad ? ¿ Cuál es el obstáculo que nos impide servir a Dios de la manera que nos exige ; abrazar el estado de vida a que nos llama , ó si este estado lo tenemos ya escogido , elevarnos en él al grado de perfeccion , a que una voz interior nos impele a dirigirnos ?


2.º ¿ Cuál es la poderosa razon que nos aparta de la celestial y saludable indiferencia , que S. Ignacio nos recomienda tan instantemente ? ¿ Es la concupiscencia de la carne , ó la concupiscencia de los ojos , ó la soberbia de la vida ; ó en otros términos , el deseo de los honores , la sed de los placeres , la necesidad de procurarnos todo lo que es cómodo y aun superfluo ? ¿Es la aversión del trabajo , el temor de las penas y de los desprecios, que será preciso padecer ? ¿Hemos estimado la indiferencia en su justo valor ? ¿Hemos llegado a comprender su necesidad ? ¿ Experimentamos un deseo ardiente de adquirirla ?

3.º ¿ A qué lugar , a qué oficio , nos inspiran deseo ó repugnancia nuestra soberbia , nuestra sensualidad ó el amor de los honores y de las satisfacciones? ¿ No rehusamos ó no solicitamos tal residencia ó tal ministerio , bajo el especioso pretexto de conservar ó de recobrar nuestra salud ? ¿Por temor acaso de abreviar nuestra vida , no nos excusamos con vanos pretextos de soportar tales ó cuales trabajos por la salvación de las almas , o de encontrarnos en tales ó cuales ocasiones de procurar la gloria de Dios ?

4.º ¿ Estamos dispuestos á aceptar ó rehusar, á hacer ó padecer, sea lo que fuere , segun la voluntad que se digne Dios manifestarnos en estos dias ? ¿No nos encontramos , al contrario , determinados á fijar los límites de la gracia , más allá de los cuales no quisiéramos ir, ni recibir sus luces para no tener que obedecer á sus divinos movimientos , y avanzar en la virtud ? ¿ Conservamos las disposiciones que hemos debido traer á los Ejercicios , y que tenemos explicadas en la introduccion ?

Si hallamos difícil todo eso que se nos pide , acordémonos que hemos sido criados por Dios y para Dios , y que debemos servirle de la manera que á Él le place . ¿ Y quiénes somos nosotros para apartarnos de la única regla del bien , y para retardar el cumplimiento de lo que la soberana Majestad nos manda hacer ?


Continuará... 

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (3)

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.

ARTÍCULO I.

1. De la malicia del pecado venial considerado en sí mismo.


Con la excepción del pecado mortal, no hay mayor mal que el pecado venial.

Según una revelación hecha a Santa Catalina de Génova, el pecado venial es un mal mayor que todos los demás combinados, incluyendo la muerte y el infierno. San Juan Crisóstomo, San Anselmo, San Doroteo, Santo Tomás de Aquino, y todos los Padres sostienen unánimemente esta doctrina; y Aristóteles, guiado únicamente por la luz de la razón, enseña que "debiéramos preferir morir en lugar de cometer una acción contraria a la virtud". (1) A estos testimonios añadimos un convincente argumento de Santo Tomás, quien nos dice que "el castigo infligido por el pecado participa menos que la culpa en la naturaleza del mal". (2) Consideremos todos los dolores de esta vida, más aún, las penas del mismo infierno, que son el justo castigo de los pecadores; pues bien, la falta más trivial es un mal mayor que todo eso. Además, Dios, la santidad esencial e infinita, no puede ser el autor del pecado, aunque, según los teólogos, es el autor y la causa positiva del castigo del pecado. Por tanto, es cierto, "que el castigo del pecado es un mal menor que el pecado en sí mismo", (3) y que deberíamos preferir caer en el infierno antes que ser culpables de haber cometido pecado.


Hijos de los hombres, gritaré con el Profeta, "Prestad oído y oíd mi voz; prestad atención y oíd mi discurso". (4) El menor pecado venial es un mal mayor que todos los demás, peor incluso que la muerte o el infierno. La única conclusión que sacamos de esta verdad es que, si por el menor pecado venial pudiéramos evitar los mayores males y obtener los bienes más sustanciosos y deseables para toda la raza humana, no estaríamos de este modo justificados para cometer dicha falta. ¡Oh! vosotros que os tomáis a la ligera el pecado venial, "bebiéndoos la iniquidad como si fuera agua" (5), quisiera el Cielo que esto "fuera profundamente impreso en la piedra" (6) de vuestros corazones.


