VACANTIS APOSTOLICAE SEDIS

✠✠ "Sede Vacante Nihil Innovetur" ✠ "Ipsum Suprema Nostra auctoritate nullum et irritum declaramus" ✠ "Inferior non potest tollere legem superioris" ✠✠
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QUE ESTA VERDAD ESTUVIERA ENVUELTA EN DUDAS NO LA HACÍA MENOS VERDAD

P. Bertrand L. Conway
 The Question-Box Answers
1903

¿Qué ocurrió con la sucesión papal en la época del Gran Cisma de Occidente (1378-1417 d.C.)?

¿No hubo en un momento dado tres hombres, cada uno afirmando ser el verdadero Papa?

¿Cómo pueden afirmar que su Iglesia fue siempre una, cuando durante cuarenta años fue destruida por el Cisma de Occidente?

La línea papal no se rompió de ninguna manera por el Gran Cisma de Occidente, pues siempre hubo un Papa verdadero; históricamente parece más probable que Urbano VI fuera el Papa validamente elegido el 9 de abril de 1378. Así lo consideran, tras un cuidadoso estudio, muchos historiadores católicos (Hefele, Papencordt, Hergenrother, Heinrich) y no católicos (Ueo, Hinschius, Siebe-king, Lindner, Gregorovius, Erler; cf. Pastor, "Historia de los Papas", vol. i. p. 102). En ese caso, sus sucesores durante el cisma, Bonifacio IX, Inocencio VII y Gregorio XII, formaron la línea directa de Papas legítimos, y los otros —Clemente VII, Benedicto XIII, Alejandro V y Juan XXIII— fueron simplemente antipapas.

Debemos recordar, también, “que el cisma no fue un cisma en el sentido ordinario del término. Porque por cisma se entiende ordinariamente el retiro de la obediencia a aquel que se sabe que es el Pontífice Romano incuestionablemente legítimo. Es muy posible y probable que los autores del daño, a quienes no podemos sino identificar con los cardenales que se alejaron de Urbano después de haberlo elegido, fueran cismáticos en el sentido estricto. Pero el nombre no es verdaderamente aplicable a la gran cantidad de prelados y pueblo cristiano que, entre tantos testimonios contradictorios, fueron totalmente incapaces de descubrir quién era el verdadero Pontífice. Ellos no eran cismáticos, porque reconocían la autoridad papal, hacían lo posible por descubrir quién era su verdadero titular vivo y estaban preparados para someterse de inmediato una vez que se hiciera el descubrimiento".

"Hubo, además, un Papa verdadero todo el tiempo; pues el hecho de que esta verdad estuviera envuelta en dudas no la hacía menos verdad; y este verdadero Papa era una verdadera fuente de autoridad y un verdadero centro de unidad para todo el mundo" (Rev. Sydney Smith, S.J., "El Gran Cisma de Occidente", publicaciones de la Catholic Truth Society). La sucesión al trono de Inglaterra no se interrumpió porque en varias épocas surgieran pretendientes para reclamarlo.

En 1876 hubo dudas considerables respecto a la validez de la elección del presidente Hayes. Supongamos que surgiera una guerra civil sobre el asunto entre demócratas y republicanos. Ambas partes estarían de acuerdo en que hay un solo presidente; la única cuestión sería cuál es el legítimo. Lo mismo ocurrió con el Papa y los antipapas en el siglo XV. Todos los católicos de la época creían firmemente que solo había un Papa; la única duda era cuál era el legítimo.

Los católicos, por supuesto, reconocen que este cisma causó un gran daño a las almas y debilitó en los corazones de muchos la verdadera reverencia por el poder papal, que siempre ha sido la marca del cristianismo auténtico. En cierta medida, preparó el camino para el cisma del siglo XVI, por el cual muchos perdieron para sí mismos y para sus descendientes el evangelio puro de Cristo.

Aun así, la verdadera sucesión continuó a través de Martín V, la elección del Concilio de Constanza, y continúa hasta el día de hoy inalterada —una prueba para todo seguidor fiel de Cristo del carácter sobrenatural de la barca de Pedro, que ha capeado muchas tormentas por el poder de Cristo, el Hijo de Dios—. (Alzog, vol. ii. p. 845, et seq; Pastor, "Historia de los Papas", vol. i.; Smith, publicaciones de la Catholic Truth Society; American Catholic Quarterly, d.C. 1891, p. 67).




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RELACIONADO

NINGUNA DUDA
DE LA COMPLETA VALIDEZ CANÓNICA
DE LA ELECCIÓN DE URBANO VI

RESPONDE EL REV. BERTRAND LOUIS CONWAY EN 1929 SOBRE EL EVOLUCIONISMO

Frente a las acusaciones de herejía proferidas por los sectarios neojansenistas thucistas contra Su Santidad Pío XII, por permitir discusiones entre los doctos en la hipótesis del evolucionismo, citamos al Rev. Bertrand Louis Conway en el año 1929 bajo el Pontificado de Su Santidad Pío XI respondiendo a la pregunta ¿Puede un católico creer en la evolución? Respondiendo sí, bajo el imprimatur del Cardenal Patrick Joseph Hayes.

La Santa Madre Iglesia siempre ha permitido tales debates dentro de los límites que ella misma establece.

Los herejes y cismáticos thucistas buscan por todos los medios despojar del papado a Su Santidad Pío XII, como si pudieran, pues el Magisterio de Su Santidad Pío XII es el obstáculo que impide sus impías intenciones y actos.

Rev. Bertrand Louis Conway
The Question Box
1929
IMPRIMATUR
Cardenal 
Patrick Joseph Hayes

¿Puede un católico creer en la evolución?

La Iglesia no ha hablado oficialmente acerca de la evolución. Los católicos, pues, somos libres para aceptar la evolución, bien como mera hipótesis científica, bien como especulación filosófica.

«Tomada como hipótesis científica —dice el P. Wasmann—, la evolución considera a las actuales especies animales y plantas, no como formas creadas directamente por Dios, sino como el resultado final de los cambios múltiples que experimentaron especies que existieron en períodos geológicos anteriores. Tampoco estudia la evolución el origen de la vida, sino que se contenta con investigar las relaciones genéticas que median entre las especies sistemáticas, géneros y familias, y se esfuerza por catalogarlas ordenadamente según su antigüedad. Es una de tantas teorías, y se basa en varias hipótesis que concuerdan entre sí y ofrecen una explicación muy probable sobre el origen de las especies orgánicas. Sería pueril negar la teoría de la evolución solo porque las especies no evolucionan a nuestra vista.»

Se trata, pues, de una hipótesis, y los sabios son libres para discutir los múltiples problemas que ha creado.

¿No es cierto que la evolución y la Biblia se contradicen?

