PASTORAL DEL 8 DE FEBRERO DE 1865
(EXTRACTO)
Concilio Nacional de Sens (1850)
Si surgiere alguna controversia acerca de la fe o de las costumbres, al Romano Pontífice toca aprobar o reprobar las doctrinas, confutar los errores y determinar lo que ha de creerse.
Vicente de la Fuente
DOCTOR EN TEOLOGÍA Y JURISPRUDENCIA,
CATEDRÁTICO DE DISCIPLINA ECLESIÁSTICA EN LA UNIVERSIDAD CENTRAL
Y ACADÉMICO DE NÚMERO DE LA REAL DE LA HISTORIA
No es otro el motivo que ha impulsado a Nuestro Santísimo Padre el Papa Pio IX a expedir la Encíclica (Quanta cura) de que nos ocupamos.
Centinela vigilantísimo de la casa de Israel en la noche oscura de estos tiempos, da la voz de alerta a los cristianos adormecidos ó que corren peligro de adormecerse por el letargo de las seductoras enseñanzas modernas.
Custodio fidelísimo del depósito sagrado de la fe y de la moral, separa con mano firme la escoria con que se intenta empañar el oro puro de la doctrina católica.
Como Pastor supremo de las almas, se dirige a las ovejas y a los corderos que debe apacentar, mostrando a Obispos y a fieles los pastos venenosos de que han de huir.
Nuestro deber, amados Hermanos e Hijos nuestros, es el de prestar atento oído a esa voz cariñosa que nos es bien conocida por el interés que le inspira nuestro bien.
John Baptist Scandella
Obispo de Gibraltar
1857-1880
"En la Iglesia de España, en cuyas hermosas tradiciones no se encuentra ni siquiera un impugnador importante de la infalibilidad del Romano Pontífice."
PRÓLOGO A LA PASTORAL DEL ARZOBISPO HENRY EDWARD MANNING
AÑO 1870
https://www.google.es/books/edition/Pastoral_sobre_la_Infalibilidad_del_Papa/SZteAAAAcAAJ?hl=en&gbpv=0
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Pertenece al Papa toda potestad de enseñar, la cual es suprema, plena y perfecta, omnibus numeris absoluta.
Siendo la Silla Apostólica indefectible en la fe, cuando propone algún decreto acerca de la fe católica debe ser creído por todos con asentimiento aun interior.
Mas afortunada aun ha sido la Iglesia de España. Sus Seminarios y Universidades todas han defendido siempre la infalibilidad pontificia; en aquel hermoso suelo no han nacido impugnadores de esta verdad, pero en cambio tiene la gloria de haber educado a los Teólogos y Canonistas mas notables defensores de la prerrogativa pontificia.
Desde los tiempos mas antiguos hasta la reciente carta del Canónigo Villaumbrosa al Señor Dupanloup, han repetido siempre los escritores españoles la doctrina que les enseñaron Melchor Cano, Gregorio de Valencia, Bañez, el Doctor González Y el Cardenal Aguirre. «La infalibilidad del Papa es una verdad de fe», repite aun España con su gran Suarez: Est de fide.
S. Anselmo al dedicar al Papa (Gregorio VII) su libro acerca de la SSma Trinidad (Proslogion) escribe.
"Habiendo escogido la Providencia a Vuestra Santidad para confiar a su custodia la vida y la fe de los Cristianos y el gobierno de su Iglesia, a ninguno puede mejor y con mayor razón acudirse, si en la Iglesia sucediere algo contrario a la fe católica, para que por su autoridad sea corregido; y lo que se escribiere contra tales errores, a nadie puede ser mejor sometido, para que por su prudencia lo examine"
"Los que desprecian los decretos del Vicario de Pedro y en él los decretos de Pedro y de Cristo, busquen otras puertas del reino del cielo; porque sin duda alguna no entraran en el por aquellas cuyas llaves tiene el Apóstol Pedro."
