VACANTIS APOSTOLICAE SEDIS

✠✠ "Sede Vacante Nihil Innovetur" ✠ "Ipsum Suprema Nostra auctoritate nullum et irritum declaramus" ✠ "Inferior non potest tollere legem superioris" ✠✠
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¿SE PUEDE PROBAR POR LA BIBLIA QUE N.S.J.C. NOMBRÓ A PEDRO PRIMER PAPA?

Rev. Bertrand Louis Conway

¿Se puede probar por la Biblia que Jesucristo nombró a Pedro primer Papa?
¿No eran iguales todos los apóstoles?

La Iglesia católica sostiene que Pedro fue el jefe de los apóstoles y que en virtud de esta dignidad que Jesucristo le confirió, gobernó la Iglesia como cabeza suprema. He aquí la definición del Concilio Vaticano: «Si alguno dijere que el bienaventurado Pedro apóstol no fue constituído por Jesucristo príncipe de todos los apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante; o que lo que directa e inmediatamente recibió del mismo Jesucristo, Señor nuestro, no fue el primado de jurisdicción verdadera y propia, sino solamente de honor, sea anatema.» Tres veces habló claramente Jesucristo de la primacía de San Pedro sobre los demás apóstoles:

1. Cuando Pedro confesó a su Maestro por Cristo, Hijo de Dios vivo, el Señor le premió la confesión en estos términos: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y Yo te tengo de dar las llaves del reino de los cielos. Y todo cuanto ates en la tierra, será atado también en el cielo; y cuanto desates en la tierra, será desatado también en el cielos (Mateo XVI, 18-19).

  • a) Examinemos la metáfora de la piedra. Cristo, la Piedra angular de la Iglesia (Efes., II, 20), promete hacer a Pedro la piedra sobre la que edificará su Iglesia (I Cor., III, 9). Nótese que Jesucristo está hablando con Pedro, no con los apóstoles, pues siempre se dirige a él en segunda persona. Al hablar así, el Señor tiene presente la parábola del hombre prudente que edificó la casa sobre cimientos de piedra (Mateo VII, 24). San Pedro es para la Iglesia lo que el cimiento es para el edificio. Ahora bien: el cimiento da al edificio unidad, fuerza y estabilidad; gracias a él, todas las partes y piezas del edificio forman una sola masa firme y resistente. En una sociedad perfecta como es la Iglesia, esta unidad y firmeza no tendrá lugar a no ser que el cimiento (la primera autoridad, San Pedro en este caso) tenga poder y autoridad máxima para mantener siempre unidos a sus súbditos.

  • b) Jesucristo edifica su Iglesia sobre piedra (sobre Pedro) «para que las puertas del infierno no prevalezcan contra ella». Hay diversas opiniones sobre el verdadero significado de la palabra infierno en este texto, pero ya signifique el infierno de los condenados, ya el poder de la muerte, el significado es obvio: la Iglesia de Jesucristo resistirá valientemente los ataques de todos sus enemigos.

  • c) Antiguamente, cuando las ciudades estaban amuralladas, dar a uno las llaves de la ciudad equivalía a darle autoridad plena sobre la ciudad. Aun en el día de hoy, cuando un personaje ilustre visita una ciudad, las autoridades le entregan oficialmente y con muchas ceremonias las llaves de la ciudad en señal de admiración, respeto y bienvenida; mera reminiscencia del poder absoluto que antiguamente implicaban las llaves. Cuando Eliacim fue nombrado prefecto del palacio en lugar de Sobna, dijo Dios: «Yo le pondré sobre los hombros la llave de la casa de David; él abrirá, y no habrá quien cierre; él cerrará, y no habrá quien abra» (Isaías XXII, 22). Cuando el señor de la casa se ausenta y deja en su lugar un mayordomo, le entrega las llaves, que es darle todo el poder y autoridad que necesita para gobernarla como conviene. Cristo tiene las llaves de David (Apoc., III, 7) y se las da a San Pedro. La autoridad, pues, de San Pedro es la de Jesucristo. d) «Atar y desatar» entre los judíos significaba la autoridad de los rabinos para declarar lo que era lícito o ilícito. Aquí significa algo más que «declarar», pues las llaves no declaran que la puerta está abierta o cerrada, sino que abren y cierran. San Pedro es algo más que un rabino. Su oficio no es declarar de una manera especulativa la probabilidad de una opinión, sino que tiene derecho a enseñar y gobernar con autoridad, y sabe que lo que él haga lo dará «el cielo» por bien hecho. El cristiano que le desobedezca debe ser tenido por gentil y publicano» (Mateo XVIII, 17).