En efecto, pues si nosotros pudiéramos, mediante una trivial mentira, evitar todo tipo de enfermedades, guerras, hambre, conflagraciones; si pudiéramos disipar todas las dolencias, restaurar nuestra reputación, consolidar la unión de las familias, preservar a nuestra patria de calamidades inminentes; si pudiéramos, abreviar o impedir las persecuciones del Anticristo y apagar todos los fuegos encendidos por la Divina Justicia en la otra vida, no nos estaría permitido decir esa pequeña mentira. ¿Qué es lo que digo? Si por una ligera emoción de ira pudiésemos obtener la conversión de los herejes, infieles e idólatras, liberar del infierno y del purgatorio a todas las almas que se encuentran retenidas allí, si pudiésemos asegurar la salvación de toda la humanidad, no nos sería lícito y no estaríamos justificados para cometer ese pecado venial. Es esto una verdad cierta atestiguada por todos los Padres y Teólogos de la Iglesia. Es un dogma de la Fe cristiana que no puede ser contradicho sin impiedad. La destrucción del mundo en el fin de los tiempos, la consternación de las naciones, la reprobación eterna de los condenados, son un mal menor que la comisión de un solo pecado venial. Todos estos males afectan únicamente a la criatura, pero el pecado, aunque sólo sea venial, es una injuria hecha a Dios; entristece y hiere Su Corazón. En la misma proporción, pues, en que la criatura es inferior al Creador, el pecado es un mal mayor que todos los demás.


Entre Dios y la criatura hay una disparidad infinitamente mayor que entre el hombre y un insecto; mas como el hombre sacrifica la vida del insecto en el momento en que recibe la menor inconveniencia por parte del mismo, del mismo modo debe de ser incomparablemente mejor consentir en la completa aniquilación del universo que ofender a la Soberana Majestad por la menor falta.


Y sin embargo, "Oh Cielos, mostrad desolación" (7); pues hay hombres, qué digo, incluso hombres religiosos, que presumen de alegar esta excusa culpable, "¡tan sólo es un pecado venial!" ¡Oh! ¡Qué distinto lo consideraremos en la hora de la muerte!


1. Ethic. 2. 1, q.48, a.6. 3. Ibid. 4. Isai. xxviii. 23. 5. Job xv. 16. 6. Job xix. 24. 7. I Jerem. ii. 12.


Continuará...

EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA (XVIII) por Aloysius Bellecius SJ


LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA 
(Aloysius Bellecius SJ, Madrid, 1867). 


CONSIDERACIÓN.
Sobre la indiferencia a todo lugar, todo empleo, todo estado de salud y grado de perfección. (Final)

III. A fin de que no se debilite con el tiempo nuestra resolucion , creamos firmemente que , a excepcion del pecado , todo lo que sucede en el universo , lejos de ser el efecto de un ciego acaso, es el cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre celestial , que no solamente lo prevee todo, sino que amándonos sin medida , todo lo dispone, notémoslo bien , todo con suavidad (1 ) , equidad y sabiduría , con una moderacion y prudencia infinitas . Por consiguiente , tengamos por cierto que es Dios quien por medio de nuestros superiores nos señala tal lugar , tal ministerio , tal ocupacion : que su mano paternal es la que nos envia tal enfermedad , tales adversidades : en una palabra , que Dios , sí , Dios es quien quiere que vivamos en tal lugar, que desempeñemos tal cargo , que trabajemos en la adquisicion de tal grado de perfeccion , y que padezcamos tales dolores corporales , tales aflicciones espirituales .


Pero no , se dice , nada menos que la voluntad de Dios : no es más que una intriga de los que me tienen envidia , es una fatal prevencion de los superiores , una cuestion de partido , una pura acepcion de personas : es una venganza , un rencor , un odio , una rivalidad , he aquí la causa del mal . Tal es la opinion que uno se forma en la precipitacion de sus juicios , pero acaso con menos fundamento que temeridad ; porque muy á menudo se engaña nuestro espíritu , entregado á sus penas , y lo que nuestra imaginacion recelosa presume que ha podido suceder , lo creemos ya un hecho consumado.


