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VACANTIS APOSTOLICAE SEDIS
SAN PEDRO Y SAN PABLO
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EN EL CISMA DE OCCIDENTE UNO DE LOS CONTENDIENTES FUE EL VERDADERO PAPA, AUNQUE SE IGNORASE QUIÉN ERA Y NADIE ESTABA POR ENCIMA DE ÉL
Tractatus de papa, ubi et de concilio oecumenico II
1869
CAPÍTULO IV DEL CASO DEL PAPA DUDOSO, O DE VARIOS CONTENDIENTES AL PAPADO SIN QUE SE PUEDA SABER QUIÉN ES LEGÍTIMO. NI POR ESTE CASO EL PAPA ESTÁ SUJETO AL CONCILIO.
§ 1. — Se determina el estado de la cuestión, o en qué consiste precisamente la dificultad.
I. El cisma que proviene de que dos o más contienden por el Papado y dividen a la Iglesia en partes, puede ser de dos especies. O bien, mediante un examen adecuado, se descubre quién tuvo la elección legítima; o bien, tras una diligente y exhaustiva investigación, sigue siendo oscuro e incierto cuál de los contendientes fue elegido legítimamente. Los cismas de la primera especie han ocurrido muchas veces también en épocas antiguas. En estos casos, los obispos realizaban un examen de las circunstancias de la elección; y, una vez adquirida la certeza de quién fue legítimamente elegido y reconocido como el verdadero Papa, los demás eran rechazados como intrusos o invasores; así se eliminaban todos los cismas de esa clase. Esto consta, por ejemplo, por los hechos ocurridos durante el cisma contra San Cornelio en tiempos de San Cipriano; y también en aquel que durante los tiempos de San Bernardo estalló contra Inocencio II y Alejandro III. Los concilios, en efecto, reunidos entonces no pretendieron otra cosa, ni se atribuyeron otra cosa, que descubrir a los verdaderos Pontífices entre los dudosos, y reconocerlos y proclamarlos una vez que ya fueran conocidos con certeza como legítimos. Pero nunca, antes del siglo decimoquinto, se pensó en utilizar la autoridad de un concilio general para deponer a todos los contendientes al mismo tiempo, y por lo tanto, incluso a aquel que era el verdadero Pontífice, aunque todavía no fuera conocido con certeza. — De la última especie de caso, que es el único que agita a la Iglesia. En la época, ciertamente, de los sínodos de Pisa y Constanza, dos primero, y luego tres, se comportaron como Pontífices. Y después de muchísimas investigaciones y largos intentos para descubrir al verdadero Papa, debido a dificultades inextricables de hecho y de derecho, permaneció incierto quién entre los contendientes era el legítimo Pontífice. Esto nunca había ocurrido en anteriores cismas; puesto que en ellos, tras un examen adecuado, se llegaba a un conocimiento cierto del verdadero Papa. Pero aquí la cuestión se plantea únicamente sobre el caso de la última especie; es decir, sobre el caso en que, después de todas las investigaciones de los obispos católicos, no se puede descubrir, es más, ni siquiera queda esperanza de descubrir, quién es el verdadero Papa. En tal caso se pregunta: ¿compete al concilio general el derecho de deponer a cada uno de los contendientes, aunque entre ellos haya uno que sea el verdadero y legítimamente elegido Pontífice? La dificultad, sin embargo, radica en que aquí y ahora hay un verdadero Papa, que por tanto ocupa el primado y es superior a todos, y no puede estar sujeto a ninguna autoridad en la tierra; por otro lado, si no se somete a la jurisdicción del concilio general en dicho caso, parece que no queda ningún medio para acabar con el cisma.
II. Muchos doctores católicos, y entre ellos algunos célebres defensores de la autoridad pontificia, pensaron que no hay realmente otro remedio para tan gran mal, a menos que se atribuya al sínodo general un derecho coactivo incluso sobre el verdadero Pontífice. Pero no admitieron tal derecho excepto en este único caso, en el que ya no queda ninguna esperanza de descubrir con certeza quién es el verdadero Pontífice entre los contendientes.
III. Otros doctores católicos opinaron que, en dicho caso, ninguno de los contendientes era el verdadero y legítimo Papa, según aquel adagio que consideraban verdadero: Papa dubius, Papa nullus (Papa dudoso es Papa nulo). Pues si esta fuera la opinión, toda dificultad desaparecería. Porque entonces correspondería ciertamente al sínodo general autoridad sobre todos y cada uno de los contendientes al papado, pero no sobre el verdadero y legítimo Pontífice; ya que aquí y ahora no existiría ningún Papa legítimo, y la Sede Apostólica estaría verdaderamente vacante.