2. La noche que precedió a la Pasión dijo el Señor a Pedro: «Simón, Simón, he ahí que Satanás os ha pedido para zarandearos como trigo; pero yo he rogado por ti para que tu fe no perezca; y tú, una vez convertido, confirma en ella a tus hermanos» (Lucas XXII, 31-32). Satanás quiso probar a los apóstoles, y en especial a Pedro, como en otro tiempo había probado a Job; pero Jesucristo se adelantó al mal espíritu, rogando particularmente por Pedro para que siempre se mantuviese fiel y mantuviese también firmes a los demás. El protestante Bengel, comentando este pasaje, dice «La ruina de Pedro llevaba consigo la ruina de sus hermanos; por eso, al preservarle el Señor, los preservó a todos. Esto quiere decir que San Pedro es el primero de los apóstoles, y que de su estabilidad o caída depende la estabilidad o caída de los once.» Ni obsta para ello la triple negación que luego siguió, pues no negó la divinidad de Jesucristo, sino simplemente dijo que no le conocía. Además, esta negación le fue perdonada más tarde, y a orillas del lago Tiberíades le fue conferida oficialmente la autoridad suprema que aquí le promete. Simón, pues, es el que ha de confirmar en la fe a sus hermanos; es la seguridad de la Iglesia contra Satanás y los poderes del infierno; y la piedra firme sobre la cual Jesucristo edificará su Iglesia.

3. Luego que resucitó, el Señor confirió a Pedro la supremacía que le había prometido dos veces. Dijo el Señor: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Respondió Pedro: «Sí, Señor; Tú sabes que te amo.» Dícele Jesús: «Apacienta mis corderos.» Dícele de nuevo Jesús: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Respondió Pedro: «Sí, Señor; Tú sabes que te amo.» Dícele Jesús: «Apacienta mis corderos.» Dícele Jesús por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Se entristeció Pedro porque le había preguntado por tercera vez si le amaba, y respondió: «Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo.» Díjole Jesús: «Apacienta mis ovejas» (Juan, XXI, 15-17). El Concilio Vaticano define como artículo de fe que Jesucristo, al pronunciar estas palabras, «confirió a solo Pedro la jurisdicción de pastor supremo y cabeza de todo el rebaño». Esta triple pregunta le recuerda a Pedro la triple negación en que había caído por presumir demasiado de sí, y les hace ver a los apóstoles que el amor de Pedro era superior al suyo; por eso le confirió el Señor un oficio mayor. Pedro ya no se jacta del amor que profesa a su Maestro, contentándose únicamente con apelar a la omnisciencia del Señor en prueba de su realidad.

Vemos en este pasaje que Jesucristo es el Buen Pastor, dueño por herencia de todo el rebaño. Ahora que está en vísperas de dejar la tierra para subir a sentarse a la diestra de su Padre, deja a Pedro en su lugar con el poder supremo de enseñar, juzgar y gobernar el rebaño como lo había hecho El mismo. Hay otros muchos pasajes del Nuevo Testamento que nos hablan de la preeminencia de San Pedro. Apenas le vio Jesús, cambió su nombre en Pedro (piedra), indicando ya con ello el sublime oficio de fundamento de su Iglesia, que más tarde le había de conferir. Cuando se nombran los apóstoles, Pedro aparece siempre a la cabeza, y es considerado siempre como el jefe de todos (Marcos III, 16; Mateo XVII, 1, 23-26; XXVI, 37-40). Después de la resurrección, Pedro preside la elección de Matías; es el primero que predica el Evangelio, el primero que hace milagros, el que juzga a Ananías y Safira, el primero que declara la universalidad de la Iglesia, el primero en recibir a un pagano convertido y el que preside en el Concilio de Jerusalén, como puede verse en diversos pasajes de los Hechos de los Apóstoles (I, 22; II, 14; III, 6; V, 1-10; X; XV).





