1865
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Ya tenemos refutada esta proposición con lo que dijimos en el cap. III de la insuficiencia de la razón para descubrir por sí sola la verdadera religión. Podemos, pues, negar el supuesto en que se apoya, y una vez negado, cae por su propio peso el error. Porque si el hombre no puede juzgar por sí mismo cuál es la verdadera religión, necesita aprenderla de Dios o de los hombres; y en cualquier caso no puede menos de someterse a su verdad: mas como esta verdad no depende de su propio juicio, es claro que no puede hallar ninguna razón o motivo suficiente para rechazarla. Desde el momento que sabe o entiende que Dios se ha dignado dar al hombre su revelación, solo tiene derecho de examinar si en efecto es así, si este hecho está bien probado, y convencido de ello por los numerosos argumentos que lo acreditan, está obligado a aceptar sin reserva la religión revelada. Porque ninguna persona de sano juicio se podrá persuadir de que, si Dios ha hablado, haya querido dejar al hombre en libertad de aceptar o no aceptar su enseñanza, y que en el mero hecho de hablar, no le ha impuesto el deber de creer en su palabra y obedecer sus mandamientos.
De lo cual resulta además que no hay ni puede haber religión verdadera, sino una, que es la que Dios se ha dignado enseñar.
A la manera que nadie es libre para fijar y escoger por sí mismo sus deberes, sino que de antemano los tiene señalados y prescritos en la ley, la cual no puede menos de acatar; así también no puede escoger la religión que le agrada, sino que necesariamente está obligado a profesar la verdadera, so pena de no cumplir este deber que es el primero y principal. Este deber nace de la misma naturaleza que nos liga a Dios como creador, causa de nuestro ser, Señor absoluto de nuestras potencias y voluntades, nuestro último fin. Es además el primero y principal de todos los deberes, porque Dios, como dice muy bien Amalario, es el primer anillo en la cadena de todos los seres, y exige el recto orden de que ocupen el primer lugar nuestros deberes hacia él, y el segundo lugar nuestros deberes con las criaturas, como anillos secundarios e inferiores.
Luego el hombre no es libre para honrar a Dios como le plazca, sino que debe honrarle únicamente del modo que el mismo Dios ha querido.
Pero Dios indudablemente ha querido ser honrado y servido de un modo determinado, más bien que de otro, y por eso ha dado al hombre sus preceptos, cuya práctica constituye la religión. O lo que es lo mismo, la religión es un precepto divino que nadie está dispensado de cumplir y que, como todo precepto positivo, debe cumplirse precisamente como se manda, sin quedar libertad y menos indiferencia sobre este punto. Y téngase presente que la religión no solo propone preceptos morales que observar, sino también verdades especulativas que creer, y por lo tanto hay que someter el entendimiento lo mismo que la libertad. Esto se confirma considerando que el fin de la religión es que por medio de ella alcancemos la perfección moral en la vida presente, y la bienaventuranza sobrenatural y perfecta en la vida futura. De donde se deduce con toda claridad que es una regla que por su propio bien debe seguir la criatura racional, y que no depende del juicio o la elección del hombre, sino exclusivamente de la voluntad de Dios, que es el que nos ha ordenado para aquel fin, y el único que nos pone en posesión de él. Y por eso el hombre, responsable ante Dios de sus acciones y pensamientos, lleva grabado indeleblemente en su propia conciencia el código eterno de la ley moral.
En esta parte no cabe ni es posible la libertad: no hay términos de elección.
Las falsas religiones no merecen este nombre; pero es evidente que entre todas las que lo tienen, alguna no es falsa, alguna merece el nombre de religión y es necesariamente verdadera; por lo cual, el mundo entero tiene una obligación rigurosa de seguirla. De lo contrario, habría que admitir el absurdo de que alguno podría ser libre para vivir sin alguna religión, pues dependiendo la elección de su propio juicio, podría ser que a todas las juzgase falsas y se creyera dispensado de seguir ninguna. Y entonces este hombre merecería alabanza por vivir sin religión, al paso que pecaría practicando alguna, supuesto que, aunque erróneamente, la creía falsa.
Bajo otro punto de vista, como dice Peltier, esta proposición atribuye a cada hombre una doble independencia que jamás podría tener, y que en último resultado se reduciría a un doble ateísmo: la independencia de su razón y la independencia de su conciencia. Pero la razón particular de cada hombre no tiene esta independencia que solo puede ser atributo de una razón infalible; la conciencia individual tampoco tiene semejante independencia, puesto que la conciencia puede ser también errónea; y como el error es una esclavitud, la verdadera libertad del hombre consiste antes de todo en emanciparse del error.
LA HEREJIA LIBERAL
Al liberalismo le parecía poco la permisión del mal, y aspiraba a sancionarlo en la ley; quería concederle iguales derechos que al bien, y se los concedió sobradamente.