Lamennais , admitiendo la movilidad de toda verdad en el sentido de que puede volverse en error, ha destruido toda la inmutabilidad de aquella, y sujetado la fe a los progresos de la razón.
https://archive.org/details/manuel-droit-canon-1958/07-delits-et-peines/page/n29/mode/2up
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Nació en Roma el 2 de mayo de 1876, hijo del abogado Felipe y de Virginia Graziosi. En marzo de 1899 fué consagrado sacerdote; doctor en teología y en derecho canónico y civil, fue llamado en seguida a la secretaría de Asuntos extraordinarios eclesiásticos. De 1909 a 1914 fue profesor de la Academia Pontificia de los Nobles eclesiásticos; el cardenal Gasparri, entonces substituto en la secretaría de Estado, lo tuvo a su lado como a un valioso colaborador. El 21 de abril de 1917 Benedicto XV le nombró Nuncio en Munich, elevándolo a la sede arzobispal de Sardi. Su labor como Nuncio, dificultada por la guerra, que arreciaba, fue realizada por él con tal dignidad, tacto e inteligencia, que impuso el universal respeto. Durante la guerra ejerció con su intensa actividad diplomática, un apostolado humanitario y cristiano, especialmente a favor de los soldados italianos que estaban en campos de concentración, donde iba él personalmente a llevarles el consuelo de su palabra y la generosidad de sus socorros.
Cuando después de la guerra estalló en Alemania el vendaval comunista, y mientras el cuerpo diplomático abandonaba Munich, él solo permaneció, oponiéndose con dignidad y energía a las violencias de los bolcheviques.
Al volver la paz en Alemania, Benedicto XV, con la intención de reanudar las relaciones con el nuevo Reich, instituyó en 1920 la Nunciatura de Berlín, nombrando para ella al mismo Pacelli, quien, después de haber concluido satisfactoriamente el concordato con Baviera, en 1926 marchaba a aquella ciudad para inaugurar la nueva Nunciatura. Su obra culminó en la realización de un "acuerdo" por el cual era reconocida la religión católica y le era devuelta la libertad de que había sido privada públicamente.
En 1929, Pio XI, en reconocimiento de tan grandes méritos, le elevaba a la dignidad cardenalicia y en 1930 le nombraba su secretario de Estado en lugar del cardenal Gasparri, que había renunciado a este alto cargo. Grande fue la actividad que aportó a la obra de Pio XI.
La situación político-religiosa en el Reich con el advenimiento del nacional-socialismo había cambiado profundamente.
Trató, pues, con Von Papen para realizar un nuevo concordato que substituyese a los viejos firmados con Baviera y el Reich, concordato que desdichadamente encontró muchas dificultades, suscitando dolorosas controversias.
Asimismo se deben también a él los concordatos con Baden, Austria, Yugoslavia y Rumania. A pesar de su intensa actividad diplomática y de atender a los innumerables cargos que le habían sido confiados, encontraba todavía tiempo para seguir asiduamente el movimiento de los estudios y participar directa y personalmente en los más importantes acontecimientos religiosos, haciendo oír su palabra clara y elocuente.
Al morir Pío XI, el 10 de febrero de 1939, como Cardenal Camarlengo, abrió el conclave para la elección del nuevo Pontifice el 1 de marzo, y el día siguiente, al tercer escrutinio, fue elegido papa por el voto unánime de los cardenales; tomó el nombre de Pio XII.
También él, como ya había hecho Pio XI, impartió desde la galería exterior del palacio pontificio la bendición apostólica a la muchedumbre que se apiñaba en la Plaza de San Pedro.
Después de tomar posesión del alto cargo, ante los cardenales reunidos para la tercera adoración ritual, su primera palabra fue una invitación a los pueblos a la paz. Y la paz es su principal cuidado, por la que ruega, sufre y trabaja; no se ha apagado todavía el eco de su afligido mensaje del 24 de agosto a los pueblos y a los jefes de las naciones de Europa, exhortándoles a que llegasen a un acuerdo basado en la justicia y la equidad; no es tampoco ignorada su obra activa y constante que desenvuelve en la actualidad, 1945, para la realización de este bien supremo de los pueblos; y no menos significativa fue la elección que hizo de San Francisco de Asís y de Santa Catalina de Sena, heraldos de paz en los tumultos de la Edad Media, como protectores de Italia.
El 20 de octubre dirigía al mundo católico su primera encíclica Summi pontificatus, en la cual, después de una exposición minuciosa de los errores modernos y de la doctrina católica, invita a todos a unirse alrededor de Cristo Rey, invocando para Europa y para el mundo una paz permanente y verdadera.