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LA CONFESIÓN DE SAN PEDRO (III y final)


LA CONFESIÓN DE SAN PEDRO
L'Évangile médité et distribué pour tous les jours de l'année, 
suivant la concorde des quatre Évangélistes, 
Bonaventure Girardeaux
4ème edition, tome troisième, Metz, 1801

*Nota: Comentario anterior al Concilio Vaticano



TERCER PUNTO.
Por qué Jesús prohíbe hacer pública la confesión
de San Pedro.


Entonces Jesús prohibió a sus discípulos decir que Él era Cristo. No es que quisiera que lo ignoráramos. Juan Bautista lo había anunciado y mostrado como tal; Él mismo demostró con sus obras que lo era, y a veces lo declaraba en voz alta, más o menos oscuramente, según la disposición de sus oyentes, y siguiendo las leyes de su divina sabiduría. La gente, mal dispuesta y poco atenta, no entendía lo que les decía de su divinidad; sus enemigos entendieron esto y lo convirtieron en un crimen.


Desde que sus milagros habían brillado y le habían atraído los celos y el odio de los jefes de los fariseos y escribas, no se podía anunciar claramente que él era el Mesías y el hijo de Dios, sin exponerse a una muerte segura. Es en estas circunstancias que quiere que sus Apóstoles se contenten con anunciar, como lo hicieron, la llegada inminente del reino de Dios, la necesidad de prepararse mediante la penitencia, y les prohíbe decirle a nadie que Él era el Cristo.

Podemos considerar tres razones.

1º Primera razón, tomada de la dignidad de este misterio. El gran misterio de la Encarnación, la obra maestra del sabiduría y poder de Dios, el fundamento de la redención de los hombres, este misterio después de haber sido rápidamente anunciado por el precursor, era, en su naturaleza, demasiado divino y demasiado sublime, como para ser publicado dignamente por cualquiera que no fuera el Verbo encarnado. Siguiendo los decretos de la sabiduría eterna, y dada la mala disposición de los espíritus, la confesión pública de la divinidad de Jesucristo tuvo que ser sellada con la Sangre. de quien la haría, y ella no podía ser más digna que por la Sangre del Hombre-Dios mismo. Ninguna criatura era digno de derramar su sangre por esta sublime verdad, antes que J. C. hubo merecido la gracia y dio ejemplo. derramando la suya.


2º Segunda razón, tomada del resto de acontecimientos. Si antes de la muerte de Jesucristo se hubiera dirigido la fe del pueblo hacia el gran misterio de su divinidad, esta fe todavía tierna habría sufrido un escándalo demasiado grande en el momento de su pasión y su muerte, con peligro de nunca recuperarse. ¿Los propios apóstoles no se escandalizaron? ¿Su fe no resultó abatida y consternada, cuando Jesucristo les reveló este misterio?


3º Tercera razón tomada del testimonio de los Apóstoles. El testimonio de los Apóstoles, durante la vida de su maestro, no habría tenido esta fuerza de prueba que tuvo después de su muerte, después de su resurrección, de su ascensión y del descenso del Espíritu Santo. Ya sean discípulos o engañadores o engañados, anuncian las maravillas de su Maestro, mientras viven con Él, para atraerle y atraerse a ellos mismos crédito y consideración; no hay nada más humano en esto, y que no se haya visto más de una vez; pero que los discípulos anuncien la divinidad de su Maestro, y que sólo la anuncien después de su muerte, ellos mismos sólo esperando la muerte como recompensa por su celo, eso es lo que es divino y lo que nunca antes de había visto. Además, tras este testimonio, el universo entero se convirtió, los cristianos han ofrecido su sangre y la han derramado por la confesión del nombre de Jesús.