La libertad civil de religión que defiende el liberalismo, está fundada en la libertad dogmática, en la suposición de igualdad entre confesiones é Iglesias distintas. Por eso asegura que en nuestra época no conviene la unidad religiosa dentro de la verdad, y extiende a todos los casos y a todas las naciones, aun las católicas, esa maldita libertad, y se enamora de aquellas leyes que la otorgan dentro de las sociedades cristianas y católicas. Pero la libertad, y aun la simple tolerancia dogmática en materias religiosas, es impía, es absurda y herética. Luego por esta parte tenemos otra vez la heterodoxia del liberalismo moderado. Es poco, puesto que tal principio de simple tolerancia, en el orden de las ideas, se resuelve en puro ateísmo, yendo a parar en último término el moderado al mismo abismo ateísta que el liberalismo radical.
Fácil es la demostración; por eso nos contentaremos con pocas palabras, en las cuales se verá el fondo oscuro, como de pozos negros, del liberalismo moderado. La tolerancia religiosa, en efecto, fuera de aquellos casos en que la teología católica la considera lícita, supone en el tolerante una de dos cosas: ó que para él todas las religiones son igualmente falsas, ó que todas son igualmente verdaderas. En ambos casos se explica que las tolere todas. Si falsas, por no luchar contra la humanidad, que es esencialmente religiosa; si verdaderas, porque todas serían agradables por igual modo a la divinidad.
Ahora bien; en el supuesto de considerar falsas todas las religiones, ya tenemos el ateísmo; porque, dada la existencia de Dios, no hay medio hábil de negarle el culto religioso. Y si se las admite a todas como verdaderas, siendo entre sí contradictorias, tendríamos verdadera la contradicción, el sí y el no al mismo tiempo. Mas, como dos términos contradictorios se destruyen, la religión quedaría destruída a la vez, y con ella el objeto de esta virtud, Dios, y henos otra vez en el ateísmo, robustecido con el absurdo.
A él va a parar con pasos de gigante la herejía liberal, que si no proclama el ateísmo especulativo, por temor a que los pueblos se levanten airados contra ella y la barran de la superficie de la tierra, establece y propaga eficazmente el ateísmo práctico, el indiferentismo, que no es más que un ateísmo vergonzante, apartando a los hombres de la religión, a la que veja y oprime de mil maneras, y sumergiéndole en las profundidades del naturalismo sensualista, que no reconoce otro Dios que el estómago: quorum Deus venter est.
Váyase pasando revista por los prohombres liberales, y se les verá prescindir en absoluto de las prácticas religiosas, como si a ellas no estuvieran obligados; y del primer deber del hombre racional, que es aquel Dominum Deum tuum adorabis, que tienen enteramente olvidado, efecto de su liberalismo más ó menos consciente. A los prohombres imita siempre la turba multa de vividores que les hacen la rueda, y que extendiéndose por todas partes, cual ramas de manzanillo, van infiltrando en la sociedad el veneno de la indiferencia ateísta.
...Si se busca el remedio, búsquese en el restablecimiento de los sanos principios, de los que sola y exclusivamente puede esperarse con confianza la conservación del orden y la garantía, por tanto, de la verdadera libertad. — Esto no obstante, la Iglesia se hace cargo maternalmente del grave peso de las debilidades humanas. No ignora la Iglesia la trayectoria que describe la historia espiritual y política de nuestros tiempos. Por esta causa, aun concediendo derechos sola y exclusivamente a la verdad y a la virtud, no se opone la Iglesia, sin embargo, a la tolerancia por parte de los poderes públicos de algunas situaciones contrarias a la verdad y a la justicia para evitar un mal mayor o para adquirir o conservar un mayor bien. Dios mismo, en su providencia, aun siendo infinitamente bueno y todopoderoso, permite, sin embargo, la existencia de algunos males en el mundo, en parte para que no se impidan mayores bienes y en parte para que no se sigan mayores males. Justo es imitar en el gobierno político al que gobierna el mundo. Más aún, no pudiendo la autoridad humana impedir todos los males, debe «permitir y dejar impunes muchas cosas que son, sin embargo, castigadas justamente por la divina Providencia» (San Agustín).
Pero en tales circunstancias, si por causa del bien común, y únicamente por ella, puede y aun debe la ley humana tolerar el mal, no puede, sin embargo, ni debe jamás aprobarlo ni quererlo en sí mismo. Porque siendo el mal por su misma esencia privación de un bien, es contrario al bien común, el cual el legislador debe buscar y debe defender en la medida de todas sus posibilidades.