Como la Biblia no es un libro de texto para estudiar ciencias, debe ser descartada como árbitro supremo que decida la cuestión en este punto. Oigamos a León XIII en su Encíclica Providentissimus Deus:

«Los escritores sagrados no se propusieron enseñarnos la esencia y la naturaleza de las cosas creadas, pues el saberlas o ignorarlas no tiene nada que ver con la salvación eterna. Como no intentaron escudriñar los secretos de la Naturaleza, nos hablaron de las cosas usando los términos que entonces estaban en boga y que aun hoy día son usados en gran parte por nuestros sabios. En el lenguaje ordinario se habla de las cosas según las perciben los sentidos.»

La narración que la Biblia hace de la Creación fue escrita para hombres de todas las edades, sin pararse a examinar las hipótesis de los sabios venideros.

¿Se pueden conciliar las enseñanzas de la evolución con las de la Iglesia en lo que se refiere a la vida?

La evolución no está en pugna con lo que los católicos opinamos sobre la vida. Dice el Padre von Hammerstein:

«Si el Creador, en vez de crear las especies animales en la forma que actualmente tienen, hizo que llegasen a ella por evolución lenta de unas especies en otras, no por eso han sufrido mengua ni su sabiduría ni su poder. Por tanto, aunque la evolución resultase cierta dentro de ciertos límites, la necesidad de un Creador se haría sentir lo mismo, pues siempre se necesitaría una primera Causa de la evolución de las especies orgánicas. Es como si un jugador de billar quisiera enviar cien bolas en diferentes y determinadas direcciones. ¿Cuál sería más de admirar, que golpe tras golpe fuese enviando las cien a la meta, o golpeando una, las demás, por choques sucesivos, llegasen exactamente al sitio prefijado?»

¿No es cierto que la evolución ha demostrado que venimos del animal?

Aquilatando, pues, conceptos, decimos que el alma no pudo venir por evolución, porque es un ser simple, espiritual, esencialmente distinta del alma de los brutos. Por tanto, solo puede venir al mundo por vía de creación. El cuerpo pudo venir por evolución de alguno de los organismos animales existentes. Pero, ¿vino de hecho? Ni la Zoología ni la Paleontología lo prueban. Y nadie ignora lo desprestigiada que está la teoría del mono y cómo se la va abandonando por ridícula. El Génesis dice que Dios creó al hombre del lodo de la tierra (Génesis, II, 7).

En conclusión, aunque en absoluto la evolución de que hablamos no sería intrínsecamente imposible y aunque la Iglesia no ha pronunciado el fallo definitivo, sin embargo, parece estar en contradicción con el sentir de los católicos en general.


Bibliografía:

Frank, Evolution in the Light of Facts; Gerard, The Old Riddle and the Newest Answer; Guibert, Whence and How of the Universe; LeBuffe, Human Evolution and Science; McWilliams, A Catechism on Evolution; O’Toole, The Case Against Evolution; Raschab, Neo-Scholastic Philosophy; Wasmann, The Problem of Evolution; Modern Biology and the Theory of Evolution; Windle, Evolution and Catholicity; The Evolutionary Problem as it is To-day. A. Q. 1893, 495, 762; 1894, 472—C. B. July, 1901; Jan., 1902.—C. G. Oct., 1926.—C. W. xl. 1453 cxii. 205.— M. Aug., 1926.







The Question Box
Rev. Bertrand L. Conway
1929

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S.S.Pío XII
Humani Generis

1. El Evolucionismo
Por eso, el magisterio de la Iglesia no prohíbe que en investigaciones y disputas entre los hombres doctos de ambos campos se trate de la doctrina del evolucionismo, la cual busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente (pues la fe católica nos obliga a retener que las almas son creadas inmediatamente por Dios), según el estado actual de las ciencias humanas y de la sagrada teología, de modo que las razones de una y otra opinión, es decir, de los que defienden o impugnan tal doctrina, sean sopesadas y juzgadas con la debida gravedad, moderación y templanza, con tal que todos estén dispuestos a obedecer al dictamen de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y de defender los dogmas de la fe (cfr. Allocut. pont. ad membra Academiae Scientiarum, 30 novembris 1941: A.A.S., vol. XXXIII, p. 506). Empero, algunos, con temeraria audacia, traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen mismo del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados, y cual si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija una máxima moderación y cautela en esta materia.


2. El Poligenismo
Mas, tratándose de otra hipótesis, a saber, del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, pues los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de los primeros padres, ya que no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del magisterio de la Iglesia enseñan acerca del pecado original, que procede del pecado verdaderamente cometido por un solo Adán y que, difundiéndose a todos los hombres por la generación, es propio de cada uno de ellos (cfr. Rom., V, 12-19; conc. Trid., sess, V, cans. 1-4).


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RELACIONADO:
LA ORTODOXIA DE HUMANI GENERIS:
DESMINTIENDO LAS FALSAS ACUSACIONES DE HEREJÍA DE CIERTOS THUCISTAS Y LEFEBVRISTAS

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Nota: Es importante aclarar que el autor de este blog no es evolucionista. Sin embargo, esto no impide defender que la Santa Madre Iglesia siempre ha permitido tales debates intelectuales, siempre dentro de los límites doctrinales que ella misma establece.
Estas entradas de blog están dedicadas a defender el Magisterio de Su Santidad Pío XII de las gravísimas acusaciones planteadas por los Thucistas.


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LA ORTODOXIA DE HUMANI GENERIS: DESMINTIENDO LAS FALSAS ACUSACIONES DE HEREJÍA DE CIERTOS THUCISTAS Y LEFEBVRISTAS



La encíclica Humani Generis de Su Santidad Pío XII (1950) ha sido objeto de interpretaciones erróneas que la acusan de promover el evolucionismo materialista o de contener herejía, sino que mantiene una postura prudente, teológicamente ortodoxa y fiel a la doctrina católica.

La teoría de la evolución, como hipótesis científica, no es intrínsecamente contraria a la fe católica, siempre que se someta a los límites establecidos por la revelación y el Magisterio. Ya en 1910, San Pío X permitió la publicación de Modern Biology and the Theory of Evolution del padre Erich Wasmann, S.J. (1859-1931), quien afirmó:
«Tomada como hipótesis científica la evolución considera a las actuales especies animales y plantas, no como formas creadas directamente por Dios, sino como el resultado final de los cambios múltiples que experimentaron especies que existieron en periodos geológicos anteriores. [...] Es una de tantas teorías, y se basa en varias hipótesis que concuerdan entre sí y ofrecen una explicación muy probable sobre el origen de las especies orgánicas. Sería pueril negar la teoría de la evolución solo porque las especies no evolucionan a nuestra vista.»

Esta postura no fue considerada herética por San Pío X, ni por Benedicto XV ni Pío XI, quienes no incluyeron las obras de Wasmann en el Index Librorum Prohibitorum. Esto demuestra que la Iglesia, incluso antes de Humani Generis, permitía la discusión científica sobre la evolución dentro de un marco teológico ortodoxo, siempre que no se negara la creación divina ni los dogmas fundamentales.