¡Ah! ¿Por qué no puedo difundir yo mi testimonio por tan grande causa? ¡Que no pueda yo unir mi sangre a la de tantos mártires; a la vuestra misma, oh Jesús! Al menos me haré el honor de publicar en toda ocasión vuestra religión, de defenderla según mi poder, y de justificarla por la santidad de mi vida, para obtener la recompensa que habéis prometido a aquellos que creerán en Vos!
Que así sea.


FIN

LA CONFESIÓN DE SAN PEDRO (II)


LA CONFESIÓN DE SAN PEDRO
L'Évangile médité et distribué pour tous les jours de l'année, 
suivant la concorde des quatre Évangélistes, 
Bonaventure Girardeaux
4ème edition, tome troisième, Metz, 1801

*Nota: Comentario anterior al Concilio Vaticano



SEGUNDO PUNTO.
¿Cuál es la recompensa?


La recompensa por la confesión de San Pedro fue la declaración que Jesús le hizo de toda la economía de la Iglesia, y del papel honorable y singular que él debía tener.


1.º Jesús le enseña cuál es la fuente de fe y la doctrina de la Iglesia, y que esta fuente proviene de estar abierto a Él. Jesús le respondió: Bendito seas, Simón, hijo de Jonás, porque no es la sangre, ni la carne que te ha revelado esto, sino mi Padre que está en los cielos. La fe cristiana tiene su origen en la divinidad: lo que nos enseña ha sido revelado por Dios mismo. El hijo de Dios, enviado por el Padre, nos anunció las verdades de la revelación; el Espíritu Santo, enviado del Padre y del Hijo, nos desarrolló y confirmó estas verdades, y preservó el precioso depósito en la Iglesia. Los dogmas de la fe no deben nada a la industria humana; estos no son sistemas de filósofos, o producciones sin forma y tímidas de la meditación de los eruditos; es un cuerpo de verdades esenciales que nos hacen conocer a Jesucristo, y por Él a Dios su Padre, que descubrimos nuestros deberes y la felicidad de nuestro destino eterno, con las maneras de lograrlo. ¡Oh ciencia divina, en comparación con la cual todas las otras ciencias son sólo oscuridad! ¡Oh bendito Apóstol, a quien el padre celestial hizo una revelación tan importante, y que fuiste el primero en confesar al Hijo de Dios de una manera que ha merecido sus elogios, y que os ha dado las prerrogativas ilustres que quiere para honraros, y que Él os anunciará! ¡Oh felices los demás Apóstoles, por haber pensado como tú, y nunca haberse separado de ti! ¡Felices nosotros mismos, que todavía sostenemos la misma doctrina hoy, la misma fe, el mismo lenguaje que tú!


2.º Jesús le dice cuál será la estabilidad de su Iglesia, y que él mismo será su fundamento. Desde el principio, cuando Jesús vio a Simón, le cambió su nombre por el de Pedro; desde entonces ha sido llamado indiscriminadamente Simón o Pedro, y a veces Simón-Pedro; pero nadie, ni él mismo, conocía todavía el misterio de este nombre. Esto es lo que Jesucristo desarrolla aquí. Simón le dijo a Jesús: Tú eres Cristo, Hijo del Dios vivo, y Jesús le responde: Y yo te digo que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Los herejes pueden usar todo su arte y sus sabias investigaciones para eludir la fuerza de estas divinas palabras, pero ellas siempre serán el consuelo y el triunfo de los católicos romanos. El nombre de piedra fundamental o fundamento, es una expresión metafórica que tiene varios significados, dependiendo de las personas a quienes se aplica. Jesucristo es la piedra angular y fundación de la Iglesia; los apóstoles y los profetas son el fundamento de la Iglesia. J. C. dijo a Pedro, hablando para él solo, en presencia de los demás Apóstoles, que él sería el fundamento de la Iglesia. Un católico concibe sin esfuerzo, sólo conservando todas estas expresiones, que Pedro es infinitamente menor que Jesucristo (!), y algo más que los apóstoles y los profetas. La Iglesia, esta sociedad de los fieles, representados aquí bajo la figura de un edificio que pertenece a Jesucristo, y del que es el arquitecto, no debería, por tanto, comenzar a formarse adecuadamente que sólo después del descenso del Espíritu Santo, y cuando Jesucristo ya no estaría en la tierra.


