VACANTIS APOSTOLICAE SEDIS

✠✠ "Sede Vacante Nihil Innovetur" ✠ "Ipsum Suprema Nostra auctoritate nullum et irritum declaramus" ✠ "Inferior non potest tollere legem superioris" ✠✠
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TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (9)

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.

ARTÍCULO II. De la malicia del pecado venial considerado en sus efectos.

2. Enfría la Caridad.

Otro efecto lamentable del pecado venial es que, no sólo vicia y contamina las acciones virtuosas e impide nuestro aumento de mérito sobrenatural, sino que igualmente disminuye en nosotros "el fervor de la Caridad"1 al hacernos tan negligentes en el servicio de Dios y tan insensibles a nuestros intereses eternos que el Corazón del Divino Maestro no puede tolerar nuestra tibieza por mucho tiempo.

"Un verdadero siervo de Dios debe evitar incluso las faltas más mínimas, si no quiere ver cuán pronto se enfría su amor"2 y cómo se apodera de su alma una languidez mortal. 

Los religiosos, a pesar de la poderosa gracia de su vocación, si se permiten a sí mismos mantener "un desprecio por las faltas menores, pierden insensiblemente su fervor inicial"3 y caen en la tibieza, un estado cuyos efectos fatales debería inducirnos a huir de él como una fuente envenenada de innumerables males. 

Sí, la triste experiencia nos enseña que hasta las faltas más insignificantes nos conducen desprevenidos hacia la tibieza. 

Ved a un hombre que las comete casi a cada momento sin escrúpulos: su alma languidece; los ejercicios de piedad le disgustan; no se impone ninguna mortificación voluntaria; huye de cualquier cosa que requiera el mínimo esfuerzo; empieza con flojedad y continua apáticamente cualquier empresa que inicie; de modo que no obtiene ningún fruto, o a lo sumo muy poco fruto, de cualquier cosa que haga.

Se halla completamente fascinado por las cosas mundanas, que las celestiales le resultan insípidas: no tiene valor para refrenar sus apetitos sensuales, la meditación le cansa, y las prácticas religiosas le son molestas; corre apresurado hacia el vicio como si le resultara una tendencia natural; la auto-complacencia y la gratificación de los sentidos parecen ser el único objetivo de su vida. 

Con la virtud debilitada de tal manera, ¿Cómo podría preservarse el fervor de la Caridad, o más bien, cómo impedir que no se extinga por completo? ¿Qué pincel podría pintar con colores suficientemente vivos una desgracia tan grande? 

La Caridad de Dios es un don tan perfecto y tan precioso, o más bien, la gracia santificante que "ha sido derramada en nuestros corazones"4, que no hay nada que pueda compararse remotamente con ella. En consecuencia, cuando renuncias a ella, oh alma creada para el Cielo, ¡qué enorme desgracia y qué pérdida sufres! 

De todo ello se deduce que el pecado venial "ataca indirectamente la posesión de este tesoro inestimable" y "prepara el camino para su pérdida completa".5 

No es que el pecado venial destruya inmediatamente o disminuya gradualmente la gracia santificante, pero sí detiene su progreso y encamina al alma hacia su ruina al hacer que caiga en la tibieza. 

Es así que Santo Tomás enseña que "aunque la Caridad, según su naturaleza, no pueda ser disminuida directamente, puede sin embargo ser disminuida indirectamente por el pecado venial, el cual es una disposición para la corrupción y la pérdida de esta virtud"6

La Caridad, es cierto, "es un fuego devorador y una llama ardiente"7, pero los ardores de esta divina virtud son extinguidos por una multitud de pecados veniales, igual que el fuego es apagado por una cantidad demasiado grande de cenizas superintendentes.


1. Sto. Tomás 3, q. 79, a. 4. 
2. Vida de San Lorenzo Justiniano 
3. San Anselmo 4. Rom. 5,5. 
5. Sto. Tomás 2. 2, q. 24, a. 10. 
6. Sto. Tomás 2. 2, q. 24, a. 10. 
7. Cant. 8,6.


Continuará...

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (8)

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.

ARTÍCULO II. De la malicia del pecado venial considerado en sus efectos.

1. Vicia y estropea las acciones virtuosas. (Continuación)

Finalmente, aunque ofreciéramos a Dios una intención pura al despertarnos por la mañana, comprometiéndonos cuidadosamente a renovarla con frecuencia a lo largo del día, sin embargo la comisión de un pecado venial debilita su influencia; disminuye y a veces incluso anula el valor de nuestras obras hasta que sean consagradas por una nueva oblación.