Supongamos sin embargo que la cosa es como se pretende : demos que la malicia de los hombres es la fuente corrompida de las adversidades , cuya amargura experimentamos : ¿ qué se sigue de aquí ? Confieso que obran mal , que la santidad de Dios reprueba su conducta , y que su justicia les muestra el suplicio que la ha de castigar ; con todo , yo digo y sostengo que el soberano Señor del universo , aunque no quiere el pecado , quiere sin embargo su efecto y que ese lugar, ese oficio , esa enfermedad , esos disgustos , toda vez que no son pecados , son por consiguiente el objeto de la divina voluntad , por más que sean la consecuencias de las faltas de otros .


Así , aunque el Señor de las virtudes ( 2 ) hubiese detestado la venta de José , aprobó sin embargo su permanencia en Egipto y el cargo que allí desempeñó . Dios me ha enviado, lo confiesa él mismo , Dios me ha enviado delante de vosotros á Egipto (3) . Notémoslo : Dios , no la envidia de sus hermanos , sino la providencia de lo alto . Lo mismo , aunque todas las miserias y calamidades que vinieron sobre Job , procedian de la malicia de Satanás , todas eran sin embargo el objeto del eterno beneplácito de Dios . El Señor me lo ha dado , el Señor me lo ha quitado (4) : tal es el testimonio del mismo Job . Hagámonos cargo de sus palabras : no Satanás , sino el Señor . En fin , el Padre celestial condenó el furor de los judíos , y sin embargo , Él mismo habia decretado la muerte de su Hijo ; así decia Jesucristo á S. Pedro : ¿ No quieres que beba el cáliz que me ha dado mi Padre (5) ? No dice el cáliz de los judíos , sino el cáliz que le ha dado su Padre.


Por una conducta semejante pues , la santidad de Dios condenará la malevolencia de nuestros compañeros , la imprudencia de nuestros superiores , la envidia de nuestros rivales ; pero con todo , Él exige de nosotros esta posicion , este infortunio , esta opresion , que es su resultado . ¡ Oh religioso ! no es la envidia de tus hermanos , sino la Providencia del cielo ; no es Satanás , sino el Señor ; no es el odio , sino tu Padre quien te ha relegado á Egipto , quien te ha enviado esos males , quien te ha alargado ese cáliz .


Dios , Dios quiere que estés en ese puesto , que desempeñes ese cargo , que padezcas esa enfermedad , que estés como escondido y envilecido en ese rincon , que te aflijan esa adversidad , ese desprecio , esa persecucion . Sí , Dios lo quiere : que el mundo razone , que el amor propio se queje : Dios lo quiere.


Y lo quiere proponiéndose siempre nuestro mayor bien : Él procura , ¡ oh ! suplid , espíritus bienaventurados , nuestra insuficiencia para adorar las bondades del Criador; Él procura en toda ocasion nuestra propia utilidad con una caridad tan previsora que , si se descorriese el velo , si nos fuese dado penetrar los secretos de la divina Providencia sobre nosotros , aprobariamos sin reserva lo que ahora nos da tanta pena , y no hariamos uso de nuestra libertad sino para escoger lo que nos sucede por permision del cielo .


¿ Cómo podria suceder otra cosa ? El Ser infinitamente perfecto , á cuyos ojos no hay nada oculto ( 6 ) , sabe lo que nos es más ventajoso , y puede tambien dárnoslo , toda vez que puede todo lo que quiere (7) . Él nos lo dará pues , porque nos ama como la pupila de sus ojos (8) : Él nos lleva en su seno como una nodriza suele llevar al pequeñuelo (9) ; por consiguiente todo lo que nos sucede por disposicion suya , nos sucede para nuestro mayor bien .


Sí , el Dios de las virtudes no solamente ordena todas las cosas en número peso y medida ( 10 ) , sino que además nos gobierna con grande miramiento (11) , cambiando por nosotros el mal en bien (12) , y haciéndonos sacar provecho hasta de la misma tentacion (13) . Arrojémonos , pues , enteramente , con una perfecta indiferencia para todo , en los brazos de un padre , que nos conduce con tanto amor, y digamos con S. Ignacio de Loyola : Haced de mi como sabeis que me conviene , y como quereis, porque ya sé que me amais . Que este grito de victoria : ¡ Dios lo quiere ! sea el celestial é impenetrable escudo con que rechacemos los asaltos de nuestro indócil corazón , y no aflojemos un punto hasta que hayamos llegado a la perfección de la dichosa indiferencia .