Pero muchos rechazan dicha opinión. Dicen que apenas se puede creer que la Iglesia haya carecido de un verdadero Pontífice durante los treinta años y más que duró el mencionado cisma, desde la elección de Urbano VI hasta la elección de Martín V. Es más, añaden que esto parece casi imposible. Pues, afirman, si la elección de Urbano VI fue nula, la subsiguiente elección de Clemente VII debería decirse válida, puesto que no pudo ser nula por otra causa que la de que Urbano VI no hubiera sido legítimamente promovido. Puesto que, por tanto, este adagio Papa dubius, Papa nullus no es cierto, sino a lo sumo una opinión probable, para resolver las dificultades respecto a la hipótesis opuesta, igualmente probable o incluso mucho más probable, por la cual se supone que uno de los contendientes es aquí y ahora el verdadero Papa, aunque se ignore quién sea.
IV. Omitida la opinión que se apoya en el adagio Papa dubius, Papa nullus, según el cual toda dificultad desaparece, nuestra presente disertación, para convencer a los adversarios que aquí se impugnan, debe restringirse totalmente a la hipótesis opuesta, la cual ellos tienen por cierto que, de entre los Pontífices dudosos, uno es el verdadero Papa. Por tanto, en los siguientes párrafos, suponiendo con nuestros adversarios que uno de los dudosos Pontífices es el verdadero y legítimo Papa, probamos que tal Papa no está en modo alguno sujeto a la jurisdicción del concilio general, y por tanto, que de este caso no se puede deducir la autoridad del concilio sobre el Romano Pontífice.
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Pero el que es legítimamente elegido, por el hecho mismo, no por la Iglesia, sino por Cristo, es constituido verdadero Pontífice, y no se requiere ni se espera el «suficiente consenso» de la Iglesia como condición para que sea verdadero Pontífice; sino que el «suficiente consenso» se sigue con certeza por la oración y la promesa de Cristo para la unidad de su Iglesia según el debido deber de obediencia, porque él es verdadero Pontífice. Además, es evidente que en Constanza, respecto al modo de elección y respecto a los mismos legítimos electores, muchas cosas fueron establecidas y hechas que estaban más allá y contra las leyes establecidas por la suprema potestad de los Romanos Pontífices, Alejandro III, Gregorio X, Clemente V.
Pero tal mutación y suspensión de las leyes de la suprema potestad no pudo hacerse sino por la misma suprema potestad del Romano Pontífice, como se sigue de la misma relación divinamente constituida de sujeción de toda la Iglesia bajo la potestad del supremo Pastor; y hemos visto que incluso Suárez confiesa: «puesto que ninguna potestad inferior puede cambiar lo que ha sido constituido por el superior, y porque el primado fue dado solo a Pedro para él y sus sucesores, corresponde solo a él prescribir el modo de su elección y sucesión»
Ahora bien, si en aquel tiempo no había ningún verdadero Pontífice, porque (como dicen estos teólogos) no había ninguno indudable y cierto, manifiestamente el acto de la congregación de Constanza habría sido contra el modo de elección prescrito por la suprema potestad de los Sumos Pontífices. Y el modo de elección prescrito no fue cambiado solo por el hecho de ser extendido a otros electores más allá de los Cardenales, también a otros Obispos y simples presbíteros, que ni siquiera pertenecían al Clero Romano; pero las dificultades existían porque los mismos Cardenales, tomados de las tres obediencias, que no veo que hayan sido resueltas por esos teólogos, ni siquiera conmemoradas, ni cómo podrían resolverse en su hipótesis, es evidente. Pues si durante casi cuarenta años (desde el 27 de marzo de 1378, en que murió Gregorio XI, hasta la elección de Martín V el 11 de noviembre de 1417) no se dice que nadie fue verdadero Pontífice, ¿qué Cardenales podían ser considerados legítimos, pues fueron creados por esos pseudopontífices, que sin embargo, aunque asumidos de diversas obediencias y de papas contrarios entre sí en los Concilios de Pisa y Constanza, se reconocían como legítimos, y a los mismos pontífices contradictorios, por quienes fueron creados, reclamaban todos sus derechos? Más aún, si la elección de Urbano VI (8 de abril de 1378) era inválida, ¿cómo no era válida la otra de Clemente VII (20 de septiembre de 1378)...
