VACANTIS APOSTOLICAE SEDIS

"Quod si ex Ecclesiae voluntate et praescripto eadem aliquando fuerit necessaria ad valorem quoque." "Ipsum Suprema Nostra auctoritate nullum et irritum declaramus."

LA SOLIDARIDAD DE LOS PUEBLOS CONTRA EL ESPÍRITU DE AGRESIÓN

S.S. Pío XII
Víspera de Navidad de 1948
AAS VOL. XLI P.5

El verdadero anhelo cristiano de paz es fuerza y no debilidad o cansada resignación. Es una misma cosa con el anhelo de paz del eterno y omnipotente Dios. 

Toda guerra de agresión contra aquellos bienes que la ordenación divina de la paz obliga a respetar y garantizar incondicionalmente, y, por consiguiente, también a proteger y a defender, es pecado, delito y atentado contra la majestad de Dios, creador ordenador del mundo. 

Un pueblo amenazado o víctima ya de una injusta agresión, si quiere pensar y obrar cristianamente, no puede permanecer en una indiferencia pasiva; y con tanta mayor razón la solidaridad de la familia de los pueblos prohíbe a los demás el comportarse como simples espectadores en una posición de imposible neutralidad. 

¿Quién podrá nunca ponderar los daños ocasionados en el pasado por esta indiferencia, bien ajena del sentido cristiano, ante la guerra de agresión? ¡Cómo ha hecho probar ella más agudamente el sentido de la falta de seguridad en los «grandes» y sobre todo en los «pequeños»! ¿Ha traído acaso, en compensación, alguna ventaja? No ha hecho, por el contrario, sino asegurar y alentar a los autores y fautores de la agresión, poniendo a cada uno de los pueblos abandonados a sí mismos en la necesidad de aumentar indefinidamente sus armamentos.

Apoyándose, pues, en Dios y en el orden por Él establecido, el anhelo cristiano de paz es fuerte como el acero. Es de un temple bien diverso del mero sentimiento de humanidad, con demasiada frecuencia formado de pura impresionabilidad, que no aborrece la guerra, sino por sus horrores y atrocidades, por sus destrucciones y consecuencias, y no al mismo tiempo por su injusticia. A un sentimiento tal, de factura eudemonistica y utilitaria y de origen materialista, le falta la sólida base de una estricta e incondicional obligación. El crea aquel terreno en donde se desarrollan el engaño del compromiso estéril, las tentativas de salvarse a costa de otros, y en todo caso el éxito afortunado del agresor.

Tanto es así, que ni la sola consideración de los dolores y de los males provenientes de la guerra ni la exacta dosificación de la acción emprendida y del provecho que se espera, sirven, en fin de cuentas, para determinar si es moralmente lícito, o aun obligatorio en algunas circunstancias concretas (siempre que haya probabilidad fundada de buen éxito), el repeler con la fuerza al agresor.

De todos modos hay una cosa cierta: el precepto de la paz es de derecho divino. Su fin es la protección de los bienes de la Humanidad, en cuanto bienes del creador. Ahora bien, entre estos bienes, algunos son de tanta importancia para la convivencia humana que, defenderlos contra una agresión injusta, es sin duda plenamente legítimo. 

A esta defensa está obligada también la solidaridad de las naciones, que tienen el deber de no dejar abandonado al pueblo agredido. La seguridad de que este deber no quedará sin llevarse a efecto, servirá para desalentar al agresor y, en consecuencia, para evitar la guerra, o al menos, en la hipótesis peor para abreviar los sufrimientos.


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S.S. Pío IX
Syllabus 
Proposiciones condenadas

LXII. Es razón proclamar y observar el principio que llamamos de no intervención.
(Alocución Novos et ante, 28 septiembre 1860)

LXIV. Así la violación de cualquier santísimo juramento, como cualquiera otra acción criminal e infame, no solamente no es de reprobar, pero también es razón reputarla por enteramente lícita, y alabarla sumamente cuando se hace por amor a la patria.
(Alocución Quibus quantisque, 20 abril 1849)

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EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA (XVIII) por Aloysius Bellecius SJ


LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA 
(Aloysius Bellecius SJ, Madrid, 1867). 


CONSIDERACIÓN.
Sobre la indiferencia a todo lugar, todo empleo, todo estado de salud y grado de perfección. (Final)

III. A fin de que no se debilite con el tiempo nuestra resolucion , creamos firmemente que , a excepcion del pecado , todo lo que sucede en el universo , lejos de ser el efecto de un ciego acaso, es el cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre celestial , que no solamente lo prevee todo, sino que amándonos sin medida , todo lo dispone, notémoslo bien , todo con suavidad (1 ) , equidad y sabiduría , con una moderacion y prudencia infinitas . Por consiguiente , tengamos por cierto que es Dios quien por medio de nuestros superiores nos señala tal lugar , tal ministerio , tal ocupacion : que su mano paternal es la que nos envia tal enfermedad , tales adversidades : en una palabra , que Dios , sí , Dios es quien quiere que vivamos en tal lugar, que desempeñemos tal cargo , que trabajemos en la adquisicion de tal grado de perfeccion , y que padezcamos tales dolores corporales , tales aflicciones espirituales .


Pero no , se dice , nada menos que la voluntad de Dios : no es más que una intriga de los que me tienen envidia , es una fatal prevencion de los superiores , una cuestion de partido , una pura acepcion de personas : es una venganza , un rencor , un odio , una rivalidad , he aquí la causa del mal . Tal es la opinion que uno se forma en la precipitacion de sus juicios , pero acaso con menos fundamento que temeridad ; porque muy á menudo se engaña nuestro espíritu , entregado á sus penas , y lo que nuestra imaginacion recelosa presume que ha podido suceder , lo creemos ya un hecho consumado.


Supongamos sin embargo que la cosa es como se pretende : demos que la malicia de los hombres es la fuente corrompida de las adversidades , cuya amargura experimentamos : ¿ qué se sigue de aquí ? Confieso que obran mal , que la santidad de Dios reprueba su conducta , y que su justicia les muestra el suplicio que la ha de castigar ; con todo , yo digo y sostengo que el soberano Señor del universo , aunque no quiere el pecado , quiere sin embargo su efecto y que ese lugar, ese oficio , esa enfermedad , esos disgustos , toda vez que no son pecados , son por consiguiente el objeto de la divina voluntad , por más que sean la consecuencias de las faltas de otros .