¡Alma mía! El pecado venial ha mezclado una aleación indigna y sucia con el oro de tus buenas obras. Con astucia diabólica se ha propuesto robarte los tesoros celestiales que pudieras haber amasado cada día; ha despojado de sus ornamentos más nobles a la corona celestial que te estaba destinada.


Cada vez que se ha insinuado para ejercer una influencia directa sobre nuestras acciones, ha aniquilado su mérito y nos ha despojado de tantos grados de gloria eterna.


Y sin embargo, a pesar de todo esto, nos resulta difícil detestarlo; ¡hasta llegamos a amarlo y adorarlo!

Continuará...

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (7)


TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.


ARTÍCULO II. De la malicia del pecado venial considerado en sus efectos.


1. Vicia y estropea las acciones virtuosas.

El pecado venial es un gran mal en sus efectos. Al igual que "las moscas moribundas arruinan el dulzor del ungüento",(1) del mismo modo el pecado venial corrompe las acciones virtuosas; y cuando afecta al fundamento o la intención principal de las mismas, disminuye su valor hasta tal punto que, al dejar de ser actos de un orden sobrenatural, cesan de merecer recompensas eternas. “Cuidad de no practicar vuestra justicia a la vista de los hombres con el objeto de ser mirados por ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial".(2) ¿A qué conclusión debemos llegar a partir de estas palabras de Jesucristo, a menos que no sea que la virtud en sí misma, si se origina en la vanagloria, no recibirá ninguna recompensa en la eternidad?


Pero un pensamiento de vanagloria que nos determine a realizar una buena obra, al ser sólo un pecado venial,(3) se sigue que el hecho de estar viciado en su motivo por esta especie de pecado es suficiente para despojar una acción de todo su valor y mérito. San Jerónimo afirma que "el martirio en sí mismo, si se sufre únicamente para ganar el aplauso humano, sería un sacrificio inútil",(4) destituido de todo mérito a ojos de Dios. Santo Tomás, examinando esta cuestión del pecado venial, decide que "si una acción es realizada por vanagloria, ya no merece la vida eterna, aunque esta mala disposición no debería equivaler al pecado mortal".(5) Él nos confirma esta doctrina en todas partes: "aunque la acción de aquél que da limosna por vanidad no sea mala bajo todas sus relaciones, sin embargo el acto de la voluntad es completamente malo".(6) Es cierto, por tanto, que cuando el pecado venial influye hasta tal punto en la voluntad que se convierte en su principio director, es un veneno que contamina y destruye por completo nuestras buenas acciones. Aunque nuestra vida fuese una continua oración, aunque colmáramos de bienes y tesoros a los pobres, macerásemos nuestro cuerpo por la penitencia, excediésemos a los ángeles en pureza, sobrepasásemos al buen Samaritano en caridad, y al mismo tiempo practicásemos la paciencia, la humildad, y la obediencia en un grado heroico, todas estas virtudes seguirían estando vacías de mérito si nuestro corazón tuviera la desgracia de empaparse del veneno del orgullo, el egoísmo, o la sensualidad, y esas acciones aparentemente laudables degenerarían en faltas merecedoras de castigo.


(1) Ecles. 10,1. (2) Mateo 6,1. (3) Santo Tomás dice expresamente que la vanagloria contra la cual Jesucristo nos advierte aquí es solo un pecado venial. (4) Sobre el 1er capítulo de la Epístola a los Gálatas. (5) Santo Tomás 2. 2, q. 132, a. 3. (6) Santo Tomas 1. 2, q. 19, a. 7.

Continuará...

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (6)

 

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.


3. La criatura es incapaz por sí misma de ofrecer adecuada satisfacción por el pecado venial. (Continuación).

Pero la malicia del pecado venial no termina aquí. No contento con haber vertido una vez la Sangre de un Dios, el pecado venial renueva diariamente los atroces insultos que acompañaron al tormento del Calvario -un tormento que extendió la consternación a toda la naturaleza "cuando el sol se oscureció, los sepulcros se abrieron, y el velo del templo se rasgó". (1)


Si el pecado mortal crucifica de nuevo al Hijo de Dios, el venial, según los Padres, renueva contra nuestro Divino Maestro la ignominia de las burlas, los golpes, y los insultos. ¡Y sin embargo el hombre tiene la temeridad de frivolizar tal falta ligera! ¡Oh Cielos! ¡Golpear al Hijo de Dios, desgarrar Su pelo, cubrir Su rostro adorable de saliva! ¿Es esto acaso una ofensa liviana?- ¡Colmarte de insultos, oh Divino Jesús! ¡Abrumarte con la ignominia y los ultrajes sería, como mucho, un descuido perdonable en un cristiano! ¡Ah! ¿Quién podrá impedir que los rayos del Cielo venguen semejante conducta!


