Sobre él [Pedro] su Iglesia y que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella, claro es que quiso que descansase sobre él toda la solidez del edificio. De Pedro, pues, ha de recibir la solidez de su doctrina y de su fe; luego este tiene el magisterio supremo, y, por consiguiente, no puede inducir a error a la Iglesia, o, lo que es lo mismo, es infalible.
El mismo Jesucristo rogó con una oración especialísima por Pedro para que no faltase su fe, y para que confirmase en ella a todos sus hermanos. Luego la Iglesia entera ha de ser confirmada en la fe, con arreglo a la fe de Pedro, que no puede faltar; luego este no es posible que se engañe al enseñar a la Iglesia. Admitida una sola vez la posibilidad de errar, quedaría destruida la obra de Jesucristo, y el hombre perdería la seguridad que debe tener en un asunto de tanta importancia como que de él pende su salvación. Luego debe admitirse que el Papa es infalible, o de lo contrario, que Jesucristo no cumplió sus promesas, o que su oración fue ineficaz, o que no proveyó a su Iglesia de una regla segura para creer, todo lo cual es injurioso al mismo Jesucristo, o que la Iglesia es infalible en cuanto está separada de su cabeza, es decir, acéfala, lo cual es imposible y absurdo.
Efectivamente, San Pedro recibió la misión de apacentar a todo el rebaño, fieles y Obispos, y es sabido que esta misión consiste principalmente en enseñar una doctrina sana. Por lo tanto, el error de Pedro perjudicaría a toda la grey, que está obligada a escuchar su voz y seguirle.
Por otra parte, el Papa es el Vicario de Cristo sobre la tierra, y hace las veces de Él, al dar testimonio de la verdad entre nosotros: luego el error del Papa tocaría en cierto modo al mismo Jesucristo, a quien representa.
Así como el Papa tiene el poder supremo e inapelable en cuanto a la jurisdicción, debe tenerlo también en cuanto a la enseñanza, pues la razón es la misma. No podría ser reconocido como ordenador supremo de las acciones, sin que al mismo tiempo lo sea como juez supremo de las creencias, y como la creencia exige el más pleno y firme asentimiento del entendimiento, al cual no puede obligar sino una autoridad infalible, es necesario que el Papa sea infalible.
El Papa, como cabeza suprema de la Iglesia, tiene el cargo de conservar su unidad. La unidad de la Iglesia tiene sí por base la unidad de la fe, y esta no puede subsistir, si el que tiene el cuidado de mantenerla no es infalible en sus fallos, ya respecto de la fe, ya respecto de los errores que se opongan a ella. Su primado en esta parte se confunde con su infalibilidad.
La Iglesia siempre ha estado en la persuasión de la infalibilidad del Papa. Su juicio ha sido considerado como decisivo, ya en la condenación de las herejías, ya en la confirmación de los Concilios, que nunca han tenido fuerza sin este requisito, por lo que siempre ha prestado la Iglesia el más decidido asentimiento
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