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Pues si se juzgara increíble aquel dicho: Papa dubius, Papa nullus (Papa dudoso, Papa nulo), especialmente en aquel prolongado cisma en el que se dice que la Iglesia careció de un verdadero Pontífice durante más de treinta años (desde la elección de Urbano VI hasta la de Martín V), y que todas las elecciones fueron ilegítimas, esto parecería absurdo y casi imposible. Pues si, por ejemplo, la elección de Urbano VI se creyera nula, la subsiguiente elección de Clemente VII, su rival, no podría decirse ilegítima por otra causa sino porque la elección legítima y ratificada de Urbano debía ser válida.
Un Papa canónicamente elegido no puede ser depuesto; en efecto, no hay en la tierra ninguna autoridad superior a la suya. Los autores se preguntan aquí qué se debe pensar de la posibilidad de deponer a un Papa dudoso o herético. Primero: ¿puede un concilio deponer a un Papa dudoso? No, porque si este Papa dudoso es en realidad Papa, es superior al concilio y su deposición es nula; un Papa dudoso puede, a lo sumo, renunciar al Soberano Pontificado. «Al juzgar con calma, dice Phillips, los decretos y todo el conjunto de los hechos que ocurrieron en Constanza, se deduce que incluso para el caso de cisma y de incertidumbre sobre la persona del Papa, el resto del episcopado no es de ningún modo competente para pronunciar un decreto de deposición. La proposición Papa dubius, Papa nullus es falsa.» (Du droit eccl. t. I, p. 174. Cf. id. Eléments de droit canonique, p. 780). — Bouix califica de manera muy severa la opinión de quienes creen que en este caso un concilio puede deponer al Papa. (De Papa, t. II, p. 673).
Asimismo hay que concluir con Philipps: «Al juzgar con calma los decretos y todo el conjunto de los hechos que ocurrieron en Constanza, resulta que mientras hay un caso de cisma y de incertidumbre sobre la persona del Papa, el resto del episcopado no es de ningún modo competente para pronunciar un decreto de deposición. La proposición: Papa dubius, Papa nullus, es falsa [De droit eccl. t. I, p. 174.].»
De la correcta valoración de los decretos, así como de todo el procedimiento del Concilio de Constanza, se deduce que, incluso en el caso de que ocurra un cisma en la Iglesia y no se sepa con certeza quién es el papa legítimo, el resto del episcopado no posee, sin embargo, ningún derecho de destitución.
La máxima "Papa dubius, Papa nullus" (Papa dudoso, Papa nulo) es falsa; puede ser dudoso cuál de entre varios es el papa legítimo pero aun así el papa legítimo puede encontrarse entre ellos, y de hecho se encontraba allí en aquel entonces.
Der Satz Papa dubius, Papa nullus ist falsch; es kann zweifelhaft seyn, wer von Mehreren der rechtmäßige Papst sei, aber dennoch kann unter ihnen sich der rechtmäßige Papst befinden und befand sich auch damals wirklich darunter.
Porque, si la elección de Urbano VI hubiera sido inválida, contra lo cual, sin embargo, hablan razones decisivas, entonces la elección de Clemente VII tendría que haber sido válida, ya que solo parece inválida por la razón de que la elección de Urbano VI debe considerarse válida. Si Clemente VII era el papa legítimo, entonces Bonifacio IX no lo era; pero si este último era la cabeza legítima, entonces Benedicto XIII nunca podría haberlo sido.
Este último, sin embargo, quien, al igual que posteriormente Cossa, ya en tiempos de Urbano VI era uno de los principales instigadores del cisma, lo continuó contra Bonifacio IX, Inocencio VII y Gregorio XII. Si el Concilio se hubiera limitado a destituir a este último, solo habría ampliado el cisma; de su seno habría surgido un cuarto papa y luego, probablemente, del sínodo de Basilea, un quinto.
Pero ahora el Concilio logró solucionar el cisma precisamente por el camino opuesto: a saber, reconociendo como legítimo al Papa que había sido destituido ilegalmente por el sínodo de Pisa, tras rechazar a aquel que debía indirectamente su elevación a dicha asamblea; y al unirse los demás obispos sobre este fundamento, se reconoció en Benedicto XIII no a un papa legítimo como cismático, sino a un papa cismático que nunca había sido legítimo, sino que se había elevado a la sede papal a través del cisma, como ilegítimo.
