PAULO IV (1555-1559)
JUAN PEDRO CARAFA
Nacido en Nápoles de una familia nobilísima, entró joven en la carrera eclesiástica y le fueron confiadas importantes misiones diplomáticas. En 1524 renunció a todo cargo o título para fundar, junto con san Cayetano, la orden de los Teatinos. En 1536 fue nombrado cardenal por Paulo III, y a la avanzada edad de 79 años fue elegido Papa. Sus precedentes austeros hacían esperar un Pontífice enérgico y fuerte.
Contrario a la dominación española, tuvo un gran ideal, loable en sí mismo, pero que por su mala aplicación provocó grandes conflictos. Quiso unir en una fuerte alianza a todos los príncipes italianos para arrojar a los españoles; pero al no ser secundado, se dirigió a los franceses con el propósito de arrojar luego también a éstos: Italia para los italianos, he aquí su gran ideal.
Pero dominado por su sobrino el cardenal Carlos Carafa, y por los demás parientes a quienes había confiado cargos militares en Roma, su política fue débil y vacilante, no recogiendo sino disgustos y enemistándose con todos los príncipes de su tiempo.
Para conquistar el reino de Nápoles, Paulo IV se unió con el rey de Francia Enrique II. Este envió a Italia un ejército mandado por el duque de Guisa; pero el único resultado de esta expedición fue la devastación del reino de Nápoles, habiendo sido reclamado el duque para hacer frente a la invasión inglesa.
Entretanto, moría en Inglaterra María Tudor, a la que sucedió Isabel, que reanudó el cisma y la persecución de los católicos.
No fue más afortunado con la reforma de las costumbres; promulgó excelentes leyes y se esforzó por impedir los abusos; pero pocos le siguieron.
Renovó los antiguos castigos contra la herejía y dió un notable desarrollo a la Inquisición, presidiéndola personalmente, y no tuvo consideraciones ni aun a los cardenales.
El último año de su vida fue para él de profundo dolor. El duque de Guisa abrió los ojos al Pontífice sobre la escandalosa conducta de sus parientes a quienes tanto favorecía. Su reacción fue terrible. Les quitó el cargo y sueldo y los desterró de Roma, y ni en trance de muerte les admitió en su presencia.
Murió el 19 de agosto de 1559; el pueblo de Roma se sublevó indignado contra la memoria del papa y arrojó al Tiber la estatua que le habían erigido en el Capitolio.
Paulo estuvo lleno de ardiente celo, pero fue imprudentísimo; rígido consigo y con los demás, no conoció aquella justa medida que conviene a quien está tan elevado.
La guerra contra los españoles le impidió dedicarse a la obra de la reforma y puso a Italia y a Roma en graves conflictos.
Comprometió su buen nombre por haber favorecido más de lo justo a sus parientes.
Los Papas, desde San Pedro hasta Pío XII
Giuseppe Arienti
Con Licencia Eclesiástica 1945