VACANTIS APOSTOLICAE SEDIS
DE TODO EL MUNDO ES ELEGIDO UN SOLO PEDRO
DEFINITIVO REMEDIO DE LA CRISIS TOTAL QUE AGITA AL MUNDO
DAL NOSTRO CUORE
PREGON FUNDAMENTAL DEL MOVIMIENTO “POR UN MUNDO MEJOR”
(10-II-1952)
1. Un grito de alarma: ¡a la acción!
Desde Nuestro corazón, amados hijos e hijas de Roma, os llega esta paternal exhortación: desde Nuestro corazón intranquilo, de una parte, por la prolongación de las peligrosas condiciones exteriores, que no logran permanente claridad; de otra, por una tibieza demasiado difundida que a muchos impide el emprender aquella vuelta a Cristo, a la Iglesia, a la vida cristiana, que tantas veces hemos señalado como definitivo remedio de la crisis total que agita al mundo. Pero la confianza de encontrar en vosotros el consuelo de la comprensión y la firme prontitud para la actuación, Nos ha movido a abrir Nuestra alma. Grito de alerta es el que hoy escucháis de los labios de vuestro Padre y Pastor; de Nos, que no podemos permanecer mudos e inertes ante un mundo que inconscientemente prosigue por aquellos caminos que conducen al abismo almas y cuerpos, buenos y malos, civilización y pueblos. El sentimiento de Nuestra responsabilidad ante Dios exige de Nos el intentarlo todo, el emprenderlo todo, para que al género humano le sea ahorrada desgracia tan grande.
2. En la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, progresiva renovación religiosa.
Para confiaros estas Nuestras angustias hemos escogido la festividad –que mañana se celebra– de la Virgen de Lourdes porque conmemora las prodigiosas apariciones que hace casi cien años, fueron, en aquel siglo de desbordamiento racionalista y de depresión religiosa, la respuesta misericordiosa de Dios y de su Madre celestial a la rebelión de los hombres, la irresistible llamada a lo sobrenatural, al primer paso para una progresiva renovación religiosa. Y ¿qué corazón de cristiano, por tibio y olvidadizo que fuera, podría resistir a la voz de María? No ciertamente los corazones de los Romanos; de vosotros que habéis heredado, transmitido durante largos siglos, junto con la fe de los Mártires, el filial afecto a María, invocada en sus venerables imágenes con los amorosos títulos, de lapidaria elocuencia, “Salus Pópuli Románi”, “Portus Románæ Securitátis” y con aquel otro más reciente de “Madre del Divino Amor”, todos los cuales son monumentos de la constante piedad mariana, y con mayor verdad aún, dulce sello de una historia de probadas intervenciones de la Virgen en las calamidades públicas, que hicieron temblar estos viejos muros de Roma, siempre salvada gracias a la protección de Ella.
3. Frente a los graves peligros, examina qué se debe hacer.
Mas no ignoráis que mucho más extendidos y graves de cuanto fueran las pestes y los cataclismos terrestres son los peligros que sin cesar se ciernen sobre la presente generación, bien que su permanente amenaza ha comenzado a hacer a los pueblos casi insensibles y apáticos. ¿Sería, tal vez, este el más infausto síntoma de la interminable pero no decreciente crisis que hace temblar a las mentes conscientes de la realidad? Renovado, por lo tanto, el acudir a la benignidad de Dios y a la misericordia de María, necesario es que todo fiel, todo hombre de buena voluntad, se torne a examinar, con una resolución digna de los grandes momentos de la historia humana, cuanto personalmente pueda y deba hacer, como contribución suya a la obra salvadora de Dios, para venir en socorro de un mundo, que hoy se halla camino de la ruina.
4. Después de la floración religiosa del Año Santo, sacudir el funesto letargo.
La persistencia de una situación general, que no dudamos en calificar de explosiva a cada instante y cuyo origen tiene que buscarse en la tibieza religiosa de tantos, en el bajo tono moral de la vida pública y privada, en la sistemática obra de intoxicación de las almas sencillas a las que se les propina el veneno después de haberles narcotizado –digámoslo así– el sentido de la verdadera libertad, no puede dejar a los buenos inmóviles en el mismo surco; contemplando con los brazos cruzados un porvenir arrollador.
El mismo Año Santo, que consigo trajo una prodigiosa floración de vida cristiana, abierta primero entre vosotros y luego en los rincones todos de la tierra, no ha de mirarse como un meteoro resplandeciente pero fugitivo, ni como un esfuerzo momentáneo ya cumplido, sino como el paso, primero y prometedor, hacia la completa restauración del espíritu evangélico que, además de arrancar millones de almas de la ruina eterna, es el único que puede asegurar la convivencia pacífica y la fecunda colaboración de los pueblos.