Los principios expuestos en esta encíclica, que suscitó vasto eco en el mundo, Pio XII los confirmaba más tarde en la alocución que hizo el 24 de diciembre en contestación a la felicitación del Santo Colegio de los Cardenales, señalando en la doctrina del Sermón de la Montaña la garantía de una reconstrucción moral del mundo y anunciando los puntos fundamentales de una paz honrosa y justa.
El 21 de diciembre recibió solemnemente en el Vaticano a los Soberanos de Italia, que le hicieron una visita de homenaje filial; visita que el Pontífice devolvió paternalmente el 28 de aquel mismo mes trasladándose al Quirinal, donde fue acogido con honores reales entre el júbilo del pueblo romano y de toda Italia espiritualmente presente, que así veía confirmados los frutos de los Pactos Lateranenses.
Elevemos al Altísimo por Pio XII, y con afecto filial hagámosla nuestra, la plegaria del Salmista: "El Señor lo conserve, y le de vida, y lo haga feliz sobre la tierra, y no lo entregue en poder de sus enemigos" (Salmo XL, 2).
[El 1 de noviembre de 1950 y mediante la constitución apostólica Munificentissimus Deus promulgó la doctrina de la Asunción de la Virgen como dogma de fe católica.
Pio XII falleció el 9 de octubre de 1958 en la villa papal de Castel Gandolfo y fue sepultado en las grutas vaticanas.]
Los Papas, desde San Pedro hasta Pío XII
Giuseppe Arienti
Con Licencia Eclesiástica 1945
PIO XI (1922-1939)
AQUILES RATTI
Nació en Desio (Brianza), en 1857. Hizo en Roma los estudios filosóficos, teológicos y de Derecho, demostrando sus dotes de inteligencia e intuición. En 1879 fue consagrado sacerdote. En 1888 fue nombrado doctor de la Biblioteca Ambrosiana de Milán, y prefecto de la misma en 1907. En 1914 Pío X le llamó a Roma como prefecto de la Biblioteca Vaticana. Fue luego (1918) visitador apostólico en Polonia, y, después de haber sido arzobispo titular de Lepanto, fue nombrado cardenal y arzobispo de Milán (1921).
Fue llamado a suceder a Benedicto XV el 6 de febrero de 1922.
Su primer acto fue (cosa que ningún otro papa había hecho después de Pio IX) enviar su bendición desde la galería exterior de San Pedro, al mundo, a Italia y a Roma.
La obra que Pio XI desarrolló durante los diecisiete años de su pontificado fue vastísima; pastor de almas y guía de pueblos, nada escapó a su cariñosa vigilancia.
En el campo religioso y social su actividad fue fecunda, y no fue menor en las relaciones con las diversas naciones.
Concedió y abrió tres Jubileos: en 1925, en 1929 (con ocasión de celebrarse el 40o aniversario de su ordenación sacerdotal) y en 1933, con motivo del 19° centenario de la Redención.
Hizo florecer la devoción eucarística, promoviendo numerosos Congresos nacionales e internacionales, a los que dio mayor prestigio con la asistencia de sus legados.
Celosísimo de las misiones, marcó uno de los más fecundos períodos de la actividad misional en el mundo; no fueron tampoco ajenos a su corazón paterno los hermanos descarriados de Oriente, a quienes dirigió repetidas veces la invitación a unirse con la Iglesia de Roma.
Se impuso particularmente la dirección de la Acción Católica, y despojándola de todo carácter político la quiso al lado de la jerarquía católica en la labor de renovación espiritual de la sociedad.
Papa docto, quiso que los estudios del clero fuesen adecuados a las necesidades modernas, y fue él quien dispuso la fundación de los Seminarios diocesanos y regionales donde los jóvenes debían ser educados con un método severo en la sagrada disciplina; siguiendo el ejemplo de los antiguos pontífices, protegió y favoreció los altos estudios, hizo florecer nuevamente las Universidades Católicas en varias naciones y creó otras nuevas; dio gran incremento a la Universidad Católica del Sagrado Corazón en Milán, y en Roma quiso que en los ya existentes Ateneos pontificios se creasen nuevas cátedras de enseñanza. Atendió a la formación religiosa del pueblo, especialmente de Roma, con la erección de nuevas iglesias.
Instituyó la fiesta de Cristo Rey y de la Maternidad de María; las beatificaciones y canonizaciones de nuevos santos llegaron a una cifra nunca alcanzada; iniciativa suya, acogida con gran simpatía, fueron las audiencias a los esposos noveles, a quienes dirigió siempre su palabra paternal.
