VACANTIS APOSTOLICAE SEDIS

✠✠ "Sede Vacante Nihil Innovetur" ✠ "Ipsum Suprema Nostra auctoritate nullum et irritum declaramus" ✠ "Inferior non potest tollere legem superioris" ✠✠
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LA SEDE PETRINA HA CONSERVADO SIEMPRE LA TRADICIÓN, SOLO LOS HEREJES IMPUGNAN SU AUTORIDAD DIVINA


«En efecto, no es posible rebelarse contra ninguna verdad católica, sin rechazar juntamente la autoridad de la Romana Iglesia, en la cual se encuentra la sede del irreformable magisterio de la fe, FUNDADO POR EL REDENTOR DIVINO, y en la cual, por lo mismo, se ha CONSERVADO SIEMPRE LA TRADICIÓN que nace en los Apóstoles. De aquí es que los antiguos herejes y los protestantes modernos cuyas opiniones, por otra parte, están muy discordes, trabajen tan a una en impugnar la autoridad de la Sede Apostólica.» 

 

—SU SANTIDAD PÍO IX, Nostis et Nobiscum.

 

ANALICEMOS LAS SIGUIENTES CONJUNTURAS

 

PRIMERA: La secta conciliar del Vaticano II entiende que son naturales las variaciones, en parte o en el todo, de los puntos que constituyen el Magisterio irreformable de la Fe y a la Sagrada Tradición, dado que el contenido doctrinal del conciliábulo del Vaticano II (y su posterior desarrollo apostata hasta nuestros días) guarda una marcada contradicción y negación hacia el Magisterio irreformable de la Fe y la Sagrada Tradición, pasando a ser estos últimos reformables o mutables en razón de los tiempos, como si su vigencia dependa o se agotara a causa de la pravedad de los siglos. Por tanto, la Ramera Conciliar al no confesar la Fe de la Iglesia Católica, no es la Esposa de Cristo, que enseña a sus hijos a viva voz LA IRREFORMABILIDAD ABSOLUTA DEL MAGISTERIO DE LA FE.

 

SEGUNDA: El lefebvrismo, que tiene como bandera la guarda de la «tradición», por tanto del Magisterio irreformable de la Fe, asevera que la Romana Sede de Pedro conserva la Fe y la Tradición de manera discontinua, es decir, que hay periodos históricos donde la Santa Sede cesó en el cumplimiento de su primera y elementar tarea (la guarda íntegra de la Fe y la Tradición) dándole lugar a doctrinas extrañas, a actos de apostasía públicos, y hasta combatiendo abiertamente a los santos y a quienes si guardan la Tradición y la Fe. Se concluye palmariamente, que la secta de Lefebvre confiesa una doctrina negatoria de aquello que creyó siempre la Iglesia Católica: LA SEDE ROMANA HA CONSERVADO SIEMPRE LA TRADICÓN Y LA FE, ergo, la secta lefebvrista no es la Iglesia de Cristo, ni guarda íntegra la Fe y la Tradición.

 

TERCERA: El thucismo y sus múltiples variantes autocefálicas, argumentando que les es lícito impugnar la autoridad divina de la Romana Sede dado el carácter de los tiempos, caen en la falacia modernista de la adaptación, supresión y sometimiento de la Regla de la Fe a las circunstancias actuales. Por consiguiente, estás numerosas congregaciones sectarias de raigambre thucista expresan, de palabra y obra, que les está permitido y es una obligación en razón de los tiempos el impugnar la autoridad de la Romana Sede, con especial ahínco en aquello que les condena, tacha de intrusos y anula. Estas sectas guardan sin dudas un linaje espurio y sacrílego, pero NO el Magisterio irreformable de la Fe y la Sagrada Tradición, que enseña nítida y tajantemente que es típico de los herejes impugnar la autoridad de la Sede Apostólica, por ende, lejos están de ser la Iglesia Católica.

 

Contra las pretensiones de Babilonia la Grande y la secta lefebvrista, en favor de la vacante actual de la Sede Apostólica: https://www.facebook.com/share/p/1EBURtLjy1/

Exposición de la pravedad herética de los postulados thucistas, en favor de la Vacantis Apostolicæ Sedis: https://www.facebook.com/share/p/19KUeqyXUh/




SANTOS INOCENTES

"Estos, pues, a quienes la crueldad de Herodes arrancó como lactantes del seno materno, son justamente aclamados como 'flores infantiles mártires'; fueron las primeras flores de la Iglesia, maduradas por la escarcha de la persecución durante el frío invierno de la incredulidad." 

San Agustín

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SAN ESTEBAN

26 de diciembre del Año del Señor
SAN ESTEBAN, 
Protomártir

"Si San Esteban no hubiese orado, la Iglesia no tendría a Pablo. Pablo fue levantado porque la oración de San Esteban, que fue derribado, fue aceptada por el Todopoderoso."
San Agustín

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LA LINEA TRAZADA DE SAN AGUSTÍN SOBRE EL MILENARISMO


San Agustín
La Ciudad de Dios
LIBRO XX

CAPITULO VII

De los mil años de que se habla en el Apocalipsis de San Juan, y qué es lo que racionalmente debe entenderse de estas dos resurrecciones. Habla de tal manera en el libro de su Apocalipsis el evangelista San Juan, que la primera de ellas algunos de nuestros escritores no sólo no la han entendido, sino que la han convertido en fábulas ridículas, porque en el libro citado dice así: «Yo vi bajar del Cielo un ángel, que tenía la llave del abismo y una grande cadena en su mano; él tomó al dragón, la serpiente antigua, que es el Diablo y Satanás, y le ató por mil años, y habiéndole precipitado al abismo, le encerró en él y lo selló, para que no seduzca más a las naciones, hasta que sean cumplidos los mil años, después de lo cual debe ser desatado por un poco de tiempo. Vi también unos tronos, y a los que se sentaron en ellos se les dio el poder de juzgar.

Vi más, las almas de los que habían sido decapitados por haber dado testimonio a Jesús. y por la palabra de Dios, y que no adoraron la bestia ni su imagen, ni recibieron su señal en las frentes ni en las manos, y éstos vivieron y reinaron con Jesucristo mil años. Los otros muertos no volverán a la vida hasta que sean cumplidos dos mil años; ésta es la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder en ellos, y ellos serán sacerdotes de Dios y de Jesucristo, con quien reinarán mil años.» Los que por las palabras de este libro sospecharon que la primera resurrección ha de ser corporal, se han movido a pensar así entre varias causas, particularmente por el número de los mil años, como si debiera haber en los santos como un sabatismo y descanso de tanto tiempo, es a saber, una vacación santa después de haber pasado los trabajos y calamidades de seis mil años desde que fue criado el hombre, desterrado de la feliz posesión del Paraíso y echado por el mérito de aquella enorme culpa en las miserias y penalidades de esta mortalidad.

De forma que porque dice la Escritura «que un día para con el Señor es como mil años, y mil años como un día», habiéndose cumplido seis mil años como seis días, se hubiera de seguir el séptimo día como de sábado y descanso en los mil años últimos, es a saber, resucitando los santos a celebrar y disfrutar de este sábado. Esta opinión fuera tolerable si entendieran que en aquel sábado habían de tener algunos regalos y deleites espirituales con la presencia del Señor, porque hubo tiempo en que también yo fui de esta opinión. Pero como dicen que los que entonces resucitaren han d entretenerse en excesivos banquetes canales en que habrá tanta abundancia de manjares y bebidas que no sólo n guardan moderación alguna, sino que exceden los límites de la misma incredulidad, por ningún motivo puede creer esto ninguno sino los carnales.

Los que son espirituales, a los que dan crédito a tales ficciones, los llaman en griego Quiliastas, que interpretado a la letra significa Milenarios. Y porque ser asunto difuso y prolijo detenernos e refutarles, tomando cada cosa de por sí, será más conducente que declaremos ya cómo debe entenderse este pasa de la Escritura. El mismo Jesucristo, Señor nuestro dice: «Ninguno puede entrar en casa del fuerte y saquearle su hacienda, sino atando primeramente al fuerte; queriendo entender por el fuerte al demonio, porque éste es el que pudo tener cautivó al linaje humano; y la hacienda que le había de saquear Cristo, son los que habían de ser sus fieles a los cuales poseía él presos con diferentes pecados e impiedades.

Para maniatar y amarrar a este fuerte, vio Apóstol en el Apocalipsis a un ángel que bajaba del Cielo, que tenía la llave del abismo y una grande cadena en su mano, y prendió, dice, al dragón, aquella serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás, y le ató por mil años, esto es, reprimió y refrenó poder que usurpaba a éste para engañar y poseer a los que había de pon Cristo en libertad. Los mil años, por lo que yo alcanzo pueden entenderse de dos maneras: porque este negocio se va haciendo los últimos mil años, esto es, en sexto millar de años, como en el sexto día, cuyos últimos espacios van corriendo ahora, después del cual se ha de seguir consiguientemente el sábado que carece de ocaso o postura del si es a saber, la quietud y descanso de los santos, que no tiene fin; de manera que a la final y última parte de es millar, como a una última parte del día, la cual durará hasta el fin del siglo, la llama mil años por aquel modo particular de hablar, cuando por todo se nos significa la parte, o puso mil años por todos los años de es siglo, para notar con número perfecto la misma plenitud de tiempo.