Y ahora ha llegado el tiempo, amados hijos. Ha llegado el tiempo de dar los otros pasos definitivos, es tiempo de sacudir el funesto letargo; es tiempo de que todos los buenos, todos los preocupados por los destinos del mundo se reconozcan y aprieten sus filas; es tiempo de repetir con el Apóstol: «Hora est jam nos de somno súrgere» (Rom. XIII, 11): ¡Ea, es hora de que nos despertemos del sueño, porque ahora está próxima nuestra salvación!
5. Un mundo entero que rehacer.
Es todo un mundo, que se ha de rehacer desde los cimientos, que es necesario transformar de selvático en humano, de humano en divino, es decir, según el corazón de Dios. Millones y millones de hombres claman por un cambio de ruta, y miran a la Iglesia de Cristo como fuerte y único timonel que, respetando la humana libertad, pueda ponerse a la cabeza de empresa tan grande, y le suplican la dirección de ella con palabras claras y más aún con las lágrimas ya derramadas, con las heridas todavía sangrantes, señalando los inmensos cementerios que el odio organizado y armado ha extendido sobre la faz de los continentes.
6. La responsabilidad del Papa y de Roma.
¿Cómo podríamos Nos, puestos por Dios, bien que indignos, luz en las tinieblas, sal de la tierra, Pastor de la grey cristiana, rechazar esa misión tan saludable? Como aceptamos, en un día ya lejano, porque a Dios así plugo, la pesada cruz del Pontificado, así Nos sometemos al arduo oficio de ser, en cuanto lo permiten nuestras débiles fuerzas, heraldos de un mundo mejor, querido por Dios, y cuya bandera deseamos entregar primero a vosotros, amados hijos de Roma, más vecinos a Nos y más particularmente confiados a nuestros cuidados; y por ello mismo, puesto está, también vosotros como luz sobre el candelabro, levadura entre los hermanos, ciudadela sobre el monte; a vosotros, de quienes con razón esperan los demás mayor valor y más generosa prontitud.
7. Exhortación a Roma a volver a sus realizaciones históricas de salvación.
Acoged con noble ímpetu de entrega, reconociéndola como llamada de Dios y digna razón de vida, la santa consigna que en el día de hoy os confía vuestro Pastor y Padre: Dar comienzo a un poderoso despertar en el pensamiento y en la actuación. Despertar, que obligue a todos, sin que nadie pueda evadirse al Clero y al pueblo, a las autoridades, a las familias, a los grupos, a cada una de las almas, en el frente de la renovación total de la vida cristiana, en la línea de la defensa de los valores morales, en la realización de la justicia social, en la reconstrucción del orden cristiano, de tal suerte que hasta el mismo esfuerzo de la Urbe, centro –desde los tiempos apostólicos– de la Iglesia, aparezca en breve tiempo resplandeciente en santidad y belleza.
La ciudad de Roma, sobre la cual cada edad ha impreso la huella de gloriosas actuaciones, convertidas luego en herencia del mundo entero, reciba de la actual generación, de los hombres que hoy la pueblan, la aureola de promotora de la salvación común en un tiempo en que fuerzas opuestas se disputan el mundo. Todo eso esperan de ella los pueblos cristianos, y, sobre todo, esperan de ella acción.
8. Acción y ya no discusión.
Este no es el momento de discutir, de buscar nuevos principios, de señalar nuevos ideales y metas. Los unos y los otros, ya conocidos y comprobados en su sustancia, porque han sido enseñados por el mismo Cristo, iluminados por la secular elaboración de la Iglesia, adaptados a las inmediatas circunstancias por los últimos Romanos Pontífices, tan solo esperan una cosa: la realización concreta.
¿De qué serviría el investigar las vías de Dios y del espíritu, si en la práctica se eligieran los caminos de la perdición y con docilidad se doblegase la espalda al flagelo de la carne? ¿De qué saber y decir que Dios es Padre y que los hombres son hermanos, cuando se temiese toda intervención de Aquel en la vida privada y pública? ¿De qué serviría el disputar sobre la justicia, sobre la caridad, sobre la paz, si la voluntad estuviese ya resuelta a rehuir la inmolación, el corazón determinado a encerrarse en glacial soledad, y si ninguno osase ser el primero en romper las barreras del odio separador, para correr a ofrecer un sincero abrazo? Todo esto no haría sino convertir en más culpables a los hijos de la luz, a los cuales les será menos perdonado, si han amado menos. No es con esa incoherencia e inercia como la Iglesia transformó en sus comienzos la faz del mundo, y se extendió rápidamente, y perduró bienhechora en el correr de sus siglos y conquistó la admiración y la confianza de los pueblos.