Por tanto, era necesario que Jesucristo dejara a esta sociedad un jefe visible, que mantuviera su lugar y que fuera su Vicario en la tierra, sobre quien, por así decirlo, descansara todo este gran edificio; y esto es lo que aquí declara que destina a San Pedro. Esta sociedad debería durar siempre, y San Pedro tuvo que morir; por tanto, debemos, con San Pedro, comprender también a sus sucesores, los Romanos Pontífices ; y así ha sido siempre como lo ha comprendido la Iglesia, y también los heresiarcas, incluso antes de su apostasía. La Iglesia construida sobre esta piedra, esta Iglesia que reconoce al Romano Pontífice por su cabeza visible, y la Iglesia Romana como centro de su fe, existe desde dieciocho siglos. Contra esta piedra todos los esfuerzos del infierno se han estrellado y perecido. Esta piedra lo ha resistido todo y lo aplasta todo ; ella convirtió a los dioses artificiales en polvo de idolatría y derrocó a los tiranos que favorecían dicha idolatría, ella disipó y alejó las herejías, que no quedan sino dispersas por la tierra, y como constreñidas en alguna región en particular, que sirven como monumentos a las victorias de la Iglesia construida sobre esta piedra. Esta Iglesia es la única Católica, la única que está muy extendida y formando un solo cuerpo cuyos miembros están unidos bajo la autoridad del mismo jefe visible. ¡Qué desgracia estar fuera de esta Iglesia! ¡Qué locura atacarla! ¡Qué ceguera no reconocerla y buscarla donde no está! ¡Pero que felicidad para nosotros por ser miembros! Demos gracias a Dios; unámonos cada vez más a esta piedra inquebrantable; nunca nos desviemos de la fe de Pedro, y vivamos dignamente nuestra fe.

3.° Jesús le dice cuál será la forma de su Iglesia, y qué autoridad Él ejercerá allí. Jesucristo siempre llamó a su Iglesia el reino de los cielos, y así es como todavía la llama aquí. Es un reino que Dios su Padre le ha dado, y que adquirió al precio de su Sangre ; solo Él es el rey y monarca absoluto. Es esencialmente el reino de los cielos vinculado con este reino eterno preparado para los justos en el cielo, y completamente separado e independiente de los reinos de este mundo, de los cuales Dios ha dado administración a los reyes de la tierra. Este reino de los cielos no contempla a ningún hombre que como destinado a servir a Dios, a santificarse y merecer disfrutar de Dios en la eternidad. Pero este reino de cielos, ¿cómo se gobernará a sí mismo en el tierra, cuando su rey haya ascendido al cielo? ¿Quién gobernará en su lugar hasta el fin de los siglos que dure este reino, y con qué poder lo gobernará? Esto es lo que Nuestro Señor nos descubre aquí bajo otras dos metáforas. Continuando hablando con San Pedro, le dijo: Te daré la llaves del reino de los cielos. Es entonces a San Pedro que J. C., dejando la morada de la tierra para volver al seno de su Padre, entregará las llaves de su iglesia; es, por tanto, él quien ocupará el lugar de J. C., y a quien pertenecerá el cuidado universal de toda la iglesia. ¡Qué dignidad en la tierra! ¿Deberíamos sorprendernos de que los fieles, que los reyes y emperadores cristianos siempre se apresuraron a honrarlo por las marcas más deslumbrantes del respeto más profundo y religioso ? ¿Pero quién no se sorprenderá de las blasfemias y los horrores que han vomitado los herejes contra tan sublime dignidad, establecida por el propio J. C.? ¿Quién no gemirá todavía al ver a los hijos de la iglesia disfrutar maliciosamente con todo lo que pueda disminuir el respeto que se le debe a este rango supremo, y a los que allí son elevados ? ¿Creen que Jesucristo no se ofende? Pero ¿cuál es el poder que le confiere J. C. a Pedro y a todos Sus Sucesores? Este divino Salvador agrega: Todo lo que ates la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra será desatado en el cielo. Este poder de atar y desatar a veces se llama el poder de llaves; pero existe sin embargo esta diferencia, que las llaves, que son el símbolo del poder supremo, sólo fueron prometidas a San Pedro; en lugar del poder de atar y desatar, que fue prometido singularmente a San Pedro, y fue concedido también a todos los Apóstoles. Este poder de atar y desatar se ejerce en la iglesia por el Papa, sucesor de San Pedro, por los Obispos, sucesores de los Apóstoles, y por los demás ministros de segundo orden, según lo que ha sido ha fijado por los cánones. La facultad de atar se ejerce por las censuras, por la demora en la absolución, por la reserva de ciertos casos, por la penitencia impuesta a los pecadores , y por todo lo que hace la Iglesia para humillar el alma pecadora, y prepararla para volver sinceramente a Dios. La facultad de desatar se ejerce mediante la absolución de censuras y pecados, a través de la remisión de la penitencia, por las indulgencias, las dispensaciones, y por todo lo que que la Iglesia hace a favor de los débiles y penitentes, para ayudarlos y aliviarlos. Todo lo que hacen los ministros en este sentido, según los cánones y reglas de la Iglesia, es ratificado en el cielo; es la palabra misma de Jesucristo. Por lo tanto, sólo la impiedad y la dureza pueden despreciar estos vínculos espirituales, los cuales, por ser invisibles, no son menos formidables. ¿Pero cuál es el furor de la herejía de arremeter contra el poder de desatar, concedido por Jesucristo con tanta bondad y misericordia?


