Esta atención permanente a la dignidad inherente a toda persona humana encuentra eco en su lema nacional. La libertad, la igualdad y la fraternidad no son simples palabras grabadas en los frontones de sus edificios públicos, sino que remiten a exigencias éticas universales que encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y plenitud.
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- 1789: La Revolución francesa proclama la libertad y la igualdad como principios fundamentales.
- 1790: Robespierre propone inscribir «Libertad, Igualdad, Fraternidad» en los uniformes y banderas de la Guardia Nacional. La propuesta no se aprueba.
- 1792-93: Se populariza la forma: «Libertad, Igualdad, Fraternidad o la Muerte» «Liberté, Égalité, Fraternité, ou la mort».
- 1848: La Segunda República, mediante la revolución, adopta oficialmente el lema y lo incorpora a su Constitución.
- 1880: Se consolida bajo la Tercera República y se inscribe en los edificios públicos.
- 1958: La Constitución de la Quinta República lo establece en su artículo 2 como lema de la República francesa.
En Notre charge apostolique San Pío X refuta el ideal del filosofismo realizado por la célebre trilogía:
libertad, igualdad, fraternidad.
Tales fueron ayer las doctrinas de los pseudofilósofos del siglo XVIII, las de la revolución y las del liberalismo, tantas veces condenadas; y tales son todavía hoy las teorías de Le Sillon, las cuales, bajo sus apariencias brillantes y generosas, carecen con frecuencia de claridad, de lógica y de verdad, y, desde este punto de vista, no arrancan ciertamente del espíritu católico y francés.
DE 1789
Se propone otra enmienda, la de decir, opiniones, incluso religiosas. Esta enmienda es apoyada.
LA ASAMBLEA NACIONAL, queriendo establecer la Constitución francesa sobre los principios que acaba de reconocer y declarar....
La Constitución garantiza igualmente, como derechos naturales y civiles:
La libertad de todo hombre de ir, permanecer y partir, sin poder ser arrestado ni detenido, sino según las formas determinadas por la Constitución;
- La libertad de todo hombre de hablar, escribir, imprimir y publicar sus pensamientos, sin que los escritos puedan ser sometidos a ninguna censura ni inspección antes de su publicación, y de ejercer el culto religioso al que está adscrito;
La libertad de los ciudadanos de reunirse pacíficamente y sin armas, cumpliendo con las leyes de policía;
La libertad de dirigir a las autoridades constituidas peticiones firmadas individualmente.
Y LA CONSTITUCIÓN DE 1791,
QUE BENDICE EL JAMÁS PAPA, PREVOST
QUOD ALIQUANTUM
Pero, ¿qué mayor necedad puede imaginarse que considerar a todos los hombres iguales y libres de tal modo que nada se conceda a la razón, de la cual principalmente el hombre ha sido dotado por la naturaleza y por la cual se distingue de las bestias?
Cuando Dios creó al primer hombre y lo colocó en el Paraíso terrenal, ¿no le impuso al mismo tiempo la pena de muerte si probaba los frutos del árbol de la ciencia del bien y del mal? ¿Acaso no puso con este primer precepto un freno a la libertad? Y después de que el hombre, con su desobediencia, se había hecho culpable, ¿no añadió Dios muchos otros preceptos, que fueron promulgados por Moisés? «Aunque él había dejado al hombre en poder de sus propias decisiones, para que luego pudiera merecer premio o castigo, no obstante, le añadió leyes y mandamientos, para que, queriendo fielmente observarlos, le valieran para su salud».
"QUANTA CURA"
Ahora bien: al sostener estas afirmaciones temerarias, no piensan, ni consideran, que proclaman la libertad de la perdición**; y que si se permite siempre la plena manifestación de las opiniones humanas, nunca faltarán hombres, que se atrevan a resistir a la verdad, y a poner su confianza en la verbosidad de la sabiduría humana; vanidad en extremo perjudicial, y que la fe y la sabiduría cristiana deben evitar cuidadosamente, con arreglo a la enseñanza de Nuestro Señor Jesucristo...
Cuestionad vuestros recuerdos. Sin el Papa, el mundo volverá a ser como era en Francia en 1795: Robespierre en la Convención, Fouquier-Tinville en el tribunal; Simon con su instrumento en la Place de la Révolution, Carrier en Nantes, Venus en Notre-Dame, la Bastilla por todas partes. A pesar de todos los certificados de probidad, honor y filantropía que nos gusta expedir en nuestro tiempo, no debemos jurar nada, excepto una cosa: sin el Papa no hay cristianismo. Y, sin el cristianismo, todo lo que se veía antes del cristianismo, todo lo que todavía se ve fuera del cristianismo, se puede volver a ver.
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