En 1929, el padre Bertrand L. Conway, C.S.P. (1872-1959), reforzó esta perspectiva al afirmar:
«El evolucionismo se trata de una hipótesis, y los sabios son libres para discutir los múltiples problemas que ha creado. Como la Biblia no es un libro de texto para estudiar ciencias, debe ser descartada como árbitro supremo que decida la cuestión en este punto ( León XIII, Providentissimus Deus, 1893).»

Esta declaración subraya que la Biblia no tiene como propósito resolver cuestiones científicas, lo que permite a los estudiosos explorar hipótesis como la evolución sin contradecir la fe, siempre que se respeten las verdades reveladas.

En Humani Generis, Pío XII aborda el evolucionismo con claridad y precisión, estableciendo límites claros para su discusión:
«Por eso, el Magisterio de la Iglesia no prohíbe que en investigaciones y disputas entre los hombres doctos de entrambos campos se trate de la doctrina del evolucionismo, la cual busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente (pues la fe católica nos obliga a retener que las almas son creadas inmediatamente por Dios), según el estado actual de las ciencias humanas y de la sagrada teología, de modo que las razones de una y otra opinión [...] sean sopesadas y juzgadas con la debida gravedad, moderación y templanza; con tal que todos estén dispuestos a obedecer al dictamen de la Iglesia.»

Pío XII no afirma la certeza del evolucionismo, sino que permite su estudio y discusión como hipótesis científica, siempre que se respete la creación inmediata del alma por Dios y se mantenga la obediencia al Magisterio. Además, advierte contra posturas temerarias:
«Empero, algunos, con temeraria audacia, traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen mismo del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierta y demostrada [...], y cual si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija una máxima moderación y cautela en esta materia.»

Esta advertencia subraya la necesidad de prudencia y de no tratar el evolucionismo como una verdad definitiva, especialmente cuando entra en conflicto con la revelación divina. Más aún, Pío XII rechaza explícitamente el poligenismo, una forma de evolucionismo que negaría la unidad del género humano y el pecado original:
«Mas, tratándose de otra hipótesis, es a saber, del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, pues los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de los primeros padres.»

Esta condena del poligenismo demuestra que Humani Generis no abraza un evolucionismo materialista, que negaría la intervención divina o los fundamentos de la fe, sino que establece límites claros para proteger los dogmas de la creación, el pecado original y la unidad del género humano.

Como dice el padre Manuel Cuervo O.P en Salmanticensis 1954:
«En estas palabras de la Humani Generis quedan también excluidas las pintorescas hipótesis de los preadamitas mezclados, o sin mezclar, con la estirpe de Adán, los cuales paulatinamente se fueron extinguiendo, no quedando después nada más que los descendientes de Adán. Ambas hipótesis se oponen abiertamente al postulado de las definiciones de Trento, para el cual, después del pecado, la descendencia de Adán es lo mismo que «omne genus humanum» ("todo el género humano"), pensamiento que refrendan la tradición de la Iglesia y el recto modo de entender la Sagrada Escritura al narrar la creación del primer hombre.

Además, según la primera, se daría también el caso de que existirían verdaderos descendientes de Adán sin el pecado original, ya que este solo se comunica en la generación por la vía masculina, como repetidamente enseña Santo Tomás en la cuestión 81 de la I-II, de un modo especial en el artículo quinto de esa misma cuestión, y lugares paralelos. Por eso nosotros no dudamos en calificar de herética la hipótesis primera, y de próxima a herejía la segunda. La hipótesis de los preadamitas, inaugurada ya por Isaac de la Peyrere, en el siglo XVII, no pasa de ser una novela nada respetuosa con el común sentir de los Padres y la Sagrada Escritura, por lo cual fue condenada nada más aparecer por el Obispo de Namur, sometiéndose su autor, que poco después se convirtió también al catolicismo. Pero a esta hipótesis no alcanzan los cánones del Concilio de Trento, los cuales suponen el pecado de Adán.

Con esto no queda todavía descartada la evolución en cuanto al cuerpo de la primera pareja humana. Y nótese que solamente nos referimos al cuerpo de la primera pareja, porque, siendo necesario el monogenismo para la existencia del dogma del pecado original, solo de él se puede poner en cuestión si vino por evolución de otros seres inferiores, o fue formado inmediatamente por Dios. La Iglesia no prohíbe que los hombres doctos discutan libremente esta cuestión.

[...]Que para esto se sirviera Dios del polvo de la tierra, o del organismo de otro ser viviente anterior, es cosa que juzgamos completamente accidental, puesto que en ambos casos la formación del cuerpo humano sólo puede realizarse por virtud divina...»

Refiriendo a este asunto y a las ciencias positivas, añade el canonista Roque Losada Cosmes en su Magisterio de Pío XII Esquema doctrinal y boletín bibliográfico (1956), haciendo referencia a Carta Encíclica Humani Generis:
«Frente a las ciencias positivas, la Iglesia acepta todas sus conclusiones realmente demostradas, pero se guarda de avalar las hipótesis y aun las rechaza si se oponen de algún modo, directa o indirectamente, a la doctrina revelada por Dios. En el problema del evolucionismo sostiene que las almas han sido directamente creadas por Dios; en el del poligenismo, los católicos tienen que rechazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien que Adán significa conjunto de muchos primeros padres. En el de la exégesis, debe defenderse el sentido histórico de los once capítulos primeros del Génesis, sea aquel cual fuere, siempre salvo que en ellos se contienen ya las verdades principales y fundamentales en que se apoya nuestra salvación y una descripción popular del origen del género humano y el pueblo escogido, descripción que en modo alguno puede compararse a la mitología o narraciones semejantes, fruto más de una imaginación encendida que del amor a la verdad y a la sencillez que resplandecen en el Antiguo Testamento.»

La posibilidad de una evolución limitada no es ajena a la tradición católica. San Agustín, en De Genesi ad litteram, ya sugería que Dios creó todas las cosas potencialmente al inicio, permitiendo su desarrollo en el tiempo (rationes seminales):
«MAS COMO EN LA MISMA SEMILLA ESTABAN INVISIBLEMENTE Y AL MISMO TIEMPO TODAS LAS COSAS, LAS QUE EN LA SUCESIÓN DE LOS TIEMPOS FORMARÍAN EL ÁRBOL, ASÍ TAMBIÉN SE HA DE PENSAR QUE EL MISMO MUNDO, CUANDO DIOS CREÓ TODAS LAS COSAS AL MISMO TIEMPO, HAYA TENIDO A LA VEZ TODAS LAS COSAS QUE EN ÉL Y CON ÉL FUERON HECHAS AL SER HECHO EL DÍA; no solamente el cielo con el sol, la luna y las estrellas, de los que hasta el presente se conserva la disposición con el movimiento circular; y la tierra y los abismos, que están sometidos a movimientos que podríamos llamar inconstantes y que forman la otra parte inferior del mundo, SINO TAMBIÉN AQUELLOS SERES QUE EL AGUA Y LA TIERRA POTENCIAL Y CAUSALMENTE PRODUJERON ANTES DE QUE APARECIESEN EN LA SUCESIÓN DE LOS TIEMPOS, como a nosotros nos son ya conocidos en las obras que Dios hasta el presente trabaja.»