¡Desgraciadas sectas, en las que, renunciando a la Iglesia, se renuncia a todas las ventajas sobrenaturales que puede aportar, donde ninguna autoridad puede romper estas ataduras del pecado en las que es necesario que sus infelices seguidores vivan y mueran! ¡Ah! ¡Sea por siempre bendito, oh mi Salvador, por haber dado a los pastores de vuestra Iglesia un poder tan extenso y tan misericordioso! Así que iré a ellos, y lleno de confianza en vuestras promesas, someteré mi alma a su juicio; y absuelto en su tribunal, estoy seguro de que si he acudido allí con sinceridad y contrición, será absuelto en el vuestro. ¡Qué consuelo! ¡Qué alegría interior! ¡que felicidad para un miserable pecador como yo!


Continuará...

LA CONFESIÓN DE SAN PEDRO (Meditación)


LA CONFESIÓN DE SAN PEDRO
L'Évangile médité et distribué pour tous les jours de l'année, 
suivant la concorde des quatre Évangélistes, 
Bonaventure Girardeaux
4ème edition, tome troisième, Metz, 1801

*Nota: Comentario anterior al Concilio Vaticano


PRIMER PUNTO.
Como fue hecha dicha confesión.

1º Lo que la precede es la oración. Jesús entonces partió de Betsaida con sus Discípulos, para ir a las aldeas vecinas de Cesarea de Filipo; y en el camino, mientras oraba en particular, teniendo consigo a sus discípulos, los interrogó. Después que Jesús despidió al ciego curado, continuó su viaje con sus Apóstoles, recorriendo los pueblos y aldeas hasta los alrededores de Cesarea de Filipo, ciudad situada al norte de Palestina, hacia las fuentes del Jordán, y distinta de Cesarea de Palestina, ubicada en el Mar Mediterráneo. Cuando se acercó a este lugar, se retiró a un lugar remoto, entonces solo se llevó consigo a sus Apóstoles; incluso se separó de ellos para entrar en oración. La gente que se les había unido en el camino le estaban esperando en el campo, y los Discípulos, más cerca de Él, le observaban en silencio mientras oraba. Cuando J. C. quiso elegir sus apóstoles, comenzó orando. En esta circunstancia, donde quiere designar al jefe de sus Apóstoles y su Vicario en la tierra, nuevamente comienza orando. Fue en la oración que Jesús formó el plano de su iglesia, y de todo el orden jerárquico que allí se estableció; era de esto que hablaba con su Padre, fue por esta amada Iglesia por la que oró y de la cual se ocupó hasta haberla adquirido por el derramamiento de su Sangre; también es mediante la oración que esta Esposa santa se une a su Esposo celestial; es a través de la oración que ella se vuelve fértil, y que nos da la vida y el alimento, y que nos enriquece con todos sus tesoros. Hijos de la oración, ¿qué ardor tenemos para rezar ?