"Ay de vosotros, que arrastráis estas iniquidades como una larga cadena". (2) "Temblad, desgraciados, pues el justo vengador vendrá pronto y no tardará". (3)


Dios mío, "que mis ojos derramen torrentes de lágrimas" (4), que nunca dejen de llorar, pues mis culpas "exceden en mucho al número de mis cabellos de mi cabeza". "He pecado, he obrado la iniquidad en Tu presencia", (5) y una iniquidad muy grande, cuando cometí hasta un pecado venial; pero a causa de Tu amor, Dios mío, lo lamento de todo corazón. Horrorizado por la malicia del pecado venial, tomo la firme resolución de no permitir que vuelva a manchar mi alma.


Os prometo, "oh Dios vivo, en cuya presencia me hallo", (6) "que mientras tenga aliento mis labios no hablarán iniquidad, ni mi lengua urdirá la mentira". (7) Abandonaré gustosamente todas mis posesiones, y sufriré todos los males antes que "vender mi alma" (8) aun al pecado venial. Mas Tú sabes, oh Dios mío, que por mí mismo sólo puedo pecar y perder mi alma; dígnate entonces "confirmar lo que has hecho en nosotros", (9) "y ayúdanos a cumplir los buenos propósitos que Tu gracia nos ha inspirado a hacer".


(1) Lucas 23, 45. (2) Isaías 5, 18. (3) Habac. 2, 3. (4) Salmo 118, 136 (5) Salmo 39, 9. (6) Salmo 1, 6. (7) 4 Reyes 3, 14. (8) Job 27, 3. (9) Ecles. 19, 4.

Continuará...

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (5)

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.


3. La criatura es incapaz por sí misma de ofrecer adecuada satisfacción por el pecado venial.

Para comprender con mayor amplitud la malicia inconcebible de este pecado, supongamos que todos los Santos, postrados ante el trono del Altísimo, le ofrecieran sus méritos unidos para expiar por un solo pecado venial; supongamos que los Serafines le ofrecieran su amor; los Patriarcas su fe; los Profetas su valor; los Apóstoles su predicación; los Pontífices su celo; los Mártires su sangre; los Confesores su penitencia; las Vírgenes su pureza; la augusta Madre de Dios su incomparable santidad. Todo sería inútil. Todos estos méritos no tendrían valor para satisfacer y expiar la ofensa infligida al Todopoderoso por ese pecado venial. Nadie, ni siquiera el hombre más justo, con el mérito de la gracia habitual que enriquece su alma, puede, por sí mismo, satisfacer adecuadamente por su propio pecado o por el de su prójimo.


Sopesemos maduramente el alcance y la extensión de nuestra proposición. Una mentira contada inocentemente, una ligera emoción de ira, la tibieza en la oración, llevan consigo una transgresión de una naturaleza tan seria que ni el amor ardiente de los Serafines, ni la alabanza eterna de los bienaventurados, ni las poderosas oraciones de los Santos ofrecidas al "Cordero como dulces fragancias en viales dorados",(1) pueden proporcionar satisfacción para tal pecado.


¡Cuán deplorable es nuestra ceguera cuando lo cometemos de modo tan ligero y despreocupado!


4. El pecado venial combinado con el mortal es la causa de los sufrimientos y la muerte de Jesucristo.

Venid, Ángeles de paz,(2) venid con lamentos y desolación a ver a vuestro Dios expirar. Mas tú, pecador, escucha y tiembla. Esas ligeras faltas, que tú consideras como insignificantes, han causado los sufrimientos de Jesucristo, y Le han despojado de la vida. "Él fue herido por nuestras iniquidades; fue molido por nuestros pecados";(3) "Él fue muerto por nuestros pecados",(4) e incluso por nuestros pecados veniales, por los cuales también satisfizo a Su Padre Eterno mediante Su Pasión. ¡Sí, pecador! El Cordero sin mancha fue cubierto de heridas por culpa de tus palabras vanas, ociosas y engañadoras; fue traspasado por tus irreverencias y distracciones en la oración; "Él fue contado entre los malhechores"(5) para expiar tus celos, tu vanidad, tu orgullo, y tus difamaciones. Finalmente, "Él ha soportado en Su Cuerpo"(6) el castigo debido incluso por tus culpas veniales.