Pues número millar hace un cuadrado sólido del número denario, porque multiplicado diez veces diez hace ciento, la cual no es aún figura cuadrada, sino llana o plana, y para que tome fondo y elevación y se haga sólida, vuélvense a multiplicar diez veces ciento y hacen mil Y si el número centenario se pone alguna vez por la universalidad o por el todo, como cuando el Señor prometió al que dejase toda su  hacienda y le siguiese, «que recibirá en este siglo el ciento por uno; lo cual, a explicándolo el Apóstol en cierto modo, dice:  «Como quien nada tiene y lo posee todo; porque estaba antes ya dicho, «el hombre fiel es señor de todo el mundo, y de las riquezas: ¿cuánto más se pondrán mil por la universalidad donde se halla el sólido de la misma cuadratura del denario? Así también se entiende lo que leemos en el real Profeta: «Acordóse para siempre de su pacto y testamento y de su palabra prometida para mil generaciones, esto es, para todas. Y le echó, dice, en el abismo, es a saber, lanzó al demonio en el abismo. Por el abismo entiende la multitud innumerable de los impíos, cuyos corazones están con mucha profundidad sumergidos en la malicia contra la Iglesia de Dios.

 Y no porque no estuviese ya allí antes el demonio se dice. Que fue echado allí, sino porque, excluido poseer y dominar con más despotismo a los impíos, pues mucho más poseído está del demonio el que no sólo está ajeno a Dios sino que también de balde aborrece, a los que sirven a Dios. Encerrole, dice, en el abismo, y echó su sello sobre él, para que no engañe ya a las gentes, hasta que se acaben los mil años. Le encerró, quiere decir, le prohibió fue pudiese salir, esto es transgredir lo vedado. Y lo que añade: le echó su sello, me parece significa que quiso estuviese oculto, cuáles son los que pertenecen a la parte del demonio y cuáles son los que no pertenecen, cosa totalmente oculta en la tierra, pues es incierto si el que ahora parece que está en pie ha de venir a caer, y si el que parece que está caído ha de levantarse. Y con este entredicho y clausura se le prohíbe al demonio y se le veda el engañar y seducir a aquellas gentes que, perteneciendo a Cristo, engañaba o poseía o antes, porque a éstas escogió Dios y el determinó «mucho antes de crear el mundo sacarlas de la potestad de las tinieblas y transferirlas al reino de su amado Hijo, como lo dice el Apóstol, ¿Y qué cristiano hay que ignorar que el demonio no deja de engañar al presente a las gentes llevándola, consigo la las penas eternas, pero no a las que están predestinadas para la vida eterna? No debe movernos que muchas veces el demonio engaña también a los que, estando ya regenerados en Cristo, caminan por las sendas de Dios, «porque conoce y sabe el Señor los que son suyos».

Y de éstos a ninguno engaña de modo que caiga en la eterna condenación. Porque a éstos los conoce el Señor, como Dios, a quien nada se le esconde ni oculta, aun de lo futuro; y no como el hombre, que ve al hombre de presente (si es que ve a aquel cuyo corazón no ve); pero lo que haya de ser después, ni aun de sí mismo lo sabe. Está atado y preso el demonio y encerrado en el abismo para que no engañe a las gentes, de quienes como de sus miembros consta el cuerpo de la Iglesia, a las cuales tenía engañadas antes que hubiese Iglesia, porque no dijo para que no engañe a alguno, sino para que no engañe ya a las gentes, en las cuales, sin duda, quiso entender la Iglesia, hasta que finalicen los mil años, esto es, lo que queda del día sexto, el cual consta de mil años, o todos los años que en adelante ha de tener este siglo.

Tampoco debe entenderse lo que dice «para que no engañe las gentes hasta que se acaben los mil años», como si después hubiese de engañar a aquellas entes que forman la Iglesia predestinada, a quienes se le prohíbe engañar por aquellas prisiones y clausuras en que está, Sino que, o lo dice con aquel modo de hablar que se halla algunas veces en la Escritura, como cuando dice el real Profeta: «así están nuestros ojos vueltos a Dios nuestro Señor, hasta que tenga misericordia y se compadezca de nosotros»; pues habiendo usado de misericordia, tampoco dejaran los ojos de sus siervos de estar vueltos a Dios, su Señor, o el sentido y orden de estas palabras, es así: «le encerró y echó su cuello sobre él hasta que se pasen mil años, Lo que dijo en medio «Y para que no engañe ya a las gentes», está de tal suerte concebido, que debe entenderse separadamente como si se añadiera después: de forma que diga toda la sentencia: «le encerró y echó su sello sobre él hasta que pasen mil años, a fin de que ya no seduzca a las gentes; esto es, que le encerró hasta que se cumplan los mil años, para que no engañe ya a las gentes.

CAPITULO IX

En qué consiste el reino en que reinarán los santos con Cristo por mil años, y en qué se diferencia del reino eterno Entre tanto que está amarrado el demonio por espacio de mil años, los santos de Dios reinarán con Cristo también otros mil años, los mismos sin duda, y deben entenderse en los, mismos términos, esto es, ahora, en el tiempo de su primera venida. Porque si fuera de aquel reino (de quien dirá en la consumación de los siglos: «Venid, benditos de mi Padre, y tomad posesión del reino que está preparado para vosotros»), reinarán ahora de otra manera, bien diferente y desigual, con Cristo sus santos (a quienes dijo: «Yo estaré con vosotros hasta el fin y consumación del siglo») tampoco al presente se llamaría la Iglesia su reino, o reino de los cielos.

Porque en este tiempo, en el reino de Dios, aprende y se hace sabio aquel doctor de quien hicimos arriba mención, «que Saca de su tesoro lo nuevo y lo viejo», y de la Iglesia han de recoger los otros segadores la cizaña que dejó crecer juntamente con el ‘trigo basta la siega. Explicando esto, dice: «La siega es el fin del siglo, y los segadores son los ángeles; así que de la manera que se recoge la cizaña y se echa en el fuego, así será el fin del mundo; enviará el Hijo del hombre sus’ ángeles, y recogerán de su reino todos los escándalos.» ¿Acaso ha de recogerlos de aquel reino donde no hay escándalo alguno? Así, pues, de este reino, que es en la tierra la Iglesia, se han de recoger. Además dice: «El que no guardare uno de los más mínimos mandamientos y los enseñare a los hombres, será el mínimo en el reino de los cielos; pero el que los observare exactamente y los enseñare, será grande en el reino de los cielos.»

 El uno y el otro dice que estarán en el reino de los cielos, el que no práctica las leyes y mandamientos que enseña, que eso quiere decir solvere, no guardarlos, no observarlos; y el que los ejecuta y enseña, aunque al primero llama mínimo, y al segundo grande Seguidamente añade: «Yo os digo, que si no fuere mayor vuestra virtud que la de los escribas y fariseos», esto es, que la virtud de aquellos que no observan lo que enseñan (porque de los escribas y fariseos dice en otro lugar «que dicen y no hacen»); si no fuere mayor vuestra virtud que la suya, esto es, de modo que no quebrantéis, antes practiquéis lo que enseñáis, «no entraréis, dice, en el reino de los cielos». De otra manera se entiende el reino de los cielos, donde entra el que enseña y no lo practica, y el que practica lo que enseña, que es la Iglesia actual; y de otra, donde se hallará sólo aquel que guardó los mandamientos, que es la Iglesia cual entonces será, cuando no habrá en ella malo alguno. Ahora también la Iglesia se llama reino de Cristo y reino de los cielos; y reinan también ahora con Cristo sus santos, aunque de otro modo reinarán entonces. No reina con Cristo la cizaña, aunque crezca en la Iglesia con el trigo, porque reinan con él los que ejecutan lo que dice el Apóstol: «Si habéis resucitado con Cristo, atended a las cosas del Cielo, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios Padre; buscad las cosas del Cielo, no las de la tierra»; Y de estos tales dice asimismo: «Que su conversar, vivir y negociar es en los Cielos.»

 Finalmente, reinan con el Señor los que están de tal conformidad en su reino, que son también ellos su reino. ¿Y cómo han de ser reino de Cristo los que (por no decir otras cosas), aunque están allí hasta que se recojan al fin del mundo todos los escándalos, buscan sólo en este reino sus intereses, las cosas que son suyas y no las de Jesucristo? A este reino en que militamos, en que todavía luchamos con el enemigo, a veces resistiendo a los repugnantes vicios, y a veces cediendo a ellos, hasta que lleguemos a la posesión de aquel reino quietísimo de suma paz, donde reinaremos sin tener enemigo con quien lidiar; a este reino, pues, y a esta primera resurrección que hay ahora se refiere el Apocalipsis. Porque habiendo dicho cómo habían amarrado al demonio por mil años, y que después le desataban por breve tiempo, luego, recapitulando lo que hace la Iglesia, o lo que se hace en ella en estos mil años, dice: «Vi unos tronos, y unos que se sentaron en ellos, y se les dio potestad de poder juzgar.» No debemos pensar que esto se dice y entiende del último y final juicio, sino que se’ debe entender por las sillas de los Prepósitos, y por los Prepósitos mismos, que son los que ahora gobiernan la Iglesia.

