1. Yo deseo acuñar la moneda para pagar mi deuda, pero no encuentro a mis acreedores de ayer. Quizá han pensado que nos íbamos a turbar por una reunión imprevista, pero la fe verdadera nunca se turba.
2. Así, mientras aquellos vienen, dirijamos nuestra atención a esos agricultores, que eran el tema propuesto. Ambos ofrecen un sacrificio al Señor: uno de ellos, Caín, de los frutos de la tierra, y el otro, Abel, de las primicias de sus ovejas. No encuentro nada que reprender en el género de los dones, y sin embargo Caín supo que sus dones eran desagradables y el Señor le dijo: Si rectamente ofreces y sin embargo no divides rectamente, entonces pecaste.
3. ¿Dónde está por tanto el crimen, dónde la culpa? No en la ofrenda del don, sino en el afecto de la ofrenda. Hay algunos, es cierto, que consideran que el «rectamente» se entiende en este sentido: uno había seleccionado lo que ofrecía, y el otro ofrecía lo peor que tenía. Pero no es tan pobre nuestro sentido espiritual, de modo que consideremos que el Señor buscaba el sacrificio corporal y no el espiritual. Y por eso, añade: ¡Deja de ofrecer!, que significa que es más tolerable abstenerse de ofrecer dones, que ofrecer dones con un interés no inspirado por la fe. Pues el que no sabe dividir, no sabe juzgar; el espiritual, sin embargo, juzga todas las cosas. Y así Abraham dividió el sacrificio que ofrecía.
4. Abel supo también dividir, ya que ofreció un sacrificio de las primicias de sus ovejas, enseñando que no iban a agradar a Dios los dones de la tierra, que habían degenerado en un pecador, sino esos dones en los cuales brillara la gracia del divino misterio. Así, pues, profetizó que nosotros habíamos de ser redimidos de la culpa por la pasión del Señor, sobre el cual está escrito: He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo. Por eso ofreció también el sacrificio de las primicias, para señalar al primogénito. Manifestó, por tanto, que nosotros seríamos el sacrificio verdadero hecho a Dios; nosotros, de quienes dice el profeta: Ofreced al Señor los hijos de los carneros. Y con razón es aprobada por el juicio de Dios la sentencia 5. que yo considero decretada en general para todos los que están fuera de la Iglesia. Pues distingo aquí la figura de muchos pueblos, a los cuales abarca la divina sentencia, y cuyos dones rechazó ya entonces en Caín.
6. Esta sentencia está decretada en general para todos los impíos. Así, si ofrece el judío, que separa de Dios Padre al hijo de la Virgen María, se le dice: Si rectamente ofreces, y sin embargo no divides rectamente, entonces pecaste. ¡Deja de ofrecer!
7. Si ofrece un eunomiano, que partiendo de la fuente de la impiedad de Arrio se desliza en la rebosante ciénaga de su perfidia, y declara que hay que entender la generación de Cristo, la cual supera todas las cosas, a partir de tradiciones filosóficas, cuando, sin embargo, 'una es la razón de las cosas creadas y otra la potencia de los secretos divinos', también a él mismo se le dice: Si rectamente ofreces y sin embargo no divides rectamente entonces pecaste. ¡Deja de ofrecer!
8. Esto se le dice al sabeliano, que confunde al Padre y al Hijo. Se le dice esto al marcionita, que considera que uno es el Dios del Nuevo y otro el del Antiguo Testamento. Se le dice esto al maniqueo y al valentiniano, que no creyeron que Cristo asumiera la verdad de la carne humana. Pablo de Samosata y Basílides se incluyen también entre los destinatarios de esta sentencia.
9. Igualmente por la autoridad de la misma sentencia, son condenados los que han negado la divinidad del Espíritu Santo. De hecho, algunos de los arrianos son judíos, y algunos de los judíos son arrianos, porque, como aquellos separan del Padre al Hijo, así también estos separan de Dios Padre y de Dios Hijo al Espíritu.
10. También a Novato y a Donato, y a todos los que desearon ardientemente escindir el cuerpo de la Iglesia, uno a uno se les dice: Si rectamente ofreces y sin embargo no divides rectamente, entonces pecaste. Pues la Iglesia es el sacrificio que se ofrece a Dios, y a la cual Pablo dijo: Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios a presentar vuestros cuerpos como hostia viva y santa a Dios. Dividieron mal el sacrificio, por tanto, al lacerar a los miembros de la Iglesia.