Cual Hijo de Dios le publican las gentes, y en alabanza de Cristo resuenan voces por los aires:
Hosanna en las alturas.
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Dondequiera que varias administraciones se refieran a un mismo fin, una autoridad general debe dominarlas a todas, para hacer converger hacia el bien universal los bienes particulares que ellas persiguen; de lo contrario, no tendrían vínculo alguno de unidad. Puesto que la Iglesia no es sino un solo y mismo cuerpo, necesita necesariamente, para el mantenimiento de esta unidad, un poder gubernamental que, abrazándola en su conjunto a fin de unir todas sus partes, se eleve por encima del poder episcopal, al cual están confiadas las iglesias particulares.
Este poder es el del Papa. De ahí proviene que se llame cismáticos a quienes, por la negación de su autoridad suprema, dividen la unidad de la Iglesia. Es preciso reconocer, además, entre los obispos y el Papa, dignidades de diferentes grados correspondientes a circunscripciones que contienen a otras, como la provincia contiene a las ciudades, el reino a las provincias, y el mundo entero a los reinos.
Que no se nos objete que todos los obispos son sucesores de los Apóstoles, y que el mismo poder dado a San Pedro fue conferido a todos. Aunque el poder de atar y desatar fue dado generalmente a todos los Apóstoles, fue confiado en primer lugar a San Pedro solo, para mostrar que debe descender de él hacia los demás. Por ello, Nuestro Señor pronunció estas palabras en singular: «Confirma a tus hermanos» (Lucas 22, 32); y esta otra también: «Apacienta mis ovejas» (Juan 21, 17); como si hubiera dicho, según la explicación de San Juan Crisóstomo:
«Sé, en mi lugar, su superior y su jefe, a fin de que todos, reconociéndome a mí mismo en tu persona, proclamen y sostengan en el universo entero la preeminencia del trono donde estarás sentado».
La profecía de Simeón, La huida a Egipto, La pérdida de N.S.J.C en el Templo, El encuentro de la Santísima Virgen María con N.S.J.C en el vía crucis, La crucifixión y muerte de N.S.J.C, El descendimiento de la Cruz, La sepultura de N.S.J.C.
Primer Dolor
Pecador, si a mis dolores quieres tener devoción, yo te haré dos mil favores; y pondré mi intercesión a favor de tus errores. Si en siete días cabales, tú, mis dolores contemplas, ganarás contra tus males, veintiún mil trescientas indulgencias parciales. No pienses que en escucharlos de paso, tenga yo el gusto; sino que has de contemplarlos con sentimiento, pues es justo que me ayudes a pasarlos. Contempla, en el primer día, los filos de la espada que traspasó el alma mía, cuando escuché declarada tan amarga profecía. Presenté al templo a mi Hijo como la ley lo mandaba, y Simeón con regocijo en sus brazos lo tomaba, y estas palabras me dijo: Señora, este hijo amado y hermoso, que tanto estimas, lo verás presto azotado, y coronado de espinas a morir crucificado. Si contemplas el dolor tan amargo que sentí en esa tal predicción, tú, conseguirás por mí el perdón del Salvador.
Segundo Dolor
En este dolor segundo, para matar a mi Hijo mandó, Herodes iracundo, degollar según cual dijo a los inocentes del mundo. Un ángel del cielo vino, y dijo a mi amado esposo que emprendiésemos camino; pues, Herodes, viene furioso con su ejército maligno. Con qué agonía en mis brazos tomé a mi Hijo, y a Egipto nos fuimos con lentos pasos yo y mi esposo: ¡qué conflicto! mi corazón se hizo pedazos. A cada instante volvía la vista, por ver si acaso el tirano nos seguía, desmayando a cada paso con tan mortal agonía. Sin la menor prevención, sin dormir, sin descansar y quebrantado el corazón, caminaba sin parar: ¡contemplad con qué aflicción! Unos ladrones sin tasa nos salieron, y un ladrón escuchando lo que pasa, ablandó su corazón y nos hospedó en su casa. Si haces como aquel ladrón, compadécete de mí en tan amarga aflicción; que lo que yo haré por ti es conseguir el perdón.
Tercer Dolor
En el tercer dolor, tres días tuve perdido mi bien: contempla en mis agonías, que tú llorarás también las amargas penas mías. Yo y José, mi esposo amado, con Jesús al templo fuimos los tres, y habiendo llegado, un grande concurso vimos de gente allí congregado. A la fiesta que allí había, y habiéndose ya acabado, yo del templo me salía; y José con gran cuidado por otra puerta venía. Y juntándonos los dos a mi esposo pregunté: José, ¿y el Hijo de Dios? María, dijo, yo no lo sé; yo juzgué que iba con Vos. Aquel corazón partido con una angustia tan fuerte, quedó como sin sentido, mirando la amarga suerte de ver a Jesús perdido. Tres días fui preguntando con sus noches, ¡qué tormento! yo y José siempre llorando, hasta hallarlo en el templo con los sabios disputando. Si a Jesús tienes perdido por la culpa, ven a mí cuando te halles afligido, que como lo hagas así, tendrás descanso cumplido.
