Frente a las acusaciones de herejía proferidas por los sectarios neojansenistas thucistas contra Su Santidad Pío XII, por permitir discusiones entre los doctos en la hipótesis del evolucionismo, citamos la Revista Agustiniana de 1887, bajo el Pontificado de Su Santidad León XIII, respondiendo al Cardenal Ceferino González y Díaz Tuñón sobre el mismo asunto del evolucionismo.
La Santa Madre Iglesia siempre ha permitido tales debates dentro de los límites que ella misma establece.
Los herejes y cismáticos thucistas buscan por todos los medios despojar del papado a Su Santidad Pío XII, como si pudieran, pues el Magisterio de Su Santidad Pío XII es el obstáculo que impide sus impías intenciones y actos.
Revista agustiniana
dedicada al Santo Obispo de Hipona en su admirable conversión á la fe
Tomo XIII
1887
«El sabio P. Ceferino en su Historia de la Filosofía (prim. edic. tom. 2.°, p. 66) escribe lo siguiente: «He aquí un notable pasaje de S. Agustín, cuya importancia sube de punto en presencia de las teorías trasformistas y de las discusiones paleontológicas de nuestros días: Insunt corporeis rebus per omnia elementa mundi quædam occultæ seminariæ rationes, quibus cum data fuerit opportunitas temporalis atque causalis, prorrumpunt in species debilas.» Traducción: «Hay en las cosas corpóreas, a través de todos los elementos del mundo, ciertas razones seminales ocultas, las cuales, cuando se les da la oportunidad temporal y causal, irrumpen en las especies debidas.»
A estas palabras, y como explicación de las mismas, pueden añadirse las no menos significativas que en su discurso 1.° Defensa de la Física, cita Fray L. de Flandes, atribuyéndolas a S. Agustín; a saber: Quia inseruit Deus seminales rationes rebus, secundum quas aliæ ex aliis proveniunt. Traducción: «Porque Dios insertó razones seminales en las cosas, según las cuales unas provienen de otras.»
Ninguno de estos textos en su forma literal se halla en los libros y tratados que los respectivos autores citan, ni hemos podido tampoco encontrarlos íntegros en las mejores ediciones de las obras del Santo: así y todo, hemos preferido estos a otros muchos de completa autenticidad e idéntica significación, por parecernos que en ellos se compendia y resume fielmente lo más característico de la teoría agustiniana en sus relaciones con la hipótesis transformista.
Pues, por más extraño que parezca, es indudable que la doctrina cosmogónica y protogenésica de S. Agustín, tal cual la hallamos desenvuelta en los doce libros del Génesis a la Letra, coincide en varios puntos sustanciales con la referida hipótesis moderna.
En efecto: el poderoso genio de Agustín, elevándose a gran altura sobre el nivel científico de su época y adelantándose en muchos siglos a los progresos de la investigación humana, concibió y defendió con sólidas razones la grandiosa teoría de la creación simultánea de todos los seres del mundo físico, sosteniendo, como sostienen reputados naturalistas modernos, que Dios creó uno o pocos tipos de materia informe y caótica, a la que dio leyes y fuerzas que determinasen las formas y movimientos de los cuerpos, y causas o principios germinales para que, llegada la oportunidad de tiempo y circunstancias por su infinita sabiduría decretadas, produjesen los debidos órdenes, especies y múltiples variedades que hermosean la creación.
Conviene advertir, sin embargo, que no creemos conforme a la mente del Santo Doctor (por más que algunas veces parece ser este el sentido de sus palabras) el suponer, como suponen los evolucionistas, que las fuerzas o principios seminales comunicados por Dios a la materia amorfa, sean fuerzas tan indeterminadas en su acción y de tan universal fecundidad, que producida una forma o tipo primitivo, continúen en constante y progresivo desarrollo, evolucionando y transformándose en la ordenada escala de los seres, hasta fijar y perpetuar su tipo en los organismos de mayor perfección relativa.