9. El principal enemigo es la indiferencia e inercia.
Quede bien claro, amados hijos que en la raíz de los males actuales y de sus funestas consecuencias no está, como en los tiempos precristianos o en las regiones aún paganas, la invencible ignorancia sobre los destinos eternos del hombre y sobre los verdaderos caminos para conseguirlos: sino el letargo del espíritu, la anemia de la voluntad, la frialdad de los corazones. Los hombres, inficionados por semejante peste, intentan, como justificación, el rodearse con las tinieblas antiguas y buscan una disculpa en nuevos y viejos errores. Necesario es, por lo tanto, actuar sobre sus voluntades.
10. Cómo proceder: conocer los males y atacarlos.
La acción a la que hoy llamamos a Pastores y fieles, sea reflejo de la de Dios: Sea iluminante y clarificadora, generosa y amable. A este fin, enfrentándoos con el estado concreto de vuestra y Nuestra ciudad, esforzaos por que estén bien comprobadas las necesidades, bien claras las metas, bien calculadas las fuerzas disponibles, de suerte tal que los presentes recursos iniciales no se presenten inútiles por ser ignorados, ni se les emplee desordenadamente, ni se les malgaste en actividades secundarias. Invítase a las almas de buena voluntad; ofrézcanse ellas mismas espontáneamente. Sea su ley la incondicional fidelidad a la persona de Jesucristo y a sus enseñanzas. Sea su oblación humilde y obediente; únase su trabajo como elemento activo a la grandiosa corriente que Dios moverá y conducirá por medio de sus ministros.
11. Primero Roma y después la humanidad entera: las clases de almas y la secular misión.
Para ello, invitamos a Nuestro Venerable Hermano, el Señor Cardenal Vicario, a que asuma su alta dirección, en la diócesis de Roma, de esta acción regeneradora y salvadora. Estamos seguros de que no faltarán, ni en número ni en calidad, los corazones generosos que acudirán a Nuestra llamada y que llevarán a la realidad este Nuestro deseo. Hay almas ardientes, que con ansia esperan ser convocadas; a su anhelo impaciente se les señale el vasto campo de roturar. Hay otras somnolientas, y será preciso despertarlas; pusilánimes otras, y será necesario animarlas; desorientadas otras y habrá que guiarlas. A todas se les requiere un prudente encuadramiento, un acertado empleo, un ritmo de trabajo que corresponda a la apremiante necesidad de defensa, de conquista, de positiva construcción. Así es como Roma revivirá en su secular misión de maestra espiritual de los pueblos, no solamente como lo fue y lo es, por la cátedra de verdad que Dios estableció en su centro, sino por el ejemplo de su pueblo, de nuevo ferviente en la fe, ejemplar en las costumbres, concorde en el cumplimiento de los deberes religiosos y civiles, y, si pluguiere al Señor, próspero y feliz. Esperamos de buen grado Nos que este potente despertar, al que hoy os invitamos, promovido sin tardanza y continuado tenazmente según el plan trazado, y que otros podrán ilustrar en sus detalles, será imitado muy presto por las diócesis vecinas y por las lejanas, de suerte que sea dado a Nuestros ojos el ver volverse a Cristo, no solo las ciudades, sino también las naciones, los continentes, la humanidad entera.
12. La mano en el arado.
Manos, pues, al arado: Os mueve Dios que así lo quiere, os atraiga la nobleza de la empresa, os estimule su urgencia; y que el justificado temor de tremendo porvenir que seguirá a una culpable inercia venza todo titubeo y vigorice todas las voluntades.
13. Oración y ayuda divina: el auxilio de María.
Os apoyarán las oraciones de los humildes y de los pequeños, a quienes van vuestras más tiernas preocupaciones, los dolores aceptados y ofrecidos de los que sufren. Fecundarán vuestros esfuerzos por el ejemplo, y la intercesión de los Mártires y de los Santos, que a este suelo hicieron sagrado. Bendecirá y multiplicará el feliz éxito, por el cual ardientemente oramos, la Virgen Santísima, la cual, si en todo tiempo estuvo pronta a extender su mano protectora sobre sus Romanos, no dudamos que querrá hacer sentir a estos hijos, que tan afectuosa piedad demostraron en su reciente glorificación, cuyo potente grito de hosana aún resuena bajo este cielo.