En cuanto a la potestad de juzgar, que se les da, ninguna se entiende mejor que aquella expresada en la Escritura: «Lo que ligaréis en la tierra será también atado en el cielo, y lo que desatareis en la tierra será también desatado en el cielo. De donde procede esta frase del Apóstol: «¿Qué me toca a mí el juzgar de los que están fuera de la Iglesia? ¿Acaso vosotros no juzgáis también a los que están dentro de ella? «Y vi las almas dice San Juan de los que murieron por el testimonio de Jesucristo y por la palabra de Dios; ha de entenderse aquí lo que después dice, «y reinaron mil años con Jesucristo, es a saber, las almas de los mártires antes de haberles restituido sus cuerpos. Porque a las almas de los fieles difuntos no las apartan ni separan de la Iglesia, la cual igualmente ahora es reino de Cristo. Porque de otra manera no se hiciera memoria de ellos en el altar de Dios, en la comunión del Cuerpo de Cristo, ni nos aprovecharía en los peligros acudir a su bautismo, para que sin no se nos acabe esta vida; ni a la reconciliación, si acaso por la penitencia o mala conciencia está uno apartado y separado del gremio de la Iglesia. ¿Y por qué se hacen estas cosas, sino porque también los fieles difuntos son miembros suyos? Así que aunque no sea con sus cuerpos, ya sus almas reinan con Cristo mientras duren y corren estos mil años. En este mismo libro y ea otras partes leemos: «Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor, en su amistad y gracia, porque ésos en lo sucesivo dice el Espíritu Santo, descansarán de sus trabajos, pues las obras que hicieron los siguen. Por esta razón reinará primeramente con Cristo la Iglesia en los vivos en los difuntos; pues, como dice el Apóstol: «Por eso murió Cristo pata ser Señor de los vivos y de los difuntos. Pero sólo hizo mención de los mártires, porque principalmente reinan después de muertos los que hasta la muerte pelearon por la verdad. Pero como por la parte se entiende el todo, también entendemos todos dos demás muertos que pertenecen a la Iglesia, que es el reino de Cristo. Lo que sigue: «Y los que no adoraron la bestia ni su imagen, ni recibieron su marca o carácter en sus frentes o en sus manos», lo debemos entender juntamente de los vivos y de los difuntos.

Quién sea esta bestia, aun que lo hemos de indaga; con más exactitud, no es ajeno de la fe católica que se, entienda por la misma ciudad impía, y por el pueblo de los infieles enemigo del pueblo fiel y Ciudad de Dios. Y su imagen, a mi parecer, es el disfraz o fingimiento de las personas que hacen como que profesan la fe y viven infielmente, porque fingen que son lo que realmente no son, y se llaman, no con verdadera propiedad, sin con falsa y engañosa apariencia, cristianos. Pues a esta misma bestia pertenecen no sólo los enemigos descubiertos del nombre de Cristo y de su Ciudad gloriosa, sino también la cizaña que es la de recoger de su reino que es la Iglesia, en la consumación del siglo. ¿Y quiénes son los que no adoran a la bestia ni a su imagen, si no los que practican lo que insinúa e Apóstol, «que no llevan el yugo con los infieles», porque no adoran, esto es, no consienten, no se sujetan, ni admiten, ni reciben la inscripción, es  saber, la marca y señal del pecado en sus frentes por la profesión, ni en sus manos por las obras? Así que; ajeno de estos males, ya sea viviendo aun en esta carne mortal, ya sea después de muertos, reinan con Cristo, aun en la actualidad, de manera congrua y acomodada a esta vida, por todo el espacio de tiempo que se nos significa con los mil años.

Los demás, dice, no vivieron: «Porque ésta es la hora en que los muertos han de oír la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeron, vivirán», pero los demás no vivirán. Y lo que añade: «hasta el cumplimiento de los mil años», debe entenderse que no vivieron aquel tiempo en que debieron vivir, es decir, pasando de la muerte a la vida. Y así, cuando venga el día en que se verificará la resurrección de los cuerpos, no saldrán de los monumentos y, sepulturas para la vida, sino para el juicio, esto es, para la condenación, que se llama segunda muerte. Porque cualquiera que no viviere hasta que se concluyan los mil años, esto es, en todo este tiempo en que se efectúa la primera resurrección, no oyere la voz del Hijo de Dios Y no procurare pasar de la muerte a la vida, sin duda que en la segunda resurrección, que es la de la carne, pasará a la muerte segunda con la misma carne.

San Juan añade: «Esta es la primera resurrección: bienaventurado y santo es el que tiene parte en esta primera resurrección.» Esto es, el que participa de ella. Y sólo participa de ella el que no sólo resucita y revive de la muerte que consiste en los pecados, sino que también en lo mismo que hubiere resucitado y revivido permanece. «En éstos, dice, no tiene poder la muerte segunda.» Pero sí la tiene en los demás, de quienes dijo arriba: «Los demás no vivieron hasta el fin de los mil’ años», porque en todo este espacio de tiempo, que llama mil años, por más que cada uno de ellos vivió en el cuerpo, no revivió de la muerte en que le tenía la impiedad, para que, reviviendo de esta manera, se hiciera partícipe de la primera resurrección y no tuviera en él poderío la muerte segunda.

CAPITULO XIII

Si se ha de contar entre los mil años el tiempo de la persecución del Anticristo  Esta última persecución, que será la que ha de hacer el Anticristo (como lo hemos ya insinuado en este libro, y se halla en el profeta Daniel), durará tres años y seis meses. El cual tiempo, aunque corto, con justa causa se duda si pertenece a los mil años en que dice que estará atado el demonio, y en que los santos reinarán con Cristo; o si este pequeño espacio ha de aumentarse a los mismos años, y ha de contarse fuera de ellos. Porque si dijésemos que este espacio pertenece a los mismos años, hallaremos que el reino de los santos con Cristo se entiende más tiempo de lo que está él demonio atado.

Pues sin duda los santos con su Rey reinarán también con especialidad durante la persecución, venciendo y superando tantos males y calamidades cuando ya el demonio no estará atado, para que pueda perseguirlos con todas sus fuerzas. En tal caso ¿de qué forma determina esta Escritura y limita lo uno y lo otro, es a saber, la prisión del demonio, y, el reino de los santos, con unos mismos mil años; puesto que tres años y seis meses antes se acaba la prisión del demonio, que el reino de los santos con Cristo en estos mil años?

Y si dijésemos que este pequeño espacio de dicha persecución no debe contarse en los mil años, sino que, cumplidos, debe añadirse, para que se pueda entender bien lo que dice el Apocalipsis de que «los sacerdotes de Dios y de Cristo reinarán con el Señor mil años», añadiendo que «cumplidos los mil años soltarán a Satanás de su cárcel», pues así da a entender que el reino de los santos y la prisión del demonio han de cesar a un mismo tiempo; para que después el espacio de aquella persecución se entienda que no pertenece al reino de los santos ni a la prisión de Satanás, cuyas dos circunstancias, se incluye en los mil años, sino que debe contarse fuera de ellos; nos será forzoso confesar que los santos en aquella persecución no reinarán con Cristo.

Pero ¿quién habrá que, se atreva a decir que entonces no han de reinar con él sus miembros, cuando particular v estrechamente estarán unidos con él, y en el tiempo en que cuanto fuere más vehemente la furia de la guerra, tanto mayor será la gloria de la firmeza y constancia, y tanto más numerosa la corona del martirio? Y si por causa de las tribulaciones que ha de padecer no hemos de decir que han de reinar, se deducirá que tampoco en los mismos mil años cualquiera de los santos que padecía tribulaciones, al tiempo de padecerlas no reinó con Cristo; y, por consiguiente, tampoco aquellos cuyas almas vio el autor de este libro, según dice, que padecieron muerte por dar testimonio de la fe de Cristo y por la palabra de Dios, reinarían con Cristo cuando padecían la persecución, ni eran reino de Cristo aquellos a quienes con más excelencia poseía Cristo.

Lo cual, sin duda, es absurdo, pues sin duda las almas victoriosas de los gloriosísimo mártires, vencidos y concluidos todos los dolores y penalidades, después que dejaron los miembros mortales, reinaron y reinarán con Cristo hasta que terminen los mil años, para reinar también después de recobrar los cuerpos inmortales. Así, pues, las almas de los que murieron por dar testimonio de Cristo las que antes salieron de sus cuerpos y las que han de salir en la misma última persecución, reinarán con hasta que se acabe el siglo mortal se trasladen a aquel reino donde no habrá ya más muerte. Por lo cual llegaran a ser más los anos que los santos remarán con Cristo, que la prisión del demonio, porque cuando el demonio no estará ya atado en aquellos tres años y medio, reinarán con su Rey, el Hijo de Dios.

Cuando San Juan dice: «Los sacerdotes de Dios y de Cristo reinarán con el Señor mil años, y, terminados éstos, soltarán a Satanás de su cárcel» debemos entender o que no se acaban los mil años de este reino de los santos, sino los de la prisión del demonio, de manera que los mil años, esto es, todos los años los tengan cada una de las partes, para acabar los suyos en diferentes y propios espacios, siendo el más largo el reino de los santos, y más breve la prisión del demonio; o realmente debemos creer que por ser el espacio de los tres años y medio brevísimo, no se pone en cuenta, sea en lo que parece que tiene de menos prisión de Satanás, o en lo que tiende más el reino de los santos; como lo manifesté hablando de los cuatrocientos años en el capítulo XXIV libro XVI de esta obra, los cuales, aun que eran algo más, sin embargo, lo llamó cuatrocientos. Muchas cosas como éstas hallaremos en la Sagrada Escritura, si así lo quisiéramos advertir.

