Sobre la apelación al concilio general
de los antiguos cardenales
Aunque la apelación interpuesta por un tal Ángel, obispo de Ostia, cardenal de la sacrosanta Iglesia Romana, y sus seguidores, el día cuatro de mayo, contra ciertos mandatos que les fueron impuestos por nuestro santísimo padre y señor en Cristo, el señor papa Gregorio XII, sea ofensiva a la Divina Majestad, a la Sede Apostólica, a la fe ortodoxa y a los sagrados cánones, además de indigna de respuesta; no obstante, el propio señor nuestro papa, por compasión y benignidad, ha decretado que se responda: doliéndose en extremo por el múltiple error, por lo demás inaudito, de los referidos apelantes.
Y primero se hablará de la justicia y oportunidad de los referidos mandatos de nuestro señor papa; segundo, de la apelación misma; tercero, de la falsedad de las causas de dicha apelación.
En cuanto a lo primero, se dice que es notorio que desde el mismo principio, cuando los embajadores galos vinieron a Roma, los cardenales se adhirieron excesivamente a ellos, quienes incluso entonces procuraron la subversión y división de nuestra parte: división que finalmente llevaron a efecto con varios de los cardenales.
Asimismo, es notorio que hasta el día cuatro del mes de mayo próximo pasado, día en que nuestro señor papa dictó los referidos mandatos, él mismo toleró indistintamente el trato de los cardenales con los embajadores galos, con los embajadores de Pedro de Luna [Benedicto XIII] y con cualesquiera otros. Y por el contrario, tanto en las casas como fuera, de día y de noche, conjunta y separadamente; y desde que los cardenales usurparon la facultad de congregarse colegialmente sin licencia de nuestro señor —lo cual antes no hacían— empezaron a tratar con los mencionados no solo por separado, sino también colegialmente: a pesar de que nuestro señor papa les manifestó humildemente en ocasiones que tal congregación colegial era reprensible, la cual prohibió una vez en Siena. Pero después no fue observado debido a la excesiva benignidad, clemencia y tolerancia de nuestro señor; y llegaron a tal punto estos procesos que muchos temieron dolorosamente un mal desenlace futuro.
Asimismo, algunos de los cardenales, abusando de la mansedumbre y clemencia de nuestro señor papa, con ciega e inquieta codicia, empezaron a maquinar contra él y a hacer fabricar ciertos consejos cismáticos y heréticos, atrayendo a otros hacia sí de diversos modos, alzándose contra la verdad e inocencia de nuestro señor; quien, intentando continua, pura y eficazmente la unión por la vía de la renuncia, viendo a esos mismos cardenales tergiversar los sanos consejos, perturbar las vías y los buenos modos, y favorecer a la parte adversa —por lo cual merecidamente se hacían sospechosos— y además sugiriendo falsamente que nuestro señor no quería la unión, soportándolo pacientemente, nada intentó hacer contra ninguno de ellos, ni lo que arriba se ha dicho.
[...] Considerando nuestro señor papa tan súbita mutación de las cosas y sus circunstancias... decretó piadosamente oponerse con estos mandatos formidables, los cuales son estos:
"Ordenamos a todos y cada uno de los cardenales existentes en la Curia Romana, bajo pena de privación del cardenalato y de todos sus beneficios, en la que cada uno incurra por el mismo hecho (ipso facto), que desde este día cuatro de mayo inclusive en adelante, ninguno de ellos salga de Lucca sin licencia especial y expresa nuestra, dada de palabra por nosotros mismos.
Asimismo, bajo pena de perjurio, ordenamos que no se congreguen más en lugar alguno sin nuestro mandato expreso.
Asimismo, bajo la misma pena de perjurio, ordenamos que ninguno de ellos participe con los oradores de Pedro de Luna ni con los oradores galos, sea por sí o por persona interpuesta."
"Præcipimus omnibus & singulis cardinalibus existentibus in Romana curia, sub pœna privationis cardinalatus & omnium beneficiorum suorum, quam quilibet incurrat ipso facto, ne ab ista die, quarta videlicet Maji inclusive, in antea, aliquis eorum exeat de Luca sine speciali & expressa licentia nostra, per nos ore tenus sibi facta.Item sub pœna perjurii, quam incurrant ipso facto, & sub prædictis pœnis, & mandamus eisdem, ne ulterius congregentur in aliquo loco sine expresso mandato nostro. Item sub eadem pœna perjurii, quam incurrant ipso facto, præcipimus & mandamus eisdem, ne aliquis eorum participet cum oratoribus Petri de Luna, neque cum oratoribus Gallicis, per se, vel interpolitam personam."