Cuarto Dolor
El cuarto dolor fue, cuando con la carga sin mesura, vi a mi Hijo caminando por la calle de Amargura, cada instante tropezando. Siendo la sentencia dada, vino Juan a mi retiro dándome esta embajada; y dando un tierno suspiro quedé como desmayada. Con valor que me dio el cielo, en angustia tan crecida, caminaba con anhelo a ver el bien de mi vida, afligida y sin consuelo. Llegué a la calle cruel, donde me paré a escuchar las voces de aquel tropel, facineroso y ladrón, blasfemaban todos de él. La trompeta y el pregón decían: «Muera el malvado, facineroso y ladrón, y pague crucificado su infame predicación». Rompí por entre la gente, y con mi Hijo abrazada, le hablaba allá interiormente; con la garganta anudada de dolor tan vehemente. Si este amargo dolor imprimes en tu memoria, te aseguro pecador que has de conseguir la gloria, prenda de inmenso valor.
Quinto Dolor
El quinto fue tan penoso, que es digno de contemplar; cuando a mi Hijo precioso yo le vi crucificar en la cruz, como alevoso. Llegamos a la montaña del Calvario, y por despojos, le arrancan con ira y saña a la lumbre de mis ojos la túnica; ¡cosa extraña! Cuando le miré desnudo, renovadas las heridas y el cuerpo destrozado, crecieron las ansias mías al verle tan maltratado. Que se extendiese ordenaron en la cruz: y él, con paciencia hizo lo que le mandaron, y con tirana insolencia pies y manos le clavaron. Y después la cruz volvieron aquellos sayones bravos, y su santa faz pusieron, y remacharon los clavos con que mis penas crecieron. Después aquellos sayones la santa cruz levantaron, y con blasfemias y baldones, el santo cuerpo dejaron en medio de dos ladrones. Si este dolor tan fuerte te detienes en pensar llorando mi amarga suerte, yo te prometo ayudar en las ansias de tu muerte.
Sexto Dolor
El sexto, con tiernos lazos al Hijo de mis entrañas difunto, y hecho pedazos por las malicias extrañas, lo pusieron en mis brazos. Dos santos varones vieron mi tristeza y amargura, y a Pilatos le pidieron para darle sepultura licencia, y la consiguieron. Y luego desenclavaron aquel cuerpo sacrosanto, y en mis brazos lo entregaron; y con un lienzo limpio y blanco al punto lo amortajaron. Con ungüentos olorosos que prevenidos traían, le ungieron estos piadosos varones, que me asistían en lances tan lastimosos. Yo, que le estaba mirando de los pies a la cabeza, mi dolor siempre avivando con una amarga tristeza, le decía suspirando. Hijo mío muy amado, ¿quién os puso esas espinas? ¿quién abrió este costado? ¿quién vuestras manos divinas? ¿quién esos pies taladrados? Si este dolor tan amargo contemplas, dejando el vicio, de lo que Dios te hará cargo en el día del juicio, yo daré por ti el descargo.
Séptimo Dolor
El séptimo, ¡oh qué asunto pecador! este es muy fijo, pues toda me desconjunto al hallarme sin mi hijo, ya ni vivo ni difunto. Los varones con quebranto me decían: gran Señora, no os entreguéis más al llanto, que ya es llegada la hora del entierro sacrosanto. Mitigad tanto tormento, cese ya esa pena dura, dadnos el cuerpo sangriento, para darle sepultura en un nuevo monumento. Pero yo, aunque agradecía fineza tan amorosa, dándoselo les decía: tomad esa prenda hermosa del Hijo que más quería. San Juan y la Magdalena me llevaron de los brazos, y todos cargados de pena, fuimos siguiendo los pasos donde el sepulcro se ordena. Llegamos al monumento, donde con piedad honrosa pusieron el cuerpo dentro y lo cubrieron con la losa: contemplad mi sentimiento.
Todas estas siete espadas pasaron mi corazón; si de ti son contempladas, gozarás el galardón en las celestes moradas.
El Sacramento del Orden solo puede ser recibido válidamente por un varón bautizado. (Sent. certa.) CIC 968, Par. 1.
Que solo los varones están facultados para recibir el Sacramento del Orden se basa en la ley divina positiva. Cristo llamó únicamente a hombres al apostolado. Según el testimonio de la Sagrada Escritura (cf. 1 Cor. 14, 34 et seq.; 1 Tim. 2, 11 et seq.) y de acuerdo con la práctica constante de la Iglesia, las potestades jerárquicas fueron transmitidas únicamente a hombres.
Cf. Tertuliano, De praescr. 41; De virg. vel. 9.
Son incapaces las mujeres. El Apóstol dice: «Las mujeres callen en la iglesia; porque no les es permitido hablar, sino estar sujetas, como también lo dice la ley (Gen. III). Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos. Porque es indecoroso que una mujer hable en la iglesia».
Y en otro lugar: «La mujer aprenda en silencio con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni tener dominio sobre el varón, sino estar en silencio».