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RELACIONADO

EL MILENARISMO INCLUSO EL MITIGADO
NO PUEDE ENSEÑARSE SIN IMPRUDENCIA,
SIN PELIGRO RESPECTO A LA FE,
ES DOCTRINA ERRÓNEA

https://pioxiivacantisapostolicaesedis.blogspot.com/2023/07/el-milenarismo-no-puede-ensenarse-sin.html
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RELACIÓN SAN AGUSTÍN-TEORÍAS EVOLUTIVAS: LA NECESIDAD DE UN ESTUDIO AMPLIO (REVISTA AGUSTINIANA 1887)

Frente a las acusaciones de herejía proferidas por los sectarios neojansenistas thucistas contra Su Santidad Pío XII, por permitir discusiones entre los doctos en la hipótesis del evolucionismo, citamos la Revista Agustiniana de 1887, bajo el Pontificado de Su Santidad León XIII, respondiendo al Cardenal Ceferino González y Díaz Tuñón sobre el mismo asunto del evolucionismo.

La Santa Madre Iglesia siempre ha permitido tales debates dentro de los límites que ella misma establece.

Los herejes y cismáticos thucistas buscan por todos los medios despojar del papado a Su Santidad Pío XII, como si pudieran, pues el Magisterio de Su Santidad Pío XII es el obstáculo que impide sus impías intenciones y actos.



Revista agustiniana
dedicada al Santo Obispo de Hipona en su admirable conversión á la fe
Tomo XIII
1887


«El sabio P. Ceferino en su Historia de la Filosofía (prim. edic. tom. 2.°, p. 66) escribe lo siguiente: «He aquí un notable pasaje de S. Agustín, cuya importancia sube de punto en presencia de las teorías trasformistas y de las discusiones paleontológicas de nuestros días: Insunt corporeis rebus per omnia elementa mundi quædam occultæ seminariæ rationes, quibus cum data fuerit opportunitas temporalis atque causalis, prorrumpunt in species debilas.» Traducción: «Hay en las cosas corpóreas, a través de todos los elementos del mundo, ciertas razones seminales ocultas, las cuales, cuando se les da la oportunidad temporal y causal, irrumpen en las especies debidas.»

A estas palabras, y como explicación de las mismas, pueden añadirse las no menos significativas que en su discurso 1.° Defensa de la Física, cita Fray L. de Flandes, atribuyéndolas a S. Agustín; a saber: Quia inseruit Deus seminales rationes rebus, secundum quas aliæ ex aliis proveniunt. Traducción: «Porque Dios insertó razones seminales en las cosas, según las cuales unas provienen de otras.»

Ninguno de estos textos en su forma literal se halla en los libros y tratados que los respectivos autores citan, ni hemos podido tampoco encontrarlos íntegros en las mejores ediciones de las obras del Santo: así y todo, hemos preferido estos a otros muchos de completa autenticidad e idéntica significación, por parecernos que en ellos se compendia y resume fielmente lo más característico de la teoría agustiniana en sus relaciones con la hipótesis transformista.

Pues, por más extraño que parezca, es indudable que la doctrina cosmogónica y protogenésica de S. Agustín, tal cual la hallamos desenvuelta en los doce libros del Génesis a la Letra, coincide en varios puntos sustanciales con la referida hipótesis moderna.

En efecto: el poderoso genio de Agustín, elevándose a gran altura sobre el nivel científico de su época y adelantándose en muchos siglos a los progresos de la investigación humana, concibió y defendió con sólidas razones la grandiosa teoría de la creación simultánea de todos los seres del mundo físico, sosteniendo, como sostienen reputados naturalistas modernos, que Dios creó uno o pocos tipos de materia informe y caótica, a la que dio leyes y fuerzas que determinasen las formas y movimientos de los cuerpos, y causas o principios germinales para que, llegada la oportunidad de tiempo y circunstancias por su infinita sabiduría decretadas, produjesen los debidos órdenes, especies y múltiples variedades que hermosean la creación.

Conviene advertir, sin embargo, que no creemos conforme a la mente del Santo Doctor (por más que algunas veces parece ser este el sentido de sus palabras) el suponer, como suponen los evolucionistas, que las fuerzas o principios seminales comunicados por Dios a la materia amorfa, sean fuerzas tan indeterminadas en su acción y de tan universal fecundidad, que producida una forma o tipo primitivo, continúen en constante y progresivo desarrollo, evolucionando y transformándose en la ordenada escala de los seres, hasta fijar y perpetuar su tipo en los organismos de mayor perfección relativa.

He aquí las razones que nos asisten para decir que la doctrina agustiniana no se compadece bien con la teoría de la evolución indefinida: In cujus elementis (mundi) simul sunt condita, quæ post accesu temporis orirentur vel fructeta, vel animalia quæque secundum suum genus. G. ad Lett. L 6 c. 1. Traducción: «En cuyos elementos (del mundo) fueron creadas simultáneamente las cosas que, después de un tiempo, surgirían, ya sean plantas frutales o cualquier tipo de animales, según su género.» Similitudo nascentium prætereuntis similitudinem servat. G. imp. c. 11. Traducción: «La semejanza de los que nacen conserva la semejanza del que pasa [o del anterior].» Y en el L. 9 de G. ad Litt. Unde fit ut de grano tritici non nascatur faba, vel de faba triticum, vel de pecore homo, vel de homine pecus. Traducción: «De donde resulta que del grano de trigo no nazca una haba, ni del haba trigo, ni del ganado un hombre, ni del hombre ganado.»

No nos detendremos a demostrar que en las citadas palabras no se refiere el Santo a la virtud generadora necesaria para la propagación de los seres; sino a las fuerzas o principios seminales inherentes a la materia, y que en su opinión llevan en sí mismas y como condición de su naturaleza, las leyes que, desde el momento de la creación, concretan y fijan los caracteres esenciales de un tipo determinado dentro de los límites que impone la inmutabilidad de la especie.

Esto no obstante, creemos que la doctrina de S. Agustín en sus relaciones con las teorías darwiniana y transformista, necesita para su completa exposición un estudio más amplio y detenido de lo que aquí nos es permitido realizar, y que estamos seguros serviría admirablemente para demostrar una vez más la perfecta armonía que no puede menos de existir entre las demostraciones de la verdadera ciencia y las enseñanzas del Texto Sagrado, acerca de cuyas interpretaciones, dice oportunamente el Águila de los Doctores, que si la ciencia demuestra alguna cosa opuesta a lo que en Él se contiene, esto no se hallaba en la Sagrada Escritura, sino que lo suponía así nuestra ignorancia: Hoc non habebat divina Scriptura, sed hoc senserat humana ignorantia. G. ad Lett. L. 1. Traducción: «Esto no lo contenía la divina Escritura, sino que así lo había entendido la ignorancia humana.»


https://www.google.es/books/edition/Revista_agustiniana_dedicada_al_Santo_Ob/w6fRAAAAMAAJ?hl=es&gbpv=1

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S.S.Pío XII
Humani Generis

1. El Evolucionismo
Por eso, el magisterio de la Iglesia no prohíbe que en investigaciones y disputas entre los hombres doctos de ambos campos se trate de la doctrina del evolucionismo, la cual busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente (pues la fe católica nos obliga a retener que las almas son creadas inmediatamente por Dios), según el estado actual de las ciencias humanas y de la sagrada teología, de modo que las razones de una y otra opinión, es decir, de los que defienden o impugnan tal doctrina, sean sopesadas y juzgadas con la debida gravedad, moderación y templanza, con tal que todos estén dispuestos a obedecer al dictamen de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y de defender los dogmas de la fe (cfr. Allocut. pont. ad membra Academiae Scientiarum, 30 novembris 1941: A.A.S., vol. XXXIII, p. 506). Empero, algunos, con temeraria audacia, traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen mismo del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados, y cual si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija una máxima moderación y cautela en esta materia.


2. El Poligenismo
Mas, tratándose de otra hipótesis, a saber, del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, pues los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de los primeros padres, ya que no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del magisterio de la Iglesia enseñan acerca del pecado original, que procede del pecado verdaderamente cometido por un solo Adán y que, difundiéndose a todos los hombres por la generación, es propio de cada uno de ellos (cfr. Rom., V, 12-19; conc. Trid., sess, V, cans. 1-4).


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RELACIONADO:
LA ORTODOXIA DE HUMANI GENERIS:
DESMINTIENDO LAS FALSAS ACUSACIONES DE HEREJÍA DE CIERTOS THUCISTAS Y LEFEBVRISTAS

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¿EL CUERPO DE ADÁN CREADO POR DIOS EN ACTO O SEGÚN RAZONES CAUSALES?

Santo Tomás de Aquino
Suma teológica
Parte Ia - Cuestión 91 - Artículo 4

"Según Agustín, todas las obras de los seis días fueron producidas a la vez. De ahí que el alma del primer hombre, que, según él, fue creada a la vez que los ángeles, no fue creada antes del sexto día, sino que en este día fue hecha el alma del primer hombre en acto; y su cuerpo según razones causales. Otros doctores opinan que tanto el alma como el cuerpo fueron hechos en acto en el sexto día."


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RESPONDE EL REV. BERTRAND LOUIS CONWAY EN 1929 SOBRE EL EVOLUCIONISMO

Frente a las acusaciones de herejía proferidas por los sectarios neojansenistas thucistas contra Su Santidad Pío XII, por permitir discusiones entre los doctos en la hipótesis del evolucionismo, citamos al Rev. Bertrand Louis Conway en el año 1929 bajo el Pontificado de Su Santidad Pío XI respondiendo a la pregunta ¿Puede un católico creer en la evolución? Respondiendo sí, bajo el imprimatur del Cardenal Patrick Joseph Hayes.

