Con estos principios de puro naturalismo pugnan los perversos por arrancar todo móvil religioso del Gobierno de los Estados, hacer ateos al Estado y al Gobierno, suprimir todo lazo de unión, respeto y protección para la Religión católica, y establecer, por último, que es su bello ideal, la libertad de cultos, libertad de perdición, como la apellida el Padre Santo, libertad de no profesar culto alguno, y en una palabra, el libertinaje.
Así se va a parar al comunismo y al socialismo, hasta volver por fin a llamar a Dios, como les sucedió a fines del pasado siglo a los franceses, cuando ebrios de iniquidad y de sangre temblaron ellos mismos al verse tan solos sobre el cadáver de una sociedad, a la que únicamente podía resucitar la virtud de Aquel que resucitó a Lázaro a los cuatro días de su muerte.
Su Santidad, reprueba directamente en su Encíclica todas esas teorías absurdas levantadas sobre hechos abusivos, sobre verdaderos delitos: teorías sofísticas de escuelas racionalistas con que se intenta santificar el mal, trastornando todas las nociones de la justicia.