He aquí las razones que nos asisten para decir que la doctrina agustiniana no se compadece bien con la teoría de la evolución indefinida: In cujus elementis (mundi) simul sunt condita, quæ post accesu temporis orirentur vel fructeta, vel animalia quæque secundum suum genus. G. ad Lett. L 6 c. 1. Traducción: «En cuyos elementos (del mundo) fueron creadas simultáneamente las cosas que, después de un tiempo, surgirían, ya sean plantas frutales o cualquier tipo de animales, según su género.» Similitudo nascentium prætereuntis similitudinem servat. G. imp. c. 11. Traducción: «La semejanza de los que nacen conserva la semejanza del que pasa [o del anterior].» Y en el L. 9 de G. ad Litt. Unde fit ut de grano tritici non nascatur faba, vel de faba triticum, vel de pecore homo, vel de homine pecus. Traducción: «De donde resulta que del grano de trigo no nazca una haba, ni del haba trigo, ni del ganado un hombre, ni del hombre ganado.»
No nos detendremos a demostrar que en las citadas palabras no se refiere el Santo a la virtud generadora necesaria para la propagación de los seres; sino a las fuerzas o principios seminales inherentes a la materia, y que en su opinión llevan en sí mismas y como condición de su naturaleza, las leyes que, desde el momento de la creación, concretan y fijan los caracteres esenciales de un tipo determinado dentro de los límites que impone la inmutabilidad de la especie.
Esto no obstante, creemos que la doctrina de S. Agustín en sus relaciones con las teorías darwiniana y transformista, necesita para su completa exposición un estudio más amplio y detenido de lo que aquí nos es permitido realizar, y que estamos seguros serviría admirablemente para demostrar una vez más la perfecta armonía que no puede menos de existir entre las demostraciones de la verdadera ciencia y las enseñanzas del Texto Sagrado, acerca de cuyas interpretaciones, dice oportunamente el Águila de los Doctores, que si la ciencia demuestra alguna cosa opuesta a lo que en Él se contiene, esto no se hallaba en la Sagrada Escritura, sino que lo suponía así nuestra ignorancia: Hoc non habebat divina Scriptura, sed hoc senserat humana ignorantia. G. ad Lett. L. 1. Traducción: «Esto no lo contenía la divina Escritura, sino que así lo había entendido la ignorancia humana.»
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S.S.Pío XII
Humani Generis
Sobre Algunos Errores Modernos
https://archive.org/details/pio-xii-magisterio/194%20-%20Humani%20Generis%20in%20Rebus%20-%20Pio%20XII/mode/2up
https://archive.org/details/pio-xii-magisterio/194%20-%20Humani%20Generis%20in%20Rebus%20-%20Pio%20XII/mode/2up
1. El Evolucionismo
Por eso, el magisterio de la Iglesia no prohíbe que en investigaciones y disputas entre los hombres doctos de ambos campos se trate de la doctrina del evolucionismo, la cual busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente (pues la fe católica nos obliga a retener que las almas son creadas inmediatamente por Dios), según el estado actual de las ciencias humanas y de la sagrada teología, de modo que las razones de una y otra opinión, es decir, de los que defienden o impugnan tal doctrina, sean sopesadas y juzgadas con la debida gravedad, moderación y templanza, con tal que todos estén dispuestos a obedecer al dictamen de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y de defender los dogmas de la fe (cfr. Allocut. pont. ad membra Academiae Scientiarum, 30 novembris 1941: A.A.S., vol. XXXIII, p. 506). Empero, algunos, con temeraria audacia, traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen mismo del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados, y cual si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija una máxima moderación y cautela en esta materia.
2. El Poligenismo
Mas, tratándose de otra hipótesis, a saber, del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, pues los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de los primeros padres, ya que no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del magisterio de la Iglesia enseñan acerca del pecado original, que procede del pecado verdaderamente cometido por un solo Adán y que, difundiéndose a todos los hombres por la generación, es propio de cada uno de ellos (cfr. Rom., V, 12-19; conc. Trid., sess, V, cans. 1-4).
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