2º Lo que da lugar a esta confesión es una conversación privada. Una vez hubo terminado su oración, Jesús vino a buscar a sus discípulos, y caminando con ellos, con la gente siguiéndolos a un poco de distancia, comenzó a conversar con ellos y a preguntarles, diciéndoles: ¿Quién dicen las gentes que es el Hijo del hombre ? ¿Quién dicen que soy? Ah, ¡qué útiles y conmovedoras serían nuestras conversaciones, si no habláramos nada más que de Jesucristo, de sus misterios, de su doctrina y de los intereses de su gloria! Los Apóstoles le respondieron: Algunos dicen que eres Juan el Bautista, otros, Elías, otros, Jeremías y otros, uno de los antiguos profetas, que ha resucitado. ¡Pobre de mí! ¡Pues el espíritu del hombre es propenso al error, y naturalmente opuesto a las verdades de la salvación! ¿Cómo puede ser que entre este pueblo diligente en escuchar a J. C., y espectador de sus milagros, la opinión más común no fuera que Él era el Mesías que todos esperaban. ? Unos pocos, muy pocos en número, lo reconocieron; pero el gran numero prefiere ceder a todo tipo de quimeras y extravagancias, que reconocer a un Mesías que no es conforme a sus deseos. La humildad y la santidad de J. C., esto es lo que, aún hoy, impide que el mundo lo reconozca; pero dejemos que el mundo se pierda en sus sistemas y en sus quimeras, y nosotros busquemos la verdad en el cuerpo apostólico, escuchemos a su jefe, y nunca nos separemos de la Fe de los primeros pastores, pues únicamente esta Fe puede disipar nuestros errores y calmar nuestras inquietudes.

3.° Lo que la acompaña es una fe animada y reflexiva. Jesús entonces preguntó a sus Apóstoles: Y vosotros, ¿quién creéis que soy ? Simón-Pedro, tomando la palabra, dice: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, es decir, el Mesías. Esta confesión de San Pedro fue notable por la fe que la acompañó, y que merecía ser elogiada y recompensada por el Salvador. No era la primera vez que Jesús fue llamado el Hijo de Dios. Además del hecho de que los demonios comúnmente lo llamaban así, Natanael inicialmente le había dado ese nombre en un movimiento de admiración. Los apóstoles todos juntos, apenas regresados ​​de su miedo en el Mar de Tiberíades, también le había dado el mismo nombre. El día después de la primera multiplicación de los panes, después de las maravillas del Mar de Tiberíades y del país de Génésar, nuevamente San Pedro, penetrado por los acontecimientos que habían precedido, hizo en nombre de todos la misma confesión que hace aquí. Pero tal vez los sonidos de sorpresa, de alegría, de admiración, de miedo, que, en estas diferentes ocasiones, habían como extraído esta confesión, también habían reducido su valor. Aquí no hay nada de eso, pues los espíritus están en paz, y sólo la fe actúa. Me uno a este bendito ¡Apóstol, oh Jesús! y postrado a tus pies, te reconozco como el Mesías, el Cristo, el ungido de Dios, el Hijo de Dios, no por adopción, sino por naturaleza. Reconozco en ti la Palabra encarnada, la naturaleza divina y la naturaleza humana, subsistiendo en una sola persona, la segunda de la Santísima Trinidad. Reconozco que, dependiendo de tu naturaleza humana, eres verdaderamente hombre como yo, y según tu naturaleza divina, verdaderamente Dios, igual al Padre, y un solo Dios con el Padre y el Espíritu Santo. Te reconozco como mi rey, mi Salvador, mi mediador y mi Dios, en quien pongo toda mi esperanza, y a quien dedico todo mi amor. 

Continuará...