(Al Cardenal Basilio Pompili: la campaña soviética contra Dios) 1,500 p.
La Conferencia de Génova fue la Segunda Conferencia Monetaria Internacional convocada por la Sociedad de Naciones que tuvo lugar en la ciudad italiana de Génova del 10 de abril al 19 de mayo de 1922. Se reunieron allí 34 países en búsqueda de acuerdos para la reconstrucción del comercio y el sistema financiero internacional, tras la Primera Guerra Mundial. Su objetivo era tratar la reconstrucción económica de Europa después de la Primera Guerra Mundial y, especialmente, decidir si se reconocía diplomática y económicamente al nuevo gobierno bolchevique de la Unión Soviética.
El argumento ad hominem de Pío XI
Pío XI no defendía la “libertad de cultos” como un principio absoluto (la Iglesia Católica enseñaba que solo la verdadera religión tiene derecho pleno a ser profesada públicamente).
- El Quirógrafo está dirigido principalmente a consolar y defender a los Católicos perseguidos en Rusia.
- La mención a la Conferencia de Génova es un reproche a los gobiernos liberales por no haber puesto condiciones al comunismo ateo.
- Pío XI no estaba promoviendo la libertad religiosa (indiferentismo), sino utilizándola estratégicamente para proteger a los Católicos y, de paso, el beneficio sería también a los ortodoxos que eran la mayoría.Como explica Réginald Garrigou-Lagrange O.P., en 1926 en su obra "De Revelatione per Ecclesiam Catholicam proposita":Podemos, en efecto, argumentar ad hominem a partir de la libertad de cultos, es decir, contra aquellos que proclaman la libertad de cultos y, sin embargo, persiguen a la verdadera Iglesia y prohíben su culto directa o indirectamente.Esta argumentación ad hominem es correcta, y la Iglesia Católica no la desdeña, sino que la utiliza para defender los derechos de su propia libertad.Pero de esto no se sigue que la libertad de cultos, considerada en sí misma, pueda ser defendida absolutamente por los Católicos, porque en sí misma es absurda e impía.La Verdad y el error, en efecto, no pueden tener los mismos derechos. Tampoco deben decirse cosas falsas para defender la verdad, del mismo modo que no deben hacerse cosas malas para que sobrevengan bienes.De ahí que San Pablo diga a los Romanos (3, 7): «Pues si la verdad de Dios abundó en mi mentira para gloria suya, ¿por qué todavía soy juzgado yo como pecador? ¿Y por qué no (como se nos injuria, y como algunos dicen que nosotros decimos) hagamos males para que vengan bienes; cuya condenación es justa?».
LA VOZ DEL PAPA PARA LA SALVACIÓN DE RUSIA Y DE LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA
Quien sigue de cerca la información en la que nos esforzamos por seguir el curso de los acontecimientos contemporáneos en la medida en que afectan a la vida y a la civilización cristiana, según el título y el propósito de nuestra revista, ya está al tanto de las espantosas condiciones de Rusia.
Estas, desde el primer estallido de la revolución, fueron agravándose cada vez más a lo largo de la década ya transcurrida, y ahora, desde hace más de un año, han degenerado en el extremo de la impiedad más bestial y de la barbarie más salvaje. Así, también en las crónicas de los últimos cuadernos, hemos ofrecido de aquellos horrores las noticias más contrastadas, pero tales que hacen argumentar cuánto más triste aún debe ser la realidad práctica.