También en este punto la ley humana debe proponerse la imitación de Dios, quien al permitir la existencia del mal en el mundo, «ni quiere que sé haga el mal ni quiere que no se haga ; lo que quiere es permitir que se haga, y esto es bueno» . Sentencia del Doctor Angélico, que encierra en pocas palabras toda la doctrina sobre la tolerancia del mal.
Pero hay que reconocer, si queremos mantenernos dentro de la verdad, que cuanto mayor es el mal que a la fuerza debe ser tolerado en un Estado, tanto mayor es la distancia que separa a este Estado del mejor régimen político.
De la misma manera, al ser la tolerancia del mal un postulado propio de la prudencia política, debe quedar estrictamente circunscrita a los límites requeridos por la razón de esa tolerancia, esto es, el bien público.
Por este motivo, si la tolerancia daña al bien público o causa al Estado mayores males, la consecuencia es su ilicitud, porque en tales circunstancias la tolerancia deja de ser un bien. Y si por las condiciones particulares en que se encuentra la Iglesia permite ésta algunas de las libertades modernas, lo hace no porque las prefiera en sí mismas, sino porque juzga conveniente su tolerancia; y una vez que la situación haya mejorado, la Iglesia usará su libertad, y con la persuasión, las exhortaciones y la oración procurará, como debe, cumplir la misión que Dios le ha encomendado de procurar la salvación eterna de los hombres.
Sin embargo, permanece siempre fija la verdad de este principio: la libertad concedida indistintamente a todos y para todo, nunca, como hemos repetido varias veces, debe ser buscada por sí misma, porque es contrario a la razón que la verdad y el error tengan los mismos derechos.
Y cuando la Iglesia, columna y firmamento de la verdad, maestra incorrupta de la moral verdadera, juzga que es su obligación protestar sin descanso contra una tolerancia tan licenciosa y desordenada, es entonces acusada por los liberales de falta de paciencia y mansedumbre. No advierten que al hablar así califican de vicio lo que es precisamente una virtud de la Iglesia. Por otra parte, es muy frecuente que estos grandes predicadores de la tolerancia sean, en la práctica, estrechos e intolerantes cuando se trata del catolicismo. Los que son pródigos en repartir a todos libertades sin cuento, niegan continuamente a la Iglesia su libertad.
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S.S.León XIII
INMORTALE DEI
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S.S. PÍO XII
SOBRE EL PROBLEMA DE LA TOLERANCIA RELIGIOSA
EN LA CRECIENTE COMUNIDAD DE NACIONES
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SANTO TOMÁS DE AQUINO
¿SE DEBEN PERMITIR LOS RITOS DE LOS INFIELES?
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"La ley no tiene fuerza de obligar si no es justa, y no es justa si es contraria a la recta razón, que es la norma dada por Dios al hombre para dirigir sus acciones al fin último...
Según ella, no hay más que un solo culto verdadero el católico apostólico romano."
Es doctrina corriente entre los filósofos en general, y entre los teólogos católicos en particular, que toda ley, según gráficamente expresa el Ángel de las Escuelas, ha de ser «ordenacion de la razón para el bien común» ordinatio rationis ad bonum commune; y esto porque la ley no tiene fuerza de obligar si no es justa, y no es justa si es contraria a la recta razón, que es la norma dada por Dios al hombre para dirigir sus acciones al fin último. Ahora bien: la libertad o tolerancia de cultos, ¿es conforme al dictamen de esta misma recta razón? De ninguna manera.
Según ella, no hay más que un solo culto verdadero, el católico apostólico romano; los innumerables antiguos y modernos que lo contradicen, todos son falsos; no es lícito apoyar el error, la mentira o la inmoralidad directa ni indirectamente; y por lo tanto, ni autorizarlo ni tolerarlo por medio de una ley que de uno ú otro modo les otorgue algún derecho. De donde se infiere que la que consignase la libertad ó tolerancia de cultos en España jamás llegaría a ser ley, porque nunca adquiriría el carácter de justa: jamás sería ordinatio rationis, sino ordinatio contra rationem; y siendo así, nunca merecería el acatamiento, la reverencia y la sumisión de un pueblo culto y civilizado como el español, que no ignora los fundamentos del derecho y del deber.
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El liberalismo es pecado: Cuestiones candentes.
Capítulo VII
"En qué consiste probablemente la esencia del llamado Catolicismo Liberal"
"...si admiran el culto, no es sino en atención a su brillo exterior y poesía ; [...] De este modo de encarecer las cosas católicas únicamente por su grandeza, belleza, utilidad o material excelencia, síguese en recta lógica que merece iguales encarecimientos el error cuando tales condiciones reuniere, como sin duda las reúne aparentemente en más de una ocasión alguno de los falsos cultos."
El liberalismo es pecado: Cuestiones candentes.
https://archive.org/details/elliberalismoes00salvgoog/page/n31/mode/2up?q=
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