La Santa Madre Iglesia siempre ha permitido tales debates dentro de los límites que ella misma establece.

Los herejes y cismáticos thucistas buscan por todos los medios despojar del papado a Su Santidad Pío XII, como si pudieran, pues el Magisterio de Su Santidad Pío XII es el obstáculo que impide sus impías intenciones y actos.

Rev. Bertrand Louis Conway
The Question Box
1929
IMPRIMATUR
Cardenal 
Patrick Joseph Hayes

¿Puede un católico creer en la evolución?

La Iglesia no ha hablado oficialmente acerca de la evolución. Los católicos, pues, somos libres para aceptar la evolución, bien como mera hipótesis científica, bien como especulación filosófica.

«Tomada como hipótesis científica —dice el P. Wasmann—, la evolución considera a las actuales especies animales y plantas, no como formas creadas directamente por Dios, sino como el resultado final de los cambios múltiples que experimentaron especies que existieron en períodos geológicos anteriores. Tampoco estudia la evolución el origen de la vida, sino que se contenta con investigar las relaciones genéticas que median entre las especies sistemáticas, géneros y familias, y se esfuerza por catalogarlas ordenadamente según su antigüedad. Es una de tantas teorías, y se basa en varias hipótesis que concuerdan entre sí y ofrecen una explicación muy probable sobre el origen de las especies orgánicas. Sería pueril negar la teoría de la evolución solo porque las especies no evolucionan a nuestra vista.»

Se trata, pues, de una hipótesis, y los sabios son libres para discutir los múltiples problemas que ha creado.

¿No es cierto que la evolución y la Biblia se contradicen?

Como la Biblia no es un libro de texto para estudiar ciencias, debe ser descartada como árbitro supremo que decida la cuestión en este punto. Oigamos a León XIII en su Encíclica Providentissimus Deus:

«Los escritores sagrados no se propusieron enseñarnos la esencia y la naturaleza de las cosas creadas, pues el saberlas o ignorarlas no tiene nada que ver con la salvación eterna. Como no intentaron escudriñar los secretos de la Naturaleza, nos hablaron de las cosas usando los términos que entonces estaban en boga y que aun hoy día son usados en gran parte por nuestros sabios. En el lenguaje ordinario se habla de las cosas según las perciben los sentidos.»

La narración que la Biblia hace de la Creación fue escrita para hombres de todas las edades, sin pararse a examinar las hipótesis de los sabios venideros.

¿Se pueden conciliar las enseñanzas de la evolución con las de la Iglesia en lo que se refiere a la vida?

La evolución no está en pugna con lo que los católicos opinamos sobre la vida. Dice el Padre von Hammerstein:

«Si el Creador, en vez de crear las especies animales en la forma que actualmente tienen, hizo que llegasen a ella por evolución lenta de unas especies en otras, no por eso han sufrido mengua ni su sabiduría ni su poder. Por tanto, aunque la evolución resultase cierta dentro de ciertos límites, la necesidad de un Creador se haría sentir lo mismo, pues siempre se necesitaría una primera Causa de la evolución de las especies orgánicas. Es como si un jugador de billar quisiera enviar cien bolas en diferentes y determinadas direcciones. ¿Cuál sería más de admirar, que golpe tras golpe fuese enviando las cien a la meta, o golpeando una, las demás, por choques sucesivos, llegasen exactamente al sitio prefijado?»

¿No es cierto que la evolución ha demostrado que venimos del animal?

Aquilatando, pues, conceptos, decimos que el alma no pudo venir por evolución, porque es un ser simple, espiritual, esencialmente distinta del alma de los brutos. Por tanto, solo puede venir al mundo por vía de creación. El cuerpo pudo venir por evolución de alguno de los organismos animales existentes. Pero, ¿vino de hecho? Ni la Zoología ni la Paleontología lo prueban. Y nadie ignora lo desprestigiada que está la teoría del mono y cómo se la va abandonando por ridícula. El Génesis dice que Dios creó al hombre del lodo de la tierra (Génesis, II, 7).

En conclusión, aunque en absoluto la evolución de que hablamos no sería intrínsecamente imposible y aunque la Iglesia no ha pronunciado el fallo definitivo, sin embargo, parece estar en contradicción con el sentir de los católicos en general.


Bibliografía:

Frank, Evolution in the Light of Facts; Gerard, The Old Riddle and the Newest Answer; Guibert, Whence and How of the Universe; LeBuffe, Human Evolution and Science; McWilliams, A Catechism on Evolution; O’Toole, The Case Against Evolution; Raschab, Neo-Scholastic Philosophy; Wasmann, The Problem of Evolution; Modern Biology and the Theory of Evolution; Windle, Evolution and Catholicity; The Evolutionary Problem as it is To-day. A. Q. 1893, 495, 762; 1894, 472—C. B. July, 1901; Jan., 1902.—C. G. Oct., 1926.—C. W. xl. 1453 cxii. 205.— M. Aug., 1926.







The Question Box
Rev. Bertrand L. Conway
1929

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S.S.Pío XII
Humani Generis

1. El Evolucionismo
Por eso, el magisterio de la Iglesia no prohíbe que en investigaciones y disputas entre los hombres doctos de ambos campos se trate de la doctrina del evolucionismo, la cual busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente (pues la fe católica nos obliga a retener que las almas son creadas inmediatamente por Dios), según el estado actual de las ciencias humanas y de la sagrada teología, de modo que las razones de una y otra opinión, es decir, de los que defienden o impugnan tal doctrina, sean sopesadas y juzgadas con la debida gravedad, moderación y templanza, con tal que todos estén dispuestos a obedecer al dictamen de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y de defender los dogmas de la fe (cfr. Allocut. pont. ad membra Academiae Scientiarum, 30 novembris 1941: A.A.S., vol. XXXIII, p. 506). Empero, algunos, con temeraria audacia, traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen mismo del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados, y cual si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija una máxima moderación y cautela en esta materia.


2. El Poligenismo
Mas, tratándose de otra hipótesis, a saber, del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, pues los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de los primeros padres, ya que no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del magisterio de la Iglesia enseñan acerca del pecado original, que procede del pecado verdaderamente cometido por un solo Adán y que, difundiéndose a todos los hombres por la generación, es propio de cada uno de ellos (cfr. Rom., V, 12-19; conc. Trid., sess, V, cans. 1-4).


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RELACIONADO:
LA ORTODOXIA DE HUMANI GENERIS:
DESMINTIENDO LAS FALSAS ACUSACIONES DE HEREJÍA DE CIERTOS THUCISTAS Y LEFEBVRISTAS

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Nota: Es importante aclarar que el autor de este blog no es evolucionista. Sin embargo, esto no impide defender que la Santa Madre Iglesia siempre ha permitido tales debates intelectuales, siempre dentro de los límites doctrinales que ella misma establece.
Estas entradas de blog están dedicadas a defender el Magisterio de Su Santidad Pío XII de las gravísimas acusaciones planteadas por los Thucistas.


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SAN AGUSTÍN, CUYA IMPORTANCIA AUMENTA EN PRESENCIA DE LAS TEORÍAS EVOLUCIONISTAS

Frente a las acusaciones de herejía proferidas por los sectarios neojansenistas thucistas contra Su Santidad Pío XII, por permitir discusiones entre los doctos en la hipótesis del evolucionismo, citamos al Cardenal de Su Santidad León XIII a finales del siglo XIX sobre el mismo asunto.

La Santa Madre Iglesia siempre ha permitido tales debates dentro de los límites que ella misma establece.

Los herejes y cismáticos thucistas buscan por todos los medios despojar del papado a Su Santidad Pío XII, como si pudieran, pues el Magisterio de Su Santidad Pío XII es el obstáculo que impide sus impías intenciones y actos.

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Ceferino González y Díaz Tuñón
Fraile Dominico, Sacerdote, Obispo,
Primado de España y Cardenal

1878


He aquí este notable pasaje de San Agustín, cuya importancia aumenta en presencia de las teorías transformistas y de las discusiones paleontológicas de nuestros días:

«Existen en las cosas corpóreas, a través de todos los elementos del mundo, ciertas razones seminales ocultas, las cuales, cuando se les presenta una oportunidad temporal y causal, irrumpen en las especies debidas... Y así, los ángeles que hacen esto no son llamados creadores de animales, como tampoco los agricultores deben ser llamados creadores de los cultivos o de los árboles... Pero Dios es el único verdadero creador, quien insertó en las cosas las causas mismas y las razones seminales.»

«Insunt corporeis rebus per omnia elementa mundi quædam occultæ seminariæ rationes, quibus cum data fuerit opportunitas temporalis atque causalis, prorrumpunt in species debitas... Et sic non dicuntur angeli, qui ista faciunt, animalium creatores, sicut nec agricolæ segetum vel arborum creatores dicendi sunt... Deus vero solus verus creator est, qui causas ipsas et rationes seminarias rebus inseruit.» Quæst. 83, cuest. 24.