Así , aunque el Señor de las virtudes ( 2 ) hubiese detestado la venta de José , aprobó sin embargo su permanencia en Egipto y el cargo que allí desempeñó . Dios me ha enviado, lo confiesa él mismo , Dios me ha enviado delante de vosotros á Egipto (3) . Notémoslo : Dios , no la envidia de sus hermanos , sino la providencia de lo alto . Lo mismo , aunque todas las miserias y calamidades que vinieron sobre Job , procedian de la malicia de Satanás , todas eran sin embargo el objeto del eterno beneplácito de Dios . El Señor me lo ha dado , el Señor me lo ha quitado (4) : tal es el testimonio del mismo Job . Hagámonos cargo de sus palabras : no Satanás , sino el Señor . En fin , el Padre celestial condenó el furor de los judíos , y sin embargo , Él mismo habia decretado la muerte de su Hijo ; así decia Jesucristo á S. Pedro : ¿ No quieres que beba el cáliz que me ha dado mi Padre (5) ? No dice el cáliz de los judíos , sino el cáliz que le ha dado su Padre.


Por una conducta semejante pues , la santidad de Dios condenará la malevolencia de nuestros compañeros , la imprudencia de nuestros superiores , la envidia de nuestros rivales ; pero con todo , Él exige de nosotros esta posicion , este infortunio , esta opresion , que es su resultado . ¡ Oh religioso ! no es la envidia de tus hermanos , sino la Providencia del cielo ; no es Satanás , sino el Señor ; no es el odio , sino tu Padre quien te ha relegado á Egipto , quien te ha enviado esos males , quien te ha alargado ese cáliz .


Dios , Dios quiere que estés en ese puesto , que desempeñes ese cargo , que padezcas esa enfermedad , que estés como escondido y envilecido en ese rincon , que te aflijan esa adversidad , ese desprecio , esa persecucion . Sí , Dios lo quiere : que el mundo razone , que el amor propio se queje : Dios lo quiere.


Y lo quiere proponiéndose siempre nuestro mayor bien : Él procura , ¡ oh ! suplid , espíritus bienaventurados , nuestra insuficiencia para adorar las bondades del Criador; Él procura en toda ocasion nuestra propia utilidad con una caridad tan previsora que , si se descorriese el velo , si nos fuese dado penetrar los secretos de la divina Providencia sobre nosotros , aprobariamos sin reserva lo que ahora nos da tanta pena , y no hariamos uso de nuestra libertad sino para escoger lo que nos sucede por permision del cielo .


¿ Cómo podria suceder otra cosa ? El Ser infinitamente perfecto , á cuyos ojos no hay nada oculto ( 6 ) , sabe lo que nos es más ventajoso , y puede tambien dárnoslo , toda vez que puede todo lo que quiere (7) . Él nos lo dará pues , porque nos ama como la pupila de sus ojos (8) : Él nos lleva en su seno como una nodriza suele llevar al pequeñuelo (9) ; por consiguiente todo lo que nos sucede por disposicion suya , nos sucede para nuestro mayor bien .


Sí , el Dios de las virtudes no solamente ordena todas las cosas en número peso y medida ( 10 ) , sino que además nos gobierna con grande miramiento (11) , cambiando por nosotros el mal en bien (12) , y haciéndonos sacar provecho hasta de la misma tentacion (13) . Arrojémonos , pues , enteramente , con una perfecta indiferencia para todo , en los brazos de un padre , que nos conduce con tanto amor, y digamos con S. Ignacio de Loyola : Haced de mi como sabeis que me conviene , y como quereis, porque ya sé que me amais . Que este grito de victoria : ¡ Dios lo quiere ! sea el celestial é impenetrable escudo con que rechacemos los asaltos de nuestro indócil corazón , y no aflojemos un punto hasta que hayamos llegado a la perfección de la dichosa indiferencia .


(1 ) Sap. , VIII. , 1. (2) Ps . XLVI , 8. ( 3 ) Génesis , XLV , 5 . (4) Job , I , 21. (5) Joan. , XVIII , 11 . (6) Eccli. , XXXIX , 24. (7) Sap . XIV , 18 . (8) Deut . , XXXII , 10 . (9) Núm . , XI , 12 . (10 ) Sap . , XI , 21 . (11) Ibid. , XII , 18 . (12) Génesis , L , 20. (13) 1 Corinth . , X , 3.


Continuará...

CARÁCTER PROPIO DE LA MALICIOSA Y FRAUDULENTA IMPIEDAD DE LOS NOVADORES

 
S.S.Pío VII
Carta (de amonestación) al Cardenal
Luis María de Borbón y Vallabriga Arzobispo de Toledo
25 de abril de 1821

Acordaos que es el carácter propio de la maliciosa y fraudulenta impiedad de los novadores insistir y procurar que las cosas divinas se acomoden y atemperen a la mutabilidad y variabilidad de las humanas. 


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TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (2)

TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.


PRIMERA PARTE

De los principales obstáculos en la adquisición de la virtud sólida


El fruto que debemos extraer de las consideraciones presentadas en este trabajo debería ser un esfuerzo honesto y perseverante en adquirir la virtud sólida. Para conseguir este fin, es absolutamente necesario empezar quitando los obstáculos para su realización. Si no hacemos de esto nuestra primera preocupación, todo terminará en deseos inútiles, y nuestros esfuerzos resultarán inútiles.


Tales obstáculos son el pecado venial, la tibieza, el abuso de la gracia, la pasión dominante, el respeto humano, y la pereza al levantarse por la mañana. Todos estos vicios dañan la vida de la Gracia, conspiran para destruir el alma, debilitan sus méritos, y arruinan el trabajo de su perfeccionamiento; mientras existan dichos impedimentos, no habrá esperanza de adquirir una virtud sólida. En consecuencia, la primera parte de este trabajo, que corresponde a la vía purgativa, nos aplicaremos exclusivamente a la destrucción del más mínimo vestigio de esos vicios tan perjudiciales para nuestro progreso espiritual.



CAPÍTULO I

DEL PECADO VENIAL


El pecado mortal extingue la Caridad, expulsa al Espíritu Santo, nos aleja de nuestro último fin que es Dios, nos inflige la muerte del alma, nos cierra el Cielo, y conduce directamente al Infierno.


No puede haber duda, pues, de que debemos considerar este mal monstruoso, cuya sola mención llena a los amigos de Dios de horror y espanto, como el mayor obstáculo para nuestro progreso en la virtud. No vamos a hacer alusión al pecado mortal aquí.


Después del pecado mortal, el venial es, según los Doctores de la Iglesia, el primer obstáculo para nuestra santificación. Con el fin de aprender a evitarlo, y para estimularnos a nosotros mismos a hacer esto, consideremos que es un gran mal: en primer lugar, en sí mismo; en segundo lugar, en sus efectos; y en tercer lugar, en el castigo que merece.


Concluiremos este capítulo examinando si tenemos un odio genuino al pecado venial y una firme resolución de huir incluso de las menores faltas.

Continuará...

SOBRE EL ORIGEN DE LA AUTORIDAD


S.S. León XIII
Diuturnum illud 
(29 de junio de 1881)

Necesidad de la autoridad

3. Aunque el hombre, arrastrado por un arrogante espíritu de rebelión, intenta muchas veces sacudir los frenos de la autoridad, sin embargo, nunca ha podido lograr la liberación de toda obediencia. La necesidad obliga a que haya algunos que manden en toda reunión y comunidad de hombres, para que la sociedad, destituida de principio o cabeza rectora, no desaparezca y se vea privada de alcanzar el fin para el que nació y fue constituida. 

