(UN FRAGMENTO)
No, venerables hermanos, no hay verdadera fraternidad fuera de la caridad cristiana, que por amor a Dios y a su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador, abraza a todos los hombres, para ayudarlos a todos y para llevarlos a todos a la misma fe y a la misma felicidad del cielo.
Al separar la fraternidad de la caridad cristiana así entendida, la democracia, lejos de ser un progreso, constituiría un retroceso desastroso para la civilización.
Porque, si se quiere llegar, y Nos lo deseamos con toda nuestra alma, a la mayor suma de bienestar posible para la sociedad y para cada uno de sus miembros por medio de la fraternidad, o, como también se dice, por medio de la solidaridad universal, es necesaria la unión de los espíritus en la verdad, la unión de las voluntades en la moral, la unión de los corazones en el amor de Dios y de su Hijo Jesucristo.
Esta unión no es realizable más que por medio de la caridad católica, la cual es, por consiguiente, la única que puede conducir a los pueblos en la marcha del progreso hacia el ideal de la civilización.
[...]Queremos afirmar una vez más, siguiendo a nuestro predecesor, que hay un error y un peligro en enfeudar, por principio, el catolicismo a una forma de gobierno; error y peligro que son tanto más grandes cuando se identifica la religión con un género de democracia cuyas doctrinas son erróneas. Este es el caso del Sillon, el cual, comprometiendo de hecho a la Iglesia en favor de una forma política especial, divide a los católicos, arranca a la juventud, e incluso a los sacerdotes y a los seminaristas, de la acción simplemente católica y malgasta, a fondo perdido, las fuerzas vivas de una parte de la nación.
[Se niega a defender a la Iglesia atacada].
Y he aquí, venerables hermanos, una admirable contradicción. Es precisamente porque la religión debe trascender sobre todos los partidos por lo que, invocando este principio, se abstiene el Sillon de defender a la Iglesia atacada. Ciertamente no es la Iglesia la que ha bajado a la arena política; se la ha arrastrado hasta ésta para mutilarla y para despojarla. La obligación de todo católico, ¿no es la de usar las armas políticas que tiene a mano para defenderla (La Iglesia Católica), y también para forzar a la política a permanecer en su dominio y a no ocuparse de la Iglesia más que para darle lo que le es debido?
Pues bien, frente a la Iglesia así violentada, se tiene con frecuencia el dolor de ver a los sillonistas cruzarse de brazos, no ser que la defensa de la Iglesia redunde en ventaja del Sillon, ni se les ve dictar o sostener un programa que ni en parte alguna ni en grado alguno revela al católico. Lo cual no impide a estos mismos hombres, en plena lucha política, bajo el golpe de una provocación, alardear públicamente de su fe. ¿Qué significa esto sino que hay dos hombres en el sillonista: el individuo que es católico y el sillonista, hombre de acción, que es neutral?
[Incurren en el indiferentismo]
Hubo un tiempo en que el Sillon, como tal, era formalmente católico. En materia de fuerza moral, no reconocía más que una, la fuerza católica, e iba proclamando que la democracia sería católica o no sería democracia.
Vino un momento en que se operó una revisión. Dejó a cada uno su religión o su filosofía. Cesó de llamarse católico, y a la fórmula «La democracia será católica» sustituyó esta otra: «La democracia no será anticatólica», de la misma manera que no será antijudía o antibudista. Esta fué la época del plus grand Sillon.
Se llamó para la construcción de la ciudad futura a todos los obreros de todas las religiones y de todas las sectas. Sólo se les exigió abrazar el mismo ideal social, respetar todas las creencias y aportar una cierta cantidad de fuerzas morales.
