Dondequiera que varias administraciones se refieran a un mismo fin, una autoridad general debe dominarlas a todas, para hacer converger hacia el bien universal los bienes particulares que ellas persiguen; de lo contrario, no tendrían vínculo alguno de unidad. Puesto que la Iglesia no es sino un solo y mismo cuerpo, necesita necesariamente, para el mantenimiento de esta unidad, un poder gubernamental que, abrazándola en su conjunto a fin de unir todas sus partes, se eleve por encima del poder episcopal, al cual están confiadas las iglesias particulares.
Este poder es el del Papa. De ahí proviene que se llame cismáticos a quienes, por la negación de su autoridad suprema, dividen la unidad de la Iglesia. Es preciso reconocer, además, entre los obispos y el Papa, dignidades de diferentes grados correspondientes a circunscripciones que contienen a otras, como la provincia contiene a las ciudades, el reino a las provincias, y el mundo entero a los reinos.
Que no se nos objete que todos los obispos son sucesores de los Apóstoles, y que el mismo poder dado a San Pedro fue conferido a todos. Aunque el poder de atar y desatar fue dado generalmente a todos los Apóstoles, fue confiado en primer lugar a San Pedro solo, para mostrar que debe descender de él hacia los demás. Por ello, Nuestro Señor pronunció estas palabras en singular: «Confirma a tus hermanos» (Lucas 22, 32); y esta otra también: «Apacienta mis ovejas» (Juan 21, 17); como si hubiera dicho, según la explicación de San Juan Crisóstomo:
«Sé, en mi lugar, su superior y su jefe, a fin de que todos, reconociéndome a mí mismo en tu persona, proclamen y sostengan en el universo entero la preeminencia del trono donde estarás sentado».