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S.S.Pío XII
Humani Generis

1. El Evolucionismo
Por eso, el magisterio de la Iglesia no prohíbe que en investigaciones y disputas entre los hombres doctos de ambos campos se trate de la doctrina del evolucionismo, la cual busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente (pues la fe católica nos obliga a retener que las almas son creadas inmediatamente por Dios), según el estado actual de las ciencias humanas y de la sagrada teología, de modo que las razones de una y otra opinión, es decir, de los que defienden o impugnan tal doctrina, sean sopesadas y juzgadas con la debida gravedad, moderación y templanza, con tal que todos estén dispuestos a obedecer al dictamen de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y de defender los dogmas de la fe (cfr. Allocut. pont. ad membra Academiae Scientiarum, 30 novembris 1941: A.A.S., vol. XXXIII, p. 506). Empero, algunos, con temeraria audacia, traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen mismo del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados, y cual si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija una máxima moderación y cautela en esta materia.


2. El Poligenismo
Mas, tratándose de otra hipótesis, a saber, del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, pues los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de los primeros padres, ya que no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del magisterio de la Iglesia enseñan acerca del pecado original, que procede del pecado verdaderamente cometido por un solo Adán y que, difundiéndose a todos los hombres por la generación, es propio de cada uno de ellos (cfr. Rom., V, 12-19; conc. Trid., sess, V, cans. 1-4).


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RELACIONADO:
LA ORTODOXIA DE HUMANI GENERIS:
DESMINTIENDO LAS FALSAS ACUSACIONES DE HEREJÍA DE CIERTOS THUCISTAS Y LEFEBVRISTAS

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LA ORTODOXIA DE HUMANI GENERIS: DESMINTIENDO LAS FALSAS ACUSACIONES DE HEREJÍA DE CIERTOS THUCISTAS Y LEFEBVRISTAS



La encíclica Humani Generis de Su Santidad Pío XII (1950) ha sido objeto de interpretaciones erróneas que la acusan de promover el evolucionismo materialista o de contener herejía, sino que mantiene una postura prudente, teológicamente ortodoxa y fiel a la doctrina católica.

La teoría de la evolución, como hipótesis científica, no es intrínsecamente contraria a la fe católica, siempre que se someta a los límites establecidos por la revelación y el Magisterio. Ya en 1910, San Pío X permitió la publicación de Modern Biology and the Theory of Evolution del padre Erich Wasmann, S.J. (1859-1931), quien afirmó:
«Tomada como hipótesis científica la evolución considera a las actuales especies animales y plantas, no como formas creadas directamente por Dios, sino como el resultado final de los cambios múltiples que experimentaron especies que existieron en periodos geológicos anteriores. [...] Es una de tantas teorías, y se basa en varias hipótesis que concuerdan entre sí y ofrecen una explicación muy probable sobre el origen de las especies orgánicas. Sería pueril negar la teoría de la evolución solo porque las especies no evolucionan a nuestra vista.»

Esta postura no fue considerada herética por San Pío X, ni por Benedicto XV ni Pío XI, quienes no incluyeron las obras de Wasmann en el Index Librorum Prohibitorum. Esto demuestra que la Iglesia, incluso antes de Humani Generis, permitía la discusión científica sobre la evolución dentro de un marco teológico ortodoxo, siempre que no se negara la creación divina ni los dogmas fundamentales.

En 1929, el padre Bertrand L. Conway, C.S.P. (1872-1959), reforzó esta perspectiva al afirmar:
«El evolucionismo se trata de una hipótesis, y los sabios son libres para discutir los múltiples problemas que ha creado. Como la Biblia no es un libro de texto para estudiar ciencias, debe ser descartada como árbitro supremo que decida la cuestión en este punto ( León XIII, Providentissimus Deus, 1893).»

Esta declaración subraya que la Biblia no tiene como propósito resolver cuestiones científicas, lo que permite a los estudiosos explorar hipótesis como la evolución sin contradecir la fe, siempre que se respeten las verdades reveladas.

En Humani Generis, Pío XII aborda el evolucionismo con claridad y precisión, estableciendo límites claros para su discusión:
«Por eso, el Magisterio de la Iglesia no prohíbe que en investigaciones y disputas entre los hombres doctos de entrambos campos se trate de la doctrina del evolucionismo, la cual busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente (pues la fe católica nos obliga a retener que las almas son creadas inmediatamente por Dios), según el estado actual de las ciencias humanas y de la sagrada teología, de modo que las razones de una y otra opinión [...] sean sopesadas y juzgadas con la debida gravedad, moderación y templanza; con tal que todos estén dispuestos a obedecer al dictamen de la Iglesia.»

Pío XII no afirma la certeza del evolucionismo, sino que permite su estudio y discusión como hipótesis científica, siempre que se respete la creación inmediata del alma por Dios y se mantenga la obediencia al Magisterio. Además, advierte contra posturas temerarias:
«Empero, algunos, con temeraria audacia, traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen mismo del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierta y demostrada [...], y cual si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija una máxima moderación y cautela en esta materia.»

Esta advertencia subraya la necesidad de prudencia y de no tratar el evolucionismo como una verdad definitiva, especialmente cuando entra en conflicto con la revelación divina. Más aún, Pío XII rechaza explícitamente el poligenismo, una forma de evolucionismo que negaría la unidad del género humano y el pecado original:
«Mas, tratándose de otra hipótesis, es a saber, del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, pues los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de los primeros padres.»

Esta condena del poligenismo demuestra que Humani Generis no abraza un evolucionismo materialista, que negaría la intervención divina o los fundamentos de la fe, sino que establece límites claros para proteger los dogmas de la creación, el pecado original y la unidad del género humano.

Como dice el padre Manuel Cuervo O.P en Salmanticensis 1954:
«En estas palabras de la Humani Generis quedan también excluidas las pintorescas hipótesis de los preadamitas mezclados, o sin mezclar, con la estirpe de Adán, los cuales paulatinamente se fueron extinguiendo, no quedando después nada más que los descendientes de Adán. Ambas hipótesis se oponen abiertamente al postulado de las definiciones de Trento, para el cual, después del pecado, la descendencia de Adán es lo mismo que «omne genus humanum» ("todo el género humano"), pensamiento que refrendan la tradición de la Iglesia y el recto modo de entender la Sagrada Escritura al narrar la creación del primer hombre.

Además, según la primera, se daría también el caso de que existirían verdaderos descendientes de Adán sin el pecado original, ya que este solo se comunica en la generación por la vía masculina, como repetidamente enseña Santo Tomás en la cuestión 81 de la I-II, de un modo especial en el artículo quinto de esa misma cuestión, y lugares paralelos. Por eso nosotros no dudamos en calificar de herética la hipótesis primera, y de próxima a herejía la segunda. La hipótesis de los preadamitas, inaugurada ya por Isaac de la Peyrere, en el siglo XVII, no pasa de ser una novela nada respetuosa con el común sentir de los Padres y la Sagrada Escritura, por lo cual fue condenada nada más aparecer por el Obispo de Namur, sometiéndose su autor, que poco después se convirtió también al catolicismo. Pero a esta hipótesis no alcanzan los cánones del Concilio de Trento, los cuales suponen el pecado de Adán.

Con esto no queda todavía descartada la evolución en cuanto al cuerpo de la primera pareja humana. Y nótese que solamente nos referimos al cuerpo de la primera pareja, porque, siendo necesario el monogenismo para la existencia del dogma del pecado original, solo de él se puede poner en cuestión si vino por evolución de otros seres inferiores, o fue formado inmediatamente por Dios. La Iglesia no prohíbe que los hombres doctos discutan libremente esta cuestión.

[...]Que para esto se sirviera Dios del polvo de la tierra, o del organismo de otro ser viviente anterior, es cosa que juzgamos completamente accidental, puesto que en ambos casos la formación del cuerpo humano sólo puede realizarse por virtud divina...»

Refiriendo a este asunto y a las ciencias positivas, añade el canonista Roque Losada Cosmes en su Magisterio de Pío XII Esquema doctrinal y boletín bibliográfico (1956), haciendo referencia a Carta Encíclica Humani Generis:
«Frente a las ciencias positivas, la Iglesia acepta todas sus conclusiones realmente demostradas, pero se guarda de avalar las hipótesis y aun las rechaza si se oponen de algún modo, directa o indirectamente, a la doctrina revelada por Dios. En el problema del evolucionismo sostiene que las almas han sido directamente creadas por Dios; en el del poligenismo, los católicos tienen que rechazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien que Adán significa conjunto de muchos primeros padres. En el de la exégesis, debe defenderse el sentido histórico de los once capítulos primeros del Génesis, sea aquel cual fuere, siempre salvo que en ellos se contienen ya las verdades principales y fundamentales en que se apoya nuestra salvación y una descripción popular del origen del género humano y el pueblo escogido, descripción que en modo alguno puede compararse a la mitología o narraciones semejantes, fruto más de una imaginación encendida que del amor a la verdad y a la sencillez que resplandecen en el Antiguo Testamento.»