Ninguno de nuestros lectores, por lo tanto, se maravillará, sino que todos recibirán consuelo, al escuchar el grito y considerar la palabra alta y solemne que se eleva ahora desde el Padre común de la familia cristiana en denuncia y condena de tantos excesos. Hablamos de la carta de S. S. Pío XI al Eminentísimo Card. Vicario, del 2 de febrero, que convoca funciones públicas de expiación y de oración por la salvación de Rusia. Es la voz misma que se elevó ya tantas y tantas veces durante la guerra y después; y se eleva cada vez que los derechos de Dios y de las almas son conculcados; por lo cual creemos que se habría hecho sentir también antes y con más frecuencia contra las últimas y siempre crecientes opresiones del bolchevismo si no hubiera sido por el temor del ánimo paterno de que la voz misma de la protesta no pudiera convertirse en un arma, es decir, en una buscada ocasión o pretexto, por irracional que fuera, para los bolcheviques, de crueldades más brutales a causa de las pretendidas represalias, habituales en los prepotentes en quienes se ha apagado, junto con el grito de la conciencia, incluso la última voz de la humanidad y de la justicia.
Es de extrañar, en cambio, que hasta ahora no se haya alzado una voz, ni movido un dedo, ni intentado una intervención eficaz, aun cuando podía hacerse fácilmente, por parte de los Gobiernos, también llamados «civiles», del mundo contemporáneo, y ni siquiera de esa misma Institución que se jacta de ser restauradora y pacificadora de los pueblos, después de la guerra mundial, con el nombre de «Sociedad de las Naciones».
Extrañísimo, decimos, este silencio y esta inercia del mundo civil, frente al surgimiento de la nueva barbarie y a la amenaza que de ella se cierne sobre la sociedad; porque es una amenaza de un nuevo y más espantoso desmoronamiento de toda la civilización y la cultura, y por consiguiente de una recaída en la antigua noche de la ignorancia y la brutalidad ¡más oscura! Es un hecho verdaderamente demasiado inexplicable este de la historia contemporánea; tanto más cuanto que para la unión de las naciones civiles habría sido no solo posible, sino casi fácil reprimir en germen, o hasta su primer estallido, los excesos de la revolución rusa. Con ello se habrían reconducido pronto, sin esfuerzos extraordinarios, a las vías del orden y de la tranquila prosperidad social, aquellas inmensas regiones y su interminable imperio; todo de pueblos simples y no mal dispuestos, pero oprimidos y subvertidos en el presente por una delgadísima minoría. Ni más que una minoría es de hecho la horda de los bolcheviques, la cual, enseñoreándose, quiere a esos pueblos no solo embrutecidos en la impiedad, sino empobrecidos en la más turbia anarquía.
Ahora la inercia misma y el silencio de los Gobiernos y de la misma «Sociedad de las Naciones» hace aparecer tanto más solemne, más admirable y digna de ser secundada por el eco unánime de todas las conciencias honestas la voz del Papa. Y esto vale especialmente si se considera cómo la voz del Papa aquí no se eleva solo en tutela de la religión, sino que se alza como vindicadora de la civilización, de la cultura y de los derechos mismos más inalienables de la libertad humana. Porque también estos bienes y derechos de la naturaleza requieren la vigilancia y tutela del Papa, en cuanto que tocan la vida del espíritu y la salvación de las almas, que es la última razón y el constante criterio de toda obligada intervención del Jefe de la Iglesia, en las condiciones políticas de la sociedad civil, como en las revoluciones de los pueblos.
Leemos, por tanto, con placer, incluso en un periódico oficioso (La Tribuna, del 11 de febrero de 1930.), el pleno reconocimiento de esta verdad, implícita en el «significado del documento»: de donde se afirma con justo criterio:
«La voz augusta del Jefe de la Cristiandad realmente se nos presenta como la protesta de la humanidad misma tomada en su sentido más amplio y universal, y en su expresión más alta, aquella que toca los confines entre lo humano y lo divino, puesto que es la voz del Jefe de la Sociedad que Dios mismo ha constituido entre los hombres para proveer a sus destinos eternos. Y es así que esta palabra hoy es recibida por todos los corazones honestos y por todas las almas de buena voluntad con sentimientos de reverencia y de perfecta adhesión».