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Tomo II
1915
Los antiguos autores admitieron comúnmente el axioma: Papa dubius est Papa nullus (Papa dudoso es Papa nulo), y lo aplicaron para resolver las dificultades surgidas del gran cisma occidental.
A cuya aplicación, hecha por ejemplo por Belarmino y Suárez y otros, ya se opusieron merecidamente Ballerini, Phillips, Bauer, el Card. Hergenroether, el Card. Franzelin, De Eccles. p. 233, ss. Véase también Bouix, De Papa t. II, p. 673, ss.; Billot l. c. p. 134, ss."
Volentes indemnitati
"neque enim tunc constabat , quod nunc constat , Urbanum Vl ; et Bonifacium IX , legitimos fuisse Pontifices."
RELACIONADO
DE LA COMPLETA VALIDEZ CANÓNICA
DE LA ELECCIÓN DE URBANO VI
CONVOCADO POR EL PAPA
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SANCTE JOANNES BAPTISTA, ORA PRO NOBIS
INCLUSO ANTE LA AUSENCIA DE CARDENALES, UNA ASAMBLEA DE OBISPOS CARECE DE JURISDICCIÓN PARA ELEGIR VÁLIDAMENTE A UN PAPA
Canónigo, antiguo secretario general del Obispado de Langres
SOBRE EL CHIROGRAFO DE SU SANTIDAD PÍO XI
(Al Cardenal Basilio Pompili: la campaña soviética contra Dios) 1,500 p.
La Conferencia de Génova fue la Segunda Conferencia Monetaria Internacional convocada por la Sociedad de Naciones que tuvo lugar en la ciudad italiana de Génova del 10 de abril al 19 de mayo de 1922. Se reunieron allí 34 países en búsqueda de acuerdos para la reconstrucción del comercio y el sistema financiero internacional, tras la Primera Guerra Mundial. Su objetivo era tratar la reconstrucción económica de Europa después de la Primera Guerra Mundial y, especialmente, decidir si se reconocía diplomática y económicamente al nuevo gobierno bolchevique de la Unión Soviética.
El argumento ad hominem de Pío XI
Pío XI no defendía la “libertad de cultos” como un principio absoluto (la Iglesia Católica enseñaba que solo la verdadera religión tiene derecho pleno a ser profesada públicamente).
- El Quirógrafo está dirigido principalmente a consolar y defender a los Católicos perseguidos en Rusia.
- La mención a la Conferencia de Génova es un reproche a los gobiernos liberales por no haber puesto condiciones al comunismo ateo.
- Pío XI no estaba promoviendo la libertad religiosa (indiferentismo), sino utilizándola estratégicamente para proteger a los Católicos y, de paso, el beneficio sería también a los ortodoxos que eran la mayoría.Como explica Réginald Garrigou-Lagrange O.P., en 1926 en su obra "De Revelatione per Ecclesiam Catholicam proposita":Podemos, en efecto, argumentar ad hominem a partir de la libertad de cultos, es decir, contra aquellos que proclaman la libertad de cultos y, sin embargo, persiguen a la verdadera Iglesia y prohíben su culto directa o indirectamente.Esta argumentación ad hominem es correcta, y la Iglesia Católica no la desdeña, sino que la utiliza para defender los derechos de su propia libertad.Pero de esto no se sigue que la libertad de cultos, considerada en sí misma, pueda ser defendida absolutamente por los Católicos, porque en sí misma es absurda e impía.La Verdad y el error, en efecto, no pueden tener los mismos derechos. Tampoco deben decirse cosas falsas para defender la verdad, del mismo modo que no deben hacerse cosas malas para que sobrevengan bienes.De ahí que San Pablo diga a los Romanos (3, 7): «Pues si la verdad de Dios abundó en mi mentira para gloria suya, ¿por qué todavía soy juzgado yo como pecador? ¿Y por qué no (como se nos injuria, y como algunos dicen que nosotros decimos) hagamos males para que vengan bienes; cuya condenación es justa?».
LA VOZ DEL PAPA PARA LA SALVACIÓN DE RUSIA Y DE LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA
Quien sigue de cerca la información en la que nos esforzamos por seguir el curso de los acontecimientos contemporáneos en la medida en que afectan a la vida y a la civilización cristiana, según el título y el propósito de nuestra revista, ya está al tanto de las espantosas condiciones de Rusia.