La posibilidad de una evolución limitada no es ajena a la tradición católica. San Agustín, en De Genesi ad litteram, ya sugería que Dios creó todas las cosas potencialmente al inicio, permitiendo su desarrollo en el tiempo (rationes seminales):
«MAS COMO EN LA MISMA SEMILLA ESTABAN INVISIBLEMENTE Y AL MISMO TIEMPO TODAS LAS COSAS, LAS QUE EN LA SUCESIÓN DE LOS TIEMPOS FORMARÍAN EL ÁRBOL, ASÍ TAMBIÉN SE HA DE PENSAR QUE EL MISMO MUNDO, CUANDO DIOS CREÓ TODAS LAS COSAS AL MISMO TIEMPO, HAYA TENIDO A LA VEZ TODAS LAS COSAS QUE EN ÉL Y CON ÉL FUERON HECHAS AL SER HECHO EL DÍA; no solamente el cielo con el sol, la luna y las estrellas, de los que hasta el presente se conserva la disposición con el movimiento circular; y la tierra y los abismos, que están sometidos a movimientos que podríamos llamar inconstantes y que forman la otra parte inferior del mundo, SINO TAMBIÉN AQUELLOS SERES QUE EL AGUA Y LA TIERRA POTENCIAL Y CAUSALMENTE PRODUJERON ANTES DE QUE APARECIESEN EN LA SUCESIÓN DE LOS TIEMPOS, como a nosotros nos son ya conocidos en las obras que Dios hasta el presente trabaja.»

Esta perspectiva de San Agustín apoya la idea de que Dios pudo haber creado las cosas con un potencial de desarrollo, lo cual es compatible con una evolución limitada y guiada por la providencia divina, como permite a la discusión Humani Generis.

Este argumento muestra que la evolución, si ocurriera, no disminuiría la necesidad de un Creador, sino que resaltaría su sabiduría al diseñar un proceso ordenado.

Dice Santo Tomás en la Suma teológica - Parte Ia - Cuestión 91 - Artículo 4:
«Según Agustín, todas las obras de los seis días fueron producidas a la vez. De ahí que el alma del primer hombre, que, según él, fue creada a la vez que los ángeles, no fue creada antes del sexto día, sino que en este día fue hecha el alma del primer hombre en acto; y su cuerpo según razones causales. Otros doctores opinan que tanto el alma como el cuerpo fueron hechos en acto en el sexto día.»

La Revista agustiniana de 1887 Tomo XIII aludiendo al Cardenal Fray Ceferino González y Díaz Tuñón,  Arzobispo de Toledo Primado de España Patriarca de las Indias Occidentales y Canciller Mayor de Castilla (1831-1894) sobre San Agustín y las teorías transformistas:

«El sabio P. Ceferino en su Historia de la Filosofía (prim. edic. tom. 2.°, p. 66) escribe lo siguiente: «He aquí un notable pasaje de S. Agustín, cuya importancia sube de punto en presencia de las teorías trasformistas y de las discusiones paleontológicas de nuestros días: Insunt corporeis rebus per omnia elementa mundi quædam occultæ seminariæ rationes, quibus cum data fuerit opportunitas temporalis atque causalis, prorrumpunt in species debilas.» Traducción: «Hay en las cosas corpóreas, a través de todos los elementos del mundo, ciertas razones seminales ocultas, las cuales, cuando se les da la oportunidad temporal y causal, irrumpen en las especies debidas.»

A estas palabras, y como explicación de las mismas, pueden añadirse las no menos significativas que en su discurso 1.° Defensa de la Física, cita Fray L. de Flandes, atribuyéndolas a S. Agustín; a saber: Quia inseruit Deus seminales rationes rebus, secundum quas aliæ ex aliis proveniunt. Traducción: «Porque Dios insertó razones seminales en las cosas, según las cuales unas provienen de otras.»

Ninguno de estos textos en su forma literal se halla en los libros y tratados que los respectivos autores citan, ni hemos podido tampoco encontrarlos íntegros en las mejores ediciones de las obras del Santo: así y todo, hemos preferido estos a otros muchos de completa autenticidad e idéntica significación, por parecernos que en ellos se compendia y resume fielmente lo más característico de la teoría agustiniana en sus relaciones con la hipótesis transformista.

Pues, por más extraño que parezca, es indudable que la doctrina cosmogónica y protogenésica de S. Agustín, tal cual la hallamos desenvuelta en los doce libros del Génesis a la Letra, coincide en varios puntos sustanciales con la referida hipótesis moderna.

En efecto: el poderoso genio de Agustín, elevándose a gran altura sobre el nivel científico de su época y adelantándose en muchos siglos a los progresos de la investigación humana, concibió y defendió con sólidas razones la grandiosa teoría de la creación simultánea de todos los seres del mundo físico, sosteniendo, como sostienen reputados naturalistas modernos, que Dios creó uno o pocos tipos de materia informe y caótica, a la que dio leyes y fuerzas que determinasen las formas y movimientos de los cuerpos, y causas o principios germinales para que, llegada la oportunidad de tiempo y circunstancias por su infinita sabiduría decretadas, produjesen los debidos órdenes, especies y múltiples variedades que hermosean la creación.

Conviene advertir, sin embargo, que no creemos conforme a la mente del Santo Doctor (por más que algunas veces parece ser este el sentido de sus palabras) el suponer, como suponen los evolucionistas, que las fuerzas o principios seminales comunicados por Dios a la materia amorfa, sean fuerzas tan indeterminadas en su acción y de tan universal fecundidad, que producida una forma o tipo primitivo, continúen en constante y progresivo desarrollo, evolucionando y transformándose en la ordenada escala de los seres, hasta fijar y perpetuar su tipo en los organismos de mayor perfección relativa.

He aquí las razones que nos asisten para decir que la doctrina agustiniana no se compadece bien con la teoría de la evolución indefinida: In cujus elementis (mundi) simul sunt condita, quæ post accesu temporis orirentur vel fructeta, vel animalia quæque secundum suum genus. G. ad Lett. L 6 c. 1. Traducción: «En cuyos elementos (del mundo) fueron creadas simultáneamente las cosas que, después de un tiempo, surgirían, ya sean plantas frutales o cualquier tipo de animales, según su género.» 
Similitudo nascentium prætereuntis similitudinem servat. G. imp. c. 11. Traducción: «La semejanza de los que nacen conserva la semejanza del que pasa [o del anterior].» Y en el L. 9 de G. ad Litt. Unde fit ut de grano tritici non nascatur faba, vel de faba triticum, vel de pecore homo, vel de homine pecus. Traducción: «De donde resulta que del grano de trigo no nazca una haba, ni del haba trigo, ni del ganado un hombre, ni del hombre ganado.»

No nos detendremos a demostrar que en las citadas palabras no se refiere el Santo a la virtud generadora necesaria para la propagación de los seres; sino a las fuerzas o principios seminales inherentes a la materia, y que en su opinión llevan en sí mismas y como condición de su naturaleza, las leyes que, desde el momento de la creación, concretan y fijan los caracteres esenciales de un tipo determinado dentro de los límites que impone la inmutabilidad de la especie.

Esto no obstante, creemos que la doctrina de S. Agustín en sus relaciones con las teorías darwiniana y transformista, necesita para su completa exposición un estudio más amplio y detenido de lo que aquí nos es permitido realizar, y que estamos seguros serviría admirablemente para demostrar una vez más la perfecta armonía que no puede menos de existir entre las demostraciones de la verdadera ciencia y las enseñanzas del Texto Sagrado, acerca de cuyas interpretaciones, dice oportunamente el Águila de los Doctores, que si la ciencia demuestra alguna cosa opuesta a lo que en Él se contiene, esto no se hallaba en la Sagrada Escritura, sino que lo suponía así nuestra ignorancia: Hoc non habebat divina Scriptura, sed hoc senserat humana ignorantia. G. ad Lett. L. 1. Traducción: «Esto no lo contenía la divina Escritura, sino que así lo había entendido la ignorancia humana.»


La Revista Agustiniana del año 1887 bajo el pontificado de León XIII, aludiendo a San Agustín, sostiene que la doctrina cosmogónica y protogenésica de San Agustín presenta elementos compatibles con ciertas hipótesis modernas transformistas o evolucionistas, en tanto que reconoce que Dios creó simultáneamente todo tipo de materia con principios o “razones seminales” ocultas que, en el transcurso del tiempo y bajo ciertas condiciones, dan lugar al desarrollo de las distintas especies según su género. Sin embargo, esta visión se aparta de las afirmaciones del evolucionismo indefinido, porque para San Agustín cada especie mantiene caracteres esenciales y límites que preservan su identidad, rechazando así una transformación continua y abierta de unas especies en otras. Esta comprensión agustiniana coincide notablemente con la postura contenida en la encíclica Humani Generis de Pío XII, la cual permite el estudio científico del evolucionismo como hipótesis acerca del origen del cuerpo humano, siempre que se conserve la creación directa del alma por Dios y se respete la unidad y la inmutabilidad esencial del género humano, rechazando expresamente el poligenismo y las teorías que nieguen estos dogmas. De esta manera, tanto la Revista Agustiniana como Humani Generis sostienen una reconciliación prudente entre la fe y la ciencia, reconociendo que la evolución puede considerarse en el marco de una causalidad divina ordenada, pero insistiendo en los límites teológicos que protegen las verdades fundamentales de la creación, la caída y la redención del hombre. Así, se confirma que no existe contradicción insalvable entre la revelación cristiana y una evolución guiada por la providencia divina, lo cual garantiza la coherencia entre la interpretación auténtica de la Escritura, la tradición patrística y el diálogo con la investigación científica moderna.