Pero si bien no ha podido lograrse la destrucción total de la autoridad política en los Estados, se ha querido, sin embargo, emplear todas las artes y medios posibles para debilitar su fuerza y disminuir su majestad. Esto sucedió principalmente en el siglo XVI, cuando una perniciosa novedad de opiniones sedujo a muchos.

A partir de aquel tiempo, la sociedad pretendió no sólo que se le diese una libertad más amplia de lo justo, sino que también quiso modelar a su arbitrio el origen y la constitución de la sociedad civil de los hombres. 

Pero hay más todavía. Muchos de nuestros contemporáneos, siguiendo las huellas de aquellos que en el siglo pasado se dieron a sí mismos el nombre de filósofos, afirman que todo poder viene del pueblo. Por lo cual, los que ejercen el poder no lo ejercen como cosa propia, sino como mandato o delegación del pueblo, y de tal manera, que tiene rango de ley la afirmación de que la misma voluntad popular que entregó el poder puede revocarlo a su antojo.

Muy diferente es en este punto la doctrina católica, que pone en Dios, como un principio natural y necesario, el origen del poder político.

4. Es importante advertir en este punto que los que han de gobernar los Estados pueden ser elegidos, en determinadas circunstancias, por la voluntad y juicio de la multitud, sin que la doctrina católica se oponga o contradiga esta elección. Con esta elección se designa el gobernante, pero no se confieren los derechos del poder. Ni se entrega el poder como un mandato, sino que se establece la persona que lo ha de ejercer. 

No se trata en esta encíclica de las diferentes formas de gobierno. No hay razón para que la Iglesia desapruebe el gobierno de un solo hombre o de muchos, con tal que ese gobierno sea justo y atienda a la común utilidad. Por lo cual, salvada la justicia, no está prohibida a los pueblos la adopción de aquel sistema de gobierno que sea más apto y conveniente a su manera de ser o a las instituciones y costumbres de sus mayores.

El poder viene de Dios

5. Pero en lo tocante al origen del poder político, la Iglesia enseña rectamente que el poder viene de Dios. 

Así lo encuentra la Iglesia claramente atestiguado en las Sagradas Escrituras y en los monumentos de la antigüedad cristiana. Pero, además, no puede pensarse doctrina alguna que sea más conveniente a la razón o más conforme al bien de los gobernantes y de los pueblos.

6. Los libros del Antiguo Testamento afirman claramente en muchos lugares que la fuente verdadera de la autoridad humana está en Dios: «Por mí reinan los reyes...; por mí mandan los príncipes, y gobiernan los poderosos de la tierra»[1]. Y en otra parte: «Escuchad vosotros, los que imperáis sobre las naciones..., porque el poder os fue dado por Dios y la soberanía por el Altísimo»[2]. Lo cual se contiene también en el libro del Eclesiástico: «Dios dio a cada nación un jefe»[3]. 

Sin embargo, los hombres que habían recibido estas enseñanzas del mismo Dios fueron olvidándolas paulatinamente a causa del paganismo supersticioso, el cual, así como corrompió muchas nociones e ideas de la realidad, así también adulteró la genuina idea y la hermosura de la autoridad política. 

Más adelante, cuando brilló la luz del Evangelio cristiano, la vanidad cedió su puesto a la verdad, y de nuevo empezó a verse claro el principio noble y divino del que proviene toda autoridad. 

Cristo nuestro Señor respondió al presidente romano, que se arrogaba la potestad de absolverlo y condenarlo: «No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo alto»[4]. Texto comentado por San Agustín, quien dice: «Aprendamos lo que dijo, que es lo mismo que enseñó por el Apóstol, a saber: que no hay autoridad sino por Dios»[5]. A la doctrina y a los preceptos de Jesucristo correspondió como eco la voz incorrupta de los apóstoles. Excelsa y llena de gravedad es la sentencia de San Pablo dirigida a los romanos, sujetos al poder de los emperadores paganos: No hay autoridad sino por Dios. De la cual afirmación, como de causa, deduce la siguiente conclusión: La autoridad es ministro de Dios[6].


7. Los Padres de la Iglesia procuraron con toda diligencia afirmar y propagar esta misma doctrina, en la que habían sido enseñados. «No atribuyamos —dice San Agustín— sino a sólo Dios verdadero la potestad de dar el reino y el poder»[7]. San Juan Crisóstomo reitera la misma enseñanza: «Que haya principados y que unos manden y otros sean súbditos, no sucede el acaso y temerariamente..., sino por divina sabiduría»[8]. Lo mismo atestiguó San Gregorio Magno con estas palabras: «Confesamos que el poder les viene del cielo a los emperadores y reyes»[9]. Los mismos santos Doctores procuraron también ilustrar estos mismos preceptos aun con la sola luz natural de la razón, de forma que deben parecer rectos y verdaderos incluso a los que no tienen otro guía que la razón.

En efecto, es la naturaleza misma, con mayor exactitud Dios, autor de la Naturaleza, quien manda que los hombres vivan en sociedad civil. Demuestran claramente esta afirmación la facultad de hablar, máxima fomentadora de la sociedad; un buen número de tendencias innatas del alma, y también muchas cosas necesarias y de gran importancia que los hombres aislados no pueden conseguir y que unidos y asociados unos con otros pueden alcanzar. 

Ahora bien: no puede ni existir ni concebirse una sociedad en la que no haya alguien que rija y una las voluntades de cada individuo, para que de muchos se haga una unidad y las impulse dentro de un recto orden hacia el bien común. 

Dios ha querido, por tanto, que en la sociedad civil haya quienes gobiernen a la multitud. 

Existe otro argumento muy poderoso. Los gobernantes, con cuya autoridad es administrada la república, deben obligar a los ciudadanos a la obediencia, de tal manera que el no obedecerles constituya un pecado manifiesto. Pero ningún hombre tiene en sí mismo o por sí mismo el derecho de sujetar la voluntad libre de los demás con los vínculos de este imperio. Dios, creador y gobernador de todas las cosas, es el único que tiene este poder. Y los que ejercen ese poder deben ejercerlo necesariamente como comunicado por Dios a ellos: «Uno solo es el legislador y el juez, que puede salvar y perder»[10]. 

Lo cual se ve también en toda clase de poder. Que la potestad que tienen los sacerdotes dimana de Dios es verdad tan conocida, que en todos los pueblos los sacerdotes son considerados y llamados ministros de Dios. De modo parecido, la potestad de los padres de familia tiene grabada en sí cierta efigie y forma de la autoridad que hay en Dios, «de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra»[11]. 

Por esto las diversas especies de poder tienen entre sí maravillosas semejanzas, ya que toda autoridad y poder, sean los que sean, derivan su origen de un solo e idéntico Creador y Señor del mundo, que es Dios.