14. La Bendición Apostólica.
Os sirva, en fin, de consuelo y firmeza la paternal Bendición Apostólica que, con ilusión de corazón, impartimos a todos vosotros que Nos escucháis, a vuestras familias, a vuestras obras y a esta Ciudad Eterna, cuya fe, ya desde los tiempos del Apóstol, es anunciada en el universo mundo (Rom. I, 8), y cuya cristiana grandeza, faro de verdad, de amor y de paz se perpetúa constante a través de los siglos. Así sea.
NO SE DEBE CREER A QUIEN DICE SER DELEGADO SI NO PRUEBA SU DELEGACIÓN
Titulus XXIX .
De officio et potestate iudicis delegati.
Capítulo XXXI
Título: No se debe creer a quien dice ser delegado si no prueba su delegación. Emisor: El mismo Papa (Inocencio III) al Obispo de Bayeux.
"Además, has preguntado: cuando alguien te manda algo bajo esta forma: 'por la autoridad que ejerzo, te ordeno que denuncies a tal persona como sujeta a sentencia de excomunión', y tú dudas sobre el mandato apostólico porque nadie te ha dado fe (prueba) de dicho mandato, ¿estás obligado a ejecutar tal orden?
Sobre esto te damos esta respuesta: que a menos que estés seguro del mandato de la Sede Apostólica, no se te obligará a ejecutar lo que se te manda."
PARA DECLARAR EN SU NOMBRE AL CONGRESO DE CONSTANZA, CONCILIO GENERAL LEGÍTIMO
"...el cardenal supo que Segismundo se encontraba en igual disposición. Este monarca reconvenía a Gregorio que no fuera a Constanza, a donde debió ir para poner fin al cisma de la Iglesia. El Papa Gregorio XII respondió que no rehusaba reconocer el concilio, pero que no aprobaba un congreso reunido por Juan, que no era ni vicario de Jesucristo, ni sucesor de San Pedro.
Teniendo en cuenta estas disposiciones poco favorables, Gregorio que deseaba vivamente la paz de la Iglesia, escribió en 1415, una carta dando al cardenal de Ragusa, y a los demás de su obediencia, pleno poder para declarar en su nombre al congreso de Constanza, concilio general legítimo, pero no como reunido por Baltasar Coscia, y con el expresa condición de que este no presidiría ni asistiría al mismo."
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DE LA COMPLETA VALIDEZ CANÓNICA
DE LA ELECCIÓN DE URBANO VI
CONVOCADO POR EL PAPA
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EL PAPA GREGORIO XII CONVOCÓ ENTONCES CANÓNICAMENTE EL CONCILIO
RELACIONADO
CONVOCADO POR EL PAPA
DE LA COMPLETA VALIDEZ CANÓNICA
DE LA ELECCIÓN DE URBANO VI
CANÓNICAMENTE, PUES, URBANO VI FUE PAPA LEGÍTIMO Y CLEMENTE VII, ANTIPAPA
DE LA COMPLETA VALIDEZ CANÓNICA
DE LA ELECCIÓN DE URBANO VI
CONVOCADO POR EL PAPA
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CRÍTICA AL AXIOMA «PAPA DUBIUS, PAPA NULLUS» EN EL GRAN CISMA DE OCCIDENTE
Pues si se juzgara increíble aquel dicho: Papa dubius, Papa nullus (Papa dudoso, Papa nulo), especialmente en aquel prolongado cisma en el que se dice que la Iglesia careció de un verdadero Pontífice durante más de treinta años (desde la elección de Urbano VI hasta la de Martín V), y que todas las elecciones fueron ilegítimas, esto parecería absurdo y casi imposible. Pues si, por ejemplo, la elección de Urbano VI se creyera nula, la subsiguiente elección de Clemente VII, su rival, no podría decirse ilegítima por otra causa sino porque la elección legítima y ratificada de Urbano debía ser válida.
CONVOCADO POR EL PAPA
DE LA COMPLETA VALIDEZ CANÓNICA
DE LA ELECCIÓN DE URBANO VI
EL ACTO DE GREGORIO XII DIO AL CONCILIO INDUDABLE LEGALIDAD
RELACIONADO
DE LA COMPLETA VALIDEZ CANÓNICA
DE LA ELECCIÓN DE URBANO VI
CONVOCADO POR EL PAPA
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EXHIBICIÓN DEL RESCRIPTO PONTIFICIO
AL PUEBLO DE RUMANÍA BAJO PERSECUCIÓN DEL RÉGIMEN COMUNISTA
EPÍSTOLA APOSTÓLICA
A LOS VENERABLES HERMANOS Y DILECTOS HIJOS, OBISPOS, CLERO Y PUEBLO DE RUMANIA QUE TIENEN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA.