Pero más vivo aún es el agrado que experimentamos al sentir el eco y el aplauso que a la palabra del Papa ya se hace notar por parte de los pueblos en todas partes; también de no católicos e incluso de judíos e incrédulos: por individuos y por asociaciones, por personajes de los más insignes, y no solo hombres de Iglesia —como el Eminentísimo Card. Faulhaber, que habló de ello con altísimo sentimiento en un magnífico discurso pronunciado en Múnich de Baviera, en el aniversario de la Coronación de Su Santidad Pío XI— sino también por hombres de mundo y de gobierno, como periodistas políticos, estadistas y autorizados jefes de la sociedad y de partidos. Con ello se cumple lo que el citado periódico anunciaba, el mismo día, 11 de febrero:
«El nobilísimo documento con el cual Pío XI ha denunciado en términos del mismo modo eficaces cuanto dignos de la altura de su ministerio las espantosas condiciones religiosas y morales de Rusia, está ciertamente destinado a tener la más amplia repercusión no solo en el mundo católico, sino en todo el mundo civil».
Esperamos que esta «amplia repercusión» se vaya ampliando cada vez más, no solo, sino reforzándose con prontas y eficaces medidas para la salvación de Rusia y de la misma civilización moderna.
Y ahora reproducimos aquí el solemne documento pontificio, recomendando su atenta consideración y la más amplia difusión a nuestros lectores.
¡Que el consolador resultado corresponda por fin a las necesidades del presente, a los fervientes votos y a las oraciones unánimes del Padre común y de toda la inmensa familia cristiana!
“CI COMMUOVONO”
AL EMINENTÍSIMO CARDENAL BASILIO POMPILI, VICARIO DE ROMA
Señor Cardenal:
Desgraciadamente fue también rechazado Nuestro intervención directa para salvar de la destrucción y conservar para su uso tradicional y religioso los vasos sagrados y las iconos, que formaban un tesoro de piedad y de arte querido para todos los corazones de los rusos.
Sin embargo, hemos tenido la consolación de sustraer a un proceso capital y de socorrer eficazmente al jefe de aquella jerarquía, desgraciadamente separada de la unidad, el Patriarca Tykon, mientras que las generosas ofertas del mundo católico salvaban del hambre y de una muerte horrible a más de 150.000 niños nutridos diariamente por Nuestros enviados, hasta que estos no fueron puestos en la necesidad de tener que abandonar su piadosa obra, puesto que se prefirió condenar a la muerte a millares de inocentes antes que verlos alimentados por la caridad cristiana.
Además, en todas las ciudades y en numerosos pueblos se han organizado infames espectáculos carnavalescos, como aquellos que los diplomáticos extranjeros han presenciado en la misma Moscú, en el centro de la capital, durante las fiestas navideñas: se veían pasar carros en los que, en gran número, vestidos con paramentos sagrados, unos muchachos se burlaban de la Cruz y escupían sobre ella; en otros carros automóviles se habían levantado grandes árboles de Navidad, de los cuales pendían por el cuello numerosos muñecos que representaban obispos Católicos y ortodoxos. En el centro de la ciudad, otros jóvenes cometían toda clase de actos sacrílegos contra la Cruz.
Tenemos la certeza de que no solamente el clero y el pueblo de Nuestra Roma, sino también todos Nuestros Venerables Hermanos en el episcopado católico y todo el mundo cristiano se unirán a Nuestras súplicas, ya sea el mismo día o en otro día festivo indicado para ello. Seguros de que la Providencia divina, en el momento que ella designe, preparará y dará los medios necesarios para reparar las ruinas morales y materiales de aquellas inmensas regiones, que constituyen la sexta parte de las tierras del universo, Nosotros entretanto perseveraremos con todo el ardor del ánimo en esta oración de reparación y propiciación que, tenemos confianza, atraerá la piedad divina sobre el pueblo ruso.
Y con esta confianza, concedemos de corazón a Vos, Señor Cardenal, y a todos los que se unan a Nosotros en esta cruzada de oraciones, la Bendición Apostólica, prenda de las gracias celestiales.
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Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.
1928