(1 ) Sap. , VIII. , 1. (2) Ps . XLVI , 8. ( 3 ) Génesis , XLV , 5 . (4) Job , I , 21. (5) Joan. , XVIII , 11 . (6) Eccli. , XXXIX , 24. (7) Sap . XIV , 18 . (8) Deut . , XXXII , 10 . (9) Núm . , XI , 12 . (10 ) Sap . , XI , 21 . (11) Ibid. , XII , 18 . (12) Génesis , L , 20. (13) 1 Corinth . , X , 3.


Continuará...

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (2)

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.


PRIMERA PARTE

De los principales obstáculos en la adquisición de la virtud sólida


El fruto que debemos extraer de las consideraciones presentadas en este trabajo debería ser un esfuerzo honesto y perseverante en adquirir la virtud sólida. Para conseguir este fin, es absolutamente necesario empezar quitando los obstáculos para su realización. Si no hacemos de esto nuestra primera preocupación, todo terminará en deseos inútiles, y nuestros esfuerzos resultarán inútiles.


Tales obstáculos son el pecado venial, la tibieza, el abuso de la gracia, la pasión dominante, el respeto humano, y la pereza al levantarse por la mañana. Todos estos vicios dañan la vida de la Gracia, conspiran para destruir el alma, debilitan sus méritos, y arruinan el trabajo de su perfeccionamiento; mientras existan dichos impedimentos, no habrá esperanza de adquirir una virtud sólida. En consecuencia, la primera parte de este trabajo, que corresponde a la vía purgativa, nos aplicaremos exclusivamente a la destrucción del más mínimo vestigio de esos vicios tan perjudiciales para nuestro progreso espiritual.



CAPÍTULO I

DEL PECADO VENIAL


El pecado mortal extingue la Caridad, expulsa al Espíritu Santo, nos aleja de nuestro último fin que es Dios, nos inflige la muerte del alma, nos cierra el Cielo, y conduce directamente al Infierno.


No puede haber duda, pues, de que debemos considerar este mal monstruoso, cuya sola mención llena a los amigos de Dios de horror y espanto, como el mayor obstáculo para nuestro progreso en la virtud. No vamos a hacer alusión al pecado mortal aquí.


Después del pecado mortal, el venial es, según los Doctores de la Iglesia, el primer obstáculo para nuestra santificación. Con el fin de aprender a evitarlo, y para estimularnos a nosotros mismos a hacer esto, consideremos que es un gran mal: en primer lugar, en sí mismo; en segundo lugar, en sus efectos; y en tercer lugar, en el castigo que merece.


Concluiremos este capítulo examinando si tenemos un odio genuino al pecado venial y una firme resolución de huir incluso de las menores faltas.

Continuará...

EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA (XVII) por Aloysius Bellecius SJ


LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA 
(Aloysius Bellecius SJ, Madrid, 1867). 


CONSIDERACIÓN.
Sobre la indiferencia a todo lugar, todo empleo, todo estado de salud y grado de perfección. (Continuación)



II. Un motivo poderoso para abrazar la indiferencia , es la consideración de la felicidad que el alma encuentra en la práctica de esta virtud : ella goza en este valle de lágrimas de un triunfo anticipado , toda vez que sin ambición , como sin pusilanimidad nada desea , y á nada se niega : de esta manera entra en las dulzuras de una paz sobrenatural , se encuentra libre de las dos afecciones que más atormentan el corazón del hombre, el insaciable deseo de poseer y el temor inquieto de perder lo que se ha obtenido : y como no hay nada más grande sobre la tierra que no tener ni necesidades , ni deseos , así ejerce el dominio más extenso . Ella tiene una fuerza soberana , porque es poderosa sobre sí misma : es superior á sus superiores , porque estando indiferente á todas las cosas , no mendiga el favor de nadie ; goza de un dulce consuelo interior , porque segura de hallarse en el lugar y empleo en que su Criador quiere que viva , al sobrevenirle alguna aflicción , alguna dificultad ó alguna desgracia , ella se acoge con confianza á Dios , bien persuadida de hallar amparo en Él : ella duerme tranquila en el seno de la divina Providencia , y canta con el Profeta : El Señor me gobierna y nada me faltará ( 1 ) . En fin , ella es el émulo de los ángeles , llevando sobre la tierra una vida toda celestial ; porque lo mismo que los ángeles de Dios están siempre prestos á oír la voz de sus voluntades (2) , á velar en la guarda del pobre ó del rico , del aldeano ó del príncipe , del enfermo ó del sano , del infiel como del cristiano , y á ofrecer en el cielo el incienso de las oraciones de los santos (3), ó á derramar sobre la tierra las siete copas llenas de la ira de Dios (4) ; así ella está dispuesta á obedecer á la primera señal del soberano Señor , como que el beneplácito de Dios es la única regla de sus acciones . Apreciemos ahora la felicidad y la dignidad de una alma religiosa que sabe llevar el heroísmo hasta una perfecta indiferencia.


