El Sumo Pontífice Pío XII, atendiendo a los deseos de la cristiandad, y atendiendo también a las grandes necesidades actuales del mundo, ha consagrado el género humano al Inmaculado Corazón de María, y para que los fieles acudan a ese mismo Corazón Purísimo, ha establecido esta gran festividad que hoy celebramos. En este día, pues, hemos de pensar en el Corazón de María, e invocarle confiadamente.
Es el Corazón de la «Inmaculada»; es el Corazón de la «Santísima»; es el Corazón de la «Bendecida»; es el Corazón humano más divinizado que ha existido; es, finalmente, el Corazón que encierra todos los encantos virginales y todos los sacrificios maternales juntos.
En él, como en un relicario, se conservaron las palabras de Jesucristo y las maravillas que realizó el mismo Redentor durante su vida; y fue el Corazón de la Virgen como debe ser el corazón de un cristiano perfecto: puro, humilde, fuerte y generoso. Pidámosle hoy, pues, a nuestra Señora que nos alcance de Jesucristo las virtudes de la humildad, castidad, fortaleza y generosidad, y que por medio de su poderosa intercesión se vaya transformando y divinizando nuestro corazón para que sea semejante al suyo.
Y para que nuestras súplicas sean más atendidas, unamos a ellas los obsequios mejores de nuestro corazón y de nuestros sentidos.