Esta perspectiva de San Agustín apoya la idea de que Dios pudo haber creado las cosas con un potencial de desarrollo, lo cual es compatible con una evolución limitada y guiada por la providencia divina, como permite a la discusión Humani Generis.

Este argumento muestra que la evolución, si ocurriera, no disminuiría la necesidad de un Creador, sino que resaltaría su sabiduría al diseñar un proceso ordenado.

Dice Santo Tomás en la Suma teológica - Parte Ia - Cuestión 91 - Artículo 4:
«Según Agustín, todas las obras de los seis días fueron producidas a la vez. De ahí que el alma del primer hombre, que, según él, fue creada a la vez que los ángeles, no fue creada antes del sexto día, sino que en este día fue hecha el alma del primer hombre en acto; y su cuerpo según razones causales. Otros doctores opinan que tanto el alma como el cuerpo fueron hechos en acto en el sexto día.»

La Revista agustiniana de 1887 Tomo XIII aludiendo al Cardenal Fray Ceferino González y Díaz Tuñón,  Arzobispo de Toledo Primado de España Patriarca de las Indias Occidentales y Canciller Mayor de Castilla (1831-1894) sobre San Agustín y las teorías transformistas:

«El sabio P. Ceferino en su Historia de la Filosofía (prim. edic. tom. 2.°, p. 66) escribe lo siguiente: «He aquí un notable pasaje de S. Agustín, cuya importancia sube de punto en presencia de las teorías trasformistas y de las discusiones paleontológicas de nuestros días: Insunt corporeis rebus per omnia elementa mundi quædam occultæ seminariæ rationes, quibus cum data fuerit opportunitas temporalis atque causalis, prorrumpunt in species debilas.» Traducción: «Hay en las cosas corpóreas, a través de todos los elementos del mundo, ciertas razones seminales ocultas, las cuales, cuando se les da la oportunidad temporal y causal, irrumpen en las especies debidas.»

A estas palabras, y como explicación de las mismas, pueden añadirse las no menos significativas que en su discurso 1.° Defensa de la Física, cita Fray L. de Flandes, atribuyéndolas a S. Agustín; a saber: Quia inseruit Deus seminales rationes rebus, secundum quas aliæ ex aliis proveniunt. Traducción: «Porque Dios insertó razones seminales en las cosas, según las cuales unas provienen de otras.»

Ninguno de estos textos en su forma literal se halla en los libros y tratados que los respectivos autores citan, ni hemos podido tampoco encontrarlos íntegros en las mejores ediciones de las obras del Santo: así y todo, hemos preferido estos a otros muchos de completa autenticidad e idéntica significación, por parecernos que en ellos se compendia y resume fielmente lo más característico de la teoría agustiniana en sus relaciones con la hipótesis transformista.

Pues, por más extraño que parezca, es indudable que la doctrina cosmogónica y protogenésica de S. Agustín, tal cual la hallamos desenvuelta en los doce libros del Génesis a la Letra, coincide en varios puntos sustanciales con la referida hipótesis moderna.

En efecto: el poderoso genio de Agustín, elevándose a gran altura sobre el nivel científico de su época y adelantándose en muchos siglos a los progresos de la investigación humana, concibió y defendió con sólidas razones la grandiosa teoría de la creación simultánea de todos los seres del mundo físico, sosteniendo, como sostienen reputados naturalistas modernos, que Dios creó uno o pocos tipos de materia informe y caótica, a la que dio leyes y fuerzas que determinasen las formas y movimientos de los cuerpos, y causas o principios germinales para que, llegada la oportunidad de tiempo y circunstancias por su infinita sabiduría decretadas, produjesen los debidos órdenes, especies y múltiples variedades que hermosean la creación.

Conviene advertir, sin embargo, que no creemos conforme a la mente del Santo Doctor (por más que algunas veces parece ser este el sentido de sus palabras) el suponer, como suponen los evolucionistas, que las fuerzas o principios seminales comunicados por Dios a la materia amorfa, sean fuerzas tan indeterminadas en su acción y de tan universal fecundidad, que producida una forma o tipo primitivo, continúen en constante y progresivo desarrollo, evolucionando y transformándose en la ordenada escala de los seres, hasta fijar y perpetuar su tipo en los organismos de mayor perfección relativa.

He aquí las razones que nos asisten para decir que la doctrina agustiniana no se compadece bien con la teoría de la evolución indefinida: In cujus elementis (mundi) simul sunt condita, quæ post accesu temporis orirentur vel fructeta, vel animalia quæque secundum suum genus. G. ad Lett. L 6 c. 1. Traducción: «En cuyos elementos (del mundo) fueron creadas simultáneamente las cosas que, después de un tiempo, surgirían, ya sean plantas frutales o cualquier tipo de animales, según su género.» 
Similitudo nascentium prætereuntis similitudinem servat. G. imp. c. 11. Traducción: «La semejanza de los que nacen conserva la semejanza del que pasa [o del anterior].» Y en el L. 9 de G. ad Litt. Unde fit ut de grano tritici non nascatur faba, vel de faba triticum, vel de pecore homo, vel de homine pecus. Traducción: «De donde resulta que del grano de trigo no nazca una haba, ni del haba trigo, ni del ganado un hombre, ni del hombre ganado.»

No nos detendremos a demostrar que en las citadas palabras no se refiere el Santo a la virtud generadora necesaria para la propagación de los seres; sino a las fuerzas o principios seminales inherentes a la materia, y que en su opinión llevan en sí mismas y como condición de su naturaleza, las leyes que, desde el momento de la creación, concretan y fijan los caracteres esenciales de un tipo determinado dentro de los límites que impone la inmutabilidad de la especie.

Esto no obstante, creemos que la doctrina de S. Agustín en sus relaciones con las teorías darwiniana y transformista, necesita para su completa exposición un estudio más amplio y detenido de lo que aquí nos es permitido realizar, y que estamos seguros serviría admirablemente para demostrar una vez más la perfecta armonía que no puede menos de existir entre las demostraciones de la verdadera ciencia y las enseñanzas del Texto Sagrado, acerca de cuyas interpretaciones, dice oportunamente el Águila de los Doctores, que si la ciencia demuestra alguna cosa opuesta a lo que en Él se contiene, esto no se hallaba en la Sagrada Escritura, sino que lo suponía así nuestra ignorancia: Hoc non habebat divina Scriptura, sed hoc senserat humana ignorantia. G. ad Lett. L. 1. Traducción: «Esto no lo contenía la divina Escritura, sino que así lo había entendido la ignorancia humana.»