Pero al contrario , ¡ qué digno es de compasión aquel que se encuentra desprovisto de esta virtud ! como un mar borrascoso está siempre agitado por las olas de sus turbaciones y de sus pesadumbres . No hay uno á quien deje de prodigar sus lisonjas á trueque de ser favorecido , ó al menos de no ser contrariado en sus deseos ambiciosos . Si experimenta alguna adversidad no se atreve á implorar el auxilio del cielo , convenciéndole su conciencia por los remordimientos , que es afligido muy justamente por haber obtenido por sus bajas solicitaciones el oficio , el puesto que le causan tales pesadumbres .


Interrumpido para él el curso de una providencia particular , fluctúa en una continua inquietud , y se siente penetrado de un dolor punzante que no le deja descansar . No está contento de vivir en aquel lugar, en aquel ministerio que tanto ha ambicionado , porque Dios derrama en ellos la amargura y castiga así en justas represalias las satisfacciones procuradas con tanto empeño á la propia voluntad . ¡ Acaso tú que lees esto te acuerdas de haber hecho de ello una triste experiencia..., y sin embargo aún no escarmientas !


No temes pues , oh imprudente ! ¿ no temes que la justicia de Dios permita que seas tentado más violentamente en el puesto que ambicionas , y des en él una caída mortal , mientras que en otra parte hubieras sido preservado de tal pecado ? ¿ No temes que el Señor te retire las gracias que te hubiera concedido en otra parte , y que aún cercene las que son especialmente necesarias al cargo que codicias ?


¿Y cómo te atreves á vivir en un puesto , y en una ocupación que te ha marcado la Providencia ? No eres sino un hueso dislocado , y siempre te encontrarás mal , y sobre todo al fin de tu vida (5); porque ¿ qué consuelo te dará entonces el haber tenido siempre lo que has deseado , el haber hecho lo que has querido ? ¿ De qué te servirá el haber seguido constantemente , no la divina voluntad, sino la tuya ? ¿ Qué recompensa podrás reclamar por un trabajo emprendido á impulsos del amor propio , y no pedido por el Señor ? Sí por cierto , si tales pensamientos no nos determinan á esta heroica indiferencia , temamos oír un día este terrible anatema : Maldito el hombre que se apoya en brazo de carne (6) .


Renovemos , pues , en este momento con generosidad la resolución fundamental , que con tanta frecuencia hemos debido ya formar , de servir á Dios en adelante en el estado de vida á que nos quiera llamar ; y si la elección de este estado hubiere tenido ya lugar , la de servirle en el grado de perfección , en el lugar ó empleo , y en el estado de salud , que nos haga conocer que es de su agrado . Formemos también el firme propósito de rehusar ó aceptar, de hacer ó padecer cualquiera cosa , sin excepción , según la voluntad que el Criador se digne hacernos conocer en estos Ejercicios .


( 1 ) Ps . XXII , 1 . (2) Ps . CII , 20. ( 3 ) Apoc . , VIII , 3 . (4) Ibid. , XV , 7. ( 5 ) Eccli , III , 27. (6) Jerem. , XVII , 5.


Continuará...

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (1)


TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.

PREFACIO DEL AUTOR

San Ignacio, vivamente impresionado por estos oráculos de la Escritura: "Sed perfectos" (Mateo 5, 48), "Sed santos" (Lev. 11,44), y "Dios desea vuestra santificación" (I Tes. 4, 3), recomienda encarecidamente a todos sus Religiosos "no escatimar ningún esfuerzo en la adquisición de la piedad (virtud) sólida y perfecta" (Instituc. de los Jesuitas, 10ª parte, 2). Es este consejo importante y saludable que nos ha inspirado la idea para esta obra.


La virtud sólida es el estado de un alma confirmada en la virtud por una larga práctica de buenas obras. El objetivo de este trabajo es establecernos en ese feliz estado en el que nuestra voluntad está, por decirlo así, naturalmente inclinada a producir actos sobrenaturales en todas las ocasiones con prontitud, fervor, pureza de intención, y perseverancia.