Es cierto, se proclamaba, «los jefes del Sillon ponen su fe religiosa por encima de todo. Pero ¿pueden negar a los demás el derecho de beber su energía moral allí donde les es posible? En compensación, quieren que los demás respeten a ellos su derecho de beberla en la fe católica. Exigen, por consiguiente, a todos aquellos que quieren transformar la sociedad presente en el sentido de la democracia, no rechazarse mutuamente a causa de las convicciones filosóficas o religiosas que pueden separarlos, sino marchar unidos, sin renunciar a sus convicciones, pero intentando hacer sobre el terreno de las realidades prácticas la prueba de la excelencia de sus convicciones personales. Tal vez sobre este terreno de la emulación entre almas adheridas a diferentes convicciones religiosas o filosóficas podrá realizarse la unión». Y se declara al mismo tiempo (¿cómo podía realizarse esto?) que el pequeño Sillon católico sería el alma del gran Sillon cosmopolita..
Recientemente, el nombre del plus grand Sillon ha desaparecido, y una nueva organización ha intervenido, sin modificar, todo lo contrario, el espíritu y el fondo de las cosas «para poner orden en el trabajo y organizar las diversas fuerzas de actividad. El Sillon queda siempre como un alma, un espíritu, que se mezclará a los grupos e inspirará su actividad». Y todos los grupos nuevos quedan en apariencia autónomos: a los católicos, a los protestantes, a los librepensadores se les pide que se pongan a trabajar. «Los camaradas católicos trabajarán entre ellos en una organización especial para instruirse y educarse. Los demócratas protestantes y librepensadores harán lo mismo por su parte. Todos, católicos, protestantes y librepensadores, tendrán muy en su corazón armar a la juventud, no para una lucha fratricida, sino para una generosa emulación en el terreno de las virtudes sociales y cívicas» .
Estas declaraciones y esta nueva organización de la acción sillonista provocan graves reflexiones.
He aquí, fundada por católicos, una asociación interconfesional para trabajar en la reforma de la civilización, obra religiosa de primera clase; porque no hay verdadera civilización sin la civilización moral, y no hay verdadera civilización moral sin la verdadera religión: ésta es una verdad demostrada, éste es un hecho histórico. Y los nuevos sillonistas no podrán pretextar que ellos trabajarán solamente «en el terreno de las realidades prácticas», en el que la diversidad de las creencias no importa. Su jefe siente tan claramente la influencia de la convicciones del espíritu sobre el resultado de la acción, que les invita, sea la que sea la religión a que pertenecen, a hacer en el terreno de las realidades prácticas la prueba de la excelencia de sus convicciones personales». Y con razón, porque las realizaciones prácticas revisten el carácter de las convicciones religiosas, de la misma manera que los miembros de un cuerpo hasta en sus últimas extremidades reciben su forma del principio vital que los anima..
Esto supuesto, ¿qué pensar de la promiscuidad en que se encontrarán colocados los jóvenes católicos con heterodoxos e incrédulos de toda clase en una obra de esta naturaleza? ¿Qué pensar de este llamamiento a todos los heterodoxos y a todos los incrédulos para probar la excelencia de sus convicciones en el terreno social, en una especie de concurso apologético, como este concurso no durase ya hace diecinueve siglos, en condiciones menos peligrosas para la fe de los fieles y con toda honra de la Iglesia católica?
¿Qué pensar de este respeto a todos los errores y de esta extraña invitación, hecha por un católico, a todos los disidentes para fortificar sus convicciones por el estudio y para hacer de ellos fuentes siempre más abundantes de fuerzas nuevas? ¿Qué pensar de una asociación en que todas las religiones e incluso el librepensamiento pueden manifestarse en alta voz, a su capricho?
Porque los sillonistas, que en las conferencias públicas y en otras partes proclaman enérgicamente su fe individual, no pretenden ciertamente cerrar la boca a los demás e impedir al protestante afirmar su protestantismo y al escéptico su escepticismo.
¿Qué pensar, finalmente, de un católico que al entrar en su círculo de estudios abre su catolicismo a la puerta para no asustar a sus camaradas, «soñando en una acción social desinteresada, rechazan subordinar el triunfo de intereses, de grupos o incluso de convicciones, sean las que sean»?
Tal es la profesión de fe del nuevo comité demócrata de acción social [sillonista], que ha heredado el defecto mayor de la antigua organización y que, dice, «rompiendo el equívoco mantenido en torno al plus grand Sillon, tanto en los medios reaccionarios como en los medios anticlericales», [dicen] está abierto a todos los hombres «respetuosos de las fuerzas morales y religiosas y convencidos de que ninguna emancipación social verdadera es posible sin el fermento de un generoso idealismo».