No fue indiferente a las necesidades materiales del clero, y ordenó la instalación de habitaciones decorosas para los párrocos del Meridional y Cerdeña; asimismo fue munífico bienhechor en las catástrofes públicas.
Vista la importancia de la prensa y del cinematógrafo, dio normas inteligentes para que éstos fueran instrumentos del bien.
Dotó de magníficas aulas a su predilecta Biblioteca Vaticana, erigió una digna sede para la famosa Pinacoteca, trasladó a Castel Gandolfo el Observatorio astronómico, que enriqueció con nuevos instrumentos, y dotó a la Ciudad del Vaticano de todos los servicios más modernos, hasta la potente estación radiofónica, que inauguró en 1931 con un mensaje dirigido al mundo.
Pío XI escribió muchas encíclicas. La primera, del año 1922, Urbi arcano Dei, es la exposición de su programa de pontificado "la paz de Cristo en el reino de Cristo". Son de gran importancia las de 1923 y 1931, sobre Santo Tomás de Aquino y sobre los estudios eclesiásticos; las de 1925 y 1931, sobre la Realeza de Cristo y sobre la divina Maternidad de María; las de 1926 y 1928, sobre las misiones y sobre la unión de las Iglesias; la de 1929, sobre la educación cristiana de la juventud, la de 1930 sobre la santidad del matrimonio y la de 1937 sobre el comunismo ateo y sobre las aberraciones del neopaganismo.
No fue menos fecunda su obra en el campo político, y el acto que para siempre quedará en la historia de su pontificado fue la finalmente alcanzada reconciliación entre la Santa Sede e Italia, el 11 de febrero de 1929, que ponía fin a la triste disidencia y pacificaba la conciencia de los católicos y de los italianos.
Tuvo excelentes relaciones diplomáticas con las demás potencias, y durante su gobierno fueron aumentadas las representaciones diplomáticas cerca de la Santa Sede y las Nunciaturas. Recibió numerosas y cordiales visitas de reyes y de hombres de Estado. Hizo concordatos con varias naciones, y su intervención entre la república Dominicana y Haitiana sirvió para establecer entre ellas acuerdos amistosos. En 1937, con ocasión del 40º aniversario de las bodas de los soberanos de Italia, envió a la Reina emperatriz la Rosa de oro, acompañándola de palabras paternales.
Por desgracia, su pontificado, tan glorioso, no dejó de tener también sus desdichas: las persecuciones religiosas en Rusia (hacia la cual desde el principio de su pontificado había mandado tantos socorros, especialmente para los niños); en Méjico, en España y en Alemania.
Ni fue menos doloroso para Pío XI el momento angustioso por que pasó Europa cuando en 1938 surgió el peligro de una guerra por la cuestión germanochecoeslovaca; ¿Quién no recuerda el angustioso mensaje del 29 de septiembre, el generoso ofrecimiento a Dios de su vida por la paz de Europa? Ofrecimiento que renovó en el Consistorio de Navidad en presencia de los cardenales.
Pio XI murió santamente, después de un fecundo pontificado, el 10 de febrero de 1939, y su muerte fue llorada en el mundo entero.
Pío XI fue, además de Pastor de almas, cuya salud cuidó con amplia visión, pastor de pueblos, a los que hizo recordar, cuando fue necesario, con alta, libre y serena palabra por encima de todas las pasiones, el camino de la Verdad, de la Justicia y del Amor.
Los Papas, desde San Pedro hasta Pío XII
Giuseppe Arienti
Con Licencia Eclesiástica 1945
Joseph Ratzinger, “La eclesiología de la Constitución sobre la Iglesia” ,
Osservatore Romano , edición en lengua española
[19 de septiembre de 2001], pág. 5
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S.S.Pío XII
ENCÍCLICA HUMANI GENERIS
SOBRE ALGUNOS ERRORES MODERNOS
Otras tendencias peligrosas
Y no hay que admirarse de que estas novedades hayan producido frutos venenosos en casi todos los tratados de la teología...
Algunos reducen a una vana fórmula la necesidad de pertenecer a la Iglesia verdadera para conseguir la salud eterna. Otros, finalmente, no admiten el carácter racional de la credibilidad de la fe cristiana.