PIO PP. XII
VENERABLES HERMANOS Y DILECTOS HIJOS, SALUD Y BENDICIÓN APOSTÓLICA
"Haciendo la verdad en la caridad" (Efesios 4, 15), al considerar las tristísimas condiciones en las que se encuentra la Iglesia Católica entre vosotros, no podemos contenernos de alabar vuestra fortaleza cristiana, de la cual dais un ejemplo preclaro, y de lamentar con ánimo doliente que los sagrados derechos de la religión católica hayan sido atacados y, especialmente, que su debida libertad haya sido reducida a un gravísimo peligro. Por lo cual, la voluntad paterna exige que a todos vosotros, cuantos Hermanos e hijos tenemos en Cristo, y a vosotros especialmente nos unamos, para impartiros aquellos consuelos que en las presentes angustias podemos; a saber, que por medio de esta carta os hablemos como si estuviéramos presentes, y os aseguremos que Nosotros participamos de vuestras aflicciones y amarguras, y elevamos ante Dios, Padre de las misericordias, Nuestras oraciones por vosotros, a las cuales se unen ciertamente las súplicas de todo el mundo católico.
La conciencia del oficio apostólico que desempeñamos postula que alcemos Nuestra voz defendiendo la causa de Dios y de la Iglesia: "pues nada podemos contra la verdad, sino por la verdad" (2 Cor. 13, 8). Ciertamente, Nos son conocidas las cosas que hasta ahora habéis tolerado: sabemos que ya no tenéis entre vosotros Pastores sagrados que puedan gobernar libremente sus Diócesis, moderar a sus sacerdotes y transmitir a los fieles laicos los preceptos y normas oportunos. Pues todos ellos han sido perturbados y alejados de sus sedes, o arrojados a la cárcel, o relegados lejos de sus rebaños. De donde ocurre aquello que, con lamentable detrimento, sucede: "Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño" (Mateo 26, 31).
Sabemos además que la Iglesia de Rito Oriental, que tanto florece entre vosotros por el número de católicos y por su virtud, es considerada por ley pública como eliminada, y sus edificios e instituciones sagradas han sido destinados a otros fines, como si se tratara de los deseos de los mismos católicos; que muchísimas congregaciones religiosas de hombres y mujeres han sido disueltas, y las escuelas de letras y disciplinas, en las cuales los adolescentes eran iluminados por la luz de la sabiduría humana y cristiana, han sido prohibidas como peligrosas para la cosa pública y encomendadas a otros; no pocos sacerdotes, por el hecho de que mantenían con la Sede Apostólica una unión estrechísima, por no querer de ningún modo relajar su constancia cristiana, manchar su conciencia o traicionar su deber, fueron deportados a regiones desconocidas, o forzados a trabajos en las minas, o finalmente arrojados a la cárcel, donde llevan una vida miserable, pero gloriosa ante los ojos de Dios y de los hombres buenos.
A esto se añade que, en tal inundación de libros y revistas, no se permite a los católicos facultad alguna de elevar su voz en escritos; para que la verdad no resplandezca y los derechos de la Iglesia no sean repuestos en su luz y seguridad según las fuerzas.
Fácilmente, pues, la misma Iglesia Católica es descrita y representada como si fuera hostil e enemiga de la cosa pública. Pero a todos es totalmente manifiesto que aquellos que siguen rectamente los preceptos cristianos y los llevan a la práctica de la vida, no ceden ante nadie en amor a la patria, en observar la potestad civil y en obedecer las normas editadas, siempre que estas no manden algo que repugne a las leyes naturales, divinas o eclesiásticas. Por lo cual, Venerables Hermanos y dilectos hijos, sois vejados por persecuciones y todo género de amarguras precisamente porque defendéis la fe arraigada en vuestras almas católicas; lo cual no se convierte en deshonor o infamia, sino en gloria.