Con cada uno de tus pecados veniales has añadido nuevos tormentos a la pasión y los sufrimientos de Jesucristo; has cometido un crimen por el que este adorable Salvador fue atado, encadenado, azotado coronado de espinas -un crimen, en fin, que, combinado con el pecado mortal, consumó un horrible deicidio en la cruz. ¿Cómo, ¡oh alma infeliz! contemplas las consecuencias de tu pecado, pero sin embargo no lo detestas? Ni tampoco tienes el corazón deshecho de dolor, señal de que es más duro que las rocas que se partieron a la muerte del Salvador.


(1) Apoc. 5,8. (2) Isaías 33,7. (3) Isaías 53,5. (4) 1 Cor. 15,3. (5) Isaías 53,12. (6) 1 Pedro 2,24.

Continuará...

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (4)


TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.

2. Dios detesta soberanamente el pecado venial.


Tal es la malicia de este pecado y tal es el odio con el que la santidad de Dios lo persigue, que incluso si un alma fuera adornada durante su estancia aquí con toda la pureza de las vírgenes, la fe y la constancia de los mártires, el celo de los Apóstoles, y la perfección de San Juan Bautista, si todavía una única falta ligera quedara sin expiar, Dios mantendría a ese alma separada de Él hasta que hubiera sido purificada en las llamas del purgatorio.


Además, si por un imposible un santo del Cielo pudiera, debido al menor pecado, caer del estado de santidad confirmada, la cual es el privilegio de la visión intuitiva, en ese mismo instante, rechazada del seno de Dios con la rapidez del relámpago, sería precipitada en el purgatorio, para expiar allí por un olvido pasajero, una debilidad momentánea de la voluntad. "Nada impuro entrará en el Cielo", (1) tal es el oráculo del Espíritu Santo. Por la misma razón, nada manchado podría permanecer allí ni un solo segundo.


Considerad, pues, vosotros que sois tan indiferentes hacia el pecado venial, quien será el vengador de dicho pecado, y sobre quién y a través de qué motivos ejercerá Él la severidad de Su ira. Es el Dios de toda bondad, cuya misericordia excede a todas sus obras. Sí, Él es quien por un único pecado venial ejercería tan inclementemente los derechos de Su justicia sobre los santos, Sus más queridos amigos.


Tampoco castiga Dios más allá de lo que es justo; al contrario, Su Corazón es un horno ardiente de amor y misericordia.


Los propios santos se arrojarían voluntariamente desde sus tronos de gloria al fuego del infierno antes que ser culpables de la menor transgresión. Incluso se contarían por dichosos si pudieran, soportando esas llamas devoradoras, evitar una ligera falta. Y tal disposición heroica no es sino simple justicia, puesto que, según varios Teólogos eruditos, un solo pecado venial causa más dolor a Dios que todas las alabanzas eternas de los santos Le procuran gloria.


De nuevo reflexionad, vosotros que despreciáis el pecado venial, y pesad su gravedad, no en la balanza engañosa del juicio humano, sino en la balanza infalible del santuario.


Contemplad con qué claridad Dios, Jesucristo y los santos contemplan tal falta, mientras que vosotros tenéis la temeridad de excusarla. Los santos tiemblan ante la idea del pecado venial; su misma sombra estremece a los ángeles y llena el corazón de la Reina de los Ángeles de angustia. ¡Y el hombre, vil fango, tiene la audacia de cometerlo a cada momento en presencia de la adorable Trinidad, estimando en nada la injuria hecha a Dios! ¿Es acaso posible que sólo el hombre considere como insignificante aquello que los santos toman como el mayor de los males, a excepción del pecado mortal? ¿Es posible que un cristiano, un religioso o religiosa especialmente, pueda tomarse a la ligera una falta por la que algún día tendrá que rendir una estricta cuenta? No hay nada que sea leve o ligero cuando la Divina Majestad resulta ofendida, ni tampoco puede existir ninguna falta trivial mientras la santidad de Dios la condene.


(1) Apoc. 21, 27.


Continuará...

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (3)

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.

ARTÍCULO I.

1. De la malicia del pecado venial considerado en sí mismo.


Con la excepción del pecado mortal, no hay mayor mal que el pecado venial.