8. Los que pretenden colocar el origen de la sociedad civil en el libre consentimiento de los hombres, poniendo en esta fuente el principio de toda autoridad política, afirman que cada hombre cedió algo de su propio derecho y que voluntariamente se entregó al poder de aquel a quien había correspondido la suma total de aquellos derechos. Pero hay aquí un gran error, que consiste en no ver lo evidente. Los hombres no constituyen una especie solitaria y errante. Los hombres gozan de libre voluntad, pero han nacido para formar una comunidad natural. Además, el pacto que predican es claramente una ficción inventada y no sirve para dar a la autoridad política la fuerza, la dignidad y la firmeza que requieren la defensa de la república y la utilidad común de los ciudadanos. La autoridad sólo tendrá esta majestad y fundamento universal si se reconoce que proviene de Dios como de fuente augusta y santísima.
Continua...


Notas:

[1] Prov 8,15-16.[2] Sab 6,3-4.[3] Eclo 17,14.[4] Jn 19,11.[5] San Agustín, Tractatus in Ioannis Evangelium CXVI, 5: PL 35,1943.[6] Rom 13,1-4.[7] San Agustín, De civitate Dei V 21: PL 41,167.[8] San Juan Crisóstomo, In Epistolam ad Romanos hom.23,1: PG 60,615.[9] San Gregorio Magno, Epístola 11,61.[10] Sant 4,12. [11] Ef 3,15.

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EL LIBRO DE LA JOVEN (VII)



IV. LA RELIGIÓN


§ I —Instrucción y Educación religiosa


La religión católica satisface todas las necesidades del espíritu: la de creer como la de pensar. (Madame Swetchine).


57. — La esencia de la religión.—He aquí una pincelada maestra que dibuja con un solo rasgo la esencia de la Religión. «El Cristianismo, o sea la Iglesia católica, es la imitación de la vida divina» (1). Cuanto más cristiana es una doncella, tanto más debe asemejarse a Dios por la imitación de las virtudes divinas. En este sentido dicen los Santos Padres que el cristiano es o ha de ser otro Jesucristo (2).


58. El estudio y la práctica de la Religión. -Estudio y práctica, son dos términos correlativos. El que más estudia la religión, llega a practicarla mejor; y el que más la practica, llega a conocerla mejor.

Este estudio y esta práctica son aún más necesarios en la mujer que en el hombre, pues la mujer es la que debe formar al hombre cristiano.

«El hombre no es más que lo que la mujer le hace, y la mujer del día no puede hacer al hombre cristiano sino uniendo a la práctica exacta la ciencia entera del Cristianismo". (3)


59.—«No hay educación sin religiónEn el fondo de toda educación ha de estar la idea de Dios. Si no se edifica sobre esta piedra angular, es lo mismo que edificar sobre arena: el edificio se derrumbará al primer empuje del vendaval.

No es aquí el caso de aducir pruebas y traer datos. Baste recordar este hecho.

Las consecuencias de la enseñanza neutra fueron un tiempo tan desastrosas en Francia, que después de diez años de haberse implantado en las escuelas públicas. Portalis, ministro entonces de Napoleón I, dijo así en la Asamblea legislativa:

«Tiempo es ya de que las teorías callen ante los hechos. ¡No hay enseñanza sin educación, ni educación sin religión!»


60. Napoleón en Santa Elena. —El arzobispo de B... se encontraba en Aix-le-Bain, a donde había ido con el fin de restablecer su salud. Un día le llamaron a la cabecera de una enferma, hija de un célebre general. Acudió en el acto. Al escucharla, era tal el fervor y dulce piedad con que se expresaba la moribunda, que el arzobispo no pudo contener las lágrimas. Admirando su extraordinaria instrucción religiosa, le preguntó dónde había sido educada.

Monseñor,—respondió ella,—después de Dios, es al emperador Napoleón a quien debo lo que sé. Yo vivía con mi familia en la isla Santa Elena. Tenía sólo diez años, cuando un día el emperador me dijo:

Hija mía, tú eres joven, muchos peligros te aguardan en el mundo. ¿Qué será de ti si no te hallares protegida por la religión? Tu padre y tu madre no la tienen. Yo tomo sobre mí el deber que pesa sobre ellos: ven todos los días; desde mañana comenzaré a darte mis lecciones. 

Durante dos años consecutivos, asistí varias veces por semana, al catecismo que me enseñaba el emperador. Me daba lecciones y me las explicaba. Cuando llegué a la edad de doce a trece años, me dijo: Al presente, hija mía, estás suficientemente instruida. Es necesario que te dispongas a hacer tu primera comunión. Voy a hacer venir de Francia un sacerdote para que te prepare a ti para tan grande acto y a mí para la muerte.

El emperador cumplió su palabra (4). En efecto, la niña hizo su primera Comunión, y el emperador, hallándose cercano a la muerte, se confesó, recibió el Santo Viático y la Extremaunción.

«Estoy muy contento por haber cumplido con mis deberes,—dijo al general Montholon.—Deseo, general, que al morir tengáis la misma felicidad... Ocupando el trono he omitido la práctica de mi religión, porque el poder enloquece a los hombres. Mas he conservado siempre la fe: el sonido de las campanas me causaba placer, y la vista de un sacerdote me conmovía. Yo quería hacer de todo esto un secreto, pero sería una debilidad... Quiero glorificar a Dios...» (5).


61. Un documento de Napoleón. —El emperador había dictado esta nota para el establecimiento de niñas de Ecouen, célebre castillo no lejos de París, donde se educaban las hijas de los miembros de la Legión de Honor. El documento tiene la fecha del 15 de Mayo de 1807: «¿Qué cosas les enseñarán a las señoritas que se eduquen en Ecouen? Hay que comenzar por la religión en toda su severidad. No consintáis en este punto ninguna modificación. La religión es asunto muy importante en una institución pública para señoritas. Ella es, por más que se diga, la más segura garantía para las madres y para los maridos. Educadnos mujeres creyentes, y no razonadoras. La delicadeza del cerebro de las mujeres, lo movedizo de sus ideas, su destino en el orden social, la necesidad para ellas de una constante y perpetua resignación y de una caridad indulgente: todo ello no se puede conseguir sino con la religión. Deseo que salgan de Ecouen, no mujeres agradables, sino mujeres virtuosas, y que sean sus atractivos las buenas costumbres y el corazón. . .»


62. Diderot, catequista.Los impíos mismos reconocen la importancia del Catecismo. Así vemos, por ejemplo, a Diderot, uno de los corifeos de la seudofilosofía del siglo XVIII, que sin atreverse a confiar a nadie la educación de su hija María, de diez años, se encargó de enseñarle personalmente el Catecismo. Uno de sus amigos, M. Beauzée, lo sorprendió en cierta ocasión dando sus lecciones:

¡Cómo!—exclamó; —¿tú le enseñas el Catecismo a tu hija? ;Te estás burlando? 