Sabemos que estos y otros errores semejantes se propagan entre algunos hijos nuestros, descarriados por un celo imprudente o por una falsa ciencia; y Nos vemos obligados a repetirles con tristeza verdades conocidísimas y errores manifiestos y a indicarles, no sin ansiedad, los peligros de engaño a que se exponen.
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Hijo de una familia patricia, nació en Génova, en 1854. Se doctoró muy joven en Derecho y se dedicó, en el colegio Capránica de Roma, al estudio de las sagradas disciplinas. Ordenado sacerdote, marchó a España con el nuncio pontificio (Mariano Rampolla del Tindaro) y más tarde atendió a importantes asuntos en la Curia Romana. En 1907 fue nombrado arzobispo de Bolonia, y en aquel mismo año cardenal.
Fue elegido papa el 3 de septiembre de 1914 y tomó el nombre de Benedicto XV. Quiso que se aceleraran las ceremonias de su entronización y coronación, y que éstas se realizaran de la forma más modesta, dada la triste situación por que atravesaba el mundo a causa de la guerra.
Su primera encíclica es un llamamiento a la paz y una invitación a volver al espíritu del Evangelio, espíritu de caridad y de justicia.
Benedicto XV supo, en momentos dificilísimos, mantenerse con tacto exquisito por encima del conflicto, para afirmarse como padre y maestro de todos los pueblos. La neutralidad de la Santa Sede, aun después de entrar Italia en guerra, no fue ni indiferencia ni insensibilidad, al contrario: gracias a Benedicto XV se acogieron las iniciativas más acertadas para mitigar los horrores de la guerra.
Fue obra suya el intercambio de prisioneros no hábiles para el servicio militar; la liberación o intercambio de detenidos civiles inhábiles; la hospitalización de los heridos y enfermos en Suiza y en los países neutrales; el permiso a los prisioneros de tener correspondencia con sus familiares; el descanso dominical de los prisioneros de guerra; la tregua para sepultar a los caídos; la proposición para que cesaran las incursiones aéreas fuera de la zona de guerra; las muchas penas de muerte condonadas o conmutadas gracias a su intervención; los socorros de víveres e indumentaria a las poblaciones más necesitadas y a los prisioneros en los campos de concentración; la instalación de oficinas de información para los prisioneros en Roma, Friburgo, Paderbon, Viena, etc.
Tres veces dirigió su palabra con apremiantes apelaciones a los jefes de los beligerantes: el 8 de septiembre de 1914, el 28 de julio de 1915 y el 1 de agosto de 1917; por desgracia no fue escuchado.
Y cuando Wilson vino a Europa después del armisticio, para las negociaciones de paz, el 1 de diciembre de 1918, Benedicto XV, mientras ordenaba plegarias en toda la cristiandad, escribía a Wilson suplicándole que hiciese de manera que las condiciones del armisticio no fuesen una provocación para los vencidos. Sin embargo, prevaleció la política.
No cesó, con el fin de la guerra, su obra humanitaria; es del año 1919 su apelación al Episcopado católico para que recogiese fondos con destino a los niños hambrientos de la Europa central, y también para el pueblo de Rusia.
Reformó las jurisdicciones diocesanas, adaptándolas a las nuevas fronteras del Reino que se habían establecido en la post-guerra. No olvidó tampoco las misiones, tan puestas a prueba por el pasado conflicto, promoviendo particularmente la formación del clero indígena.
La obra de Benedicto XV fue apreciada por los soberanos, tanto es así, que mientras en la fecha de su elección sólo 14 Estados tenían representantes en la Santa Sede, al morir este papa su número había ascendido a 27; entre éstos Inglaterra, después de tres siglos y medio de suspensión, y Francia, que reanudaba las relaciones interrumpidas bajo Pio X.
En 1917 promulgó el nuevo Código de Derecho canónico preparado durante el pontificado anterior, e instituyó una Comisión de cardenales para la interpretación auténtica de dicho código.
Beatificó a Juana de Arco, que será luego canonizada por Pío XI.
Benedicto XV murió el 2 de enero de 1922, suscitando un duelo universal. Murió ofreciendo "de todo corazón, la vida por la paz del mundo".
Los Papas, desde San Pedro hasta Pío XII
Giuseppe Arienti
Con Licencia Eclesiástica 1945