Según una revelación hecha a Santa Catalina de Génova, el pecado venial es un mal mayor que todos los demás combinados, incluyendo la muerte y el infierno. San Juan Crisóstomo, San Anselmo, San Doroteo, Santo Tomás de Aquino, y todos los Padres sostienen unánimemente esta doctrina; y Aristóteles, guiado únicamente por la luz de la razón, enseña que "debiéramos preferir morir en lugar de cometer una acción contraria a la virtud". (1) A estos testimonios añadimos un convincente argumento de Santo Tomás, quien nos dice que "el castigo infligido por el pecado participa menos que la culpa en la naturaleza del mal". (2) Consideremos todos los dolores de esta vida, más aún, las penas del mismo infierno, que son el justo castigo de los pecadores; pues bien, la falta más trivial es un mal mayor que todo eso. Además, Dios, la santidad esencial e infinita, no puede ser el autor del pecado, aunque, según los teólogos, es el autor y la causa positiva del castigo del pecado. Por tanto, es cierto, "que el castigo del pecado es un mal menor que el pecado en sí mismo", (3) y que deberíamos preferir caer en el infierno antes que ser culpables de haber cometido pecado.


Hijos de los hombres, gritaré con el Profeta, "Prestad oído y oíd mi voz; prestad atención y oíd mi discurso". (4) El menor pecado venial es un mal mayor que todos los demás, peor incluso que la muerte o el infierno. La única conclusión que sacamos de esta verdad es que, si por el menor pecado venial pudiéramos evitar los mayores males y obtener los bienes más sustanciosos y deseables para toda la raza humana, no estaríamos de este modo justificados para cometer dicha falta. ¡Oh! vosotros que os tomáis a la ligera el pecado venial, "bebiéndoos la iniquidad como si fuera agua" (5), quisiera el Cielo que esto "fuera profundamente impreso en la piedra" (6) de vuestros corazones.


En efecto, pues si nosotros pudiéramos, mediante una trivial mentira, evitar todo tipo de enfermedades, guerras, hambre, conflagraciones; si pudiéramos disipar todas las dolencias, restaurar nuestra reputación, consolidar la unión de las familias, preservar a nuestra patria de calamidades inminentes; si pudiéramos, abreviar o impedir las persecuciones del Anticristo y apagar todos los fuegos encendidos por la Divina Justicia en la otra vida, no nos estaría permitido decir esa pequeña mentira. ¿Qué es lo que digo? Si por una ligera emoción de ira pudiésemos obtener la conversión de los herejes, infieles e idólatras, liberar del infierno y del purgatorio a todas las almas que se encuentran retenidas allí, si pudiésemos asegurar la salvación de toda la humanidad, no nos sería lícito y no estaríamos justificados para cometer ese pecado venial. Es esto una verdad cierta atestiguada por todos los Padres y Teólogos de la Iglesia. Es un dogma de la Fe cristiana que no puede ser contradicho sin impiedad. La destrucción del mundo en el fin de los tiempos, la consternación de las naciones, la reprobación eterna de los condenados, son un mal menor que la comisión de un solo pecado venial. Todos estos males afectan únicamente a la criatura, pero el pecado, aunque sólo sea venial, es una injuria hecha a Dios; entristece y hiere Su Corazón. En la misma proporción, pues, en que la criatura es inferior al Creador, el pecado es un mal mayor que todos los demás.


Entre Dios y la criatura hay una disparidad infinitamente mayor que entre el hombre y un insecto; mas como el hombre sacrifica la vida del insecto en el momento en que recibe la menor inconveniencia por parte del mismo, del mismo modo debe de ser incomparablemente mejor consentir en la completa aniquilación del universo que ofender a la Soberana Majestad por la menor falta.


Y sin embargo, "Oh Cielos, mostrad desolación" (7); pues hay hombres, qué digo, incluso hombres religiosos, que presumen de alegar esta excusa culpable, "¡tan sólo es un pecado venial!" ¡Oh! ¡Qué distinto lo consideraremos en la hora de la muerte!


1. Ethic. 2. 1, q.48, a.6. 3. Ibid. 4. Isai. xxviii. 23. 5. Job xv. 16. 6. Job xix. 24. 7. I Jerem. ii. 12.


Continuará...

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (2)

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.


PRIMERA PARTE

De los principales obstáculos en la adquisición de la virtud sólida


El fruto que debemos extraer de las consideraciones presentadas en este trabajo debería ser un esfuerzo honesto y perseverante en adquirir la virtud sólida. Para conseguir este fin, es absolutamente necesario empezar quitando los obstáculos para su realización. Si no hacemos de esto nuestra primera preocupación, todo terminará en deseos inútiles, y nuestros esfuerzos resultarán inútiles.