La Revista Agustiniana del año 1887 bajo el pontificado de León XIII, aludiendo a San Agustín, sostiene que la doctrina cosmogónica y protogenésica de San Agustín presenta elementos compatibles con ciertas hipótesis modernas transformistas o evolucionistas, en tanto que reconoce que Dios creó simultáneamente todo tipo de materia con principios o “razones seminales” ocultas que, en el transcurso del tiempo y bajo ciertas condiciones, dan lugar al desarrollo de las distintas especies según su género. Sin embargo, esta visión se aparta de las afirmaciones del evolucionismo indefinido, porque para San Agustín cada especie mantiene caracteres esenciales y límites que preservan su identidad, rechazando así una transformación continua y abierta de unas especies en otras. Esta comprensión agustiniana coincide notablemente con la postura contenida en la encíclica Humani Generis de Pío XII, la cual permite el estudio científico del evolucionismo como hipótesis acerca del origen del cuerpo humano, siempre que se conserve la creación directa del alma por Dios y se respete la unidad y la inmutabilidad esencial del género humano, rechazando expresamente el poligenismo y las teorías que nieguen estos dogmas. De esta manera, tanto la Revista Agustiniana como Humani Generis sostienen una reconciliación prudente entre la fe y la ciencia, reconociendo que la evolución puede considerarse en el marco de una causalidad divina ordenada, pero insistiendo en los límites teológicos que protegen las verdades fundamentales de la creación, la caída y la redención del hombre. Así, se confirma que no existe contradicción insalvable entre la revelación cristiana y una evolución guiada por la providencia divina, lo cual garantiza la coherencia entre la interpretación auténtica de la Escritura, la tradición patrística y el diálogo con la investigación científica moderna.

La Comisión Bíblica de 1909, (AAS. 1 [1909] 567-569) bajo San Pío X, afirmó que el término «día» en el Génesis puede interpretarse en sentido impropio, como un período de tiempo, y que los exegetas tienen libertad para debatir esta cuestión:

«III. ¿Puede ponerse en duda, en particular, el sentido literal histórico cuando se trata de hechos narrados en esos mismos capítulos que afectan a los fundamentos de la religión cristiana: como son, entre otros, la creación de todas las cosas por Dios hecha en el principio del tiempo; la creación peculiar del hombre; la formación de la primera mujer del primer hombre; la unidad del género humano; la felicidad original de los protoparentes en estado de justicia, integridad e inmortalidad; el precepto dado por Dios al hombre para probar su obediencia; la transgresión del precepto divino, instigada por el diablo bajo la apariencia de serpiente; la caída de los protoparentes de aquel estado de inocencia primigenia; así como la promesa del futuro Redentor?

Resp. Negativo.

VII. ¿Dado que al escribir el primer capítulo del Génesis la intención del autor sagrado no fue enseñar la constitución íntima de las cosas visibles y el orden completo de la creación de modo científico, sino más bien transmitir a su pueblo un conocimiento popular, según lo permitía el lenguaje común en aquellos tiempos, adaptado a los sentidos y a la capacidad de los hombres, debe investigarse siempre y con exactitud en la interpretación de estos la propiedad del lenguaje científico?

Resp. Negativo.

VIII. ¿En esa denominación y distinción de los seis días, de los que se trata en el Génesis capítulo primero, puede tomarse la voz Yóm (día) tanto en sentido propio para el día natural, como en sentido impropio para un cierto espacio de tiempo, y es lícito debatir libremente sobre esta cuestión entre los exegetas?

Resp. Afirmativo.
»

Los párrafos III y VII de la Comisión Bíblica de 1909 son cruciales para entender la postura de la Iglesia. El párrafo III subraya la innegabilidad de los hechos fundamentales narrados en el Génesis que atañen a la fe cristiana, como la creación del hombre y la unidad del género humano, aspectos que Humani Generis defenderá explícitamente al condenar el poligenismo. Por su parte, el párrafo VII deja claro que el propósito del autor sagrado del Génesis no fue ofrecer una explicación científica de la creación, sino transmitir un conocimiento popular y adaptado a la capacidad de la época. Esto significa que la interpretación de la Biblia no debe buscar una exactitud científica, lo que abre la puerta a conciliar los relatos bíblicos con las hipótesis científicas, como la evolución, siempre y cuando no contradigan las verdades de fe establecidas en el párrafo III.

Esto indica que la Iglesia no exige una interpretación literalista del Génesis, lo que permite explorar hipótesis como la evolución sin contradecir la fe. Además, León XIII en Providentissimus Deus señala:
«Los escritores sagrados no se propusieron enseñarnos la esencia y la naturaleza de las cosas creadas, pues el saberlas o ignorarlas no tiene nada que ver con la salvación eterna. [...] En el lenguaje ordinario se habla de las cosas según las perciben los sentidos.»

Esta enseñanza, respaldada también por el padre Conway, subraya que el Génesis no pretende ser un tratado científico, sino transmitir verdades teológicas, lo que deja espacio para hipótesis científicas como la evolución, siempre que no contradigan los fundamentos de la fe.

Humani Generis no contiene herejía alguna, ni defiende el evolucionismo materialista. Pío XII permite la discusión científica del evolucionismo como hipótesis, siempre que se respeten los dogmas de la creación del alma por Dios, la unidad del género humano y el pecado original. Esta postura es coherente con la tradición católica, como lo demuestran San Agustín, la Comisión Bíblica de 1909, León XIII, el padre Conway y la no condena de autores como Wasmann por parte de San Pío X, Benedicto XV y Pío XI. Lejos de promover un evolucionismo materialista, Humani Generis rechaza explícitamente teorías como el poligenismo que contradicen la fe. Por tanto, no hay herejía en Humani Generis, sino una defensa prudente y ortodoxa de la fe frente a las ciencias modernas.

La Iglesia no prohíbe las investigaciones y disputas acerca de la doctrina del evolucionismo, en cuanto al origen del cuerpo humano de una materia viva preexistente, siempre que se retenga que las almas son creadas inmediatamente por Dios. El Romano Pontífice exhorta a estudiar esta cuestión con prudencia, moderación y madurez de juicio.

Contrario a ciertas interpretaciones espurias, la encíclica "Humani Generis" de Pío XII (1950) no introdujo una postura novedosa o herética sobre el evolucionismo, sino que continuó y formalizó una línea de pensamiento prudente y teológicamente ortodoxa que ya se venía gestando en la Iglesia Católica desde hacía décadas, e incluso siglos, con las "razones seminales" de San Agustín.