De appellatione dicatur breviter. Hæc appellatio videtur potius inventa ad diffamandum, quam ad sublevandum: hæc appellatio est contra sacros canones: hæc appellatio non defendit, sed gravat: hæc appellatio implicat falsitatem hæreticam: hæc appellatio implicat ignorantiam, vel malitiam, vel vanitatem: hæc appellatio ostendit fictionem animi, comparatis partibus ad invicem, ex quibus judicatur dolus: & per eam appellantes se ipsos accusant, & impugnant."
Ahora respóndase a las causas de la apelación: Primero dicen que el primer mandato es injusto e inicuo; y dan como causa que no podían permanecer en Lucca con seguridad para sus personas, sin miedo a la cárcel o a la muerte, miedo que podría caer incluso en un hombre constante. Y como aparece en dicha apelación, sitúan dicha inseguridad y miedo a partir del cuatro de mayo inmediato precedente: porque, en verdad, antes de aquel día nada pueden fundamentar... y hasta aquel día fueron tratados con tal mansedumbre que a muchos nuestro señor les parecía reprensible por tanta bondad.
Esta es la continuación de la respuesta de Gregorio XII, traduciendo los argumentos jurídicos y los hechos ocurridos en Lucca en mayo de 1409:
[Argumentos sobre la creación de cardenales y los sucesos de Lucca]
A pesar de que el señor papa pudo haber procedido lícitamente entonces, y según algunos debió haberlo hecho por su propio honor, desistió sin embargo para evitar el escándalo ante los cardenales que se le oponían. Y puesto que el señor de Lucca había sido un mediador pacífico y discreto, y reconocía que nuestro señor papa había soportado con benignidad las ofensas en esta materia, el mencionado día cuatro de mayo, queriendo proceder por las causas arriba dichas a la provisión de nuevos cardenales y a los citados mandatos, para que se hiciera con la paz de todos, convocó esa mañana al señor de Lucca para que fuera mediador de la tranquilidad.
Y aunque entonces nuestro señor quiso crear algunos nuevos cardenales, cedió fácilmente ante los humildes ruegos de los [antiguos] cardenales y desistió de la creación, pero promulgó entonces los referidos mandatos; tras lo cual, todos los cardenales regresaron a sus casas pacíficamente y sin molestia alguna.
[...] No puede decirse con verdad que se haya inferido ofensa alguna, ni a los cardenales ni a nadie de su familia hasta el presente día, a excepción de lo que se dirá más abajo sobre la fuga del de Lieja. Estos hechos son claros y manifiestos aquí en Lucca, por cuya verdad aparece de forma evidente la falsedad inventada sobre el miedo a la muerte, encarcelamiento, grillos o torturas.
Lo que se dice en la apelación sobre una orden de muerte es un invento. Al contrario, la orden fue que lo condujeran con moderación; ni familiar alguno de nadie fue torturado (tal tortura no podría ocurrir sin ser notoria). Todo el proceso y los efectos que siguieron muestran que es falso que todos los demás cardenales debieran ser encarcelados. No se encuentra indicio alguno de tal encarcelamiento, porque tales cosas son clarísimas invenciones; por tanto, la causa que alegan es falsa. Es admirable que se atrevan a inventar tales cosas. Aquel cuatro de mayo no vieron sino a los hombres armados de costumbre.
[Sobre la obligación del Cónclave y el lugar de la Unión]
Asimismo, a lo que dicen de que, según la obligación hecha en el cónclave y sus votos y juramentos, deben reunirse con el otro pretendido colegio en un lugar idóneo, se responde: que deben advertir cuán gran pecado es querer impugnar la verdad en materia tan grave y pervertir el sentido y la intención de la escritura, del voto y del juramento de aquel instrumento hecho en el cónclave, subvirtiendo el orden dado por Dios y descrito en los sagrados cánones.
No corresponde a los cardenales elegir el lugar idóneo, sino al Papa, incluso según el tenor del referido instrumento del cónclave. En él se estableció que, para que se hiciera la elección por el Papa, debían convenir juntos las cabezas y los miembros: es decir, nuestro señor el Papa con su colegio, y el antipapa con su pretendido colegio, y no los miembros sin las cabezas. Esta separación subvierte manifiestamente el orden debido y es contraria a la escritura y a la intención del voto. La perversidad de separar los miembros de la cabeza es el inicio de un nuevo cisma y no la enmienda del antiguo.
Por tanto, no era necesario salir de la ciudad de Lucca para proseguir el negocio de la unión; al contrario, con tal salida se ha inducido un gran obstáculo y una confusión inaudita.