Tales obstáculos son el pecado venial, la tibieza, el abuso de la gracia, la pasión dominante, el respeto humano, y la pereza al levantarse por la mañana. Todos estos vicios dañan la vida de la Gracia, conspiran para destruir el alma, debilitan sus méritos, y arruinan el trabajo de su perfeccionamiento; mientras existan dichos impedimentos, no habrá esperanza de adquirir una virtud sólida. En consecuencia, la primera parte de este trabajo, que corresponde a la vía purgativa, nos aplicaremos exclusivamente a la destrucción del más mínimo vestigio de esos vicios tan perjudiciales para nuestro progreso espiritual.



CAPÍTULO I

DEL PECADO VENIAL


El pecado mortal extingue la Caridad, expulsa al Espíritu Santo, nos aleja de nuestro último fin que es Dios, nos inflige la muerte del alma, nos cierra el Cielo, y conduce directamente al Infierno.


No puede haber duda, pues, de que debemos considerar este mal monstruoso, cuya sola mención llena a los amigos de Dios de horror y espanto, como el mayor obstáculo para nuestro progreso en la virtud. No vamos a hacer alusión al pecado mortal aquí.


Después del pecado mortal, el venial es, según los Doctores de la Iglesia, el primer obstáculo para nuestra santificación. Con el fin de aprender a evitarlo, y para estimularnos a nosotros mismos a hacer esto, consideremos que es un gran mal: en primer lugar, en sí mismo; en segundo lugar, en sus efectos; y en tercer lugar, en el castigo que merece.


Concluiremos este capítulo examinando si tenemos un odio genuino al pecado venial y una firme resolución de huir incluso de las menores faltas.

Continuará...

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (1)


TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.

PREFACIO DEL AUTOR

San Ignacio, vivamente impresionado por estos oráculos de la Escritura: "Sed perfectos" (Mateo 5, 48), "Sed santos" (Lev. 11,44), y "Dios desea vuestra santificación" (I Tes. 4, 3), recomienda encarecidamente a todos sus Religiosos "no escatimar ningún esfuerzo en la adquisición de la piedad (virtud) sólida y perfecta" (Instituc. de los Jesuitas, 10ª parte, 2). Es este consejo importante y saludable que nos ha inspirado la idea para esta obra.


La virtud sólida es el estado de un alma confirmada en la virtud por una larga práctica de buenas obras. El objetivo de este trabajo es establecernos en ese feliz estado en el que nuestra voluntad está, por decirlo así, naturalmente inclinada a producir actos sobrenaturales en todas las ocasiones con prontitud, fervor, pureza de intención, y perseverancia.


En la Primera Parte de esta obra nos esforzaremos por eliminar los obstáculos que aparecen en el camino de la práctica de la virtud sólida; en la Segunda, señalaremos los medios para adquirir esta virtud; y en la Tercera explicaremos los motivos que nos urgen a perfeccionarnos diariamente en ella. La primera parte se refiere pues a la vía purgativa, la segunda a la iluminativa, y la tercera a la vía unitiva: explicaremos y demostraremos la verdad de estas relaciones a la conclusión de cada una de las tres partes.


Podemos contar seis obstáculos principales para la virtud sólida: el pecado venial, la tibieza, el abuso de la gracia, la pasión dominante, el respeto humano, y la pereza a la hora de levantarse por la mañana. A estos seis obstáculos opondremos seis medios de fortificarnos en el camino hacia la santificación: la perfección de nuestras acciones ordinarias, la meditación, el recogimiento interior, la Sagrada Comunión, el examen particular, y un retiro de tres días dos veces al año. Finalmente, también propondremos seis motivos importantes para tender a la perfección: lo que nos enseña la Fe acerca de la virtud sólida, el temor a los males que afligen a quienes no practican dicha virtud, la esperanza de las bendiciones de la cual es la fuente, el amor de Dios que exige y merece que seamos sólidamente virtuosos, la felicidad de la cual gozan los que son perfectos, y finalmente la corona reservada a la perseverancia.


Estos obstáculos, medios, y motivos no son, es cierto, los únicos que podrían alegarse para la práctica de la virtud sólida; mas como son los más importantes nos dedicaremos exclusivamente a ellos en las siguientes consideraciones. Además, podemos referirnos a ellos como su principio, todo lo que concierne a la teología ascética, de la cual son la parte más destacada.

Continuará...