Ya a finales del Siglo XIX, Papas como León XIII, San Pío X, Benedicto XV y Pío XI permitieron la discusión científica sobre la evolución. Esto indicaba que la Iglesia aceptaba la evolución como una hipótesis científica plausible, siempre que no negase la creación divina ni los dogmas fundamentales de la fe.

En este contexto, "Humani Generis" de Pío XII reafirma esta apertura, permitiendo la investigación y el debate sobre el origen del cuerpo humano a partir de materia viva preexistente. No obstante, establece límites innegociables: la creación inmediata del alma humana por Dios y la unidad del género humano, rechazando categóricamente el poligenismo (la idea de múltiples primeros padres). Esta prudencia no es una condena al evolucionismo per se, sino una defensa de las verdades reveladas sobre el pecado original y la dignidad del hombre.

La compatibilidad entre una evolución limitada y la fe católica se remonta a San Agustín, con su concepto de las "rationes seminales" o "razones seminales". Él sostuvo que Dios creó todas las cosas con un potencial de desarrollo que se manifestaría en el tiempo, una idea que el P. Ceferino González y la "Revista Agustiniana" de 1887 resaltaron como compatible con ciertas hipótesis transformistas. De igual modo, la Comisión Bíblica de 1909, bajo San Pío X, ya había aclarado que el Génesis no es un tratado científico y permite flexibilidad en la interpretación de los "días" de la creación, dejando espacio para la ciencia.

En definitiva, Pío XII en "Humani Generis" no innovó en su esencia, sino que articuló y oficializó una postura que ya estaba presente en la tradición católica. La evolución, entendida como un proceso guiado por la providencia divina y respetando los dogmas fundamentales (como la creación del alma y el monogenismo), no solo no contradice la fe, sino que puede realzar la sabiduría del Creador. Así, la encíclica es un testimonio de la prudencia teológica, salvaguardando las verdades de la revelación mientras se dialoga con el progreso del conocimiento científico.

Por lo tanto, la encíclica no trata de respaldar la evolución materialista, sino de una defensa prudente y ortodoxa de la fe cuando se enfrenta a las investigaciones científicas modernas. Como bien señaló el padre Bertrand L. Conway, C.S.P., en 1952 «En conclusión, aunque en absoluto la evolución de que hablamos no sería intrínsecamente imposible, y aunque la Iglesia no ha pronunciado, el fallo definitivo, sin embargo, parece estar en contradicción con el sentir de los católicos en general.» (como es la opinión del administrador de este blog; que el cuerpo del primer hombre fue formado inmediatamente por Dios). Esto subraya el camino cauteloso y discernido que eligió Pío XII, permitiendo la exploración científica mientras mantenía firmemente las verdades esenciales de la fe, como así hicieron sus predecesores.

Referencias:

  • Agustín, S. (Siglo IV). Genesi ad litteram.
  • Tomás de Aquino, S. (Siglo XIII). Suma teológica (Parte Ia, Cuestión 91, Artículo 4).
  • Revista Agustiniana. (1887). Acerca de la autoridad e importancia científica de San Agustín. 
  • León XIII. (1893). Providentissimus Deus [Encíclica].
  • Comisión Bíblica. (1909). Acta Apostolicae Sedis, 1, 567-569.
  • Wasmann, E. (1910). Modern biology and the theory of evolution.
  • Conway, B. L. (1929). The question-box answers.
  • Pío XII. (1950). Humani Generis [Encíclica].
  • Cuervo, M. O. (1954). Evolucionismo, monogenismo y pecado original. Salmanticensis, 1(2), 259-300.
  •  Losada Cosmes, R. (1956). Magisterio de Pío XII: Esquema doctrinal y boletín bibliográfico. Editorial Universidad Pontificia de Salamanca.
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Humani Generis

1. El Evolucionismo
Por eso, el magisterio de la Iglesia no prohíbe que en investigaciones y disputas entre los hombres doctos de ambos campos se trate de la doctrina del evolucionismo, la cual busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente (pues la fe católica nos obliga a retener que las almas son creadas inmediatamente por Dios), según el estado actual de las ciencias humanas y de la sagrada teología, de modo que las razones de una y otra opinión, es decir, de los que defienden o impugnan tal doctrina, sean sopesadas y juzgadas con la debida gravedad, moderación y templanza, con tal que todos estén dispuestos a obedecer al dictamen de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y de defender los dogmas de la fe (cfr. Allocut. pont. ad membra Academiae Scientiarum, 30 novembris 1941: A.A.S., vol. XXXIII, p. 506). Empero, algunos, con temeraria audacia, traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen mismo del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados, y cual si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija una máxima moderación y cautela en esta materia.


2. El Poligenismo
Mas, tratándose de otra hipótesis, a saber, del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, pues los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de los primeros padres, ya que no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del magisterio de la Iglesia enseñan acerca del pecado original, que procede del pecado verdaderamente cometido por un solo Adán y que, difundiéndose a todos los hombres por la generación, es propio de cada uno de ellos (cfr. Rom., V, 12-19; conc. Trid., sess, V, cans. 1-4).


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ESTA PERNICIOSA DOCTRINA ESTÁ EXPRESAMENTE CONDENADA POR JESUCRISTO

Rev. Bertrand Louis Conway


Un Dios indiferente ante la verdad o el error no sería acreedor al respeto de los hombres. Por eso, no es de extrañar que los indiferentes, después de haberse formado un concepto tan bajo de Dios, terminen por negar su existencia. El indiferentismo no es más que ateísmo disfrazado.

Decir que todas las religiones son iguales es un error. Dos proposiciones contradictorias no pueden ser verdaderas; si una lo es, la otra tiene que ser falsa. Ejemplos: hay un solo Dios; hay muchos dioses; Jesucristo es Dios: no lo es; Mahoma fue profeta; fue un impostor; Jesucristo no permitió el divorcio; lo permitió. Una de dos: o la primera proposición es verdadera, o la segunda; pero las dos verdaderas o las dos falsas, eso no puede ser.

Decir, pues, que todas las religiones son verdaderas o que sus diferencias no son esenciales, es negar la verdad objetiva al estilo de los pragmatistas. Si eso fuera cierto, el hombre debería cambiar de religión como cambia el corte del traje, según las modas o las circunstancias. Uno debería ser católico en Italia, luterano en Suecia, mahometano en Turquía, budista en China y sintoísta en Japón. 

Esta perniciosa doctrina está expresamente condenada por Jesucristo, que envió a sus apóstoles a predicar una doctrina definitiva: «...enseñándoles a cumplir todo lo que os he encargado» (Mateo, XXVIII, 20) y condenando al infierno a los que rehúsen aceptar las enseñanzas apostólicas (Marcos, XVI, 16). Predijo, además, que muchos tergiversarían su doctrina, pero los desenmascaró para siempre diciendo: «Guardaos de los falsos profetas que vienen vestidos con pieles de oveja, pero por dentro son lobos rapaces» (Mateo, VII, 15).