Estas, desde el primer estallido de la revolución, fueron agravándose cada vez más a lo largo de la década ya transcurrida, y ahora, desde hace más de un año, han degenerado en el extremo de la impiedad más bestial y de la barbarie más salvaje. Así, también en las crónicas de los últimos cuadernos, hemos ofrecido de aquellos horrores las noticias más contrastadas, pero tales que hacen argumentar cuánto más triste aún debe ser la realidad práctica.
Ninguno de nuestros lectores, por lo tanto, se maravillará, sino que todos recibirán consuelo, al escuchar el grito y considerar la palabra alta y solemne que se eleva ahora desde el Padre común de la familia cristiana en denuncia y condena de tantos excesos. Hablamos de la carta de S. S. Pío XI al Eminentísimo Card. Vicario, del 2 de febrero, que convoca funciones públicas de expiación y de oración por la salvación de Rusia. Es la voz misma que se elevó ya tantas y tantas veces durante la guerra y después; y se eleva cada vez que los derechos de Dios y de las almas son conculcados; por lo cual creemos que se habría hecho sentir también antes y con más frecuencia contra las últimas y siempre crecientes opresiones del bolchevismo si no hubiera sido por el temor del ánimo paterno de que la voz misma de la protesta no pudiera convertirse en un arma, es decir, en una buscada ocasión o pretexto, por irracional que fuera, para los bolcheviques, de crueldades más brutales a causa de las pretendidas represalias, habituales en los prepotentes en quienes se ha apagado, junto con el grito de la conciencia, incluso la última voz de la humanidad y de la justicia.
Es de extrañar, en cambio, que hasta ahora no se haya alzado una voz, ni movido un dedo, ni intentado una intervención eficaz, aun cuando podía hacerse fácilmente, por parte de los Gobiernos, también llamados «civiles», del mundo contemporáneo, y ni siquiera de esa misma Institución que se jacta de ser restauradora y pacificadora de los pueblos, después de la guerra mundial, con el nombre de «Sociedad de las Naciones».
Extrañísimo, decimos, este silencio y esta inercia del mundo civil, frente al surgimiento de la nueva barbarie y a la amenaza que de ella se cierne sobre la sociedad; porque es una amenaza de un nuevo y más espantoso desmoronamiento de toda la civilización y la cultura, y por consiguiente de una recaída en la antigua noche de la ignorancia y la brutalidad ¡más oscura! Es un hecho verdaderamente demasiado inexplicable este de la historia contemporánea; tanto más cuanto que para la unión de las naciones civiles habría sido no solo posible, sino casi fácil reprimir en germen, o hasta su primer estallido, los excesos de la revolución rusa. Con ello se habrían reconducido pronto, sin esfuerzos extraordinarios, a las vías del orden y de la tranquila prosperidad social, aquellas inmensas regiones y su interminable imperio; todo de pueblos simples y no mal dispuestos, pero oprimidos y subvertidos en el presente por una delgadísima minoría. Ni más que una minoría es de hecho la horda de los bolcheviques, la cual, enseñoreándose, quiere a esos pueblos no solo embrutecidos en la impiedad, sino empobrecidos en la más turbia anarquía.
Ahora la inercia misma y el silencio de los Gobiernos y de la misma «Sociedad de las Naciones» hace aparecer tanto más solemne, más admirable y digna de ser secundada por el eco unánime de todas las conciencias honestas la voz del Papa. Y esto vale especialmente si se considera cómo la voz del Papa aquí no se eleva solo en tutela de la religión, sino que se alza como vindicadora de la civilización, de la cultura y de los derechos mismos más inalienables de la libertad humana. Porque también estos bienes y derechos de la naturaleza requieren la vigilancia y tutela del Papa, en cuanto que tocan la vida del espíritu y la salvación de las almas, que es la última razón y el constante criterio de toda obligada intervención del Jefe de la Iglesia, en las condiciones políticas de la sociedad civil, como en las revoluciones de los pueblos.
Leemos, por tanto, con placer, incluso en un periódico oficioso (La Tribuna, del 11 de febrero de 1930.), el pleno reconocimiento de esta verdad, implícita en el «significado del documento»: de donde se afirma con justo criterio:
«La voz augusta del Jefe de la Cristiandad realmente se nos presenta como la protesta de la humanidad misma tomada en su sentido más amplio y universal, y en su expresión más alta, aquella que toca los confines entre lo humano y lo divino, puesto que es la voz del Jefe de la Sociedad que Dios mismo ha constituido entre los hombres para proveer a sus destinos eternos. Y es así que esta palabra hoy es recibida por todos los corazones honestos y por todas las almas de buena voluntad con sentimientos de reverencia y de perfecta adhesión».