Los Santos Padres interpretan las palabras de San Pablo de modo que excluyen totalmente a las mujeres de la jerarquía eclesiástica y, por tanto, de recibir las órdenes, y tienen por herética la sentencia que afirma que la dignidad y el oficio sacerdotal pueden ser conferidos a las mujeres.
Mulieres in ecclesiis taceant: non enim permittitur eis loqui, sed subditas esse, sicut et lex dicit.Si quid autem volunt discere, domi viros suos interrogent: turpe est enim mulieri loqui in ecclesia.Las mujeres callen en las iglesias; porque no les es permitido hablar, sino estar sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender alguna cosa, pregunten en casa a sus maridos: porque es cosa indecente que una mujer hable en la iglesia.
Mulier in silentio discat cum omni subiectione.Docere autem mulieri non permitto, neque dominari in virum, sed esse in silentio.La mujer aprenda en silencio con toda sujeción.Porque no permito a la mujer enseñar, ni tomar autoridad sobre el varón; sino estar en silencio.
Omnis namque pontifex ex hominibus assumptus, pro hominibus constituitur in iis quae sunt ad Deum: ut offerat dona et sacrificia pro peccatis.Porque todo pontífice tomado de entre los hombres, es constituido a favor de los hombres en lo que toca a Dios, para que ofrezca dones y sacrificios por los pecados.
En cuanto a los antiguos paulinos que buscan refugio en la Iglesia católica, se determina que deben ser rebautizados incondicionalmente. Aquellos que en el pasado fueron inscritos entre el clero, si se muestran irreprochables e intachables, deben ser rebautizados y ordenados por el obispo de la Iglesia católica. Pero si tras una investigación se demuestra que no son idóneos, es justo que sean depuestos. De igual modo, con respecto a las diaconisas y a todos en general cuyos nombres figuran en el registro, se observará el mismo procedimiento. Nos referimos a las diaconisas a quienes se les ha otorgado este estatus, pues no reciben imposición de manos, por lo que en todos los aspectos deben ser contadas entre los laicos.
Quod non oportet eas quae dicuntur presbytides, sive praesidentes, in Ecclesia constitui.No se debe permitir que las llamadas 'presbítides' o aquellas que presiden, sean instituidas en la Iglesia
257 OBJECIÓN 3. El Episcopado es de Derecho Divino, como se sostiene en Hechos 20, verso 28. Posuit vos Spiritus Sanctus regere Ecclesiam Dei (El Espíritu Santo os ha puesto para pastorear la Iglesia de Dios): por lo tanto, toda su potestad ordinaria es de Derecho Divino: pues del mismo Derecho emana la jurisdicción de cualquier dignidad, sin la cual la dignidad misma es [inexistente]: por lo tanto, cualquier Obispo puede, por Derecho Divino, conceder Indulgencias a sus súbditos.
RESPUESTA: Distingo el antecedente: es de Derecho Divino radicalmente, en cuanto Dios instituyó la Iglesia para ser gobernada por Obispos, a través del Jefe [Pedro], o en cuanto ordenó a Pedro y a sus sucesores que eligieran y asumieran a los Obispos como parte de la solicitud de la Iglesia, concedo; es de Derecho Divino inmediata y especialmente por sí mismo, niego: en cuyo signo, como se prueba en el tratado sobre el Romano Pontífice, Cristo únicamente ordenó a Pedro como Obispo; pero dio a los otros Apóstoles a Pedro mismo para ser ordenados como Obispos.
§. IV. Respuesta a la objeción de que las llaves de la Iglesia no fueron dadas inmediatamente a San Pedro.
Parece que aquellos (los jansenistas) que presentan hoy esta objeción quieren contradecir lo que el Salvador afirma en el Evangelio. Jesucristo afirma que dará las llaves del Cielo a Pedro; y sostienen que no se las dio a él, sino a la Iglesia. Jesucristo dice que se las dará a Simón, hijo de Juan, y no quieren que las haya recibido este Simón, hijo de Juan; sino [que dicen que fue] una figura sin sustancia que representaba a la Iglesia; de modo que Simón, o Pedro, hijo de Juan, las recibió de la Iglesia, y no ya de Jesucristo, ni siquiera por medio de la Iglesia. He aquí el bello sistema (Jansenista) que se forman sobre la potestad de jurisdicción: los Obispos no reciben esta jurisdicción del Papa; sino que el mismo Papa la recibe de la Iglesia.
Se pretende apoyar ese sistema en muchos pasajes de los Santos Padres, principalmente de San Agustín, quien por todas partes enseña que cuando el Salvador hizo sus promesas a San Pedro, aquel Apóstol era la figura de la Iglesia y representaba a toda la Iglesia. De lo que se infiere que, siendo las promesas de Jesucristo hechas inmediatamente a la Iglesia, el don de la Infalibilidad se encuentra en el cuerpo de la Iglesia, y no ya en los sucesores de San Pedro.
Pero no es difícil abatir ese sistema. Puesto que:
I. No es cierto en absoluto que las promesas de Jesucristo no hayan sido inmediatamente para San Pedro y para sus sucesores. He probado lo contrario por toda la Tradición y por el consenso de la Iglesia.