Aparecéis ante Nosotros como hombres de corazón, cuantos pueden conocer la verdad y proferir libremente su voz, como para renovar los fastos de la Iglesia primitiva; y tanto más os llevamos en Nuestro ánimo, que os amamos con peculiarísima caridad, los que "sufrís persecución por causa de la justicia" (Mateo 5, 10). Deseamos besar vuestros vínculos, vosotros que estáis injustamente detenidos en cárceles por la religión de vuestros antepasados, por las instituciones sagradas debilitadas, por la eterna salvación de vuestros pueblos puesta en peligro; lloráis y desfallecéis, más por la libertad perdida de cada uno que por sus propios tormentos. ¡Convertid los ojos, los ánimos, la confianza al Cielo! Recordad, Venerables Hermanos y dilectos hijos, que allí se os reserva el premio, a saber, el esplendor de la bienaventuranza que no conoce el ocaso; recordad a todos los católicos que con Nosotros, Padre común, elevan oraciones encendidas a Dios en todas partes de la tierra, para que Él mismo, benigno, madure el fin de los dolores y angustias; y conceda paz a las almas, paz a los pueblos, paz a todas las Naciones. Esa paz, decimos, que proteja en seguridad los derechos de la religión santísima, que defienda la dignidad y libertad de la conciencia de cada uno, que una a todas las gentes, sin distinción de injusticia, entre sí por un pacto amigo. Deseamos esta paz, y hace tiempo que hablando, persuadiendo y obrando la recomendamos; no aquella en la que la Iglesia sea reducida a la servidumbre, cuando la vemos oprimida o cuando, eliminada la religión, los fundamentos de la misma cosa pública flaquean y los ciudadanos no pueden alcanzar la prosperidad y la felicidad de su nombre.
Ya en los anales de vuestra patria brillan preclaros ejemplos de fe cristiana, constancia y fortaleza. Desde tiempos antiquísimos se tiene por memoria transmitida que hubo mártires en Durostorum, Axiopolis y Tomis, que derramaron su sangre por el nombre de Cristo. Y aunque nada más de su vida conocemos excepto su martirio, eso sin embargo, puesto que consta con seguridad, habla suficientemente (A.A.S. 1937, p. 421). De estos mártires sois en cierto modo hijos; y por tanto: "hermanos míos amados, estad firmes e inmóviles; abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro trabajo no es en vano en el Señor" (1 Cor. 15, 58).
Y así como vuestra tierra fue ya purpurada por la sangre de los santos mártires, así fue regada por el sudor apostólico. En aquellos que, no escatimando labores, introdujeron entre vosotros el nombre cristiano y el culto de la sabiduría humana y divina, resplandece con luz peculiar San Nicetas, Obispo de Remesiana, quien, a finales del siglo cuarto y principios del quinto, existió como infatigable apóstol de este pueblo. Por él vuestros mayores aprendieron a "hacer resonar a Cristo con corazón romano, y a vivir la plácida paz de los castos" (S. Paulino Nol. carmen XVII). Y no solo ilustró vuestros antepasados con los preceptos del Evangelio y la virtud cristiana, sino que dejó también a la posteridad documentos de doctrina eximia, pues "compuso con sermón simple y nítido" escritos de no mediocre peso (cf. Genadio, De viris illus. c. 22).
Y si en el transcurso del tiempo, por gravísimas circunstancias de las cosas, el acceso de vuestra gente a esta Sede Apostólica fue casi cerrado, nunca sin embargo la fe católica se extinguió entre vosotros; por el contrario, apenas pudo, comenzó a revivir de nuevo, respondiendo fielmente a las voces de la edad antiquísima. A vosotros hoy pertenece, Venerables Hermanos y dilectos hijos, escuchar esta misma voz, imitar estos mismos ejemplos. Dificultades, impedimentos, peligros ciertamente no os faltan; y no faltaron a vuestros mayores, que los superaron con ánimo fuerte.
Proseguid, pues, como hacéis, tolerando con invicta firmeza de ánimo las persecuciones, angustias y amarguras; proseguid sufriendo el exilio, la cárcel, la pérdida de todas las cosas, antes que jurar contra vuestra fe y romper o relajar la estrechísima unión con esta Sede de los Príncipes de los Apóstoles. Tened por cierto el auxilio de la ayuda divina, que nunca os faltará ante vuestras súplicas.
Confiamos en que estos Nuestros exhortos, estos testimonios de Nuestra flagrantísima caridad, puedan llegar a vuestra noticia y que de ellos recibáis todos un consuelo saludable y celestial; de modo que con aquella fortaleza indómita que soléis, os esforcéis por resistir y avanzar. Es fácil ver que se trata de la causa de Dios, de la Iglesia y de las almas; por tanto, nunca se debe ceder en el ánimo; nunca se deben descuidar aquellas cosas que la conciencia cristiana impera y que los preceptos divinos mandan, sino que deben ser servidas con suma constancia, alacridad e infatigabilidad, e incolumes en todo tiempo, para ser llevadas a efecto según las fuerzas. Estarán ciertamente con vosotros en una protección y patrocinio validísimo aquellos Santos Celestes de los que se gloría vuestra Patria; estará en primer lugar desde el Cielo la Virgen Madre de Dios María, a quien veneráis con encendida piedad, la cual os impetrará de su Unigénito auxilios celestiales que tanto necesitáis en tan grave peligro; estarán finalmente, unidas a Nuestras oraciones, las de todo el mundo católico, las cuales, hechas con intención, implorarán al Padre de las misericordias que os conceda lo que para todos está en los votos: la libre facultad de profesar privada y públicamente vuestra religión, sus instituciones, normas y preceptos, manteniéndolos intactos.