La Comisión Bíblica de 1909, (AAS. 1 [1909] 567-569) bajo San Pío X, afirmó que el término «día» en el Génesis puede interpretarse en sentido impropio, como un período de tiempo, y que los exegetas tienen libertad para debatir esta cuestión:

«III. ¿Puede ponerse en duda, en particular, el sentido literal histórico cuando se trata de hechos narrados en esos mismos capítulos que afectan a los fundamentos de la religión cristiana: como son, entre otros, la creación de todas las cosas por Dios hecha en el principio del tiempo; la creación peculiar del hombre; la formación de la primera mujer del primer hombre; la unidad del género humano; la felicidad original de los protoparentes en estado de justicia, integridad e inmortalidad; el precepto dado por Dios al hombre para probar su obediencia; la transgresión del precepto divino, instigada por el diablo bajo la apariencia de serpiente; la caída de los protoparentes de aquel estado de inocencia primigenia; así como la promesa del futuro Redentor?

Resp. Negativo.

VII. ¿Dado que al escribir el primer capítulo del Génesis la intención del autor sagrado no fue enseñar la constitución íntima de las cosas visibles y el orden completo de la creación de modo científico, sino más bien transmitir a su pueblo un conocimiento popular, según lo permitía el lenguaje común en aquellos tiempos, adaptado a los sentidos y a la capacidad de los hombres, debe investigarse siempre y con exactitud en la interpretación de estos la propiedad del lenguaje científico?

Resp. Negativo.

VIII. ¿En esa denominación y distinción de los seis días, de los que se trata en el Génesis capítulo primero, puede tomarse la voz Yóm (día) tanto en sentido propio para el día natural, como en sentido impropio para un cierto espacio de tiempo, y es lícito debatir libremente sobre esta cuestión entre los exegetas?

Resp. Afirmativo.
»

Los párrafos III y VII de la Comisión Bíblica de 1909 son cruciales para entender la postura de la Iglesia. El párrafo III subraya la innegabilidad de los hechos fundamentales narrados en el Génesis que atañen a la fe cristiana, como la creación del hombre y la unidad del género humano, aspectos que Humani Generis defenderá explícitamente al condenar el poligenismo. Por su parte, el párrafo VII deja claro que el propósito del autor sagrado del Génesis no fue ofrecer una explicación científica de la creación, sino transmitir un conocimiento popular y adaptado a la capacidad de la época. Esto significa que la interpretación de la Biblia no debe buscar una exactitud científica, lo que abre la puerta a conciliar los relatos bíblicos con las hipótesis científicas, como la evolución, siempre y cuando no contradigan las verdades de fe establecidas en el párrafo III.

Esto indica que la Iglesia no exige una interpretación literalista del Génesis, lo que permite explorar hipótesis como la evolución sin contradecir la fe. Además, León XIII en Providentissimus Deus señala:
«Los escritores sagrados no se propusieron enseñarnos la esencia y la naturaleza de las cosas creadas, pues el saberlas o ignorarlas no tiene nada que ver con la salvación eterna. [...] En el lenguaje ordinario se habla de las cosas según las perciben los sentidos.»

Esta enseñanza, respaldada también por el padre Conway, subraya que el Génesis no pretende ser un tratado científico, sino transmitir verdades teológicas, lo que deja espacio para hipótesis científicas como la evolución, siempre que no contradigan los fundamentos de la fe.

Humani Generis no contiene herejía alguna, ni defiende el evolucionismo materialista. Pío XII permite la discusión científica del evolucionismo como hipótesis, siempre que se respeten los dogmas de la creación del alma por Dios, la unidad del género humano y el pecado original. Esta postura es coherente con la tradición católica, como lo demuestran San Agustín, la Comisión Bíblica de 1909, León XIII, el padre Conway y la no condena de autores como Wasmann por parte de San Pío X, Benedicto XV y Pío XI. Lejos de promover un evolucionismo materialista, Humani Generis rechaza explícitamente teorías como el poligenismo que contradicen la fe. Por tanto, no hay herejía en Humani Generis, sino una defensa prudente y ortodoxa de la fe frente a las ciencias modernas.

La Iglesia no prohíbe las investigaciones y disputas acerca de la doctrina del evolucionismo, en cuanto al origen del cuerpo humano de una materia viva preexistente, siempre que se retenga que las almas son creadas inmediatamente por Dios. El Romano Pontífice exhorta a estudiar esta cuestión con prudencia, moderación y madurez de juicio.

Contrario a ciertas interpretaciones espurias, la encíclica "Humani Generis" de Pío XII (1950) no introdujo una postura novedosa o herética sobre el evolucionismo, sino que continuó y formalizó una línea de pensamiento prudente y teológicamente ortodoxa que ya se venía gestando en la Iglesia Católica desde hacía décadas, e incluso siglos, con las "razones seminales" de San Agustín.

Ya a finales del Siglo XIX, Papas como León XIII, San Pío X, Benedicto XV y Pío XI permitieron la discusión científica sobre la evolución. Esto indicaba que la Iglesia aceptaba la evolución como una hipótesis científica plausible, siempre que no negase la creación divina ni los dogmas fundamentales de la fe.

En este contexto, "Humani Generis" de Pío XII reafirma esta apertura, permitiendo la investigación y el debate sobre el origen del cuerpo humano a partir de materia viva preexistente. No obstante, establece límites innegociables: la creación inmediata del alma humana por Dios y la unidad del género humano, rechazando categóricamente el poligenismo (la idea de múltiples primeros padres). Esta prudencia no es una condena al evolucionismo per se, sino una defensa de las verdades reveladas sobre el pecado original y la dignidad del hombre.

La compatibilidad entre una evolución limitada y la fe católica se remonta a San Agustín, con su concepto de las "rationes seminales" o "razones seminales". Él sostuvo que Dios creó todas las cosas con un potencial de desarrollo que se manifestaría en el tiempo, una idea que el P. Ceferino González y la "Revista Agustiniana" de 1887 resaltaron como compatible con ciertas hipótesis transformistas. De igual modo, la Comisión Bíblica de 1909, bajo San Pío X, ya había aclarado que el Génesis no es un tratado científico y permite flexibilidad en la interpretación de los "días" de la creación, dejando espacio para la ciencia.

En definitiva, Pío XII en "Humani Generis" no innovó en su esencia, sino que articuló y oficializó una postura que ya estaba presente en la tradición católica. La evolución, entendida como un proceso guiado por la providencia divina y respetando los dogmas fundamentales (como la creación del alma y el monogenismo), no solo no contradice la fe, sino que puede realzar la sabiduría del Creador. Así, la encíclica es un testimonio de la prudencia teológica, salvaguardando las verdades de la revelación mientras se dialoga con el progreso del conocimiento científico.

Por lo tanto, la encíclica no trata de respaldar la evolución materialista, sino de una defensa prudente y ortodoxa de la fe cuando se enfrenta a las investigaciones científicas modernas. Como bien señaló el padre Bertrand L. Conway, C.S.P., en 1952 «En conclusión, aunque en absoluto la evolución de que hablamos no sería intrínsecamente imposible, y aunque la Iglesia no ha pronunciado, el fallo definitivo, sin embargo, parece estar en contradicción con el sentir de los católicos en general.» (como es la opinión del administrador de este blog; que el cuerpo del primer hombre fue formado inmediatamente por Dios). Esto subraya el camino cauteloso y discernido que eligió Pío XII, permitiendo la exploración científica mientras mantenía firmemente las verdades esenciales de la fe, como así hicieron sus predecesores.

Referencias:

  • Agustín, S. (Siglo IV). Genesi ad litteram.
  • Tomás de Aquino, S. (Siglo XIII). Suma teológica (Parte Ia, Cuestión 91, Artículo 4).
  • Revista Agustiniana. (1887). Acerca de la autoridad e importancia científica de San Agustín. 
  • León XIII. (1893). Providentissimus Deus [Encíclica].
  • Comisión Bíblica. (1909). Acta Apostolicae Sedis, 1, 567-569.
  • Wasmann, E. (1910). Modern biology and the theory of evolution.
  • Conway, B. L. (1929). The question-box answers.
  • Pío XII. (1950). Humani Generis [Encíclica].
  • Cuervo, M. O. (1954). Evolucionismo, monogenismo y pecado original. Salmanticensis, 1(2), 259-300.
  •  Losada Cosmes, R. (1956). Magisterio de Pío XII: Esquema doctrinal y boletín bibliográfico. Editorial Universidad Pontificia de Salamanca.
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Humani Generis

1. El Evolucionismo
Por eso, el magisterio de la Iglesia no prohíbe que en investigaciones y disputas entre los hombres doctos de ambos campos se trate de la doctrina del evolucionismo, la cual busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente (pues la fe católica nos obliga a retener que las almas son creadas inmediatamente por Dios), según el estado actual de las ciencias humanas y de la sagrada teología, de modo que las razones de una y otra opinión, es decir, de los que defienden o impugnan tal doctrina, sean sopesadas y juzgadas con la debida gravedad, moderación y templanza, con tal que todos estén dispuestos a obedecer al dictamen de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y de defender los dogmas de la fe (cfr. Allocut. pont. ad membra Academiae Scientiarum, 30 novembris 1941: A.A.S., vol. XXXIII, p. 506). Empero, algunos, con temeraria audacia, traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen mismo del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados, y cual si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija una máxima moderación y cautela en esta materia.


2. El Poligenismo
Mas, tratándose de otra hipótesis, a saber, del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, pues los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de los primeros padres, ya que no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del magisterio de la Iglesia enseñan acerca del pecado original, que procede del pecado verdaderamente cometido por un solo Adán y que, difundiéndose a todos los hombres por la generación, es propio de cada uno de ellos (cfr. Rom., V, 12-19; conc. Trid., sess, V, cans. 1-4).


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