"Item, ad aliud quod dicunt, quia fecundum obligationem factam in conclavi, & vota, ac juramenta ipforum, oportet eos convenire cum alio prætenfo collegio in loco idoneo, &c. refpondetur, quod ipfi debent advertere quantum peccatum fit velle impugnare veritatem in tanta materia, & pervertere intellectum & intentionem fcripturæ, & voti, & juramenti illius inftrumenti facti in conclavi, & fubvertere ordinem datum a Deo, & defcriptum in facris canonibus, & etiam præconceptum & expreffum in conclavi.
Nec in hac parte poteft fic obfcurari veritas, ut non videatur depravatio voluntatis in præmiffa damnabiliter inciderre. Nam ad cardinales non fpectat locum idoneum eligere, fed ad papam, etiam fecundum tenorem prædicti inftrumenti conclavis, ficut in eo manifeftum eft: in quo a papa electio ad utramque partem, fecundum intentionem voti & juramenti, debuerunt capita & membra fimul convenire, fcilicet dominus nofter papa cum fuo collegio, & antipapa cum fuo prætenfo, & non membra fine capitibus. Et fic fuit dictum, tractatum, intellectum, conventum, & firmatum in conclavi. Et hæc feparatio manifefte fubvertit ordinem debitum: & eft contra fcripturam & intentionem voti & juramenti dicti inftrumenti conclavis: & perverfitas feparationis membrorum a capite, eft inchoatio novi fchifmatis, & non emendatio antiqui."
[Sobre la potestad de congregarse]
A lo que dicen de que nunca juraron no congregarse y que por derecho pueden hacerlo, y que el juramento de fidelidad no se extiende a esto: ya se ha respondido que por derecho no tienen tal facultad. No pueden congregarse contra el precepto del Papa, ni pudieron obligarse a ello. Es más, en el cónclave fue expresamente negado por todos lo que ahora hacen.
En cuanto a lo que dicen sobre el tercer precepto o mandato, la respuesta queda suficientemente clara por lo dicho anteriormente. Y ojalá no hubieran tratado de tal modo y por tanto tiempo, sin freno alguno, con los galos, los cismáticos y otros; pues no habrían seguido tantos males como los que se tienen en el presente y se temen para el futuro, lo cual es creíble y verosímil. Y ojalá hubieran guardado sana y puramente sus juramentos y votos sobre lo iniciado, lo mediado y lo que debe terminarse, sin omitir nada de lo que les correspondía... porque entonces no habrían presumido ni presumirían [actuar como lo hacen].
Asimismo, respecto a lo último que dicen, de que: "cierto precepto es contra la caridad, en la cual quien no permanece, no permanece en Dios; y por la cual todo fiel cristiano está obligado, en cuanto puede, a revocar a los errantes de la senda del error; lo cual ciertamente no puede hacerse sin la participación y el diálogo; por lo tanto, no debió prohibirse, especialmente a tales varones, cuyo oficio debe ser revocar a los cristianos de las herejías y escisiones".
Este último argumento, citado palabra por palabra de lo expuesto por ellos, se vuelve contra ellos en todas sus partes: lo cual es bastante evidente y, por tanto, se resume brevemente.
Primero, revóquense a sí mismos de la división que han hecho de sí mismos, y de las escisiones que intentan provocar en otros mediante la sustracción de la obediencia, etc.
Segundo, de los errores propios y de aquellos en los que han inducido a otros.
Tercero, provean para no sumergirse a sí mismos ni a otros en la herejía, como fieles cristianos, ya que dicen que esto corresponde a su oficio.
Y ojalá esa participación y diálogo hubieran sido en la caridad; pues de haber sido así, el precepto que nuestro santísimo señor dictó en caridad no habría sido necesario.
Por tanto, nuestro referido señor Papa se somete de pleno corazón, con humilde afecto, digna devoción y recta voluntad, al amantísimo Cristo y a Su juicio, de cuya providencia es vicario en la tierra; Él, que conoce los secretos del corazón y no puede ser engañado. En Él ha puesto su confianza, esperando ser liberado por Él de las calumnias de los hombres, que su verdad e inocencia sean ilustradas, y que por Su mano se otorgue misericordiosamente la paz y la integración de la Iglesia. Y porque ve los múltiples defectos provenientes de la ignorancia y la malicia de los hombres, que él no puede reparar, desea vehementemente un concilio general.
Dado en Lucca, la víspera de los Idus de Junio [12 de junio], en el segundo año de nuestro pontificado [1408].