En la Primera Parte de esta obra nos esforzaremos por eliminar los obstáculos que aparecen en el camino de la práctica de la virtud sólida; en la Segunda, señalaremos los medios para adquirir esta virtud; y en la Tercera explicaremos los motivos que nos urgen a perfeccionarnos diariamente en ella. La primera parte se refiere pues a la vía purgativa, la segunda a la iluminativa, y la tercera a la vía unitiva: explicaremos y demostraremos la verdad de estas relaciones a la conclusión de cada una de las tres partes.


Podemos contar seis obstáculos principales para la virtud sólida: el pecado venial, la tibieza, el abuso de la gracia, la pasión dominante, el respeto humano, y la pereza a la hora de levantarse por la mañana. A estos seis obstáculos opondremos seis medios de fortificarnos en el camino hacia la santificación: la perfección de nuestras acciones ordinarias, la meditación, el recogimiento interior, la Sagrada Comunión, el examen particular, y un retiro de tres días dos veces al año. Finalmente, también propondremos seis motivos importantes para tender a la perfección: lo que nos enseña la Fe acerca de la virtud sólida, el temor a los males que afligen a quienes no practican dicha virtud, la esperanza de las bendiciones de la cual es la fuente, el amor de Dios que exige y merece que seamos sólidamente virtuosos, la felicidad de la cual gozan los que son perfectos, y finalmente la corona reservada a la perseverancia.


Estos obstáculos, medios, y motivos no son, es cierto, los únicos que podrían alegarse para la práctica de la virtud sólida; mas como son los más importantes nos dedicaremos exclusivamente a ellos en las siguientes consideraciones. Además, podemos referirnos a ellos como su principio, todo lo que concierne a la teología ascética, de la cual son la parte más destacada.

Continuará...

EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA (XVI) por Aloysius Bellecius SJ


LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA 
(Aloysius Bellecius SJ, Madrid, 1867). 


CONSIDERACIÓN.
Sobre la indiferencia a todo lugar, todo empleo, todo estado de salud y grado de perfección.


La práctica de esta perfecta indiferencia es tan difícil que espanta y alborota al amor propio , y sin embargo es la base de tal manera indispensable de la vida religiosa , que faltando ella , no puede menos de venirse á tierra el edificio espiritual que pretendemos levantar en estos Ejercicios . He aquí por qué he reunido en este lugar los motivos que me han parecido más poderosos para determinarnos á abrazar esta virtud , á fin de que acosada nuestra voluntad por tantas razones , y atacada en sus más fuertes atrincheramientos , se vea obligada á rendirse á discreción . No hago en esto sino seguir la mente de S. Ignacio , que , según lo atestigua Lancicio , quiere que el dia de hoy nos ocupemos únicamente de esta materia , á fin de no debilitar nuestra atención sobre un punto tan capital , aplicándola á otras reflexiones . Si alguno hallare demasiado larga la materia tratada en esta consideración , podrá reservar el segundo punto para el tiempo de la lectura espiritual , de la que sin embargo nada deberá suprimirse .


I. El grande obstáculo á la indiferencia es el temor de los trabajos , de las incomodidades , de las enfermedades , de los menosprecios y de las aflicciones que nos esperan en tal lugar, en tal oficio ó empleo , ó lo que tendremos que sufrir para llegar á tal grado de perfeccion . Mas un serio exámen de los motivos que pueden tranquilizarnos contra semejante temor, tendrá por fruto el hacernos arrostrar con valor esta dificultad que alarma nuestro amor propio .


1. Comencemos por lo tocante á las aprehensiones de enfermar . Confesémoslo : ¿ no puede Dios visitarnos con enfermedades en tal lugar , en tal empleo que deseamos ; y al contrario , conservarnos la salud y las fuerzas en tal situacion , en tal cargo que rehusamos á pretexto de salud ? ... ¿ No podemos aún temer , y con fundamento , que Dios en castigo de nuestra resistencia nos envie el mal que aprehendemos ? ... ¿ Y no debemos esperar que en premio de nuestra indiferencia continuará conservándonos la salud ?