Diderot que quería ser impío con sus amigos, pero no en presencia de su hija, frunció las cejas y respondió severamente: —Si yo conociese un libro mejor para hacer de María una niña respetuosa y tierna, buena mujer y digna madre, se lo enseñaría; pero a la verdad, que en el mundo no conozco más que el Catecismo que le pueda enseñar todo esto: ¡ojalá que, para felicidad suya y mía, crea, ame y practique cuanto en él se indica! (6). Y solía vindicarse de los sarcasmos de sus amigos incrédulos con estas palabras: «La impiedad puede ser en un hombre un extravío de la inteligencia, en una mujer es un vicio del corazón. Hanse visto hombres extraviados más por las doctrinas que por las malas pasiones, seguir, a pesar de esto, siendo honrados: pero una mujer que abandona la religión lo pierde todo. He aquí la razón por la cual yo opino que una mujer debe poner todo su conato en conservar siempre intacto el carácter sagrado que recibió en las fuentes bautismales».


63. Instrucción religiosa. La joven debe conocer bien el Catecismo de la doctrina cristiana — que es un compendio del Evangelio. Mas esto no basta. En estos tiempos en que la perfidia y la ignorancia libran rudos ataques contra la Fe, es necesario que la joven se prepare para la defensa propia y de la Iglesia, pertrechándose con las armas de una instrucción más sólida y fundamental.

Por tanto deberá estudiar los Fundamentos de la Fe, y al menos alguna Obra apologética (7). Hagamos nuestras las palabras de Renato Bazin: «Si yo tuviera en este momento, cerca de mí, una jovencita candorosa, una de esas buenas voluntades que no se hallan a cada paso, aun en la juventud, le diría: «Cualquiera que sea tu vocación, ya sea que te cases, que te quedes soltera, o que te hagas religiosa, estudia profundamente tu religión. ¡Tendrás que dar tantos consejos, que destruir tantos sofismas, que disipar tantas ignorancias, que sostener tantas debilidades!»

«Cuánto gozo a veces con este espectáculo: un hombre importante y sectario, muy decorado, notable en alguna ciencia determinada, nulo en todo lo demás, y a quien desenmascara, refuta, confunde, impide perjudicar, con una sola palabra, una mujercita que sabe su catecismo».


64. Palabras de un gran Papa-—León XIII dirigía estas palabras a las alumnas del Sagrado Corazón, en Roma: «Estudiad con asiduidad y empeño; enriqueced vuestras inteligencias con útiles y sólidos conocimientos, que habiliten a la joven para cumplir dignamente sus deberes en la sociedad: pero prestad atención particular a la enseñanza religiosa. Esta enseñanza debe ser sólida y profunda, aunque acomodada a la mujer: porque así la necesita la condición perversa de nuestro tiempo. Adquirid conocimientos prácticos de nuestra amada Religión para oponerlos a la propagación del error». (8)


65. lnstrucción sólida.—El abate Sertillange, en un Congreso celebrado en honor de Juana de Arco, en 1904, se expresaba así: «No puedo menos de afirmar, en general, que la instrucción religiosa de las jóvenes es deplorable. Se les habla a la imaginación, a los sentidos, y se les inculca cierta bondad más o menos superficial, pero las convicciones sólidas, claras, sometidas discretamente a prueba y contradicción, no las conocen..."

¿De qué sirve que lleven muchos escapularios y medallas pendientes del pecho, ofrezcan flores a la Virgen, hagan Ejercicios, si carecen de conocimientos arraigados, y a la menor dificultad, están en peligro de claudicar en la fe por falta de solidez y apoyo interior?»


Lagardére añadía: «Confieso avergonzado, que en estos tiempos de controversia y crítica à outrance, hemos continuado en la enseñanza con el método de las simples afirmaciones, sin ningún género de pruebas. No hemos tenido valor para someter la inteligencia de las jóvenes al viril ejercicio de la discusión. He aquí porqué hemos formado corazones que creían creer; y que han cesado de creer al respirar en la sociedad un aire nada puro, para el cual sus pulmones no se habían educado».


66. Educación religiosa. —Aun decimos más. No basta a la joven un bagaje más o menos completo de instrucción religiosa, sino que le es necesario además una sólida educación religiosa. No basta que la verdad luzca en el mundo de las ideas; es necesario que lleve calor al corazón y decisión a la voluntad. La verdad ha de ser como esa estrella que guió a los reyes magos camino de Belén: es decir, debe alumbrar el camino y arrastrar en pos de ella. En otras palabras, no basta conocer la doctrina cristiana: es necesario practicar sus enseñanzas y cumplir sus preceptos. No basta conocer el Evangelio; es preciso vivirlo. Así como reza el refrán: El amor y la fe, en las obras se ve. Sin esto, la religión vendría a ser para las jóvenes, un cristianismo de azahares, según la bella expresión del místico inglés, P. Faber.


67. Un ejemplo práctico.—Uno de los defectos más comunes de la juventud es ciertamente el hábito de mentir. La mentira es la falta de verdad, es la discrepancia voluntaria entre la persuasión y la enunciación ( 9). La mentira, con su hermana la exageración, llega a pervertir el instrumento natural de la comunicación social, que es el lenguaje. Es pues una violación de las leyes del trato social, y sobre todo es una violación de las leyes divinas. El octavo mandamiento reza: No mentir... Es posible tener el suficiente conocimiento de este mandamiento divino, lo que sería instrucción religiosa, sin que influya en la práctica, lo que sería en este caso falta de educación religiosa. No basta aprender a rezar a flor de labios: no mentir; mas es necesario que la verdad informe todas nuestras palabras.

No basta que ese precepto negativo reine en el mundo de la inteligencia, debe sobre todo reinar en los dominios de la palabra. La joven debe cerrar a todo trance sus labios a la mentira, y abrirlos sólo a la verdad. Debe acrisolar de tal modo sus palabras,—con el esfuerzo, la continua vigilancia y el dominio de sí misma, —que ellas lleguen a adquirir la transparencia del cielo, la limpidez de un manantial, el esplendor de un rayo de sol. Aun más: debe estimar en tanto la palabra, que ha de darle el verdadero valor que tiene, evitando esas exageraciones, esas hipérboles, esos superlativos fuera de lugar, esas ampulosidades, que tanto florecen sobre labios juveniles... y aun sobre los labios de toda persona desequilibrada. La verdad es tan bella que no necesita de disfraces que la encubran, o de indumentaria que la vuelva ridicula. Así, pues, la religión debe ser conocida, y especialmente vivida. La instrucción ha de ser completada con la educación.