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DURANTE EL CISMA DE OCCIDENTE CONTINUÓ LA UNIDAD

Rev. Bertrand Louis Conway

R. ¿Qué se hizo de la unidad de la Iglesia durante el cisma de Occidente?
P. Durante el cisma de Occidente continuó la unidad, pues ya nadie duda de que la elección de Urbano VI fue perfectamente válida conforme a los cánones.
Por consiguiente, válida fue la sucesión de Bonifacio IX (1389-1404), Inocencio VII (1404-1406)) y Gregorio XII (1406-1415).


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A LA VALIDEZ DE LAS ÓRDENES DEBE ACOMPAÑAR LEGÍTIMA JURISDICCIÓN PARA TENER SUCESIÓN APOSTÓLICA

Rev. Bertrand Louis Conway

Apostolicidad en cuanto al culto y ministerio, implica autoridad para enseñar, gobernar y santificar, como se nos ha venido transmitiendo desde los apóstoles. Puede uno estar válidamente ordenado y no ser sucesor legítimo de los apóstoles, porque las órdenes pueden ser conferidas por un hereje o un cismático. A la validez de las órdenes debe acompañar legítima jurisdicción, que sólo se comunica a los que están unidos con la cabeza del Colegio Apostólico, la sede de Pedro.


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UNAS POCAS COSAS NO ESTÁIS UNIDOS CON NOSOTROS, LAS MUCHAS EN QUE ESTAMOS UNIDOS NO OS SIRVEN DE NADA

Pierre Jurieu & San Agustín

P. No estamos de acuerdo todos los cristianos en lo esencial? Yo creo que sería mejor aceptar las enseñanzas fundamentales de Cristo y dejar a un lado detalles dogmáticos sin importancia. 

R. Esta distinción entre doctrinas fundamentales y no fundamentales fue inventada por Jurieu (Líder protestante francés latitudinario) para ver de remediar esa falta de unidad de gobierno, doctrina y culto que caracteriza a las sectas protestantes. Semejante invención no tiene garantías ni en la Escritura ni en la tradición. Más aún, los que así opinan ni siquiera se han podido poner de acuerdo cuando tratan ya a las inmediatas de declarar qué doctrinas deben ser admitidas como fundamentales. San Agustín, en el siglo V, respondió maravillosamente a esta dificultad cuando escribió así a los donatistas del norte de África: «Ambos tenemos un bautismo; en esto estamos unidos. Tenemos el mismo Evangelio; en esto estamos unidos. Celebramos igualmente las festividades de los mártires; también en esto estamos unidos. Pero no estamos de acuerdo en todo, No estáis unidos con nosotros en vuestro cisma ni en vuestra herejía. Y porque en unas pocas cosas no estáis unidos con nosotros, las muchas en que estamos unidos no os sirven de nada.».



Rev. Bertrand Louis Conway

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O SUMISIÓN AL ROMANO PONTÍFICE, O NADA

Rev. Bertrand Louis Conway

La Iglesia católica
no se contenta con términos medios.
O sumisión al Romano Pontífice, o nada.

Por aquí se verá la falsedad de la teoría llamada «de las ramas», según la cual hay una Iglesia con tres ramas, es decir, un tronco, que es la Iglesia invisible, con tres ramas, que son los católicos, los anglicanos y los orientales cismáticos. No hay tal Iglesia invisible, ni los anglicanos creen lo que creemos los católicos, ni los cismáticos están unidos, sino separados; y tan separados, que, aparte de las dieciséis ramas que le han crecido al árbol oriental, hay otras ramas desgajadas, también orientales, que no tienen la misma doctrina, como son los nestorianos, los coptos, los jacobitas y los armenios. La Iglesia católica no se contenta con términos medios. O sumisión al Romano Pontífice, o nada.

BUZÓN DE PREGUNTAS
Rev. Bertrand Louis Conway

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LAS MISMAS VERDADES DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN

San Ireneo 

"Habiendo la Iglesia recibido de los apóstoles la fe y la doctrina, aunque está diseminada por doquiera y abraza a todas las naciones, guarda incólume esa fe como si viviera en sola una casa; siempre predica las mismas verdades, como si no tuviese más que un corazón y una boca, y las transmite de generación a generación. 

Los cismáticos rompen y dividen el cuerpo glorioso de Cristo y, en cuanto está de su parte, le destruyen; pues, aunque con la boca predican paz, de hecho han declarado contra El guerra sin cuartel."


BUZÓN DE PREGUNTAS
Rev. Bertrand Louis Conway

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SEPARADOS DE ROMA, PRESA DEL DIABLO Y LA INMORALIDAD

Martín Lutero
Heresiarca

"Esta predicación debería ser aceptada y escuchada con gran alegría, y todo el mundo debería mejorarse y hacerse más piadoso. Pero, por desgracia, ahora sucede lo contrario y cuanto más dura, peor se vuelve el mundo; esto es obra del mismo diablo, pues ahora vemos a la gente volverse más infame, más avara, más despiadada, más impía y en todos los ordenes peor de lo que era bajo el Papado"

Luther
Hartmann Grisar S.J.
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 James Pilkington
Obispón Anglicano


"Hemos roto las ligaduras que nos tenían sujetos al Papa, para vivir a nuestro capricho, sin que nadie nos acuse. Cuando los ministros se proponen corregir nuestros abusos, nos reímos y mofamos de ellos. Para mí tengo que el Señor se va a irritar un día y va a tomar venganza con su mano. ¿Quién, ¡ay!, le resistirá?"
(Nehemiah, 388)


Rev. Bertrand Louis Conway
Buzón de preguntas
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¿SE PUEDE PROBAR POR LA BIBLIA QUE N.S.J.C. NOMBRÓ A PEDRO PRIMER PAPA?

Rev. Bertrand Louis Conway

¿Se puede probar por la Biblia que Jesucristo nombró a Pedro primer Papa?
¿No eran iguales todos los apóstoles?

La Iglesia católica sostiene que Pedro fue el jefe de los apóstoles y que en virtud de esta dignidad que Jesucristo le confirió, gobernó la Iglesia como cabeza suprema. He aquí la definición del Concilio Vaticano: «Si alguno dijere que el bienaventurado Pedro apóstol no fue constituído por Jesucristo príncipe de todos los apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante; o que lo que directa e inmediatamente recibió del mismo Jesucristo, Señor nuestro, no fue el primado de jurisdicción verdadera y propia, sino solamente de honor, sea anatema.» Tres veces habló claramente Jesucristo de la primacía de San Pedro sobre los demás apóstoles:

1. Cuando Pedro confesó a su Maestro por Cristo, Hijo de Dios vivo, el Señor le premió la confesión en estos términos: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y Yo te tengo de dar las llaves del reino de los cielos. Y todo cuanto ates en la tierra, será atado también en el cielo; y cuanto desates en la tierra, será desatado también en el cielos (Mateo XVI, 18-19).