[Provoca una perturbación general].
Sí, por desgracia, el equívoco está deshecho; la acción social del Sillon ya no es católica; el sillonista, como tal, no trabaja para un grupo, y «la Iglesia, dice, no podrá ser por título alguno beneficiaria de las simpatías que su acción podrá suscitar».
¡Institución verdaderamente extraña! Se teme que la Iglesia se aproveche de la acción social del Sillon con un fin egoísta e interesado, como si todo lo que aprovecha a la Iglesia no aprovechase a la humanidad. Extraña inversión de ideas: es la Iglesia la que sería la beneficiaria de la acción social, como si los más grandes economistas no hubieran reconocido y demostrado que es esta acción social la que, para ser seria y fecunda, debe beneficiarse de la Iglesia.
Pero más extraña todavía, tremendas y dolorosas a la vez, son la audacia y la ligereza de espíritu de los hombres que se llaman católicos, que sueñan con volver a fundar la sociedad en tales condiciones y con establecer sobre la tierra, por encima de la Iglesia católica, «el reino de la justicia y del amor», con obreros venidos de todas partes, de todas las religiones o sin religión, con o sin creencias, con tal que olviden lo que les divide: sus convicciones filosóficas y religiosas, y que pongan en común lo que les une: un generoso idealismo y fuerzas morales aplicadas «donde les sea posible».
Cuando se piensa en todo lo que ha sido necesario de fuerzas, de ciencia, de virtudes sobrenaturales para establecer la ciudad cristiana, y los sufrimientos de millones de mártires, y las luces de los Padres y de los doctores de la Iglesia, y la abnegación de todos los héroes de la caridad, y una poderosa jerarquía nacida del cielo, y los ríos de gracia divina y todo lo edificado, unido, compenetrado por la Vida y el Espíritu de Jesucristo, Sabiduría de Dios, Verbo hecho hombre; cuando se piensa, decimos, en todo esto, queda uno admirado de ver a los nuevos apóstoles esforzarse por mejorarlo con la puesta en común de un vago idealismo y de las virtudes cívicas.
¿Qué van a producir? ¿Qué es lo que va a salir de esta colaboración? Una construcción puramente verbal y quimérica, en la que veremos reflejarse desordenadamente y en confusión seductora las palabras de libertad, justicia, fraternidad y amor, igualdad y exaltación humana, todo basado sobre la dignidad humana mal entendida. Será una agitación tumultuosa, útil para el fin pretendido y que aprovechará a los agitadores de las masas menos utopistas. Sí, verdaderamente se puede afirmar que el Sillon se ha hecho compañero de viaje del socialismo, puesta la mirada sobre una quimera.
Nos tememos algo todavía peor. El resultado de esta promiscuidad en el trabajo, el beneficiario de esta acción social cosmopolita no puede ser otro que una democracia que no será ni católica, ni protestante, ni judía; una religión (porque el sillonismo, sus jefes lo han dicho, es una religión) más universal que la Iglesia católica, reuniendo a todos los hombres, convertidos, finalmente, en hermanos y camaradas en «el reino de Dios». «No se trabaja para la Iglesia, se trabaja para la humanidad».
[«Le Sillon» se ha desviado!].
Y ahora, penetrados de la más viva tristeza, Nos nos preguntamos, venerables hermanos, en qué ha quedado convertido el catolicismo del Sillon. Desgraciadamente, el que daba en otro tiempo tan bellas esperanzas, este río límpido e impetuoso, ha sido arrastrado en su marcha por los enemigos modernos de la Iglesia y se forma ya en adelante más que un miserable afluente del gran movimiento de apostasía, organizado, en todos los países, para el establecimiento de una Iglesia universal que no tendrá ni dogmas, ni jerarquía, ni regla para el espíritu, ni freno para las pasiones, y que, so pretexto de libertad y de dignidad humana, consagraría en el mundo, si pudiera triunfar, el reino legal de la astucia y de la fuerza y la opresión de los débiles, de los que sufren y trabajan.