(1) San Gregorio Niceno, Serm 2) Alter Christus. (3) P. Ventura, La mujer católica. (4) Cf. Lefort. (5) Cf. Segur, Contestaciones. (6) Dict. d'éducation. (7) Véase más adelante (c VI, § III), cuáles libros podría la joven leer con provecho. Véase también el Manual del Joven: "La Biblioteca del joven estudioso». (8) Alocución á las colegialas del Sagrado Corazón, 10 de Junio de 1883. (9) Los alemanes llaman la mentira con mucha precisión de lenguaje, Unwahrheít (no verdad)—falta de verdad.


Continuará...

SIENDO EN LA TIERRA REPRESENTANTES DE AQUEL QUE ES EL DIOS DE LA PAZ

S.S. Pío VII
Etsi longissimo terrarum

Siendo en la tierra representantes de Aquel
que es el Dios de la paz.

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A LOS PRÍNCIPES PERTENECE EL GOBIERNO DEL ESTADO, A LA IGLESIA PERTENECE EL GOBIERNO DE LA RELIGIÓN


Niceto Alonso Perujo
Enciso (La Rioja), III.1841 – Valencia, 1890. Presbítero, doctor en Teología y en Derecho Canónico, canónigo en varios cabildos, profesor y rector de Seminario, apologeta y polifacético escritor.
Lecciones sobre el syllabus


El Salvador que da a la Iglesia un poder tan ilimitado, distingue cuidadosamente este poder del poder civil, al cual nos manda pagar el tributo y obedecer: Dad a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César. Confiesa que este poder de los príncipes, les ha sido también dado por Dios, y honra a sus representantes, aunque inicuos, pero en las cosas de su misión divina, obra sin contar con su permiso y con entera independencia de ellos. A los príncipes pertenece el gobierno del Estado, a la Iglesia pertenece el gobierno de la Religión.

No hay en el Evangelio una sola palabra que autorice ó favorezca la intervención de los príncipes en las cosas eclesiásticas. 

Al contrario, lejos de llamar a los príncipes al gobierno de la Iglesia, predice que serán sus perseguidores: exhorta a sus discípulos a armarse de valor para sufrir las persecuciones y a regocijarse de ser maltratados por su amor.-Así lo entendieron y enseñaron los Apóstoles: San Pablo recomendaba a los Obispos que mirasen por sí mismos y por toda la grey, en la cual, el Espíritu Santo, (no los príncipes), os ha puesto por Obispos para gobernar la Iglesia de Dios.

Y si aconteciese que los gobiernos temporales mandasen alguna cosa contraria a esta santa independencia, enseñan que es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres. 

Los Hechos de los Apóstoles, historia de la naciente Iglesia, interpretación práctica que los mismos Apóstoles hicieron de las doctrinas de su divino Maestro, atestiguan en todas sus páginas que aquellos obraron con dicha independencia, persuadidos de su propia autoridad. Predican sin consentimiento y aun contra la voluntad de los gobiernos temporales, enseñan y definen las doctrinas, arreglan la disciplina, administran los bienes y cosas eclesiásticas, instituyen los ministros, juzgan las diferencias, trasmiten a sus sucesores la autoridad que han recibido, y al mismo tiempo, nótese bien esto, mandan la obediencia a los poderes civiles, se someten a ellos, y en caso necesario, como hizo San Pablo, apelan a su autoridad.

En lo sucesivo, gloriándose la Iglesia de que los cristianos eran los súbditos más fieles del Estado, los defensores más leales del imperio, jamás toleró, sin embargo, ninguna intervención de los príncipes en los asuntos eclesiásticos. El Estado, es cierto que pretendió desde el principio invadir el terreno de la Iglesia, desde que se constituyó en su protector, pero los Santos Obispos que la gobernaban, resistieron, con celo apostólico y libertad cristiana, todo género de invasiones, recordando a los príncipes que no tenían ningún derecho sobre la Iglesia, y que se contuviesen en los límites de su propia potestad. Y si alguno más osado o temerario, abusaba de su poder a pesar de las amonestaciones, bien pronto le alcanzaban las censuras de la Iglesia. 


«El Apóstol, escribía Tertuliano, nos enseña que debemos honrar y obedecer al príncipe, cuando manda sobre negocios seculares que le pertenecen, pero no cuando intenta mezclarse en las cosas eclesiásticas.»


«Al príncipe secular, decía Orígenes, pertenecen las cosas políticas y los censos; a Dios en sus ministros todo lo relativo a la virtud y a la religión... »


Apenas el emperador Constantino intentó extender su autoridad a los asuntos eclesiásticos, los Obispos, siempre fieles a sus leyes, le resistieron en esta parte con la mayor firmeza. «No os mezcléis en las cosas eclesiásticas, le escribía el grande Osio de Córdoba, ni nos deis preceptos sobre estas materias, sino antes bien recibidlos de nosotros. A vos confió Dios el imperio, a nosotros las cosas eclesiásticas.»


«Provea tu clemencia, le escribía también San Hilario, que todos los jueces que pones al frente de las provincias, a los cuales solo pertenece el cuidado y gobierno de los negocios públicos, se guarden de intervenir en la disciplina de la religión, y no presuman conocer las causas de los clérigos.»


«¿Cuándo se ha oído tal cosa? exclamaba el valeroso S. Atanasio; ¿Cuándo un decreto de la Iglesia ha recibido su autoridad del emperador, o los decretos de éste han tenido fuerza en la Iglesia... Al saber que Constancio llama a sí las causas de la Iglesia y preside él mismo los juicios, ¿quién, viéndole mandar a los Obispos, no creerá que ha entrado la abominación de desolación en el lugar santo? »



El Papa S. Félix III amonestaba al emperador Zenon, que por su propio interés no pretendiese intervenir en los asuntos religiosos: «Nada hay más útil a los príncipes, que dejar á la Iglesia que haga uso de sus leyes. Conviene mucho a sus intereses, según la constitución divina, que tratándose de las cosas de Dios, sometan su voluntad real a los sacerdotes de Cristo, y no presuman anteponerla... han de seguir la regla de la Iglesia, y no dar a ésta leyes humanas por las cuales deba regirse .»



Lo mismo repetía S. Gelasio al emperador Anastasio en una carta mezclada de severidad y dulzura: «El gobierno del mundo, príncipe augusto, se halla fundado sobre estas dos bases: el poder sagrado de los pontífices, y la autoridad real... Bien sabéis, hijo clementísimo, que si bien sois superiores en dignidad a los demás hombres, debéis doblar la cabeza a los prelados eclesiásticos en lo que atañe á la salvación. En el órden político los Obispos obedecen vuestras leyes y reconocen vuestro imperio; y por lo mismo debéis vos obedecer con todo afecto a los ministros sagrados, a quienes Dios ha confiado la dispensación de sus adorables misterios .»


«El buen emperador está en la Iglesia y no sobre ella,» exclama S. Ambrosio.


«Si el emperador es católico, es hijo, y no prelado de la Iglesia,» dice un canon que Nicolás I recordaba al emperador Miguel .

