La profecía de Simeón, La huida a Egipto, La pérdida de N.S.J.C en el Templo, El encuentro de la Santísima Virgen María con N.S.J.C en el vía crucis, La crucifixión y muerte de N.S.J.C, El descendimiento de la Cruz, La sepultura de N.S.J.C.
Primer Dolor
Pecador, si a mis dolores quieres tener devoción, yo te haré dos mil favores; y pondré mi intercesión a favor de tus errores. Si en siete días cabales, tú, mis dolores contemplas, ganarás contra tus males, veintiún mil trescientas indulgencias parciales. No pienses que en escucharlos de paso, tenga yo el gusto; sino que has de contemplarlos con sentimiento, pues es justo que me ayudes a pasarlos. Contempla, en el primer día, los filos de la espada que traspasó el alma mía, cuando escuché declarada tan amarga profecía. Presenté al templo a mi Hijo como la ley lo mandaba, y Simeón con regocijo en sus brazos lo tomaba, y estas palabras me dijo: Señora, este hijo amado y hermoso, que tanto estimas, lo verás presto azotado, y coronado de espinas a morir crucificado. Si contemplas el dolor tan amargo que sentí en esa tal predicción, tú, conseguirás por mí el perdón del Salvador.
Segundo Dolor
En este dolor segundo, para matar a mi Hijo mandó, Herodes iracundo, degollar según cual dijo a los inocentes del mundo. Un ángel del cielo vino, y dijo a mi amado esposo que emprendiésemos camino; pues, Herodes, viene furioso con su ejército maligno. Con qué agonía en mis brazos tomé a mi Hijo, y a Egipto nos fuimos con lentos pasos yo y mi esposo: ¡qué conflicto! mi corazón se hizo pedazos. A cada instante volvía la vista, por ver si acaso el tirano nos seguía, desmayando a cada paso con tan mortal agonía. Sin la menor prevención, sin dormir, sin descansar y quebrantado el corazón, caminaba sin parar: ¡contemplad con qué aflicción! Unos ladrones sin tasa nos salieron, y un ladrón escuchando lo que pasa, ablandó su corazón y nos hospedó en su casa. Si haces como aquel ladrón, compadécete de mí en tan amarga aflicción; que lo que yo haré por ti es conseguir el perdón.
Tercer Dolor
En el tercer dolor, tres días tuve perdido mi bien: contempla en mis agonías, que tú llorarás también las amargas penas mías. Yo y José, mi esposo amado, con Jesús al templo fuimos los tres, y habiendo llegado, un grande concurso vimos de gente allí congregado. A la fiesta que allí había, y habiéndose ya acabado, yo del templo me salía; y José con gran cuidado por otra puerta venía. Y juntándonos los dos a mi esposo pregunté: José, ¿y el Hijo de Dios? María, dijo, yo no lo sé; yo juzgué que iba con Vos. Aquel corazón partido con una angustia tan fuerte, quedó como sin sentido, mirando la amarga suerte de ver a Jesús perdido. Tres días fui preguntando con sus noches, ¡qué tormento! yo y José siempre llorando, hasta hallarlo en el templo con los sabios disputando. Si a Jesús tienes perdido por la culpa, ven a mí cuando te halles afligido, que como lo hagas así, tendrás descanso cumplido.
Cuarto Dolor
El cuarto dolor fue, cuando con la carga sin mesura, vi a mi Hijo caminando por la calle de Amargura, cada instante tropezando. Siendo la sentencia dada, vino Juan a mi retiro dándome esta embajada; y dando un tierno suspiro quedé como desmayada. Con valor que me dio el cielo, en angustia tan crecida, caminaba con anhelo a ver el bien de mi vida, afligida y sin consuelo. Llegué a la calle cruel, donde me paré a escuchar las voces de aquel tropel, facineroso y ladrón, blasfemaban todos de él. La trompeta y el pregón decían: «Muera el malvado, facineroso y ladrón, y pague crucificado su infame predicación». Rompí por entre la gente, y con mi Hijo abrazada, le hablaba allá interiormente; con la garganta anudada de dolor tan vehemente. Si este amargo dolor imprimes en tu memoria, te aseguro pecador que has de conseguir la gloria, prenda de inmenso valor.
Quinto Dolor
El quinto fue tan penoso, que es digno de contemplar; cuando a mi Hijo precioso yo le vi crucificar en la cruz, como alevoso. Llegamos a la montaña del Calvario, y por despojos, le arrancan con ira y saña a la lumbre de mis ojos la túnica; ¡cosa extraña! Cuando le miré desnudo, renovadas las heridas y el cuerpo destrozado, crecieron las ansias mías al verle tan maltratado. Que se extendiese ordenaron en la cruz: y él, con paciencia hizo lo que le mandaron, y con tirana insolencia pies y manos le clavaron. Y después la cruz volvieron aquellos sayones bravos, y su santa faz pusieron, y remacharon los clavos con que mis penas crecieron. Después aquellos sayones la santa cruz levantaron, y con blasfemias y baldones, el santo cuerpo dejaron en medio de dos ladrones. Si este dolor tan fuerte te detienes en pensar llorando mi amarga suerte, yo te prometo ayudar en las ansias de tu muerte.
Sexto Dolor
El sexto, con tiernos lazos al Hijo de mis entrañas difunto, y hecho pedazos por las malicias extrañas, lo pusieron en mis brazos. Dos santos varones vieron mi tristeza y amargura, y a Pilatos le pidieron para darle sepultura licencia, y la consiguieron. Y luego desenclavaron aquel cuerpo sacrosanto, y en mis brazos lo entregaron; y con un lienzo limpio y blanco al punto lo amortajaron. Con ungüentos olorosos que prevenidos traían, le ungieron estos piadosos varones, que me asistían en lances tan lastimosos. Yo, que le estaba mirando de los pies a la cabeza, mi dolor siempre avivando con una amarga tristeza, le decía suspirando. Hijo mío muy amado, ¿quién os puso esas espinas? ¿quién abrió este costado? ¿quién vuestras manos divinas? ¿quién esos pies taladrados? Si este dolor tan amargo contemplas, dejando el vicio, de lo que Dios te hará cargo en el día del juicio, yo daré por ti el descargo.
Séptimo Dolor
El séptimo, ¡oh qué asunto pecador! este es muy fijo, pues toda me desconjunto al hallarme sin mi hijo, ya ni vivo ni difunto. Los varones con quebranto me decían: gran Señora, no os entreguéis más al llanto, que ya es llegada la hora del entierro sacrosanto. Mitigad tanto tormento, cese ya esa pena dura, dadnos el cuerpo sangriento, para darle sepultura en un nuevo monumento. Pero yo, aunque agradecía fineza tan amorosa, dándoselo les decía: tomad esa prenda hermosa del Hijo que más quería. San Juan y la Magdalena me llevaron de los brazos, y todos cargados de pena, fuimos siguiendo los pasos donde el sepulcro se ordena. Llegamos al monumento, donde con piedad honrosa pusieron el cuerpo dentro y lo cubrieron con la losa: contemplad mi sentimiento.
Todas estas siete espadas pasaron mi corazón; si de ti son contempladas, gozarás el galardón en las celestes moradas.