Pero más vivo aún es el agrado que experimentamos al sentir el eco y el aplauso que a la palabra del Papa ya se hace notar por parte de los pueblos en todas partes; también de no católicos e incluso de judíos e incrédulos: por individuos y por asociaciones, por personajes de los más insignes, y no solo hombres de Iglesia —como el Eminentísimo Card. Faulhaber, que habló de ello con altísimo sentimiento en un magnífico discurso pronunciado en Múnich de Baviera, en el aniversario de la Coronación de Su Santidad Pío XI— sino también por hombres de mundo y de gobierno, como periodistas políticos, estadistas y autorizados jefes de la sociedad y de partidos. Con ello se cumple lo que el citado periódico anunciaba, el mismo día, 11 de febrero:
«El nobilísimo documento con el cual Pío XI ha denunciado en términos del mismo modo eficaces cuanto dignos de la altura de su ministerio las espantosas condiciones religiosas y morales de Rusia, está ciertamente destinado a tener la más amplia repercusión no solo en el mundo católico, sino en todo el mundo civil».
Esperamos que esta «amplia repercusión» se vaya ampliando cada vez más, no solo, sino reforzándose con prontas y eficaces medidas para la salvación de Rusia y de la misma civilización moderna.
Y ahora reproducimos aquí el solemne documento pontificio, recomendando su atenta consideración y la más amplia difusión a nuestros lectores.
¡Que el consolador resultado corresponda por fin a las necesidades del presente, a los fervientes votos y a las oraciones unánimes del Padre común y de toda la inmensa familia cristiana!
“CI COMMUOVONO”
AL EMINENTÍSIMO CARDENAL BASILIO POMPILI, VICARIO DE ROMA
Señor Cardenal:
Desgraciadamente fue también rechazado Nuestro intervención directa para salvar de la destrucción y conservar para su uso tradicional y religioso los vasos sagrados y las iconos, que formaban un tesoro de piedad y de arte querido para todos los corazones de los rusos.
Sin embargo, hemos tenido la consolación de sustraer a un proceso capital y de socorrer eficazmente al jefe de aquella jerarquía, desgraciadamente separada de la unidad, el Patriarca Tykon, mientras que las generosas ofertas del mundo católico salvaban del hambre y de una muerte horrible a más de 150.000 niños nutridos diariamente por Nuestros enviados, hasta que estos no fueron puestos en la necesidad de tener que abandonar su piadosa obra, puesto que se prefirió condenar a la muerte a millares de inocentes antes que verlos alimentados por la caridad cristiana.
Además, en todas las ciudades y en numerosos pueblos se han organizado infames espectáculos carnavalescos, como aquellos que los diplomáticos extranjeros han presenciado en la misma Moscú, en el centro de la capital, durante las fiestas navideñas: se veían pasar carros en los que, en gran número, vestidos con paramentos sagrados, unos muchachos se burlaban de la Cruz y escupían sobre ella; en otros carros automóviles se habían levantado grandes árboles de Navidad, de los cuales pendían por el cuello numerosos muñecos que representaban obispos Católicos y ortodoxos. En el centro de la ciudad, otros jóvenes cometían toda clase de actos sacrílegos contra la Cruz.
Tenemos la certeza de que no solamente el clero y el pueblo de Nuestra Roma, sino también todos Nuestros Venerables Hermanos en el episcopado católico y todo el mundo cristiano se unirán a Nuestras súplicas, ya sea el mismo día o en otro día festivo indicado para ello. Seguros de que la Providencia divina, en el momento que ella designe, preparará y dará los medios necesarios para reparar las ruinas morales y materiales de aquellas inmensas regiones, que constituyen la sexta parte de las tierras del universo, Nosotros entretanto perseveraremos con todo el ardor del ánimo en esta oración de reparación y propiciación que, tenemos confianza, atraerá la piedad divina sobre el pueblo ruso.
Y con esta confianza, concedemos de corazón a Vos, Señor Cardenal, y a todos los que se unan a Nosotros en esta cruzada de oraciones, la Bendición Apostólica, prenda de las gracias celestiales.
RELACIONADO
Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.
1928