LLAMADOS SIN MERECERLO A HACER EN LA TIERRA LAS VECES DE AQUEL



S.S. Pío IX
Quibus quantisque 

Llamados sin merecerlo a hacer en la tierra las veces de Aquel
que cuando era maldecido no maldecía
y cuando se le hacía padecer no amenazaba.

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BREVE ETSI LONGISSIMO DEL SUMO PONTÍFICE PIO VII



S.S. Pío VII

A los Venerables Hermanos Arzobispos y Obispos, y a los amados Hijos del Clero de la América católica sometidos al Rey de España.

Papa Pío VII. Venerables hermanos e hijos amados, saludos.

Aunque estáis separados de Nosotros por un inmenso espacio de tierras y mares, sin embargo, Venerables Hermanos e Hijos amados, Nos son bien conocidos vuestra piedad y vuestro celo en la práctica y predicación de la Religión.

Puesto que entre los excelentes y principales preceptos de la santísima Religión que profesamos está el que prescribe la sumisión de toda alma a las autoridades superiores, tenemos por cierto que en los movimientos sediciosos, tan dolorosos para Nuestro corazón, que se han desarrollado en estas regiones habéis sido asiduos consejeros de vuestro rebaño y habéis condenado las sediciones con espíritu firme y justo.

Sin embargo, siendo en la tierra representantes de Aquel que es el Dios de la paz y que, naciendo para redimir al género humano de la tiranía del diablo, quiso anunciar la paz a los hombres a través de sus ángeles, creímos que era precisamente esa función que, aunque sin mérito, ejercemos, para alentaros aún más con esta carta nuestra a no descuidar los esfuerzos por erradicar y destruir por completo la maleza muy desastrosa de disturbios y sediciones que un hombre enemigo ha sembrado allí.


Lo cual fácilmente conseguiréis, Venerables Hermanos, si cada uno de vosotros, con todo el celo posible, pone ante los ojos de vuestro rebaño los gravísimos y terribles daños resultantes de la rebelión; si ilustrará las virtudes singulares y atroces de nuestro querido hijo en Cristo Fernando, Rey Católico de España y vuestro, para quien nada es más precioso que la Religión y la felicidad de sus súbditos; y, por último, si se ilustran los sublimes e inmortales ejemplos que dieron a Europa los españoles, que no dudaron en sacrificar sus vidas y sus fortunas para ser testigos de la Religión y de su lealtad al Rey.

Por eso, Venerables Hermanos e Hijos amados, procurad estar dispuestos a cumplir Nuestras exhortaciones paternales y Nuestros deseos, recomendando obediencia y fidelidad a vuestro Rey con el mayor compromiso: sed merecedores de los pueblos confiados a vuestra custodia; aumentad el cariño que Nosotros y vuestro Rey ya os profesamos, y por vuestros esfuerzos y labores obtendréis en el cielo la recompensa prometida por Aquel que llama a los pacíficos bienaventurados e hijos de Dios.

Mientras tanto, con felices deseos de tan ilustre y fructífero compromiso, os impartimos con amor, venerados hermanos e hijos predilectos, la bendición apostólica.

Dado en Roma, cerca de Santa María la Mayor, bajo el anillo del Pescador, el 30 de enero de 1816, año decimosexto de nuestro Pontificado.

PIVS P.P. VII

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EL PRINCIPIO DE AUTORIDAD QUEDA HERIDO EN SU RAÍZ

 

Pierre-Joseph Proudhon
Revolucionario anarquista

"Humillada la Iglesia,
el principio de autoridad queda herido en su raíz,
el poder no será ya más que una sombra.
Cada ciudadano podría preguntar al gobierno:
¿Quién eres tú para que yo te obedezca?"

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EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA (XVII) por Aloysius Bellecius SJ


LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA 
(Aloysius Bellecius SJ, Madrid, 1867). 


CONSIDERACIÓN.
Sobre la indiferencia a todo lugar, todo empleo, todo estado de salud y grado de perfección. (Continuación)



II. Un motivo poderoso para abrazar la indiferencia , es la consideración de la felicidad que el alma encuentra en la práctica de esta virtud : ella goza en este valle de lágrimas de un triunfo anticipado , toda vez que sin ambición , como sin pusilanimidad nada desea , y á nada se niega : de esta manera entra en las dulzuras de una paz sobrenatural , se encuentra libre de las dos afecciones que más atormentan el corazón del hombre, el insaciable deseo de poseer y el temor inquieto de perder lo que se ha obtenido : y como no hay nada más grande sobre la tierra que no tener ni necesidades , ni deseos , así ejerce el dominio más extenso . Ella tiene una fuerza soberana , porque es poderosa sobre sí misma : es superior á sus superiores , porque estando indiferente á todas las cosas , no mendiga el favor de nadie ; goza de un dulce consuelo interior , porque segura de hallarse en el lugar y empleo en que su Criador quiere que viva , al sobrevenirle alguna aflicción , alguna dificultad ó alguna desgracia , ella se acoge con confianza á Dios , bien persuadida de hallar amparo en Él : ella duerme tranquila en el seno de la divina Providencia , y canta con el Profeta : El Señor me gobierna y nada me faltará ( 1 ) . En fin , ella es el émulo de los ángeles , llevando sobre la tierra una vida toda celestial ; porque lo mismo que los ángeles de Dios están siempre prestos á oír la voz de sus voluntades (2) , á velar en la guarda del pobre ó del rico , del aldeano ó del príncipe , del enfermo ó del sano , del infiel como del cristiano , y á ofrecer en el cielo el incienso de las oraciones de los santos (3), ó á derramar sobre la tierra las siete copas llenas de la ira de Dios (4) ; así ella está dispuesta á obedecer á la primera señal del soberano Señor , como que el beneplácito de Dios es la única regla de sus acciones . Apreciemos ahora la felicidad y la dignidad de una alma religiosa que sabe llevar el heroísmo hasta una perfecta indiferencia.


Pero al contrario , ¡ qué digno es de compasión aquel que se encuentra desprovisto de esta virtud ! como un mar borrascoso está siempre agitado por las olas de sus turbaciones y de sus pesadumbres . No hay uno á quien deje de prodigar sus lisonjas á trueque de ser favorecido , ó al menos de no ser contrariado en sus deseos ambiciosos . Si experimenta alguna adversidad no se atreve á implorar el auxilio del cielo , convenciéndole su conciencia por los remordimientos , que es afligido muy justamente por haber obtenido por sus bajas solicitaciones el oficio , el puesto que le causan tales pesadumbres .


Interrumpido para él el curso de una providencia particular , fluctúa en una continua inquietud , y se siente penetrado de un dolor punzante que no le deja descansar . No está contento de vivir en aquel lugar, en aquel ministerio que tanto ha ambicionado , porque Dios derrama en ellos la amargura y castiga así en justas represalias las satisfacciones procuradas con tanto empeño á la propia voluntad . ¡ Acaso tú que lees esto te acuerdas de haber hecho de ello una triste experiencia..., y sin embargo aún no escarmientas !