  • a) Examinemos la metáfora de la piedra. Cristo, la Piedra angular de la Iglesia (Efes., II, 20), promete hacer a Pedro la piedra sobre la que edificará su Iglesia (I Cor., III, 9). Nótese que Jesucristo está hablando con Pedro, no con los apóstoles, pues siempre se dirige a él en segunda persona. Al hablar así, el Señor tiene presente la parábola del hombre prudente que edificó la casa sobre cimientos de piedra (Mateo VII, 24). San Pedro es para la Iglesia lo que el cimiento es para el edificio. Ahora bien: el cimiento da al edificio unidad, fuerza y estabilidad; gracias a él, todas las partes y piezas del edificio forman una sola masa firme y resistente. En una sociedad perfecta como es la Iglesia, esta unidad y firmeza no tendrá lugar a no ser que el cimiento (la primera autoridad, San Pedro en este caso) tenga poder y autoridad máxima para mantener siempre unidos a sus súbditos.

  • b) Jesucristo edifica su Iglesia sobre piedra (sobre Pedro) «para que las puertas del infierno no prevalezcan contra ella». Hay diversas opiniones sobre el verdadero significado de la palabra infierno en este texto, pero ya signifique el infierno de los condenados, ya el poder de la muerte, el significado es obvio: la Iglesia de Jesucristo resistirá valientemente los ataques de todos sus enemigos.

  • c) Antiguamente, cuando las ciudades estaban amuralladas, dar a uno las llaves de la ciudad equivalía a darle autoridad plena sobre la ciudad. Aun en el día de hoy, cuando un personaje ilustre visita una ciudad, las autoridades le entregan oficialmente y con muchas ceremonias las llaves de la ciudad en señal de admiración, respeto y bienvenida; mera reminiscencia del poder absoluto que antiguamente implicaban las llaves. Cuando Eliacim fue nombrado prefecto del palacio en lugar de Sobna, dijo Dios: «Yo le pondré sobre los hombros la llave de la casa de David; él abrirá, y no habrá quien cierre; él cerrará, y no habrá quien abra» (Isaías XXII, 22). Cuando el señor de la casa se ausenta y deja en su lugar un mayordomo, le entrega las llaves, que es darle todo el poder y autoridad que necesita para gobernarla como conviene. Cristo tiene las llaves de David (Apoc., III, 7) y se las da a San Pedro. La autoridad, pues, de San Pedro es la de Jesucristo. d) «Atar y desatar» entre los judíos significaba la autoridad de los rabinos para declarar lo que era lícito o ilícito. Aquí significa algo más que «declarar», pues las llaves no declaran que la puerta está abierta o cerrada, sino que abren y cierran. San Pedro es algo más que un rabino. Su oficio no es declarar de una manera especulativa la probabilidad de una opinión, sino que tiene derecho a enseñar y gobernar con autoridad, y sabe que lo que él haga lo dará «el cielo» por bien hecho. El cristiano que le desobedezca debe ser tenido por gentil y publicano» (Mateo XVIII, 17).

2. La noche que precedió a la Pasión dijo el Señor a Pedro: «Simón, Simón, he ahí que Satanás os ha pedido para zarandearos como trigo; pero yo he rogado por ti para que tu fe no perezca; y tú, una vez convertido, confirma en ella a tus hermanos» (Lucas XXII, 31-32). Satanás quiso probar a los apóstoles, y en especial a Pedro, como en otro tiempo había probado a Job; pero Jesucristo se adelantó al mal espíritu, rogando particularmente por Pedro para que siempre se mantuviese fiel y mantuviese también firmes a los demás. El protestante Bengel, comentando este pasaje, dice «La ruina de Pedro llevaba consigo la ruina de sus hermanos; por eso, al preservarle el Señor, los preservó a todos. Esto quiere decir que San Pedro es el primero de los apóstoles, y que de su estabilidad o caída depende la estabilidad o caída de los once.» Ni obsta para ello la triple negación que luego siguió, pues no negó la divinidad de Jesucristo, sino simplemente dijo que no le conocía. Además, esta negación le fue perdonada más tarde, y a orillas del lago Tiberíades le fue conferida oficialmente la autoridad suprema que aquí le promete. Simón, pues, es el que ha de confirmar en la fe a sus hermanos; es la seguridad de la Iglesia contra Satanás y los poderes del infierno; y la piedra firme sobre la cual Jesucristo edificará su Iglesia.

3. Luego que resucitó, el Señor confirió a Pedro la supremacía que le había prometido dos veces. Dijo el Señor: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Respondió Pedro: «Sí, Señor; Tú sabes que te amo.» Dícele Jesús: «Apacienta mis corderos.» Dícele de nuevo Jesús: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Respondió Pedro: «Sí, Señor; Tú sabes que te amo.» Dícele Jesús: «Apacienta mis corderos.» Dícele Jesús por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Se entristeció Pedro porque le había preguntado por tercera vez si le amaba, y respondió: «Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo.» Díjole Jesús: «Apacienta mis ovejas» (Juan, XXI, 15-17). El Concilio Vaticano define como artículo de fe que Jesucristo, al pronunciar estas palabras, «confirió a solo Pedro la jurisdicción de pastor supremo y cabeza de todo el rebaño». Esta triple pregunta le recuerda a Pedro la triple negación en que había caído por presumir demasiado de sí, y les hace ver a los apóstoles que el amor de Pedro era superior al suyo; por eso le confirió el Señor un oficio mayor. Pedro ya no se jacta del amor que profesa a su Maestro, contentándose únicamente con apelar a la omnisciencia del Señor en prueba de su realidad.

Vemos en este pasaje que Jesucristo es el Buen Pastor, dueño por herencia de todo el rebaño. Ahora que está en vísperas de dejar la tierra para subir a sentarse a la diestra de su Padre, deja a Pedro en su lugar con el poder supremo de enseñar, juzgar y gobernar el rebaño como lo había hecho El mismo. Hay otros muchos pasajes del Nuevo Testamento que nos hablan de la preeminencia de San Pedro. Apenas le vio Jesús, cambió su nombre en Pedro (piedra), indicando ya con ello el sublime oficio de fundamento de su Iglesia, que más tarde le había de conferir. Cuando se nombran los apóstoles, Pedro aparece siempre a la cabeza, y es considerado siempre como el jefe de todos (Marcos III, 16; Mateo XVII, 1, 23-26; XXVI, 37-40). Después de la resurrección, Pedro preside la elección de Matías; es el primero que predica el Evangelio, el primero que hace milagros, el que juzga a Ananías y Safira, el primero que declara la universalidad de la Iglesia, el primero en recibir a un pagano convertido y el que preside en el Concilio de Jerusalén, como puede verse en diversos pasajes de los Hechos de los Apóstoles (I, 22; II, 14; III, 6; V, 1-10; X; XV).





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