Que os concilie esto el auspicio de las gracias celestiales y el testimonio de Nuestra voluntad paterna, la Bendición Apostólica que a todos vosotros en particular, Venerables Hermanos y dilectos hijos, amantísimamente en el Señor impartimos.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 27 del mes de marzo, del año 1952, decimocuarto de Nuestro Pontificado.
PIUS PP. XII
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¿QUIÉN LOS HA ENVIADO? NADIE, SON LADRONES QUE NO HAN ENTRADO POR LA PUERTA DEL REDIL
- ¿QUÉ PAPA HA ELEGIDO A LOS CANDIDATOS SEDEVACANTISTAS AL EPISCOPADO?NINGUNO.
- ¿QUÉ PAPA HA ACREDITADO LA CAPACIDAD AL EPISCOPADO DEL CANDIDATO SEDEVACANTISTA?NINGUNO.
- ¿QUÉ PAPA HA CONSAGRADO AL EPISCOPADO A LOS CANDIDATOS SEDEVACANTISTAS?NINGUNO.
- ¿QUÉ PAPA HA CONFIRMADO A LOS FALSOS OBISPOS SEDEVACANTISTAS?NINGUNO.
- ¿QUÉ PAPA HA TRANSMITIDO LA JURISDICCIÓN ORDINARIA A LOS FALSOS OBISPOS SEDEVACANTISTAS?NINGUNO.
- ¿QUÉ PAPA HA TRANSMITIDO LA APOSTOLICIDAD A LOS FALSOS OBISPOS SEDEVACANTISTAS?NINGUNO.
- ¿QUÉ PAPA HA ENVIADO A LOS SEDEVACANTISTAS?NINGUNO.
- ¿QUÉ PAPA HA DADO PERMISO A LOS SEDEVACANTISTAS, EN LA VIUDEDAD DE LA SANTA MADRE IGLESIA, CON LA SEDE APOSTÓLICA VACANTE, DE CAMBIAR LA DISCIPLINA Y LEYES A SU ARBITRIO, Y DE USURPAR LOS PODERES Y JURISDICCIÓN DEL PAPA, SI ESTÁ EXPRESAMENTE CONDENADO BAJO INVALIDEZ EN UNA CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA EX CÁTEDRA, LA CONSTITUCIÓN VACANTIS APOSTOLICAE SEDIS?NINGUNO.
- ¿A QUÉ PAPA ESTÁN SOMETIDOS LOS "OBISPOS" SEDEVACANTISTAS SI ESTÁN EN DESOBEDIENCIA CONTUMAZ A LOS MANDATOS Y AUTORIDAD DE S.S.PÍO XII?A NINGUNO, SE SOMETEN AL NON SERVIAM DISFRAZADOS DE FALSA TRADICIÓN Y FALSA PIEDAD.
Canon 147
p.1 Un oficio eclesiástico no puede obtenerse válidamente sin atribución canónica
p.2 Por 'disposición canónica' se entiende la concesión de un oficio eclesiástico, hecha por la autoridad eclesiástica competente, de acuerdo con las reglas del santo cánones.
(Charitas, Cum pro pastorali, Acerbissimum, Etsi multa, Quod nunquam, etc)
Canon 953
(Super Soliditate, Alias, In postrem, Trans Oceanum, Mystici Corporis Christi, Ad Sinarum Gentem, Apostolorum Principis Sepulcrum.)
Canon 2370
El obispo que consagra a otro obispo sin mandato apostólico, contrariamente al can. 953 , sus asistentes, obispos o sacerdotes, y el obispo consagrado quedan automáticamente suspendidos hasta que la Sede Apostólica los haya dispensado.
(Alias, Charitas)
Canon 2372
Un suspenso 'a divinis' reservado a la Sede Apostólica, golpea así a quienes tienen la presunción de recibir las órdenes de un ministro excomulgado, suspendido o prohibido después de una sentencia declaratoria o condenatoria, o de un notorio apóstata, hereje o cismático. Los que hayan sido ordenados de buena fe por uno de ellos quedan privados del ejercicio del orden así recibido, hasta que estén exentos de esta prescripción.
(Etsi pastoralis, Apostolicae Sedis)
§2. El Romano Pontífice nombra libremente a los obispos.