No temes pues , oh imprudente ! ¿ no temes que la justicia de Dios permita que seas tentado más violentamente en el puesto que ambicionas , y des en él una caída mortal , mientras que en otra parte hubieras sido preservado de tal pecado ? ¿ No temes que el Señor te retire las gracias que te hubiera concedido en otra parte , y que aún cercene las que son especialmente necesarias al cargo que codicias ?


¿Y cómo te atreves á vivir en un puesto , y en una ocupación que te ha marcado la Providencia ? No eres sino un hueso dislocado , y siempre te encontrarás mal , y sobre todo al fin de tu vida (5); porque ¿ qué consuelo te dará entonces el haber tenido siempre lo que has deseado , el haber hecho lo que has querido ? ¿ De qué te servirá el haber seguido constantemente , no la divina voluntad, sino la tuya ? ¿ Qué recompensa podrás reclamar por un trabajo emprendido á impulsos del amor propio , y no pedido por el Señor ? Sí por cierto , si tales pensamientos no nos determinan á esta heroica indiferencia , temamos oír un día este terrible anatema : Maldito el hombre que se apoya en brazo de carne (6) .


Renovemos , pues , en este momento con generosidad la resolución fundamental , que con tanta frecuencia hemos debido ya formar , de servir á Dios en adelante en el estado de vida á que nos quiera llamar ; y si la elección de este estado hubiere tenido ya lugar , la de servirle en el grado de perfección , en el lugar ó empleo , y en el estado de salud , que nos haga conocer que es de su agrado . Formemos también el firme propósito de rehusar ó aceptar, de hacer ó padecer cualquiera cosa , sin excepción , según la voluntad que el Criador se digne hacernos conocer en estos Ejercicios .


( 1 ) Ps . XXII , 1 . (2) Ps . CII , 20. ( 3 ) Apoc . , VIII , 3 . (4) Ibid. , XV , 7. ( 5 ) Eccli , III , 27. (6) Jerem. , XVII , 5.


Continuará...

EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO EXISTE ENTRE FIELES E INFIELES

S.S.León XIII
ARCANUM DIVINAE SAPIENTIAE
Carácter sagrado de las nupcias 


S.S.Inocencio III  &  S.S.Honorio III

Empero, los naturalistas, y todos aquellos que más se glorian de inclinarse ante el pueblo, y que se empeñan en sembrar en él la mala doctrina, no pueden evitar la nota de falsedad. 

Teniendo el matrimonio a Dios por autor, y habiendo sido desde el principio sombra y figura de la encarnación del Verbo divino, por esto mismo tiene un carácter sagrado, no adventicio, sino ingenito; no recibido de los hombres, sino impreso por la misma naturaleza. 

Por esto, nuestros predecesores Inocencio III (Cap. 8 "De divort.") .y Honorio III (Cap. 11 "De transact.") no injusta ni temerariamente pudieron afirmar que el sacramento del matrimonio existe entre fieles e infieles. 

Esto mismo atestiguan los monumentos de la antigüedad, los usos y costumbres de los pueblos que más se aproximaron A las leyes de la humanidad y tuvieron más conocimiento del derecho y de la equidad: por la opinión de éstos consta que que cuando trataban del matrimonio, no sabían prescindir de la religión y santidad que le es propia. 

Por esta causa, las bodas se celebraban entre ellos con las ceremonias propias de su religión, mediando la autoridad de sus pontífices y el ministerio de sus sacerdotes. ¡Tanta fuerza ejercía en esos ánimos, privados, por otra parte, de la revelación sobrenatural, la memoria del origen del matrimonio y la conciencia universal del género humano! 

Siendo, pues, el matrimonio por su propia naturaleza, y por su esencia, una cosa sagrada, natural es que las leyes por las cuales debe regirse y temperarse sean puestas por la divina autoridad de la Iglesia, que sola tiene el magisterio de las cosas sagradas, y no por el imperio de los príncipes seculares.

Nota del administrador del blog:
A tener en cuenta el Privilegio Paulino.



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TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA, por el Rev. P. Bellecius, SJ. (1)


TRATADO DE LA VIRTUD SÓLIDA,
por el R.P. Bellecius SJ, Cincinnati, 1914.

PREFACIO DEL AUTOR

San Ignacio, vivamente impresionado por estos oráculos de la Escritura: "Sed perfectos" (Mateo 5, 48), "Sed santos" (Lev. 11,44), y "Dios desea vuestra santificación" (I Tes. 4, 3), recomienda encarecidamente a todos sus Religiosos "no escatimar ningún esfuerzo en la adquisición de la piedad (virtud) sólida y perfecta" (Instituc. de los Jesuitas, 10ª parte, 2). Es este consejo importante y saludable que nos ha inspirado la idea para esta obra.


La virtud sólida es el estado de un alma confirmada en la virtud por una larga práctica de buenas obras. El objetivo de este trabajo es establecernos en ese feliz estado en el que nuestra voluntad está, por decirlo así, naturalmente inclinada a producir actos sobrenaturales en todas las ocasiones con prontitud, fervor, pureza de intención, y perseverancia.


En la Primera Parte de esta obra nos esforzaremos por eliminar los obstáculos que aparecen en el camino de la práctica de la virtud sólida; en la Segunda, señalaremos los medios para adquirir esta virtud; y en la Tercera explicaremos los motivos que nos urgen a perfeccionarnos diariamente en ella. La primera parte se refiere pues a la vía purgativa, la segunda a la iluminativa, y la tercera a la vía unitiva: explicaremos y demostraremos la verdad de estas relaciones a la conclusión de cada una de las tres partes.


Podemos contar seis obstáculos principales para la virtud sólida: el pecado venial, la tibieza, el abuso de la gracia, la pasión dominante, el respeto humano, y la pereza a la hora de levantarse por la mañana. A estos seis obstáculos opondremos seis medios de fortificarnos en el camino hacia la santificación: la perfección de nuestras acciones ordinarias, la meditación, el recogimiento interior, la Sagrada Comunión, el examen particular, y un retiro de tres días dos veces al año. Finalmente, también propondremos seis motivos importantes para tender a la perfección: lo que nos enseña la Fe acerca de la virtud sólida, el temor a los males que afligen a quienes no practican dicha virtud, la esperanza de las bendiciones de la cual es la fuente, el amor de Dios que exige y merece que seamos sólidamente virtuosos, la felicidad de la cual gozan los que son perfectos, y finalmente la corona reservada a la perseverancia.


Estos obstáculos, medios, y motivos no son, es cierto, los únicos que podrían alegarse para la práctica de la virtud sólida; mas como son los más importantes nos dedicaremos exclusivamente a ellos en las siguientes consideraciones. Además, podemos referirnos a ellos como su principio, todo lo que concierne a la teología ascética, de la cual son la parte más destacada.

Continuará...