Por lo demás , si Dios nuestro Criador , árbitro de nuestra vida y de nuestra muerte , quiere que estemos enfermos más bien que sanos , ¿ quiénes somos nosotros , pura nada , vil barro para resistir al Todopoderoso , y oponer temerariamente nuestra voluntad á la suya ? ¿No es preferible padecer en una cama por voluntad del cielo , á conservar contra la voluntad de Dios toda la fuerza de una inalterable salud ? Es pues nulo este pretexto de enfermedad , no es sino una invencion del amor propio . Sin embargo , no nos está prohibido exponer al superior nuestros temores sobre el particular, cuando estan fundados en un motivo razonable, con tal que estemos dispuestos á sómeternos á lo que él determine despues de haber oido nuestras razones .


2.º La causa de nuestros terrores son los trabajos , las aflicciones , los cuidados embarazosos , los tedios que prevemos en tal lugar , en tal empleo , en tal ocupacion á que se nos llama ; pero ignoramos que el Señor puede en cambio de lo que padeciéremos por su amor , compensarnos abundantemente con el don de una oracion más sublime , con santas delicias y felices resultados , con la paz del alma y pureza del corazon , y librándonos de mil encuentros con nuestros superiores , ó de pesadumbres y angustias sin cuento , ¿que tendriamos que sufrir en otra situacion ? ...


Al contrario , ¿ no puede Dios reservarnos en aquel empleo , en aquel puesto que ambicionamos , contrariedades harto más penosas que las que hubiésemos encontrado en aquel ministerio que rehusa nuestra cobardía ? ... ¿ Y no podemos temer con razon que obre de esta manera para castigar así nuestra independencia ? Sí , nosotros somos nuestros propios enemigos , cuando como ciegos nos acarreamos mayores males , esforzándonos neciamente á evitar otros menores . Si queremos pues ser prudentes , seamos indiferentes á todo , y dejémonos conducir por sola la voluntad de Dios .


De este mismo modo podemos continuar razonando respecto de los desprecios , que tenemos en tal lugar, en tal empleo , en la práctica de tal grado de perfeccion ; porque , si los soportamos generosamente , pueden ser recompensados por las gracias más preciosas , por una salud constante , y librándonos de una infinidad de penas y cuidados que de otro modo nos podrian sobrevenir . Mas , al contrario , ¿ cuántos imprudentes hay que no encuentran sino las zarzas de las humillaciones donde se prometian no recoger sino los laureles de la gloria ? ¿ Cuántos todavía , que colocados al frente de otros , son un objeto de envidia y de aversion , y que no hubieran tenido sino amigos , á no haber tenido sino iguales ? Hubieran sido buenos ciudadanos , pero son malos cónsules .


Sí , por justo juicio de Dios se cae en un abismo queriendo evitar un precipicio ; y el mismo camino por donde se esperaba llegar á la comodidad , á los honores , á la salud , conduce á la enfermedad , al desprecio y á todo género de penas . Así es como Aman , llegado al rango de primer ministro , encuentra en esta misma elevacion la causa del vergonzoso suplicio en que viene á terminar su ambicion : Oh ! ¡ qué feliz hubiese sido , si contento de la vida privada , no hubiera deseado las grandezas de la corte ! Por sustraerse Lot á los disgustos que le ocasionaban las querellas de sus pastores con los de Abrahan , se separó de este santo patriarca, y escogió para su habitacion el rico y floreciente país de Sodoma : en un principio se hallaba de ello bien contento , y todo el mundo le felicitaba de haber pasado á esta nueva comarca ; mas la Escritura nos hace saber (1 ) que esta imprudente eleccion fué más tarde para él un manantial de desgracias . El impaciente Ocozías no queria padecer la enfermedad que una caida le ocasionara ; y el insensato se vió precisado á oir de la boca de Elías esta fulminante sentencia : Morirás sin remedio (2).


Qué ! al cabo de mil rodeos , despues de mil oposiciones , seguidas de dificultades y de penas infinitas , ¿ no será preciso , en fin , rendirnos y hacer entónces por fuerza lo que rehusamos ahora hacer de buena voluntad ? Porque por más recalcitrantes que estemos , no por eso dejarán de ser los decretos de la Providencia un paso inevitable en que necesariamente nos hemos de encontrar metidos .