(Liber Extra, Liber Sextus, Concilio de Trento, In postremo, Multiplices inter, Acerbissimum, Nunquam fore, Syllabus, Levate,Sapienti consilio)
Canon 331
p.3 El juicio de idoneidad de un candidato (episcopal) está reservado únicamente a la Sede Apostólica.
(Duplicem)
Canon188
4) Si un clérigo se ha apartado públicamente de la fe católica ".
(Cum ex apostolatus officio)
https://pioxiivacantisapostolicaesedis.blogspot.com/search/label/Neo%20Jansenistas
QUE ESTA VERDAD ESTUVIERA ENVUELTA EN DUDAS NO LA HACÍA MENOS VERDAD
The Question-Box Answers
1903
¿Qué ocurrió con la sucesión papal en la época del Gran Cisma de Occidente (1378-1417 d.C.)?
¿No hubo en un momento dado tres hombres, cada uno afirmando ser el verdadero Papa?
¿Cómo pueden afirmar que su Iglesia fue siempre una, cuando durante cuarenta años fue destruida por el Cisma de Occidente?
La línea papal no se rompió de ninguna manera por el Gran Cisma de Occidente, pues siempre hubo un Papa verdadero; históricamente parece más probable que Urbano VI fuera el Papa validamente elegido el 9 de abril de 1378. Así lo consideran, tras un cuidadoso estudio, muchos historiadores católicos (Hefele, Papencordt, Hergenrother, Heinrich) y no católicos (Ueo, Hinschius, Siebe-king, Lindner, Gregorovius, Erler; cf. Pastor, "Historia de los Papas", vol. i. p. 102). En ese caso, sus sucesores durante el cisma, Bonifacio IX, Inocencio VII y Gregorio XII, formaron la línea directa de Papas legítimos, y los otros —Clemente VII, Benedicto XIII, Alejandro V y Juan XXIII— fueron simplemente antipapas.
Debemos recordar, también, “que el cisma no fue un cisma en el sentido ordinario del término. Porque por cisma se entiende ordinariamente el retiro de la obediencia a aquel que se sabe que es el Pontífice Romano incuestionablemente legítimo. Es muy posible y probable que los autores del daño, a quienes no podemos sino identificar con los cardenales que se alejaron de Urbano después de haberlo elegido, fueran cismáticos en el sentido estricto. Pero el nombre no es verdaderamente aplicable a la gran cantidad de prelados y pueblo cristiano que, entre tantos testimonios contradictorios, fueron totalmente incapaces de descubrir quién era el verdadero Pontífice. Ellos no eran cismáticos, porque reconocían la autoridad papal, hacían lo posible por descubrir quién era su verdadero titular vivo y estaban preparados para someterse de inmediato una vez que se hiciera el descubrimiento".
"Hubo, además, un Papa verdadero todo el tiempo; pues el hecho de que esta verdad estuviera envuelta en dudas no la hacía menos verdad; y este verdadero Papa era una verdadera fuente de autoridad y un verdadero centro de unidad para todo el mundo" (Rev. Sydney Smith, S.J., "El Gran Cisma de Occidente", publicaciones de la Catholic Truth Society). La sucesión al trono de Inglaterra no se interrumpió porque en varias épocas surgieran pretendientes para reclamarlo.
En 1876 hubo dudas considerables respecto a la validez de la elección del presidente Hayes. Supongamos que surgiera una guerra civil sobre el asunto entre demócratas y republicanos. Ambas partes estarían de acuerdo en que hay un solo presidente; la única cuestión sería cuál es el legítimo. Lo mismo ocurrió con el Papa y los antipapas en el siglo XV. Todos los católicos de la época creían firmemente que solo había un Papa; la única duda era cuál era el legítimo.
Los católicos, por supuesto, reconocen que este cisma causó un gran daño a las almas y debilitó en los corazones de muchos la verdadera reverencia por el poder papal, que siempre ha sido la marca del cristianismo auténtico. En cierta medida, preparó el camino para el cisma del siglo XVI, por el cual muchos perdieron para sí mismos y para sus descendientes el evangelio puro de Cristo.
Aun así, la verdadera sucesión continuó a través de Martín V, la elección del Concilio de Constanza, y continúa hasta el día de hoy inalterada —una prueba para todo seguidor fiel de Cristo del carácter sobrenatural de la barca de Pedro, que ha capeado muchas tormentas por el poder de Cristo, el Hijo de Dios—. (Alzog, vol. ii. p. 845, et seq; Pastor, "Historia de los Papas", vol. i.; Smith, publicaciones de la Catholic Truth Society; American Catholic Quarterly, d.C. 1891, p. 67).
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