Traigamos á la memoria el ejemplo de Jonás : habia recibido la órden de ir á la grande ciudad de Ninive y predicar en ella (3) ; pero temiendo que Dios perdonase á los ninivitas si hacian penitencia , y temblando ante la idea de pasar por un falso profeta , rehusó el lugar ý el ministerio que le estaban designados . Levantóse para huir de la presencia del Señor (4 ) ; pero su resistencia le fué inútil ; porque como dice Job , al que teme la escarcha , la nieve le vendrá encima (5) . Este profeta desobediente , que no se habia atrevido á parecer en las plazas públicas , es arrojado al mar : habia tenido miedo de los hombres , y es tragado por un pez : no habia querido predicar en una ciudad , y se ve reducido á estar encerrado en el vientre de la ballena : en fin , despues de haber rehusado hacer á la primera órden lo que una obediencia voluntaria hubiera facilitado , tuvo que someterse á la segunda , y habiéndole vuelto á hablar el Señor , se levantó , se fué (6) y predicó ; pero hizo con ménos mérito , y despues de muchas adversidades , lo que desde un principio hubiera podido cumplir con más consuelo y sin exponerse á tantas tribulaciones . Convengamos pues que el temor de los trabajos , de los desprecios y de las enfermedades , no es en realidad sino un débil obstáculo á la santa indiferencia : vano fantasma , que de léjos espanta y que visto de cerca se desvanece como el humo.


(1 ) Génesis , XIX , 24. (2) 4 Reg . , I , 16 . (3) Jonas , I , 2 . (4 ) Ibid . , I , 3 . ( 5) Job , VI , 16 . (6) Jonas , III , 1 .


Continuará...

EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA (XV) por Aloysius Bellecius SJ



LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA 
(Aloysius Bellecius SJ, Madrid, 1867). 

SEGUNDA MEDITACIÓN.
DEL FIN DEL HOMBRE RELIGIOSO.
(Final)


AFECTOS. 

I. Deberán practicarse los actos siguientes : 1.º de acción de gracias por el beneficio de la vocación religiosa que nos ha sido concedido ... , de nuestra vocación á una orden favorecida de tantas prerrogativas , con preferencia á una infinidad de otros que lo merecían mucho mejor ... , y á pesar de tantos pecados que preveía en nosotros : 2.° de dolor , por la transgresión de nuestras reglas , la violación de nuestros votos , la negligencia de nuestra perfección ; en una palabra , por la omisión de los deberes de un estado tan santo y por nuestra grande tibieza en trabajar en la salvación de los demás : 3.º de alabanza y de amor de esta admirable y divina Providencia , que apartándonos de innumerables peligros nos ha conducido al puerto de la religión , á pesar de infinitas dificultades , á pesar de nuestras propias resistencias , y que nos ha conservado en ella con una benevolencia tan paternal : 4.º de firme propósito de servir á Dios en adelante en el estado que hemos escogido ya , de la manera que Él disponga , esto es , en tal grado de virtud á que desea que lleguemos , y según se digne hacérnoslo conocer durante estos Ejercicios .


II. Sin embargo , se detendrá poco en estos cuatro primeros afectos , y se pondrá toda la atención y todo el fervor de que uno es capaz , en hacer un acto de indiferencia para todo lugar , todo empleo , todo estado de salud , bien que de una manera general , evitando particularizar demasiado el día de hoy en una materia tan difícil y tan opuesta á nuestro amor propio ; porque estando la voluntad todavía débil y flaca , no conviene avanzar sino con prudencia , y á medida que va adquiriendo en el curso de los Ejercicios con la gracia mayor fuerza , y que va armándose contra las dificultades de las resoluciones particulares .


III . Será preciso también dar un tiempo considerable á este acto de fe , por el cual creemos firmemente que todo lo que nos sucede por disposición de los superiores ó de otra manera , nos viene de Dios , y nos sucede para mayor bien nuestro ; que esos sucesos son por consiguiente los medios más propios para conducirnos á nuestro fin ; pues que aquel , que ha dicho : Este es mi cuerpo (1 ) , ha dicho igualmente : Quien á vosotros oye , á mí me oye (2) . Si creemos la primera verdad , ¿ por qué dudaremos de la segunda ?


Creamos , pues , con una fe sobrenatural los artículos siguientes : 1.º Dios lo sabe todo , y así sabe el lugar, el empleo , el grado de perfección , el estado de salud , que más nos conviene : 2. todo lo puede, y puede darnos aquel medio que entre todos nos es más provechoso : 3.º en fin , su corazón está abrasado de un amor infinito á nosotros ; Él nos dará, pues , lo que puede conducirnos mejor al fin á que nos ha llamado . Una fe viva de estas verdades nos hará abrazar eficazmente esta indiferencia , cuya necesidad hemos visto , y que pediremos por una ferviente oración al Padre de las luces .


(1) Math . , XXVI , 26 . 
( 2) Luc . , X , 16 .


Continuará...